Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La chica del videojuego cumplió mi fantasía

Empezó como un experimento. Un casco de realidad virtual que me había regalado mi hermano para mi cumpleaños número veintidós, un juego social que imitaba a los Sims pero con avatares más detallados, y un montón de noches en vela donde yo no tenía nada mejor que hacer que conectarme y caminar por ese mundo falso fingiendo ser otra persona.

Mi avatar tenía el pelo violeta y los ojos verdes. El mío real es castaño y marrón. Esa fue la primera mentira, y la más inocente.

Lo que no había planeado era encontrarme con Renata.

Apareció una noche cualquiera en una de las plazas centrales del juego, sentada en un banco virtual, vestida con una remera negra que dejaba ver una manga completa de tatuajes en el brazo derecho. Su avatar tenía la nariz perforada y dos aros gruesos en las orejas. Me acerqué porque me llamó la atención, y porque a esa hora —las tres de la mañana— quedábamos muy pocas conectadas.

—Linda manga —escribí.

—Real —contestó—. Me la hice cuando cumplí veintiséis.

Esa fue la segunda señal. La gente que se molesta en aclarar que un tatuaje es real suele decir muchas más cosas reales con poco esfuerzo. Hablamos hasta que se hizo de día. De su trabajo en un estudio de tatuajes en una ciudad costera del sur, del mío en una pizzería mientras estudiaba enfermería, de música, de películas viejas, de por qué ninguna de las dos buscaba nada serio en la vida. Esa parte la dejamos clara muy temprano. Ninguna estaba para enamorarse.

—Lo único que me interesa —me dijo en algún momento— es pasarla bien. Si después se complica, me bajo.

Yo le dije que pensaba igual. Y lo pensaba, de verdad. Tenía la cabeza puesta en terminar la carrera, en ahorrar, en no ser otra chica que se atrasa por un romance. Renata encajaba justo en ese hueco que yo me había permitido: alguien con quien hablar de noche, alguien que entendía las reglas.

Lo que no esperaba era que la atracción cruzara la pantalla.

***

Hablamos durante cinco meses por chat de voz, todas las noches, casi sin saltearnos un día. Empezamos a mandarnos fotos. Las suyas eran descaradas desde el principio: ella en el espejo del baño con el pelo mojado, ella en bombacha y una remera vieja en su cama, ella señalando un moretón nuevo de un cliente difícil del estudio. Las mías eran más tímidas al principio, hasta que dejaron de serlo.

Una noche me mandó un audio. La voz le salía baja, raspada, como si recién se hubiera despertado.

—¿Vos te tocás pensando en mí? —preguntó.

Me quedé mirando el teléfono más tiempo del que quería admitir. La respuesta honesta era que sí. La respuesta cobarde era cambiar de tema. Hice lo segundo, pero esa noche, cuando apagué la luz, hice también lo primero. Y supe que eso ya no era casual. Eso era otra cosa.

Después empezaron los mensajes más sucios, sin rodeos. Me decía que se imaginaba mis dedos moviéndose lento por el clítoris, que quería saber si yo gemía o si me quedaba callada cuando estaba por venirme, que si alguna vez la tenía enfrente iba a querer verme abriendo las piernas sin que nadie me lo pidiera. Yo le contestaba que seguramente me iba a costar no chuparle la boca hasta dejarla sin aire, que quería meterle la lengua entre los labios y sentirla temblar, que me moría de ganas de verla abierta para mí. Esa brutalidad fue creciendo con los días, como si las dos fuéramos bajando una escalera sin pasamanos y ya no hubiera manera de subir.

Dos semanas después me dijo que se venía a mi ciudad por un congreso de tatuadores. Cuatro días. Tres noches.

—¿Tenés ganas de conocerme? —escribió.

Le dije que sí antes de pensarlo.

***

Llegó un jueves a la tarde. Yo había salido temprano del turno en la pizzería con el delantal todavía manchado de salsa y tuve que correr a casa a bañarme. Me cambié tres veces. Una remera larga me parecía aburrida; un vestido me parecía demasiado; un jean y una camisa me parecían demasiado neutros. Al final fui con un vestido corto negro y zapatillas, porque si la noche se ponía rara prefería poder caminar rápido.

