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Relatos Ardientes

La pasante que quise hacer mía desde el primer día

Tenía cuarenta y un años, una marca de ropa que facturaba como nunca y una soledad que no se curaba con dinero. Había construido un imperio y, al mismo tiempo, no tenía a nadie con quien celebrarlo.

La empresa la habíamos levantado siendo casi unos críos: Marina, Damián y yo. Tres raros que se habían encontrado en los pasillos del secundario y que no encajaban en ningún otro lado. Marina y yo fuimos pareja durante más de veinte años. Damián, en cambio, nunca sentó cabeza; saltaba de un amor a otro sin detenerse en ninguno.

Los dos murieron en la misma ruta, la misma noche, dentro del mismo auto. Yo no había subido por pura casualidad. Durante mucho tiempo me pregunté por qué el mundo no había terminado conmigo también, por qué me dejaron afuera de ese final.

Teníamos treinta y seis años cuando pasó. La marca siguió viva porque estaba bien posicionada y porque teníamos diseñadores y empleados que la sostenían mejor de lo que yo era capaz en aquella época.

En cuanto a mí, hacía de la noche el día. Consumía lo que cayera, legal o no, sin medir las consecuencias. Me daba exactamente lo mismo despertar al lado de un hombre que de una mujer; lo único que buscaba era no estar sola al abrir los ojos, aunque casi siempre lo estuviera igual.

Después de una internación corta en un centro de recuperación, volví al mundo con la piel todavía en carne viva. Lo primero que hice fue pasar por la fábrica para ver cómo andaba la producción. Recorrí la línea logística y entonces la vi.

Era una mujer hermosa, muy joven, con una concentración en la cara que no se aprende. No tenía idea de quién era ni qué hacía ahí, pero supe en ese mismo instante que iba a ser mía.

Busqué a Mónica, mi mano derecha de toda la vida, y le pregunté por ella. Me miró con una desconfianza que no se molestó en disimular.

—Mónica, decime quién es. ¿Hace cuánto que trabaja acá?

—Esa no, Renata. Por favor, esa no.

—¿Hace cuánto que me conocés? Estuviste casi desde el primer día. Sabés perfectamente que no voy a parar hasta enterarme. Me lo decís vos o voy y se lo pregunto a ella.

Resopló y cedió. Me contó que todavía estaba a prueba, que se llamaba Catalina, que tenía veintidós años y que estudiaba diseño de indumentaria. Por ahora, ese puesto en la línea le alcanzaba.

Le pedí que organizara una reunión con cada persona que hubiera entrado en el último año. Fueron dos jornadas largas. Conocí caras nuevas, escuché historias parecidas, asentí mil veces. Hasta que por fin llegó el turno de Catalina.

Sabía que la vería el segundo día, así que me arreglé como hacía mucho no lo hacía. Unos jeans que parecían pintados y un body escotado que dejaba muy poco librado a la imaginación.

Cuando cruzó la puerta, me levanté a darle la bienvenida y me mostré genuinamente interesada en ella.

—Bueno, Cata, contame: ¿qué te gusta hacer en tu tiempo libre?

—Mi familia tiene caballos, así que monto siempre que puedo. Y viajar, claro.

—¿Tenés algún viaje pensado? Lo de los caballos me encanta.

—Tengo uno programado a Vietnam con mi novio para el otoño que viene.

—Cuánta anticipación. Falta como ocho meses para eso.

—Espero que no sea un problema. Se lo avisé a Mónica cuando me entrevistó.

—Para nada, esas cosas las arreglás con ella. ¿Y estás cómoda acá? Me dijo que estudiabas diseño.

—Sí, es como un sueño. Que mi primer trabajo sea este lugar… Recién arranco la facultad, voy a mi ritmo para poder con todo.

—Cuando empezamos la empresa no teníamos la menor idea de nada, pero estábamos convencidos de que íbamos a triunfar. A vos te veo esa fuerza, Cata, esa cosa que no todos tienen. Me encantaría que crezcas acá. Ojalá pueda ayudarte con lo que aprendí.

