Mi primera vez fue con la entrenadora del equipo
El campeonato universitario de porristas se disputaba lejos de casa, así que todo el equipo había viajado a otra ciudad y se hospedaba en el mismo hotel durante el fin de semana. Para Marina, entrenadora desde hacía cuatro años, esos torneos eran lo más parecido a unas vacaciones. No por el descanso, sino por lo que podía mirar.
Lo que más le gustaba de su trabajo era estar rodeada de chicas en plena forma. Las veía entrenar con esas faldas cortas y esos tops ajustados, las observaba estirar, sudar, reírse entre rutina y rutina. Le encantaba el final de cada práctica, cuando todas terminaban empapadas y el aire del gimnasio olía a esfuerzo. Tenía sus rarezas, y lo sabía: la piel cubierta de sudor la encendía de un modo que nunca había sabido explicar.
Marina tenía treinta y tres años y estaba en su mejor momento. Entrenaba a diario y su cuerpo lo demostraba: alta, de líneas firmes, piel clara, melena rubia recogida casi siempre en una cola tirante. Lo primero que llamaba la atención de ella eran los ojos, de un gris frío que contrastaba con lo cálido de su voz. Las chicas del equipo la admiraban, y más de una le había confesado entre risas que envidiaba esa figura. A Marina le gustaba escucharlo. Le gustaba todavía más mirar.
Esa temporada tenía los ojos puestos en Lucía. Era la capitana, la que dirigía las rutinas y marcaba el ritmo de las demás, y también la más bonita del grupo: castaña con reflejos rojizos, ojos grandes y azules, una constelación de pecas cruzándole la nariz y una boca que se mordía sin darse cuenta cuando estaba concentrada. Tenía veintidós años y una seguridad que las otras todavía no habían aprendido.
Entre ellas se había formado una amistad real. Como capitana, Lucía pasaba más tiempo con la entrenadora que cualquier otra: planeaban formaciones, discutían cambios, hablaban hasta tarde de cosas que no tenían nada que ver con el equipo. De tanto compartir, terminaron volviéndose cercanas. Una vez, después de un entreno, Lucía le había dicho que tenía un cuerpo de revista, y aunque lo dijo sin malicia, esas palabras se le quedaron a Marina dando vueltas durante días.
El torneo arrancó el viernes y se extendía hasta el domingo. Entre presentación y presentación, Marina se cruzó con chicas de otros equipos que le revolvieron el deseo más de lo que estaba dispuesta a admitir. Una en particular, una pelirroja de ojos claros que entrenaba con el equipo rival, la dejó conversando de pie en un pasillo solo por el gusto de mirarla de cerca. Se llamaba Renata, y tenía prisa. Se despidió antes de que Marina encontrara una excusa para retenerla.
Esa tarde su equipo lo hizo bien. Sacaron uno de los mejores puntajes de la jornada y volvieron al hotel eufóricas. Cenaron juntas, celebraron, y poco a poco se fueron retirando a sus habitaciones. Era tarde y al día siguiente tocaba madrugar.
***
Marina se quedó sola en su cuarto con una tensión que no la dejaba dormir. La pelirroja le había encendido algo que ahora le pedía salida. Pensó en resolverlo ella misma, como tantas otras noches, pero entonces se le cruzó una idea distinta y no consiguió sacársela de encima.
Lucía era la única del equipo con habitación individual. Privilegios de capitana. Marina se lo pensó, lo descartó, lo volvió a pensar. Lo peor que puede pasar es que me diga que no. Y con la confianza que se tenían, hasta un rechazo sería suave. Se levantó antes de arrepentirse.
—Hola, hermosa. Vengo a dormir contigo, me siento sola en mi cuarto —dijo Marina al abrir la puerta, con un tono ligero, de amiga.
—Ven, métete —respondió Lucía, corriéndose en la cama para hacerle sitio sin levantar la cabeza de la almohada.
