La esposa del predicador me miraba cada domingo
La primera vez que la sorprendí mirándome fue durante un himno. Yo estaba de pie en la cuarta fila, con el libro de cantos abierto sin demasiada convicción, y al girar la cabeza descubrí que Mariana —la esposa del predicador— tenía los ojos clavados en mí desde el otro extremo del salón. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, ella bajó la vista, avergonzada, como una niña a la que pillan con la mano en el frasco de azúcar.
No fue casualidad. Lo comprobé el domingo siguiente, y el otro, y el otro. Cada vez que el predicador alzaba la voz y la congregación inclinaba la cabeza, yo notaba el peso de su atención sobre mi nuca. Y me gustaba.
Mariana debía rondar los cuarenta y tantos. Era de estatura mediana, de carnes generosas sin llegar a ser gruesa, piel muy blanca y un cabello negro y liso que le caía hasta los hombros. Tenía los ojos de un verde inquieto y una boca grande de labios carnosos que casi siempre dibujaba una sonrisa. Vestía faldas largas, modestas, pero ninguna tela del mundo lograba disimular la forma de sus caderas cuando caminaba por el pasillo hacia la salida, ni el bamboleo pesado de sus tetas bajo la blusa abotonada hasta el cuello. Yo la seguía con la mirada hasta que desaparecía por la puerta, y en cuanto llegaba a casa metía la mano entre mis piernas pensando en ella.
Me gustan las mujeres mayores. Siempre me han gustado. Hay algo en la calma de una mujer que ya sabe quién es, en la manera en que ocupan su propio cuerpo, que me desarma. Y Mariana, con esa mezcla de dulzura y represión, se había convertido en la protagonista de cada noche que pasaba sola en mi cama, con dos dedos hundidos en el coño y la almohada mordida para no gritar su nombre.
Tardé tres meses en reunir el valor. Sabía, porque ella misma lo había comentado una vez tomando café después del servicio, que los domingos los pasaba sola: su marido se quedaba en el templo hasta entrada la noche, ordenando, rezando, recibiendo a los rezagados. Así que aquel domingo, en cuanto terminó el sermón, me acerqué a ella antes de que se marchara.
—Mariana, ¿podría acompañarte a casa? Necesito hablar con alguien y no sé con quién más.
Ella me miró un segundo de más antes de asentir. Caminamos las cuatro calles que separaban el templo de su casa en silencio, rozándonos los brazos sin querer, o queriendo.
***
Su sala olía a madera encerada y a flores secas. Me ofreció un vaso de agua y se sentó a mi lado en el sofá, con las manos sobre el regazo y esa expresión de quien está dispuesta a escuchar todos los problemas del mundo.
—Cuéntame, ¿qué te preocupa?
Bajé la cabeza. No tenía que fingir demasiado el nerviosismo; lo sentía de verdad.
—Me da mucha vergüenza decírtelo. Tengo miedo de que pienses mal de mí después de escucharme.
Mariana me tomó las manos entre las suyas. Las tenía pequeñas, tibias, de uñas cortas y cuidadas.
—Puedes hablar con confianza. No voy a juzgarte.
Levanté la vista y, sin soltarle la mano, deslicé la otra hasta dejarla apoyada sobre su muslo, por encima de la falda. La sentí tensarse.
—¿Es pecado desear a otra mujer? —pregunté en voz baja.
El verde de sus ojos titubeó. Se le subieron los colores a las mejillas y tardó en contestar.
—No… no es pecado desear. Es algo natural —dijo, y su voz salió más ronca de lo que ella esperaba—. ¿Te sientes atraída por alguna chica?
—Por una mujer —corregí, apretando un poco la palma contra su muslo—. Pienso en ella todo el tiempo. Y me toco el coño pensando en ella, casi todas las noches. Me meto los dedos hasta el fondo imaginando que son los suyos.
Noté cómo su respiración cambiaba. No retiró mi mano.
—¿Y quién es? —murmuró.
—Es alguien de la congregación. Está casada. No creo que quiera nada conmigo… aunque a veces la sorprendo mirándome durante el servicio. Y esa mirada me deja empapada.