—Es un elogio enorme viniendo de usted. Ojalá llegue a ser la mitad de lo que es.

—¡Ni se te ocurra! ¿Tan vieja me ves? Tuteame, por favor.

—Te tuteo, entonces. Sería un placer aprender de vos.

—Estoy mirando algunos perfiles para que trabajen cerca de mí. El tuyo me gusta mucho.

Unas semanas después, Catalina y un chico llamado Bruno fueron convocados como mis asistentes. Bruno destacaba de verdad; sabía que me iba a ser útil. Con Catalina mis intenciones eran otras, aunque eso no significaba que no fuera a aprender algo en el camino.

Lo primero que hicieron los dos fue competir. Se desvivían por llamar mi atención, cada uno a su manera.

Bruno era brillante, así que no dudé en mandarlo a París con el equipo de diseño a elegir las telas de la próxima temporada. La cara de Catalina cuando se enteró fue de puro desasosiego, pero no dijo una palabra.

Una tarde golpeó la puerta de mi oficina para preguntarme si podía irse antes: tenía que rendir un parcial. Le dije que por supuesto y me ofrecí a llevarla yo misma a la facultad. Fue la primera vez que estuvimos solas.

Durante el viaje casi no hablamos. Cuando bajó, antes de cerrar la puerta, le dije:

—Cata, vas a estar bárbara. No te pongas nerviosa. Hoy te comés a ese profesor.

—Gracias, Renata. Tus palabras me hacen un bien que no sabés.

Me abrazó y se bajó. Ese abrazo no fue como los de siempre. Duró un segundo de más, su mejilla quedó pegada a la mía, y yo supe que el terreno empezaba a ablandarse. Iba a seducirla de a poco, sin apuro.

Al día siguiente lo primero que hice fue preguntarle por el examen. Me contó que le había ido bien, aunque se había puesto nerviosa. Volvió Bruno y me tuvo entretenida un buen rato con sus comentarios sobre el viaje. Hacía tiempo que no me sentía tan a gusto en la fábrica; tan renovada que casi me olvido de Catalina.

Una tarde se me acercó, tímida, mordiéndose la duda.

—Renata, estuve pensando si estoy haciendo bien el trabajo. Hay días en que no tengo demasiado para hacer.

—Cata, podés darle una mano a Bruno, aunque no te frustres si le cuesta soltar algo. Conozco a los de su clase.

—¿Ves? Ustedes tienen una relación especial. Es como si se conocieran de antes.

—Y con vos tengo otra que es hermosa y también especial. Además, las dos somos mujeres. Nos entendemos desde lugares a los que un hombre no llega. Créeme que podríamos estar todavía mejor si nos conociéramos más.

—Sos la mejor mentora que cualquiera podría desear. Decime qué tengo que hacer para mejorar.

No lo pensé mucho.

—Hagamos algo. Tu cuatrimestre termina esta semana. Nos vamos a recorrer las tiendas de las provincias donde más presencia tenemos. Vas a viajar conmigo y vas a poner orden conmigo. ¿Querés?

A la semana siguiente estábamos tomando el avión rumbo al primer destino. Mientras volábamos le expliqué cómo venía la cosa en esa provincia, dónde tenía que hacer foco, qué detalles mirar. Apenas aterrizamos fuimos directo al local. Se movía bastante bien; yo hablaba con las empleadas y coordinaba el resto.

Terminada la primera revisión nos fuimos al hotel y después a almorzar. Me contó lo feliz que estaba, que ojalá no me defraudara. Después del almuerzo me retiré a dormir una siesta y le dije que, si quería, esa noche salíamos a cenar y a tomar algo.

