Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que dejé de fingir con mi compañera

Ilustración del relato erótico: La noche que dejé de fingir con mi compañera

Camila y yo habíamos bebido más de la cuenta y salimos del bar sin ganas de quedarnos. No había aparecido ningún chico que valiera la pena: solo tipos insípidos, demasiado seguros de sí mismos, que se acercaban con frases gastadas y se iban igual de rápido. Así que pagamos la cuenta y volvimos caminando al departamento que compartíamos desde hacía casi un año.

Encendimos un cigarrillo en el balcón, nos servimos un par de copas más y empezamos a reírnos de la noche perdida. De los hombres aburridos, de las ganas con las que nos habíamos quedado, de lo poco que costaba arruinar una salida prometedora.

—A lo mejor somos demasiado exigentes —dijo Camila, dejándose caer en el sillón—. Deberíamos conformarnos con cualquiera.

—Deberíamos llamar al primero que pase por la calle y que nos acompañe a las dos —contesté, medio en serio, medio en broma.

Las dos soltamos una carcajada. Yo lo había dicho jugando, pero Camila se levantó, corrió la cortina y abrió la ventana de par en par. Se asomó a la calle vacía y, con una sonrisa traviesa, anunció:

—Ahí viene uno.

Empezó a moverse despacio, subiéndose el vestido centímetro a centímetro, marcando un baile lento frente al cristal. Yo la miraba desde el sillón sin poder creer lo que hacía.

—Estás loca —le dije entre risas.

—Ven acá —respondió, extendiendo la mano y tirando de mí para ponerme de pie.

Las dos terminamos bailando junto a la ventana, contoneándonos, levantándonos la ropa, tocándonos con descaro mientras nos aguantábamos la risa. Cuando el hombre pasó frente al edificio, Camila chasqueó la lengua para llamar su atención y se bajó el vestido lo justo para asomar el escote. El tipo levantó la vista, nos miró con cara de susto y aceleró el paso, casi corriendo.

Nos derrumbamos sobre el sillón muertas de risa, sin aire, abrazándonos para no caernos. Cuando por fin recuperé el aliento, dije lo primero que se me cruzó por la cabeza:

—Igual no necesitamos a nadie. Podemos arreglárnoslas solas.

—Tienes razón —contestó Camila, todavía sonriendo—. No hacen falta esos idiotas.

Se acomodó en el sillón, se levantó la falda, hizo a un lado la tela de la ropa interior y empezó a acariciarse sin ningún pudor, mirándome de reojo.

—Vamos —me dijo con voz suave—. Tócate tú también.

No deberíamos estar haciendo esto.

El pensamiento me cruzó y se fue igual de rápido. Me senté a su lado y la observé un momento. Se había bajado el vestido y sus pechos quedaron al aire: más llenos que los míos, firmes, con la piel tibia bajo la luz de la lámpara. Tenía la respiración entrecortada y los labios apenas abiertos.

No era la primera vez que la veía así. Camila siempre había tenido un cuerpo que llamaba la atención, y desde que compartíamos casa había visto pasar a más de un hombre por su habitación. Muchas noches escuchaba sus gemidos a través de la pared, y más de una vez terminé acariciándome en mi propia cama, ahogando el sonido contra la almohada para que no me oyera. Nunca me había atrevido a admitir, ni siquiera para mí, que esos gemidos eran lo que de verdad me encendía.

—¿Qué esperas? —me dijo, sacándome de mis pensamientos.

Me reí, nerviosa, y empecé a tocarme por encima de la ropa, sin decidirme a más.

—Así no —protestó, y con un gesto rápido tiró de mi escote hacia abajo.

El movimiento me tomó por sorpresa y sentí que me ruborizaba hasta las orejas.

—Vamos, haz lo mismo que yo —insistió, recostándose de nuevo y separando las piernas.

Le hice caso. Me acomodé en el sillón, separé las piernas, aparté la ropa interior y bajé los dedos. Estaba mucho más mojada de lo que esperaba. Empecé a acariciarme despacio y el calor me subió de golpe. El alcohol me soltaba las inhibiciones una a una, y por primera vez no me importó que ella estuviera mirando.

Cerré los ojos y me perdí un poco en lo que sentía. Cuando volví a abrirlos, Camila se había incorporado y me observaba sin dejar de tocarse. Me dio vergüenza y quise cubrirme, pero su voz me detuvo.

—No pares —susurró, acercándose—. Se nota que lo disfrutas, y a mí me encanta mirarte.

La sangre me subió a la cara. Aparté las manos y me cubrí el rostro, riéndome para disimular lo nerviosa que estaba.

—No seas tonta —le dije.

—No pares —repitió, esta vez muy cerca de mi oído, con una voz que no le conocía.