Marina se acostó a su lado y la rodeó con el brazo. Lucía se acurrucó contra ella, cómoda, sin sospechar nada. La entrenadora empezó a recorrerle el brazo con la yema de los dedos, despacio, de la muñeca al hombro y de vuelta.
—Tienes la piel suavísima. Dan ganas de no parar de tocarte —murmuró—. ¿Te gusta cómo se sienten mis dedos?
—Mucho. Me estás durmiendo —contestó Lucía con un hilo de voz.
—Entonces te voy a arrullar hasta que te duermas.
Lucía recibió esas caricias como lo que parecían: un gesto de cariño entre amigas. No vio nada raro en ellas. Pero detrás de cada roce había una intención precisa, y Marina sabía cómo ir alargando el recorrido. Sus dedos subieron hasta el cuello, bajaron de nuevo, se demoraron en la curva de la cadera. Lucía, lejos de apartarse, pegaba el cuerpo cada vez más al de ella.
La mano de Marina se deslizó por debajo del pijama hasta el vientre. Luego bajó a las nalgas, las apretó apenas y volvió a las caderas antes de que la otra alcanzara a decir nada. Lo repitió: muslo, vientre, nalgas, una y otra vez, midiendo cada reacción. Lucía no oponía la menor resistencia. Seguía pensando que aquello eran mimos de amiga.
Marina decidió subir la apuesta. Le apartó el pelo del cuello y lo besó. Lucía dejó escapar un suspiro. La entrenadora repitió, esta vez recorriendo la piel con la lengua, y sintió cómo todo el cuerpo de la chica se estremecía. La mano subió de nuevo, esta vez hacia los pechos, y los cubrió por encima del sostén. Lucía suspiró más fuerte y se giró hasta quedar de frente a ella.
Quedaron a un palmo de distancia. Marina cerró la distancia y la besó en la boca. Lucía respondió, primero con duda y enseguida sin ella. Se quedaron así largo rato, mientras la mano de la entrenadora encontraba el camino por debajo de la tela y empezaba a jugar con sus pezones. Lucía gimió contra sus labios, bajo, contenido. Antes de seguir, Marina necesitaba estar segura. Llevó la mano más abajo, sobre el pijama, justo donde la chica ardía, y la respuesta fue un gemido más hondo. Esa era la confirmación que buscaba.
Le levantó la camiseta y el sostén y le besó los pechos sin prisa, recreándose en cada uno. Lucía no paraba de jadear. Después fue ella la que reaccionó: se incorporó, le quitó la ropa de arriba a la entrenadora y, con una torpeza que tenía su propio encanto, repitió en su cuerpo lo que acababan de hacerle en el suyo. Apretó, lamió, descubrió.
Para Lucía todo aquello era nuevo. Había sentido curiosidad antes, sobre todo desde una noche en que había besado a una amiga en una fiesta, pero nunca había ido más allá. Y si tenía que pasar, prefería que fuera así: con alguien en quien confiaba, con una mujer que le parecía guapísima y que sabía lo que hacía. Los besos eran suaves, las caricias precisas, y cuando la mano de Marina se posó entre sus piernas sintió una corriente recorrerle entera. Decidió dejarse llevar. Si su primera vez con otra mujer iba a ser con su entrenadora, una mujer con experiencia que podía enseñarle, mejor.
Marina le quitó el pantalón del pijama y se acomodó a los pies de la cama. Antes de cualquier otra cosa, le tomó un pie entre las manos. Eran pequeños, las uñas cuidadas. Se lo llevó a la boca y fue probando los dedos uno a uno, recorrió la planta con la lengua, y Lucía sintió un cosquilleo que le subía por toda la pierna. Nunca le habían hecho algo así. Pensó, casi mareada, que si todo lo que venía iba a ser de ese calibre, esa noche iba a cambiar muchas cosas.