La encontré en el lobby a las nueve. Llevaba un vestido muy corto, de mangas tres cuartos y un hombro al descubierto, sobre unos stilettos que le estilizaban las piernas. Yo me había puesto un top de encaje y un short de raso. Al vernos nos reímos las dos.

—Estás para comerte, Cata.

Se sonrojó y bajó la mirada. Cenamos en un bar de luz tenue y fuimos probando, uno por uno, casi todos los tragos de la carta. Ella se soltaba con cada copa. Me preguntaba por Marina, por Damián, y yo le contaba cómo había empezado todo en la cocina de mi casa, cómo me había enamorado de Marina sin darme cuenta.

—¿Y cómo supiste que era ella y no un hombre?

—Eso es fácil. Siempre me gustaron las mujeres, Cata. Los hombres no me atraen. Así como a vos te gustan los chicos, a mí me gustan las chicas. Una buena charla, cosas que solo otra mujer entiende.

—Ah.

—¿No te cierra la respuesta? —me reí.

—Sí… es que… ¿y nunca estuviste con un chico?

—Claro que sí. Justamente por eso puedo decirte con tanta seguridad que me gustan las mujeres. Cogí con hombres, la tuve adentro más de una vez, y jamás me hizo temblar como el coño de una mujer en la boca. ¿Vos nunca…?

—¡Ay, Renata! Sí. En el colegio, con mis compañeras, nos besábamos para practicar.

—Esta conversación se está poniendo interesante. ¿Y te gustaba?

—No sé. Era para estar listas cuando nos tocara besar a un chico. No estaba mal, pero eran solo besos.

—Un beso puede ser mucho más intenso que cualquier otra cosa. Un beso bien dado te empapa la bombacha antes de que te des cuenta.

—Entonces me gustaría que me beses.

Me reí fuerte. La tenía justo donde la quería.

—No, señorita. Es un halago que me lo pidas, pero prefiero que sea sin alcohol de por medio.

—Te lo pido en serio. Sos una mujer hermosa y me muero por conocer tus besos.

La noche siguió por ese carril. Ella elogiaba, yo esquivaba. De repente sentí su pierna refregándose contra la mía por debajo de la mesa. La sensación me recorrió entera, se me fue derecho a la entrepierna. Le pregunté qué hacía y me dijo, sin vergüenza, que tenía ganas de hacer exactamente eso.

Volvimos al hotel las dos bastante mareadas. Me pidió que la acompañara a mi habitación para darme besos. La llevé a la suya y, antes de que pudiera negarme, me metió adentro de un tirón. Le dije que me quedaba, pero que no iba a pasar nada. Le quité el vestido, le puse el pijama y me recosté a su lado. Se durmió enseguida.

Yo me había excitado de una manera difícil de explicar. Estaba con la bombacha empapada, los pezones duros contra la tela del pijama, y su cuerpo tibio a centímetros del mío. Ahí, en la oscuridad, con su respiración pegada a mi oído, deslicé la mano dentro de mi ropa interior y me toqué. Los dedos se me hundieron en un coño tan mojado que hacía ruido. Me abrí los labios, encontré el clítoris hinchado y empecé a girar despacio, con la yema del dedo mayor, mordiéndome el labio para no gemir fuerte. La imaginaba a ella abriéndose de piernas para mí, imaginaba mi lengua metida entre esos muslos jóvenes, y la pelvis se me movía sola contra mi propia mano. Metí dos dedos, los saqué chorreando, volví a girar sobre el clítoris. Gemí apenas, en silencio, y llegué casi de inmediato, con las piernas apretadas y una contracción larga que me sacudió entera. Me chupé los dedos uno por uno para saborearme, sentí el gusto ácido y salado de mi propia concha en la boca, y me dejé caer en el sueño con el olor a sexo pegado a las manos.

A la mañana, Catalina estaba rara. Sabía perfectamente lo que había bebido y cómo se había puesto. Le dije que no se sintiera mal por nada, que me había quedado solo para cuidar su sueño, que la noche había sido maravillosa pero que no hacía falta hablar del tema.