Quedamos en un bar a dos cuadras del hotel donde ella se hospedaba. Cuando entré, ella estaba sentada en la barra con la espalda hacia la puerta. La reconocí por la manga, por el corte de pelo, por la forma en que apoyaba el codo. Me quedé un segundo en la entrada para mirarla sin que se diera cuenta. Era más pequeña de lo que parecía en las fotos. Más real, también.

Me senté a su lado y ella giró sin sobresaltarse.

—Sos vos —dijo, como confirmando algo que ya sabía.

—Soy yo.

No nos abrazamos. No nos dimos un beso en la mejilla. Pidió otra cerveza para ella y una para mí y nos quedamos hablando dos horas como si fuera otra noche más en el chat, salvo que ahora yo podía verle el cuello cuando se reía, el lunar pequeño debajo del labio, las manos llenas de manchitas de tinta seca. En un momento ella estiró el brazo y me puso el dedo en el dorso de la mano, despacio, como midiendo si me corría.

No me corrí.

—¿Vamos? —preguntó.

***

El hotel era barato pero limpio. El ascensor olía a desinfectante. Subimos en silencio. Yo nunca había estado con una mujer. Eso no se lo había dicho en ninguno de los cinco meses de chat. Tampoco se lo dije ahí, en el pasillo del cuarto piso, mientras ella buscaba la tarjeta en el bolso. Me parecía una información que iba a llegar sola.

Apenas se cerró la puerta, se dio vuelta y me miró.

—¿Estás segura? —preguntó.

—Sí.

—Si querés frenar, frenamos.

—No quiero frenar.

Se acercó un paso. Me apoyó la mano en la cintura, por encima del vestido, y me tiró un poco hacia ella. Olía a perfume amaderado y a algo más suave debajo, a piel. Cuando me besó, lo hizo sin apuro, con los labios apenas abiertos, dejándome a mí decidir cuánto quería. Yo abrí la boca primero. Le pasé la mano por la nuca, le toqué el aro grueso de la oreja, sentí el frío del metal contra los dedos. Ella sonrió contra mi boca.

—Tranquila —dijo bajito—. Tenemos tiempo.

Lo decía como una advertencia y como una promesa.

***

Me sentó en el borde de la cama. Se arrodilló entre mis piernas y me sacó las zapatillas, una y la otra, sin dejar de mirarme. Después me puso las manos en las rodillas y me las separó con suavidad. El vestido se me subió hasta la mitad del muslo. Yo respiraba por la boca porque por la nariz no me alcanzaba el aire.

—Levantá los brazos —pidió.

Levanté los brazos. Me sacó el vestido por arriba. Quedé en corpiño y bombacha negros, los más bonitos que tenía, los que había elegido sabiendo todo lo que iba a pasar y fingiendo que no. Renata se rió bajo, un sonido grave que le salía del pecho.

—Pensaste en mí cuando te vestiste —dijo.

—Sí.

—Bien.

Se sacó la remera ella también, sin teatro, como quien se desviste para dormir. Tenía más tatuajes de los que yo había visto en las fotos: una rama de olivo le subía por el costado izquierdo del torso, una frase en letras finas le cruzaba debajo del pecho derecho. No le pregunté qué decía. Tampoco le pregunté nada más esa noche.

Me besó otra vez, ahora más profundo, empujándome despacio hacia atrás hasta que quedé con la espalda en el colchón. Me besó el cuello, debajo de la oreja, en el hueco arriba de la clavícula. Me bajó el corpiño sin desabrocharlo, lo corrió a un costado, y me pasó la lengua despacio sobre el pezón mientras me sostenía el otro pecho con la mano. Cerré los ojos. Sentí que algo se me apretaba abajo, en un punto exacto que no podía señalar.

—Mirame —dijo.

Abrí los ojos. La tenía mirándome desde abajo, con la boca todavía apoyada en mi piel.

—Quiero verte la cara cuando te corras —dijo.

Me bajó la bombacha con dos dedos, sin urgencia. Se quedó un momento mirándome ahí, como si estuviera leyendo. Después me besó el interior del muslo, lento, primero uno y después el otro, y se quedó cerca, respirándome, sin tocarme todavía. Yo tenía las manos en las sábanas, agarrando algo que no me iba a salvar de nada.

Cuando finalmente me pasó la lengua, fue una sola pasada larga, de abajo hacia arriba, y yo solté un sonido que no reconocí como propio. Me dejé caer la cabeza contra la almohada. Ella se acomodó mejor, me puso las piernas sobre los hombros, me agarró las caderas con las dos manos. No tenía apuro. Nada de lo que hizo esa noche tuvo apuro.