El silencio que siguió fue largo. Mariana se quedó muy quieta, con el pecho subiendo y bajando deprisa, y supe que había entendido. Lo supe por la forma en que sus dedos se cerraron involuntariamente sobre los míos.
—¿Yo te gusto? —solté, sin apartar los ojos de los suyos.
—No sé a qué te refieres —respondió, pero la mentira le tembló en los labios.
—Sé que me miras cada domingo. Sé que me buscas entre la gente. Quiero oírte decir que te gusto. Quiero oírte decir que también pensás en mí cuando estás sola.
Ella tragó saliva. Nunca, en todos esos meses de miradas robadas, había imaginado que la joven a la que espiaba en secreto fuera capaz de confrontarla así, en su propia sala, con la mano subiendo por su pierna.
—Me pareces… preciosa —confesó al fin, casi en un suspiro—. Me da placer mirarte. Eso es todo. No pienso en nada más.
Mentira, pensé. Y de las dulces.
Subí la mano un par de centímetros, llevándome la tela de la falda conmigo, y me incliné hasta que mi boca quedó a un palmo de la suya.
—Yo sí pienso en mucho más —dije, y la besé.
***
Fue un beso lento al principio, casi una pregunta. Mariana se quedó rígida un instante y después cedió, abrió los labios y me devolvió el beso con un hambre que llevaba años guardada. Le mordí el labio de abajo, se lo chupé, le metí la lengua hasta el fondo de la boca y ella me la buscó con la suya, torpe y ansiosa, gimiendo bajito como si le doliera dejarse llevar. Aproveché para meter la mano por debajo de la falda y recorrer la cara interior de su muslo. La piel le ardía. Cuando mis dedos rozaron el borde de la ropa interior, ella separó las piernas apenas lo justo, como si su cuerpo decidiera por ella. Empujé la tela hacia un lado y le pasé un dedo entero por la raja del coño, de abajo hacia arriba, y la encontré tan mojada que la yema me quedó brillante.
—Estás chorreando —le susurré al oído, y le mostré el dedo antes de metérmelo a la boca y chuparlo despacio delante de ella—. Riquísima.
Mariana se puso escarlata y giró la cara, pero yo se la volví hacia mí sujetándola por la barbilla.
—¿Tu marido te hace gozar? —le pregunté contra el cuello.
—Hace años que no me toca —admitió, y había una tristeza vieja en esa frase—. Supongo que ya no le parezco atractiva. Cuando lo hace, se corre en dos minutos y se da la vuelta a dormir. Nunca me ha… nunca me ha metido la boca ahí abajo.
Aquella confesión me encendió más de lo que ya estaba. Que un hombre tuviera a esta mujer en su cama todas las noches y no supiera qué hacer con ella me parecía un desperdicio imperdonable. Yo llevaba meses muriéndome por comerle el coño hasta dejarla ronca.
La besé de nuevo, más hondo, mientras dos de mis dedos se colaban bajo la tela y se hundían de golpe dentro de ella. Mariana pegó un grito ahogado contra mi boca y se aferró a mi hombro con las uñas. La empecé a follar con la mano así, sentada en el sofá, con la falda arrugada hasta la cintura y las bragas hechas a un lado, sintiendo cómo su coño me apretaba los dedos con cada empujón.
—Así te tendría que follar él —le dije al oído mientras curvaba los dedos dentro—. Todas las noches. Hasta dejarte sin voz.
Ella gemía sin poder cerrar la boca, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás sobre el respaldo. Le desabotoné la blusa botón a botón, sin prisa, disfrutando de la manera en que su pecho se agitaba. Le bajé los tirantes del sostén, le liberé las tetas de las copas y descubrí unos pezones rosados y delicados que ya estaban duros como piedras. Bajé la cabeza y atrapé uno con los labios, se lo chupé fuerte, se lo mordí con cuidado y después con menos cuidado, mientras seguía metiéndole y sacándole los dedos del coño. Ella echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un sonido que no había hecho en mucho tiempo, un gemido largo, animal, que se cortó en un jadeo cuando pasé el pulgar por su clítoris hinchado.