—Renata, por favor. Lo único que quiero es hablar de anoche. Perdón si te incomodé.

—No quiero que te confundas. Tenés novio. No quiero que tomes decisiones apuradas.

—Entre sueños te escuché tocarte al lado mío. Y me encantó. Lo disfruté muchísimo. No supe qué hacer, pero me moría por un beso. Me quedé con la mano apretada entre las piernas escuchándote gemir.

Le apoyé un dedo sobre los labios carnosos, como diciéndole que no hacía falta agregar nada. Lo moví despacio sobre su boca, se lo hice saborear, se lo introduje para que lo chupara. Ella lo recibió con los labios abiertos, cerró la lengua alrededor y empezó a chuparlo como si fuera una polla, hundiéndolo hasta el nudillo. Le dije al oído que con ese dedo me había tocado pensando en ella, que ese dedo había estado dentro de mi coño mientras la miraba dormir. Sentí cómo se le aceleraba el corazón y cómo se le escapaba un gemido tragado.

Me senté en la cama y la senté encima de mí, a horcajadas, con la pollera del pijama subiéndosele por los muslos. Le acaricié el cuello, se lo besé, le dejé besos suaves en la mejilla, dulces, y de pronto me encontré con sus labios. Los recorrí con la lengua, después apoyé los míos y empecé a mover la boca. Sus labios se abrieron, nuestras lenguas se buscaron y los besos se volvieron espesos, apasionados, con saliva. Mis manos le revolvían el pelo, le agarraban la nuca, la apretaban contra mí. Cada vez me abrazaba más fuerte, más pegada, y yo sentía a través de la tela del pijama cómo el calor de su entrepierna empezaba a marcarme el muslo. Me separé apenas, la miré.

—¿Te gustó?

Por toda respuesta empezó a sacarse la ropa con una torpeza urgente. Se sacó la remera del pijama por la cabeza y tiró el short al piso.

Quedó casi desnuda, con una tanga diminuta como única defensa. Sus pechos eran firmes, perfectos, con los pezones rosados ya erizados de punta. Me quité el pijama y quedé en ropa interior, con la bombacha visiblemente mojada. La volví a besar con hambre, le mordí el labio inferior, le chupé la lengua, acomodé un muslo contra su pelvis y el de ella contra la mía, y empecé a moverme despacio para que se rozaran. A través de la tela sentía el bulto húmedo de su coño refregándose contra mi pierna. Sentía cómo se encendía, cómo respiraba entrecortado. Le acariciaba los pechos, se los besaba, le lamía los pezones en círculos hasta ponerlos como piedras, le tomaba uno entre los dientes y tiraba apenas, y ella gemía pidiéndome más mientras se mecía sobre mi pierna, cada vez con más fuerza, dejando una huella tibia y pegajosa en mi muslo.

—Sos una diosa —le dije al oído, con la voz ronca—. Voy a comerte entera.

La empujé de espaldas contra el colchón y me acomodé entre sus piernas. Le pasé los pulgares por encima de la tanga, sintiendo el surco de su coño empapado a través del algodón, y ella arqueó la cintura buscándome. Le bajé la tanga por los muslos, despacio, con los dientes, hasta sacársela por los tobillos. Me quedé mirándole el coño abierto, prolijo, con una franja finita de vello oscuro en el pubis, los labios internos brillantes de mojados y el clítoris ya asomando. Me chupé el dedo mayor, se lo pasé por la raja de arriba abajo, la abrí. Ella tembló entera.

Le metí dos dedos, no sin antes pasarlos por mi boca. Entraron con una facilidad húmeda, resbalando, y su coño se cerró alrededor apretándomelos. Le gustaba; le acariciaba el vientre con la otra mano mientras la abría, mientras curvaba los dedos hacia arriba buscándole ese punto esponjoso adentro. Su cuerpo se arqueaba entero, la pelvis empujaba contra mi mano, gemía con la cabeza echada hacia atrás y el pelo desparramado en la almohada. La sentía contraerse una y otra vez, chupándome los dedos por dentro.