Primero me abrió con la lengua, insistiendo en el clítoris hasta que se me tensó todo el cuerpo; después bajó otra vez, húmeda y precisa, lamiendo los labios de mi coño como si quisiera aprenderse cada pliegue de memoria. Yo me movía contra su boca sin darme cuenta, buscando más presión, más fricción, más de esa lengua que me dejaba los muslos temblando. Renata levantó apenas la cabeza y me metió dos dedos despacio, hundiéndolos en mi vagina con una tranquilidad obscena. Me folló con la mano mientras seguía chupándome, alternando el vaivén con la lengua y ese empuje firme adentro que me hizo arquear la espalda.

—No te vengas todavía —me dijo en un momento, levantando la cara solo un segundo—. Quiero más.

Yo no contesté porque no podía. Le toqué el pelo. Le apreté un poco con los dedos sin querer y ella se rió contra mi piel y eso casi me termina.

Aguanté lo que pude. Cuando me corrí, fue largo y silencioso, no como en las películas, no con gritos. Fue temblor, fue mordida en el labio, fue una respiración que me costó volver a normalizar. Renata siguió moviendo los dedos dentro de mí hasta exprimir el último espasmo, después subió por mi cuerpo, me besó la boca todavía mojada, me mostró el sabor sin pedir permiso. Le agarré la cara y la atraje otra vez, como si me diera bronca que se apartara siquiera un centímetro.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

—¿Querés más?

Asentí con la cabeza porque no me salía la voz.

Entonces me giró con cuidado, me acomodó boca abajo en la cama y me besó la espalda, la cintura, el culo por arriba de la bombacha, antes de bajar la prenda lo justo para dejarme expuesta. Me abrió las nalgas con la palma de la mano y me lamió entre las piernas otra vez, más despacio, con una paciencia casi cruel. Yo hundí la cara en la almohada para no hacer tanto ruido, pero igual gemí cuando me metió un dedo en el ano, primero apenas la punta, después un poco más, tanteando, abriéndome con una dilatación lenta mientras me seguía acariciando el clítoris con la lengua. La mezcla de presión adelante y atrás me dejó hecha un hilo. Renata murmuraba cosas contra mi piel, sucias y bajas, diciéndome que estaba empapada, que me estaba portando demasiado bien, que quería sentirme perder el control del todo.

—Decime que querés que te la meta —me dijo al oído.

—Quiero que me la metas —contesté, por fin, con la voz rota.

Se levantó un poco, se quitó el resto de la ropa sin dejar de mirarme, y me apoyó una mano en la espalda para que siguiera quieta. Después volvió a acomodarse detrás de mí. Sentí la punta de su dildo o de su pene contra mi entrada —caliente, firme, húmeda— y se detuvo justo antes de entrar, como para que yo entendiera cuánto control tenía sobre mí. Me tomó de la cintura y me fue penetrando de a poco, centímetro por centímetro, hasta llenar mi coño de una manera tan precisa que me sacó un quejido profundo. Me quedé respirando fuerte, con el cuerpo abierto, mientras ella se movía apenas, probando el ritmo, dejando que yo me acostumbrara a su grosor.

—Así —dijo—. Eso. No te cierres.

Después empezó a cogerme de verdad. Empujes lentos primero, luego más duros, haciendo chocar nuestras caderas contra las sábanas con un sonido húmedo, bruto, que rebotaba en las paredes del cuarto. Yo me agarraba del colchón con los dedos doblados, sintiendo cómo me entraba entera, cómo cada embestida me rozaba adentro en un lugar que me hacía ver puntos blancos. Renata me sostuvo por la cintura y cambió el ángulo dos veces, una con una pierna mía levantada y después con las dos rodillas separadas, para metérmela más hondo. Cada vez que lo hacía, me arrancaba una blasfemia nueva.

—Mirá cómo te abro —murmuró—. Mirá cómo me dejás entrar.

Me volteó al final, me acostó boca arriba y me subió las piernas sobre sus hombros para seguir penetrándome desde arriba, más fuerte, más profundo, golpeando contra ese mismo punto hasta que me estremecí de nuevo. Yo le metí las manos en la espalda, después en el pecho, sintiendo el sudor, los tatuajes, la tensión de sus músculos. Le repetí el nombre como si fuera una forma de sostenerme. Ella me besó los labios, la mandíbula, el cuello, y me dijo al oído que me corriera otra vez, que quería verme desarmada.