—No sé qué hacer —susurró, casi disculpándose, con la voz rota—. Nunca he estado con una mujer. No sabría…
—No tienes que hacer nada —le dije, levantando la vista del pezón que estaba chupando—. Solo abrí las piernas y déjate follar. Yo me encargo del resto.
Y entendí, en ese momento, que Mariana necesitaba exactamente eso: que alguien decidiera por ella. Toda su vida había sido la esposa obediente, la mujer que se conformaba con las migajas. Esa tarde quería entregarse, dejar de pensar, obedecer. Y yo estaba más que dispuesta a guiarla.
***
La desvestí del todo allí mismo, en el sofá, y la contemplé desnuda a la luz dorada de la tarde que entraba por las cortinas. Era todavía más hermosa de lo que mis fantasías habían dibujado: las caderas anchas, el vientre suave, los muslos llenos, las tetas grandes y caídas apenas por el peso, con los pezones tiesos y brillantes de saliva. Entre las piernas tenía una mata de vello negro y espeso, empapada, y por los muslos le corría un hilo de flujo. La rodeé con los brazos y le apreté el culo con las dos manos, atrayéndola hacia mí, hundiéndole los dedos en las nalgas.
—Llévame a tu cama —le pedí—. Quiero comerte el coño donde duerme tu marido.
Ella obedeció sin una palabra, con los ojos vidriosos. Me tomó de la mano y me condujo por un pasillo hasta un dormitorio sencillo, con una cama de matrimonio cubierta por una colcha tejida. La senté en el borde, me arrodillé en el suelo entre sus piernas y se las abrí de par en par, empujándole las rodillas hacia afuera hasta que quedó completamente abierta delante de mí. Su coño hinchado, rosado por dentro, brillaba de lo mojado que estaba. Se me hizo agua la boca.
Antes de tocarla, levanté la vista para mirarla. Mariana me observaba con una mezcla de miedo y deseo, las mejillas encendidas, los labios entreabiertos, las tetas subiendo y bajando con su respiración descontrolada. Entonces incliné la cabeza y le pasé la lengua entera, plana, desde la entrada del coño hasta el clítoris, chupándomela toda de una lamida larga.
El grito que soltó casi me hace sonreír. Se agarró a las sábanas con ambas manos y arqueó la espalda tan fuerte que se le levantó el culo de la cama. Yo no tenía ninguna prisa: quería que sintiera cada cosa que su marido jamás se había molestado en darle. Le abrí los labios del coño con dos dedos y le enterré la lengua por dentro, follándola con la boca, saboreando cuánto se había mojado por mí. Después le chupé el clítoris, lo atrapé entre los labios y lo succioné suave, después fuerte, sacudiéndolo con la punta de la lengua. Le dibujé círculos, alterné la presión, le pasé la lengua entera y después solo la puntita, y cuando la noté al borde deslicé dos dedos dentro de ella. Estaba empapada, ardiendo, tan tensa que se me cerraba alrededor de los dedos como un puño.
—Me vengo —jadeó, con los muslos temblándole a los lados de mi cara—, me vengo, ay Dios, me vengo…
La miré desde abajo sin dejar de chuparle el clítoris, con dos dedos hundidos hasta los nudillos, y la vi correrse. Se le contrajo todo el cuerpo, el coño me apretó los dedos en oleadas, y soltó un gemido larguísimo que terminó en un sollozo. Se quedó temblando, sin aliento, con el pecho subiendo y bajando y los pezones apuntando al techo. Yo seguí lamiéndola despacio mientras bajaba, chupándole el flujo que se le escapaba, hasta que me apartó la cabeza porque no podía más.
—¿Te habías corrido así alguna vez? —le pregunté, subiendo a la cama junto a ella con la boca y la barbilla brillándome de lo suyo.
—Nunca —jadeó—. Nunca así. Pensé que… que yo era el problema. Que no servía para esto. Que era frígida.
—El problema nunca fuiste vos —le dije, y la besé en la boca sin limpiarme, para que se probara a sí misma en mis labios. Ella al principio se resistió, después me buscó la lengua y me chupó los labios como si le gustara el sabor de su propio coño.
