Lo que pasó en el cumpleaños de su tía
Daniela no tenía la menor idea de que su tía Carla era bisexual. Llevaba muchos años casada y nadie en la familia sospechaba de su doble vida. A Carla le gustaban las mujeres, y desde hacía tiempo compartía esa pasión con Renata, una amiga tan madura y experimentada como ella. A las dos les divertía buscar chicas jóvenes y hacerlas gozar entre ambas.
Carla vivía obsesionada con su sobrina. Daniela era de una belleza incómoda: piel muy blanca, pelo rojo, ojos grandes y verdes, la nariz pequeña, la cara salpicada de pecas que le bajaban hasta el pecho. Tenía la boca ancha, los labios carnosos, hoyuelos cuando sonreía. Cualquiera caía rendido con solo mirarla, y Carla no era la excepción. Llevaba años imaginando la ocasión de tenerla en su cama, con Renata al lado.
Carla tenía veintiocho años, era alta, de piel color crema, melena castaña y ondulada, ojos color miel muy expresivos. Imponía por su estatura y por unas curvas que no pasaban inadvertidas. Renata, tres años mayor, era igual de alta pero más delgada, de piel trigueña y cabello oscuro, con un cuerpo que sabía marcar bajo la ropa ajustada que solía usar.
Eran amigas desde la adolescencia. Habían intentado ser pareja, pero pronto entendieron que les iba mejor sin etiquetas, y nunca dejaron de acostarse. Cuando el marido de Carla viajaba, Renata aparecía por la casa. Salían juntas, conquistaban chicas, y volvían a casa convencidas de que eran un equipo perfecto. El marido jamás sospechó nada: para él, Renata no era más que la mejor amiga de su esposa.
Con su sobrina, Carla era especialmente atenta. Le hacía regalos, la halagaba, la invitaba a quedarse a dormir. Pero Daniela era esquiva. Su belleza le pesaba más de lo que cualquiera imaginaba; estaba cansada de esquivar a todo el que se enamoraba de ella con solo verla, así que se había vuelto solitaria. Llevaba años sin pareja, encerrada en casa leyendo, y casi siempre rechazaba las invitaciones de su tía.
La única excepción era el cumpleaños de Carla. Ese día, sagradamente, la visitaba. Y ese año el marido tuvo que viajar justo en la fecha, de modo que no estaría en casa.
Carla y Renata entendieron de inmediato lo que eso significaba. Iban a estar las dos solas con Daniela, sin nadie alrededor. La ocasión que tanto habían esperado.
Habían acordado que esa noche Daniela se quedaría a dormir, y Carla no aceptaría ninguna excusa. La sobrina cedió por tratarse de un día tan especial para su tía favorita. Mientras tanto, las dos mujeres planeaban cada paso. Dormirían las tres en la misma cama, y entre caricias compartidas la harían reaccionar. No iban tan desencaminadas: Daniela llevaba demasiado tiempo sola, y también ella cargaba con unas ganas que no se permitía.
Daniela era inocente y fácil de manejar. Desde niña había sufrido el peso de su belleza, y a diferencia de tantas mujeres hermosas, jamás la cultivaba. No se maquillaba, vestía ropa común, llevaba el pelo en una trenza descuidada. Aun así, nada conseguía ocultar lo que era. Estaba lejos de imaginar que su tía deseaba acostarse con ella, y mucho menos que pretendía compartirla con su amante.
Las dos sabían que la vía más fácil habría sido emborracharla, pero Daniela no bebía. Solo les quedaba el camino de las caricias, encenderla poco a poco hasta que ella misma lo pidiera. Lo intentarían aunque fracasaran. Preferían ser rechazadas a quedarse sin probar.
Desde que llegó, la trataron como a una reina. Toda la tarde fue el centro de atención, hasta el punto de que el cumpleaños pasó a un segundo plano. La hicieron reír, la escucharon, le devolvieron una alegría que hacía mucho no sentía. Para cuando cayó la noche, las dos notaron lo distinta que la veían: los ojos brillantes, nada que ver con la mirada apagada con que había llegado. La mitad del camino estaba hecho.
Llegó la hora. Las tres se pusieron las pijamas. La de Daniela tenía unos shorts muy cortos, y como ella detestaba dormir con sujetador, los pechos se le marcaban bajo la camiseta. La acomodaron en el centro de la cama. Habían acordado que Carla empezaría, y luego se sumaría Renata.
Con la mayor naturalidad del mundo, Carla empezó a recorrerle el cuerpo con los dedos. Daniela creyó que era un cariño de tía a sobrina y se dejó hacer; los dedos sobre su piel se sentían bien. Carla deslizó la yema por los muslos, sin misterio los pasó por las nalgas, y Daniela se tensó: un escalofrío le atravesó el cuerpo entero. Su tía se acercó y le dejó un beso húmedo en la mejilla.