Y me corrí otra vez. Esta vez con sonido, con espasmos más largos, con las piernas temblando y la vagina apretándole la verga mientras seguía entrando y saliendo hasta que me dejó vacía de aire. Renata se quedó un segundo quieta, clavada dentro de mí, respirando hondo, y después empezó a moverse otra vez, más rápido, más sucia, hasta que la sentí tensarse encima de mi cuerpo. Se vino contra mi vientre, mojando mi piel, y me sostuvo la mirada mientras terminaba, como si quisiera que yo viera cada segundo de su cara desarmándose.

Después se dejó caer a mi lado. Las dos quedamos jadeando, pegajosas, con olor a sexo y a transpiración, sin decir nada durante un rato largo. El silencio ya no era incómodo; era el resto de la pelea que acabábamos de ganar contra nuestros propios cuerpos.

***

A las cuatro de la mañana estábamos las dos despiertas, fumando un cigarrillo cada una en la ventana del cuarto piso. La ciudad abajo estaba vacía. Ella se había puesto solo la remera negra. Yo me había puesto el corpiño y nada más.

—¿Sos primera vez con una mujer? —preguntó, sin mirarme, mirando la calle.

—Sí.

—Lo sospeché.

—¿Por qué?

—Por cómo me mirabas en el bar. Como si tuvieras miedo de que me fuera a borrar.

Me quedé callada. Tenía razón. Le había mirado las manos toda la noche con la sensación de que en cualquier momento la realidad se iba a romper y yo iba a volver a estar sola frente a la pantalla del casco, hablando con un avatar de pelo violeta.

—Tranquila —dijo, y me pasó el cigarrillo—. No me voy a ir todavía.

—¿Y después?

Se encogió de hombros. Le tiró el humo a la noche.

—Después también me voy a ir. Pero todavía no.

Yo sabía lo que eso quería decir. Lo habíamos acordado desde el principio. Algo casual, algo sin promesas, algo que terminaba cuando se terminaba. Lo que no sabía era que iba a doler igual, casual o no.

***

Se quedó tres noches. Las tres dormimos juntas. Me enseñó cosas que yo no sabía que se podían hacer y que no voy a contar acá porque algunas todavía las quiero solo para mí. La última mañana, me ayudó a juntar mi ropa, me dejó una de sus remeras de regalo, y me dio un beso en la frente antes de cerrar la puerta del hotel.

No la volví a ver. Hablamos un par de meses más por chat, después cada vez menos, después nada. Cumplió su función en mi vida, como yo en la suya, y se fue tan rápido como llegó. Una de las reglas de oro de estas relaciones es no enamorarse. Yo la rompí en silencio, sin avisarle nunca, y nunca se lo voy a decir.

Lo que sí aprendí esa semana —además de todo lo demás que aprendí esa semana— es que no se puede usar la palabra «casual» como un escudo. A veces el deseo entre mujeres no tiene apuro, pero tampoco tiene reversa. Cuando una mujer te mira como me miró Renata desde abajo, ya no sos la misma que entró al bar.

Y eso, casco o no casco, no se borra.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios(9)

Roxana_Lee

Increible!! me tuvo pegada de principio a fin, no podia parar de leer

LaGamerFan23

Por favor tiene que haber segunda parte, quede con demasiadas ganas de saber como siguio todo

Clara_76

Me recordo tantisimo a algo que me paso jajaja. Esa ansiedad antes de conocer a alguien por internet es algo que no se puede describir, lo capturaste perfecto

NocheSinFin88

Muy buen relato, corto pero intenso

Marcela_K

El detalle del hotel sin maquillaje me mato, dice todo sin decir nada. Muy bien escrito

PabloRosario

Cinco meses de chat y despues esto... que aventura. Gracias por compartirlo

Sofito_82

Que cosa mas linda de verdad. Se nota que hay algo real atras, no es un relato cualquiera. Espero que haya mas historias tuyas por aca

GioLector22

Buenisimo!!! se hizo cortisimo, quiero mas

FlordePampa

Muy lindo, me gusto mucho el estilo de narracion. Sigue escribiendo asi

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.