—Mirá cómo chorreás —le dije, sacando los dedos y mostrándoselos, brillantes hasta el nudillo—. Estás toda mojada por mí.

Se los pasé por los labios y ella los abrió y los chupó sin sacarme los ojos de encima, saboreándose. Volví a hundírselos, tres esta vez, y bajé la cabeza. Le recorrí la entrepierna con la lengua sin sacarle los dedos, despacio, saboreándola toda. El sabor era intenso, salado, un poco dulce, con ese fondo metálico que solo tiene un coño excitado. Le clavé la lengua en la raja, la subí hasta el clítoris, la bajé hasta la entrada donde tenía los dedos moviéndose, y volví a subir. Le agarré el clítoris entre los labios y lo chupé como si fuera un caramelo chiquito, tirando apenas, soltando, volviendo a chupar. Sus gemidos se volvieron tan altos que tenía que taparse la boca con la mano.

—No, no te tapes —le dije, levantando la cara un segundo—. Quiero escucharte gritar.

Y volví a bajar. Le hice círculos con la punta de la lengua sobre el clítoris, después sacudí la cabeza de lado a lado, después chupé fuerte. Le clavé la lengua adentro del coño, la moví como una pequeña verga, después volví al clítoris. En un momento su mano me empujó la cabeza contra su pelvis, casi involuntaria, y yo arremetí con más fuerza, aplastándole la cara contra su carne, tragándome el jugo que le corría por la raja hasta el culo. Le curvé los dedos adentro, los golpeé rítmicamente contra el punto esponjoso, y le succioné el clítoris al mismo tiempo. Ella se puso rígida, dejó de respirar un segundo, y después estalló. Sentí las paredes de su coño chuparme los dedos en espasmos largos, uno tras otro, mientras un chorro tibio me mojaba el mentón y la garganta se le abría en un gemido ronco que no pudo contener. La seguí lamiendo despacio, cada vez más suave, hasta dejarla agotada y temblando, con las piernas todavía abiertas y el coño latiéndole solo.

Después me recosté a su lado. Me miró, todavía con la respiración entrecortada, con los ojos vidriosos y el pecho subiendo y bajando, y me besó sin importarle nada, buscando su propio gusto en mi boca. Me chupó los labios, la lengua, el mentón, todo lo que yo tenía impregnado de ella.

—Nunca sentí algo así —murmuró—. Nunca, Renata. Nunca.

—Ahora te toca a vos, mi amor. No tengas miedo.

Torpemente quiso devolverme el favor. Me arrancó la bombacha empapada por los muslos y se quedó mirándome el coño con una mezcla de deseo y susto. Me abrí las piernas para mostrarle, sin pudor, para que viera lo que había producido en mí. Estaba brillante, hinchada, con los labios abiertos y el clítoris asomado.

—Vení —la guié—. Dame la mano.

Llevé sus dedos hasta mi clítoris y le fui explicando, ayudándola un poco. Le puse la yema del índice justo encima y le mostré cómo girar, despacio, con la humedad como lubricante.

—Así, en círculos. Sentí cómo se pone dura debajo del dedo. Eso es. Ahora bajá dos dedos, metémelos.

Los introdujo con cuidado, mirándome la cara para leer si lo hacía bien. La sensación de esos dedos jóvenes hundiéndose por primera vez en un coño de mujer, en el mío, me arrancó un gemido largo.

—Movelos, curvalos hacia arriba. Sí, ahí. Ahí mismo. No pares.

Me gustaba esa sensación de saberla aprendiendo, dándome placer por primera vez, con la boca entreabierta y toda la concentración puesta en mi cuerpo. Me besaba los pechos mientras tanto, me chupaba los pezones con más ganas que técnica, y eso volvía todo mucho más fácil. Le decía que estaba hermosa desnuda, que me encantaba, que siguiera, que no parara, y ella no podía parar de jugar con mi cuerpo, como si un torbellino que llevaba dentro se hubiera despertado de golpe.