—Voy a ser sincera contigo —murmuró Carla—. Renata y yo nos morimos de ganas de estar contigo.
—Tía, no sé qué decir —respondió Daniela.
—No tienes que decir nada. Solo déjate llevar y verás lo bien que lo pasamos.
Daniela sintió algo encenderse con esas palabras. Hacía tanto que nadie la deseaba que la franqueza de su tía la excitó sin que pudiera evitarlo. Así que la dejó continuar.
Los dedos de Carla no paraban. El cuerpo de la sobrina respondía como las dos habían predicho: un cosquilleo constante, descargas intermitentes cuando los dedos pasaban por ciertos puntos. Carla vigilaba cada respiración. Volvió a las nalgas, Daniela dejó escapar un suspiro, y los dedos se deslizaron hacia la entrepierna, rozándole apenas el sexo. Se descubrió excitada sin darse cuenta. No quería que su tía se detuviera por nada del mundo.
—No te imaginas lo bien que se sienten tus caricias —confesó Daniela—. No pares.
Carla avanzó un poco más, dejó que los dedos resbalaran sobre los pechos. La sobrina suspiró de nuevo, y ese suspiro le indicó a su tía que era el momento de sumar a Renata.
—¿Te gustaría sentir también a Renata? Ella también se muere por ti.
—Sí, tía. Estoy tan encendida que acepto cualquier cosa que me haga sentir bien. Me excita pensar que me van a hacer gozar entre las dos.
Carla tomó la mano de Renata y la posó sobre el cuerpo de su sobrina. Daniela se sintió atrapada entre las dos, y eso la volvió más perra todavía. Carla se puso agresiva: apretó suavemente los pechos por encima de la tela mientras le chupaba el cuello, y Daniela soltó un grito breve que no pudo contener. La mano de Renata recorría la cara interna de sus muslos, acercándose y alejándose del sexo, jugando con ella, multiplicando las ganas.
—Tía, me estoy muriendo. No paren —pidió Daniela.
—Te prometo que entre las dos vamos a hacer que no pares de gozar.
Carla metió la mano bajo la camiseta hasta los pechos y jugó con los pezones. Supo que la sobrina estaba lista. La hizo incorporarse, le quitó la camiseta y volvió a recostarla para chupárselos, y los gemidos de Daniela llenaron la habitación. Renata, que llevaba un rato deseándolo, le buscó la boca y le dio un beso largo que fue correspondido por completo.
Daniela ya no sentía que pudiera estar más encendida. Por fin volvía a tener sexo después de tanto tiempo deseándolo. Le importaba muy poco que fuera su tía, que fueran dos mujeres, que la superaran en edad. Lo único que le importaba era que la llevaran hasta el final. Y le daba un morbo nuevo la curiosidad de saber qué se sentía al chupar a otra mujer, aunque no tuviera la menor experiencia.
Mientras Carla le chupaba un pecho, Renata se ocupaba del otro. Las dos llevaban el control y ella se entregó a aprender de ellas. Cuando por fin se relajó, sintió de verdad lo bien que la atendían: las lenguas entrando y saliendo, ese cosquilleo que nacía en los pezones y se le repartía por todo el cuerpo.
—No sabes las ganas que tenía de tenerte así —le dijo Carla al oído.
—Ya me tienes. No pares —respondió la sobrina.
Carla decidió que era el momento de bajar. Le quitó el resto de la pijama y se quedó contemplando su sexo: rosado, los labios medianos, el clítoris grueso. Daban ganas de chuparlo. Renata, mientras tanto, se había deslizado hasta los pies: pequeños, blancos, delicados. Se los metió en la boca y empezó a recorrerlos con la lengua. Daniela jamás había imaginado que los pies pudieran chuparse de esa manera.
Carla masajeó el clítoris con los dedos mientras volvía a los pechos, y la sobrina no dejaba de gemir. Después bajó con la lengua, despacio, hasta el sexo, y lo recorrió de abajo hacia arriba. Daniela estaba muy mojada, y con cada pasada Carla se llevaba ese sabor que llevaba años imaginando.
Renata dejó los pies y subió por las piernas, mordisqueándolas de tanto en tanto, hasta llegar a la entrepierna. Carla quería que su amante también probara, así que pasó la lengua por todo el sexo de la sobrina y luego besó a Renata, que sintió el sabor en su propia boca. Esa idea encendió todavía más a Daniela, que probó su propio jugo en la lengua de su tía cuando esta volvió a besarla.
Después bajaron las dos a la vez. Daniela se retorcía de placer: dos lenguas al mismo tiempo, turnándose el clítoris, succionándolo, apretándolo apenas entre los dientes. Cada mordisco la hacía estremecerse.
—Quiero que se venga en mi boca —le dijo Carla a Renata.
