Lo que pasó en casa de la dueña de la boutique
Esa mañana salí temprano de casa con un fajo de billetes en el bolso y un encargo que me revolvía el estómago. El señor Vargas, el jefe de mi marido, había sido muy claro sobre lo que quería que comprara: ropa interior de la cara, de esa que él pudiera arrancarme con sus manos sin sentir que estaba destruyendo nada barato. Recordé cómo me había roto las bragas la noche anterior, con esa brusquedad que me dejó temblando entre la vergüenza y otra cosa que prefería no nombrar.
No podía llevar a la niña a esa tienda. Por una vez la dejé con mi cuñada Beatriz, inventé una mentira sobre un trámite del banco, y caminé las seis cuadras hasta la avenida donde había visto, semanas atrás, una boutique con vidrieras de cristal esmerilado y maniquíes vestidos con prendas que costaban lo que yo gastaba en seis meses de mercadillo.
La puerta giratoria me escupió dentro como si me empujara. Olía a vainilla y a algo más limpio, más caro. Una mujer detrás del mostrador levantó la vista y supe enseguida que me había evaluado en dos segundos: el bolso de imitación, los zapatos planos, la chaqueta del año pasado.
—Buenos días —dijo con una sonrisa que no terminaba de creérsele—. ¿La puedo ayudar en algo?
—No, gracias. Solo quiero mirar.
—Estoy aquí para lo que necesite. Me llamo Elena.
Me acerqué al fondo, donde colgaban las bragas y los tangas como pequeñas obras de arte sobre perchas forradas. Había una de encaje negro tan transparente que solo verla me hizo bajar la mirada. La devolví a su sitio como si quemara.
—Son preciosas, ¿verdad? —Elena había llegado a mi lado sin que la oyera—. ¿Es la primera vez que entra aquí?
—Sí.
—Se nota un poco, pero no en mal sentido. Aquí casi nunca entran mujeres jóvenes.
Tendría unos cincuenta y tantos, supuse. Llevaba un vestido oscuro ajustado y unos pendientes pequeños que le rozaban el cuello cada vez que giraba la cabeza. Su voz era baja, pausada, como si todo lo que dijera tuviera el tiempo justo para ser dicho.
—Por favor, no me trates de usted —le pedí—. Me hace sentir más vieja que tú.
Se rio. Fue una risa pequeña, contenida, y vi que tenía los labios pintados de un rojo apagado, casi marrón.
—De acuerdo, reina. ¿Buscas algo para una ocasión especial?
—Algo así.
—¿A tu marido le gustan los tangas?
—No sé —contesté, y enseguida me di cuenta de lo triste que sonaba—. Hace tiempo que no se lo pregunto.
Elena no insistió. Sacó cuatro modelos distintos —blanco, rojo, azul, negro— y los fue dejando sobre el mostrador con un cuidado casi religioso. Luego volvió a coger la pieza de encaje, la que yo había soltado como si quemara.
—Esta te la regalo.
—Elena, no…
—Es un detalle. Y porque me parece que la necesitas más de lo que crees.
Me llevó hasta un espejo de cuerpo entero y se colocó detrás de mí, las manos apenas rozándome los hombros. En el reflejo nos miramos: yo colorada, ella tranquila, los ojos puestos en los míos.
—Eres muy hermosa, ¿lo sabes?
—Tú también —dije, y la voz me salió más baja de lo que pretendía.
***
Pagué doscientos noventa euros. Lo hice con los billetes del señor Vargas y sentí que cada uno de ellos llevaba escrita una vergüenza distinta. Cuando salí a la calle con la bolsa colgando del antebrazo, me di cuenta de que no podía aparecer en casa de Beatriz con eso. ¿Cómo se le explica a una cuñada que has gastado el sueldo de tu marido en lencería para otro hombre?
Elena debió de verme la cara desde la puerta de la boutique, porque salió detrás de mí.
—¿Todo bien, reina?
Le conté lo de la niña, lo de Beatriz, lo absurdo de la bolsa. Me ofreció guardarla en su casa hasta que yo pudiera pasar a buscarla.
—Los viernes por la tarde tengo a una empleada. Puedes venir cuando quieras.
—Eres demasiado buena conmigo.
—No tanto. Solo quiero que vuelvas.
Me anotó la dirección en un papelito y me besó en la mejilla al despedirse. Caminé hasta casa de Beatriz con esa frase repitiéndose en la cabeza: solo quiero que vuelvas. Rechacé el café, inventé otra excusa. Recogí a la niña, le di de comer, la acosté.
***
En el sofá traté de cerrar los ojos. La imagen del señor Vargas, de su boca abierta y mi cuerpo encima, volvió como una marea. Bajé la mano entre las piernas y descubrí que estaba empapada. Me asusté de mí misma. Me levanté, me di una ducha, recogí la ropa del tendedero. Cualquier cosa con tal de no quedarme quieta.
Y entonces me acordé del papelito.
Saqué el teléfono y le escribí un mensaje.
«Hola, Elena. Soy Carolina. Antes me olvidé de escribirte.»
La respuesta tardó treinta segundos.
«Sabía que escribirías. Si quieres pasar a buscar la bolsa, estoy en casa.»
«¿Ahora?»
«Ahora.»
***
Abrió la puerta con una bata de raso azul que le llegaba a la mitad del muslo. El pelo lo llevaba suelto, todavía húmedo, y olía a un perfume distinto al de la boutique, más cercano, más íntimo. Me hizo pasar, dejamos a la niña dormida en una habitación al fondo, y nos sentamos en el salón una frente a la otra.