La entrenadora fue subiendo despacio, mordiendo apenas la piel, recorriendo la cara interna del muslo. Lucía ardía mucho antes de que llegara a ningún sitio. Era la primera vez que descubría que su cuerpo tenía tantos lugares capaces de encenderse, y que una sola persona pudiera ir activándolos con esa calma. Cuando Marina por fin le quitó la última prenda y posó los labios justo donde ella lo pedía, Lucía tuvo que apretar las manos contra las sábanas.
—Si gimes así de fuerte nos van a oír las demás —le susurró Marina sin detenerse.
Lucía se mordió los labios para aguantar. Le costaba. El placer era demasiado y su entrenadora resultó ser todo lo que prometía. La miró mientras lo hacía, de verdad la miró por primera vez: la firmeza de su cuerpo, esos ojos grises clavados en ella, y empezó a esperar con impaciencia el momento de devolverle cada cosa.
Marina alternó la lengua y la presión justa, leyendo el cuerpo de la chica como quien conoce el camino de memoria. Lucía se retorció, aguantó hasta el límite, y cuando ya no pudo más se le escapó un grito ahogado contra el dorso de su propia mano. El orgasmo la dejó temblando un buen rato. Nunca había sentido nada que la dominara de esa manera, hasta dejarla sin fuerzas.
***
Cuando se recuperó, Lucía se puso nerviosa. Quería corresponder, pero no sabía si sería capaz de hacerlo igual de bien. Decidió guiarse por instinto: ella también tenía un cuerpo, también sabía qué se sentía bien. Se acomodó entre las piernas de Marina, respiró hondo, aprendió primero el olor y después el sabor. La entrenadora gemía bajo, sin parar, y ese sonido le dio a Lucía la confianza que le faltaba.
Lo hacía mejor de lo que esperaba. Probaba ritmos, repetía lo que arrancaba más reacción, succionaba y volvía a empezar. La invadió una sensación que no había sentido nunca, algo que no terminaba de nombrar, hasta que entendió que era simplemente deseo en estado puro: las ganas de seguir, de hacer gemir a otra mujer, de descubrir que aquello le gustaba más que nada que hubiera probado antes. Se concentró, y al poco rato sintió cómo el cuerpo de Marina se tensaba bajo el suyo. La entrenadora le sujetó el pelo, la guio, y terminó con un temblor largo que la dejó sin aire.
—¿Te gustó? —preguntó Marina con una sonrisa cansada.
—Mucho. Me encantó que me agarraras del pelo —respondió Lucía.
—¿Quieres venirte otra vez? Hagámoslo las dos a la vez —propuso la entrenadora.
—Quiero que me enseñes todo —dijo Lucía, y lo decía en serio.
Se acomodaron una frente a la otra, cuerpo contra cuerpo, y se buscaron al mismo tiempo. Marina llevaba la delantera, marcaba el ritmo igual que en los entrenamientos, y Lucía se dejó conducir hasta volver a temblar. La entrenadora, que todavía no tenía suficiente, la giró boca arriba, entrelazó las piernas con las suyas hasta que sus cuerpos quedaron unidos y empezó a moverse encima de ella con todas sus fuerzas. Las dos jadeaban. Cuando Marina llegó otra vez, se inclinó sobre Lucía para terminar lo que faltaba, y esta vez la penetró con los dedos, despacio primero y luego sin tregua, hasta que la chica se vino una última vez con el cuerpo arqueado.
Por fin Marina sintió que había descargado todo lo que la pelirroja le había encendido horas antes. Quedó relajada, vacía en el buen sentido. Lucía, a su lado, sentía que acababa de asomarse a un mundo entero que no sabía que existía, uno con más placer del que ningún hombre le había dado. En algún rincón de su cabeza ya empezaba a imaginar qué pasaría si una de sus amigas del equipo, una que siempre le había parecido preciosa, llegara a enterarse de lo bien que se le daba ahora.
Marina la atrajo hacia su pecho y la dejó acomodarse ahí. Así, enredadas y rendidas, se fueron quedando dormidas, agotadas de tanto descubrirse.