Renata entendió que el primer orgasmo de la sobrina era algo íntimo entre tía y Daniela, así que subió a los pechos para chuparlos y morderlos. Carla empezó a penetrarla con los dedos: el sexo apretado, entrando y saliendo despacio pero firme, hasta el fondo. Daniela gemía, tensaba el cuerpo, arqueaba la espalda y empujaba contra los dedos.
No paró de gozar ni un segundo. Así era como había querido sentirse desde hacía mucho: deseada, invadida, sin poder respirar bien de tanta tensión. Su cuerpo se apretaba solo, por reflejo, cada vez que la recorría una descarga. Hasta que, entre un mordisco y otro, el orgasmo se apoderó de ella: tensó cada músculo, abrió la boca buscando aire y soltó un grito breve antes de dejarse caer temblando sobre la cama. Carla, complacida, recogió el jugo con la lengua y volvió a besarla para que lo saboreara con ella.
—Ahora la hago venir en mi boca —pidió Renata.
—Asegúrate de hacerla gozar como ella quiere —respondió Carla.
Daniela todavía jadeaba cuando sintió la lengua de Renata en su sexo. Carla le acercó los pechos a la boca y la sobrina los chupó; luego le tomó la mano y la guio hasta su propio sexo. Ahora era ella la que hacía gozar a su tía, moviendo los dedos sobre el clítoris mientras Renata seguía abajo. Las tres gemían a la vez.
Carla, sin aguantar más, se arrodilló y le ofreció su sexo a la boca de Daniela. La sobrina empezó a lamerlo con timidez, después con más fuerza, subiendo y bajando, sintiendo cómo el jugo se le pegaba a la lengua.
—Chúpame el clítoris —ordenó Carla.
Daniela lo hizo, succionándolo, dándole los mismos mordiscos suaves que le habían hecho a ella, como si lo hubiera hecho toda la vida. Carla se agarraba los pechos de puro placer, conteniéndose. Abajo, Renata le empujó los pies hacia atrás y le pasó la lengua por el ano, jugando, empujando apenas, mientras le metía despacio un dedo por detrás y el pulgar por el sexo. Daniela no tardó en tensarse otra vez: el sexo de su tía en la boca, los dedos de Renata dentro, esa lengua succionándole el clítoris.
Carla ya no podía más y empezó a moverse sobre la boca de la sobrina.
—Me voy a venir en tu boca, amor. Me vengo.
Y se vino con todas sus fuerzas, apretándose los pechos entre gemidos profundos. A Daniela le dio un morbo enorme sentir el primer orgasmo de otra mujer en su boca. Carla bajó, le limpió el jugo de alrededor de los labios con la lengua y la besó para compartirlo. Entonces Daniela volvió a estremecerse: Renata la penetraba y le chupaba el clítoris, y al primer mordisco de Carla en los pezones se vino de nuevo, arqueando el cuerpo entero. Las dos amantes se repartieron el sabor con un beso.
—Ahora vas a hacer venir a Renata —ordenó Carla—. Chúpaselo bien.
—Sí, hermosa, quiero que me lo chupes rico —pidió Renata.
Renata se tendió boca arriba y abrió las piernas. Carla se sentó detrás de ella, la rodeó, le apretó los pechos y le besó el cuello. Daniela vio su sexo: pequeño, los labios apenas marcados, pero el clítoris sorprendentemente grande y sensible. Puso la lengua y se paseó por todas partes, probando el sabor, jugueteando con el clítoris hasta que Renata empezó a gemir. Después le metió los dedos y la penetró con fuerza mientras le succionaba.
Carla, que conocía a su amante, le apretaba los pezones justo como a ella le gustaba, muy fuerte. Sin aguantarse, se montó sobre su cara y le ofreció el sexo para que la lengua de Renata fuera del ano al clítoris. A Renata le encantaba eso. Tener a Daniela entre las piernas y a Carla revolcándose sobre su boca fue demasiado: con la boca ocupada, sus gemidos se oían igual.
Lo que más la encendía era la idea de estar por fin con la sobrina, algo que ella y Carla habían fantaseado tantas veces. Entregada a ese pensamiento, se vino en la boca de Daniela mientras movía las caderas. Carla notó que su amante terminaba y, en vez de parar, se apretó contra su boca hasta venirse ella también, en medio de gemidos roncos. Después buscó la boca de la sobrina y le pasó la lengua para compartir, una vez más, lo que las tres acababan de sentir.
—¿Gozaste como querías? —preguntó Carla.
—Demasiado, tía —respondió Daniela.
—¿Y te gustó cómo te lo chupé? —quiso saber Renata.
—Muchísimo. Me penetraste muy rico —dijo ella.
Se acostaron las tres, con Daniela en el centro, y la siguieron acariciando un buen rato antes de quedarse dormidas, agotadas después de tanto placer. El cumpleaños de su tía favorita había terminado siendo su primer trío y su primera vez con dos mujeres, y nada de eso, en el fondo, le pesaba.