—Bajá con la boca —le pedí, casi sin voz—. Probame.

Bajó dudando. Se acomodó entre mis muslos, me miró desde ahí como pidiendo permiso, y sacó la lengua. La pasó una vez, tímida, de abajo hacia arriba. Me estremecí entera.

—Otra vez. Más adentro. Chupame el clítoris, así como te lo hice yo.

Aprendía rápido. Cerró los labios alrededor de mi clítoris y empezó a chupar, primero suave, después con más ganas. Metió la lengua entre los labios, la movió arriba y abajo, volvió a chupar. Yo le agarré la cabeza y le fui marcando el ritmo, apretándole el pelo entre los dedos.

—Así, mi amor, así. Metéme los dedos y chupame al mismo tiempo. Sí. Sí. No pares. No pares.

Se me contrajo todo. La pelvis me subió sola contra su boca, los muslos le apretaron la cara, y me vine con un gemido largo, sacudiéndome, sintiendo cómo la boca se le llenaba de mí. Ella no soltó. Siguió chupando despacio hasta que yo tuve que apartarle la cabeza porque no aguantaba más.

La subí, todavía con la boca brillante, y la besé profundo, mezclándonos los sabores. Le tomé la cara entre las manos y la besé largo, mordiéndole el labio, chupándole la lengua.

—Aprendés rápido, hija de puta —le dije riéndome contra su boca.

Ella se rió también, colorada, y se apretó contra mí. Nos quedamos así un rato largo, piel contra piel, todavía mojadas, con los corazones desbocados. Metí una mano entre sus piernas otra vez, casi sin pensarlo, y la encontré empapada de vuelta. Le metí dos dedos y empecé a moverlos despacio, sin sacarla del abrazo, mientras la besaba en el cuello.

—¿Otra vez? —jadeó.

—Otra vez. Y otra. Y todas las que quieras.

La monté encima mío, la puse a horcajadas sobre mi muslo, y le enseñé a refregarse. Ella se agarró de mis pechos y empezó a moverse, primero tímida, después con hambre, aplastándome el coño contra la carne de la pierna, dejando un rastro húmedo, gimiéndome en la boca. Yo le agarraba el culo con las dos manos y la guiaba, apretándoselo, marcándole el ritmo. Se vino así, encima mío, con la cabeza tirada para atrás y los pezones apuntando al techo, y cayó desmoronada sobre mi pecho.

***

Le expliqué que teníamos que parar, que nos esperaban en la tienda. Ella se negaba, me decía que no podía, que no quería, que quería volver a la cama. Después de insistir en que el trabajo era el trabajo, volví a mi habitación, me cambié y nos encontramos para salir.

Su cara estaba completamente desencajada. No me hizo falta preguntar. Supe, apenas la vi, que había hablado con su novio.

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Comentarios(8)

Gaby_31

Que hermoso relato!!! me encanto de principio a fin

NadiaBaires

Me dejaste con ganas de mas, por favor seguí con la historia de esas dos

PatriciaVigo

Lo leí de un tirón y tuve que releer el final porque no quería que terminara. Increible la manera en que describís la tensión entre ellas.

Carla_nocturna

Me recordó a algo que viví hace años en una empresa... los encuentros de trabajo son otra cosa jaja

MirandaGzz

¿va a haber segunda parte? quedo muy abierto el final y me quedé con muchas ganas

Titus_Leo

La tensión del comienzo está muy bien lograda, se nota que sabés construir expectativa antes de llegar a lo bueno

marisolLec

buenisimo, esperando el proximo!!

MedanocheLectora

Me gusto mucho como empezó, se notaba que iba a pasar algo desde el primer parrafo. Muy bueno

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