Sentí su cuerpo tibio pegándose al mío. Mis pezones se endurecieron y una ola de calor me bajó al vientre. Quité las manos de la cara, abrí los ojos y me encontré con su mirada llena de deseo. Dos de sus dedos se deslizaron entre mis piernas y un gemido se me escapó sin que pudiera evitarlo.

Camila sonrió. Sus pechos quedaban justo a la altura de mi boca, así que los tomé y empecé a besarlos, a lamerlos, a apretarlos con los labios. Eran suaves, cálidos, tan distintos a todo lo que había imaginado en aquellas noches en vela. No podía creer lo que estaba pasando. Cuántas veces me había tocado escuchándola del otro lado de la pared, cuántas veces la había visto cruzar el pasillo en ropa interior fingiendo que no me importaba. Y ahora la tenía entre mis manos, exactamente como había deseado en secreto durante meses.

El deseo se hizo más fuerte que cualquier vergüenza. La tomé por las caderas y la atraje hacia mí hasta sentarla sobre mis muslos. Seguí besando sus pechos mientras mis dedos buscaban entre sus piernas. La encontré empapada. Aparté la tela de un tirón y la acaricié con la yema de los dedos, despacio, sintiendo cómo se estremecía con cada movimiento.

Ella gemía bajito, y cada sonido suyo me encendía un poco más. Deslicé las manos por su espalda, le subí el vestido hasta la cintura y se lo saqué por encima de la cabeza. Camila se levantó apenas para terminar de desnudarse, dejó caer la última prenda al suelo y se recostó boca arriba sobre el sillón. Separó las piernas y me miró, ofreciéndose sin una palabra.

No lo pensé dos veces. Me deslicé hacia abajo y acerqué la boca a su sexo. Empecé besando los alrededores, rozándola apenas con la lengua, disfrutando de hacerla esperar.

—Sí… así —la oí murmurar, con la cabeza echada hacia atrás.

Bajé un poco más y la recorrí entera con la lengua, sin prisa, descubriendo su sabor por primera vez. Ella abría las piernas para mí, hundiendo los dedos en el tapizado del sillón. El calor de su piel, su olor, todo me resultaba mucho más intenso de lo que había imaginado en la soledad de mi cuarto.

Subí hasta su clítoris y empecé a dibujar círculos lentos a su alrededor. Sentí cómo la piel de sus muslos se erizaba bajo mis manos. Lo lamí con suavidad, sin apurarme, notando cómo crecía entre mis labios mientras su respiración se volvía más corta y entrecortada.

—No pares —jadeó—. Por favor, no pares.

Deslicé un dedo dentro de ella, despacio, y lo moví hacia arriba buscando ese punto que la hiciera perder el control. Su espalda se arqueó de inmediato y sentí sus manos cerrarse sobre mi cabeza, guiándome, pidiéndome más sin decirlo.

—Ahí… sí, justo ahí —gimió.

Escucharla me llevó al borde a mí también. Aumenté el ritmo, lamiendo y succionando con ganas, sintiendo cómo su cuerpo entero empezaba a temblar. Mi lengua estaba cansada, pero no me detuve por nada del mundo. Quería sentirla acabar, escucharla gritar como tantas noches la había escuchado a través de la pared, solo que esta vez por mí.

—Me vengo —avisó con la voz quebrada—. Ay, me vengo…

Sentí cómo se contraía contra mi dedo, cómo su cuerpo se sacudía atrapado en el orgasmo. Camila movía las caderas contra mi boca, apretándome contra ella, alargando cada segundo de placer. Un grito largo se le escapó mientras sus muslos se cerraban a los lados de mi cara.

Sin dejar de mirarla, bajé la mano libre hasta mi propio sexo. Estaba tan mojada que apenas necesité un par de caricias. Verla deshacerse así, sentirla temblar bajo mi lengua, fue todo lo que hizo falta. El orgasmo me alcanzó casi al mismo tiempo, intenso y repentino, y dejé escapar un gemido que quedó ahogado contra su piel.

Nos quedamos quietas un buen rato, recuperando el aliento, con las piernas enredadas y la respiración entrecortada. Camila me acarició el pelo en silencio, sonriendo apenas, y yo entendí que aquella madrugada había cambiado algo entre nosotras para siempre.

Ninguna de las dos dijo nada sobre los hombres del bar. Tampoco hacía falta.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (5)

BiCuriosaBA

que lindoo!! me encanto, muy bien escrito

Valentina_1994

Por favor seguí con esto!! quede con muchas ganas de saber que paso despues :(

LolaPBA

Se sintio tan real, como si lo estuviera viviendo yo misma. Muy bueno.

MarianoQro

Me recordo a una situacion parecida que tuve con una compañera de facultad, aunque en mi caso termino diferente jaja. Buen relato!

Pao_lectora

Lo que mas me gusto es la tension que se va construyendo desde el principio, se nota que saben escribir. Seguii asi!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.