Hablamos. De su negocio, de mi marido, de mis horarios. Me preguntó la edad: treinta y tres, le contesté. Ella tenía cincuenta y seis. Le confesé que aparentaba bastante menos y se rio igual que se había reído por la mañana, como si las risas las administrara con cuentagotas.
—¿Qué es lo que te avergüenza, reina?
—No sé. Todo.
—¿Que te miren? ¿Tu cuerpo? ¿El sexo?
—Que reacciono demasiado. Cualquier cosa me…
—¿Te excita?
Asentí. No tenía sentido seguir negándolo después de toda la mañana.
—¿Y tu marido?
—Hace meses que no me toca.
Elena se acercó en el sofá. La distancia entre nosotras se hizo de pronto demasiado evidente. Me preguntó cuándo fue la última vez que me había sentido deseada. No supe contestar.
—Cuando era adolescente —dije al fin, casi por decir algo—, me masturbaba todo el rato. En la ducha, antes de dormir, debajo del escritorio del colegio. No podía parar.
—¿Y ahora?
—Ahora me da vergüenza. Cuando termino me siento mal.
Me tapé la cara con las manos. Estaba a punto de llorar y no sabía por qué. Elena se levantó del sofá, se sentó a mi lado y me abrazó. El cuello le olía bien, a perfume y a algo más suyo. Me dejé caer contra ella como una niña.
—¿Quieres que sea yo quien te toque? —me susurró cerca de la oreja.
Me separé un poco para mirarla.
—A mí no me gustan las mujeres, Elena.
—A mí tampoco. Nunca toqué a ninguna.
No sé qué fue exactamente lo que se rompió dentro de mí al oír eso. Volví a apoyar la cara en su cuello y le besé la piel, despacio, sin pensar. Tenía la boca a un centímetro de su oreja cuando se lo pedí.
—Tócame.
Su mano subió por el interior del muslo como si lo hubiera hecho cien veces. Apoyó la palma sobre la tela de la braga y noté el momento exacto en que descubrió lo mojada que estaba. Las dos respiramos al mismo tiempo. Cuando deslizó los dedos por debajo del elástico y me tocó la piel directamente, gemimos las dos a la vez, como si compartiéramos la misma sensación desde lados distintos.
—Estás temblando —murmuró.
—Lo sé.
Metió un dedo. Luego otro. No tenía la urgencia del señor Vargas, ni la torpeza ronca de mi marido cuando se decidía a tocarme. Sus movimientos eran lentos, exactos, como si supiera de antemano dónde estaba lo que yo necesitaba. Cogí la manta que tenía al lado y la puse debajo de mí sin pensar, casi por instinto, sabiendo lo que iba a pasar.
Y pasó.
Gemí sin acordarme de la vergüenza. Gemí en su oído mientras ella me besaba la sien y me llamaba reina como si fuera la única manera de nombrarme. El primer chorro me sorprendió a mí misma. El segundo me dejó sin aire. El tercero y el cuarto vinieron uno detrás de otro mientras Elena seguía sin parar, sin asustarse, mirándome la cara como si nunca hubiera visto nada parecido.
Cuando dejé de temblar, me acurruqué contra ella y le besé las mejillas. No le besé la boca. Todavía no podía.
—¿Estás bien, reina?
—Estoy mejor que bien.
***
Me ofreció ducharme en su baño. Cuando salí con la toalla enrollada, ella estaba en la habitación desabrochándose el nudo de la bata. Me quedé en la puerta, sin entender muy bien qué hacía allí parada, y la miré.
—Voy a pasar un momento por la tienda. ¿Te molesta si me cambio aquí?
—No —dije, y por primera vez en todo el día fue una negativa que no escondía nada—. Cámbiate aquí.
Se quitó la bata. Debajo llevaba un pijama de raso a juego. Se sacó la parte de arriba y vi sus pechos: más pequeños que los míos, firmes, con los pezones oscuros y las areolas grandes. No aparté la mirada. No quise. Ella tampoco apartó la suya cuando se quitó la parte de abajo y se quedó desnuda delante de mí.
Tenía el pubis depilado, igual que yo. El sexo más oscuro que el mío, recogido entre los muslos. Pensé que era una mujer sensual y se me ocurrió que esa palabra, sensual, no la había usado nunca para otra mujer.
Algo me empujó. Solté la toalla.
Nos miramos desnudas durante un minuto entero. No nos tocamos. No hizo falta.
—Eres hermosa, Carolina.
—Tú también.
Nos vestimos despacio, alargando cada movimiento. Cuando Elena se iba a poner el sujetador, algo dentro de mí se rebeló contra la idea de no volver a ver esos pechos hasta quién sabe cuándo. Me acerqué sin avisar y la abracé. La abracé fuerte, pegando mi torso desnudo al suyo, mis pezones contra los suyos, mi calor contra su calor. Sentí los suyos endurecerse al mismo tiempo que los míos. Sentí que respiraba más rápido. Yo también.
El llanto de la niña en la otra habitación nos separó.
***
Bajamos juntas al portal y nos despedimos en la calle, una en dirección a la boutique, la otra hacia mi casa. Antes de irme, le susurré al oído que la semana siguiente, si ella quería, podía volver otro día. Cualquier día.
—Cuando quieras, reina.
Caminé empujando el cochecito sin sentirlo. La niña dormía. Las farolas se iban encendiendo. Pensé en mi marido, que llegaría tarde como siempre. Pensé en el señor Vargas y en las bragas que había comprado para él. Pensé en Elena y en la huella de su mano todavía caliente dentro de mí.
No sabía qué clase de mujer era yo a partir de esa tarde. Solo sabía que el lunes, o el martes, o el miércoles a más tardar, iba a volver a llamar a esa puerta.