***
No la dejé descansar mucho. Le hice subir las rodillas hasta el pecho, le separé las piernas otra vez y volví a hundir la boca en ella, ahora todavía más hinchada y sensible. Le lamí desde el culito hasta el clítoris, larga, despacio, y la sentí estremecerse cuando la punta de mi lengua le tocó el otro agujero. Volví ahí, jugué un rato, la humedecí bien con saliva, y después subí a comerle el clítoris otra vez mientras la penetraba con los dedos curvados, presionando hacia adelante hasta que encontré el punto que la hacía retorcerse por dentro, esa zona rugosa que se hincha cuando una mujer se va a correr fuerte.
Mariana se aferró a mi cabeza, ya sin pudor, empujando su coño contra mi boca, pidiéndome más con la respiración entrecortada, moviendo las caderas para follarme la cara.
—Así —gemía—, no pares, por favor, no pares, comeme, comemelo todo…
La esposa modesta del predicador, la que bajaba la mirada en los himnos, se había convertido en una hembra desatada entre esas sábanas, pidiendo con la boca sucia lo que llevaba veinte años callando. Y verla así, gozando sin culpa, con el coño chorreando en mi boca y las tetas rebotándole con cada empujón, fue para mí el mayor de los placeres. Le metí un tercer dedo, la ensanché, la follé más fuerte, más rápido, chupándole el clítoris sin piedad, y se vino una segunda vez, más fuerte que la primera, clavándome los talones en la espalda y apretándome la cabeza contra su coño con las dos manos. Sentí cómo se le escapaba un chorrito tibio contra la palma de mi mano.
—Ay Dios mío —susurraba entre jadeos, con lágrimas en los ojos—, ay Dios mío, qué me has hecho…
Cuando por fin se calmó, me atrajo hacia ella y, con una timidez torpe y encantadora, intentó devolverme lo que le había dado. Me tumbó de espaldas, me abrió las piernas, y se quedó mirando mi coño desnudo un momento largo, casi con miedo. Después bajó la cara y me dio la primera lamida, insegura, como si probara algo prohibido. Gimió al sentir el sabor, y eso me encendió más que la propia lengua.
No lo hizo bien, no al principio; me lamía por todos lados sin encontrar el punto. Pero la guie con paciencia, hundiéndole los dedos en el pelo.
—Más arriba, mi amor… ahí, ahí, ese botoncito, chupámelo… así, con los labios… ahora sacá la lengua y metémela adentro… eso, así, muy bien…
Aprendía rápido. En pocos minutos ya me la estaba comiendo con hambre, chupándome el clítoris con los labios apretados mientras me metía dos dedos en el coño, imitando exactamente lo que yo le había hecho a ella. Y la idea de estar iniciándola, de ser la primera y la mejor, de haber corrompido a la esposa del predicador hasta convertirla en una tragaconchas obediente entre las sábanas donde duerme con él, me llevó al límite enseguida.
—Me corro en tu boca —le avisé, agarrándole el pelo con las dos manos—, tragátelo todo…
Acabé sobre su boca con un temblor que me recorrió de la cabeza a los pies, apretándole la cara contra mi coño, empapándola. Ella no se apartó. Se quedó ahí, lamiendo, chupando, tragando, hasta que la última oleada me dejó floja sobre la colcha.
Nos quedamos abrazadas un buen rato, desnudas y sudadas, escuchando el reloj del pasillo y los ruidos lejanos de la calle. La cama olía a coño, a saliva, a las dos. La tarde se apagaba despacio tras las cortinas.
—Él volverá en unas horas —murmuró ella, con la cabeza apoyada en mi pecho y un dedo dibujándome círculos alrededor del pezón.
—Lo sé —respondí, acariciándole el pelo—. Por eso vamos a aprovechar cada domingo que pase fuera. Y la próxima vez traigo algo para follarte como Dios manda.
Mariana levantó la cara y me miró. Ya no había vergüenza en sus ojos verdes, solo una promesa nueva y un hambre recién descubierta.
—Cada domingo —repitió, y volvió a besarme con la boca todavía sabiendo a mí.





