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Relatos Ardientes

La madre de mi novio me enseñó lo que me faltaba

Ilustración del relato erótico: La madre de mi novio me enseñó lo que me faltaba

Cuando llevaba apenas unos meses con Damián, él decidió que era hora de presentarme oficialmente como su novia en una cena familiar. Yo tenía poco más de veinte años y estaba muerta de nervios. Su padre me cayó bien enseguida, igual que sus hermanos. Su madre, Renata, fue otra historia: me miró de arriba abajo con una mueca que no supe descifrar y apenas me dirigió la palabra en los tres meses que siguieron.

Yo no entendía qué le había hecho. Era educada, ayudaba a recoger la mesa, le preguntaba por su jardín. Nada. Ella respondía con monosílabos y volvía a clavar la vista en otra parte. Llegué a convencerme de que me odiaba sin motivo, y empecé a evitar las visitas con cualquier excusa que se me ocurriera.

Un domingo, sin embargo, Damián insistió tanto que no pude negarme. Fuimos a comer a casa de sus padres con la idea de hacer un asado. Apenas cruzamos la puerta, él y su padre se subieron al coche para ir a comprar la carne y el carbón, y me dejaron a solas con Renata en el salón.

El silencio era espeso. Ella ordenaba unos cojines sin mirarme, y yo fingía interés por las fotos de la repisa. Van a ser las dos horas más largas de mi vida, pensé. Para huir de aquella tensión, murmuré que necesitaba el baño y me encerré allí unos minutos, sentada en el borde de la bañera, respirando hondo.

Cuando salí, el salón estaba vacío. Sentí un alivio absurdo y me dejé caer en el sofá a esperarla. Pasaron varios minutos y no aparecía. Empecé a inquietarme; pensé que quizá le habría pasado algo, así que me levanté a buscarla por el pasillo.

La puerta de su dormitorio estaba entreabierta, y desde dentro llegaba el ruido de cajones que se abrían y cerraban. Iba a tocar para avisar de mi presencia cuando, por la rendija, la vi. Y me quedé sin aire.

Renata estaba completamente desnuda, de espaldas al espejo, buscando algo de ropa en el armario. Tenía un cuerpo que no esperaba bajo aquellos vestidos sueltos que siempre llevaba: los pechos llenos, los pezones grandes y oscuros, las caderas anchas, las nalgas firmes. Se giró un momento y vi su sexo depilado, la curva del vientre, todo a la luz tibia de la tarde.

Debí apartar la mirada. No lo hice. Me quedé paralizada en el pasillo, con el corazón golpeándome las costillas y una sensación cálida extendiéndose entre mis piernas. Sin pensarlo, deslicé la mano dentro del pantalón y empecé a rozarme el clítoris, despacio, conteniendo la respiración.

Fue tanta la excitación que perdí la noción de mi propio cuerpo. Me incliné un poco más hacia la rendija, busqué un ángulo mejor, y mi peso empujó la puerta, que cedió de golpe y se abrió del todo. Quedé expuesta, de pie en el umbral, con la mano metida en los pantalones y los ojos clavados en ella.

Renata se volvió sobresaltada. Sus ojos pasaron de mi cara a mi mano, y de mi mano otra vez a mi cara. Lo único que se me ocurrió decir fue un hilo de voz ridículo.

—Hola… —balbuceé.

Ella no dijo nada. Cerró la puerta con suavidad, y yo me deslicé por la pared hasta el suelo del pasillo, muerta de vergüenza y, al mismo tiempo, completamente empapada. Me limpié los dedos como pude en la tela, volví al sofá y recé para que no mencionara jamás lo que acababa de pasar.

***

Pasaron unos tres minutos que se sintieron como horas. Por fin la puerta se abrió y Renata salió, ya vestida con una blusa y unos pantalones de lino. No dijo una palabra. Se sentó a mi lado en el sofá y se quedó en silencio, pero yo sentía su mirada sobre mí como una mano apoyada en la nuca.

Intenté decir algo, cualquier cosa que rompiera el hielo, pero ella me cortó con una pregunta directa.

—Me viste —no era una pregunta del todo.

Me quedé callada. No tenía sentido negarlo.

—Entonces sí lo hiciste —añadió, y su voz no sonaba enfadada.

Asentí con la cabeza, incapaz de mirarla a los ojos. Buscaba en mi mente alguna explicación que sonara menos humillante, pero ella volvió a interrumpirme con una pregunta todavía más incómoda.

—¿Mi hijo no te gusta?

Aquello me molestó. Quise responderle de mala manera, pero me contuve. Tragué saliva y dije la verdad a medias.

—Sí me gusta su hijo. Es solo que… desde hace tiempo entre nosotros no pasa nada. No hay… acción.

Renata levantó las cejas, sorprendida, y posó una mano en mi muslo. El contacto me recorrió la piel como una corriente.

—Bueno… él siempre ha sido así de reservado —murmuró, y su pulgar dibujó un círculo lento sobre la tela de mi pantalón.

No pude decir nada. Su mano me ponía nerviosa de una forma que no quería admitir.

—Si quieres… como su madre, podría darte algunos consejos —dijo en voz baja—. Solo si quieres.

Asentí otra vez, sin saber bien a qué estaba diciendo que sí. Ella se levantó y se plantó frente a mí.

—Entonces ponte de pie.

***

Obedecí. Me temblaban un poco las rodillas. Renata me tomó de las muñecas y me alzó los brazos con delicadeza, como si me estuviera midiendo.

—Verás —dijo—, para que un hombre se anime, a veces hay que darle un pequeño empujón. Saber dónde y cómo.

Empezó a recorrer mi cuerpo con las manos, despacio, leyendo cada reacción. Yo seguía de pie en mitad del salón, con la respiración entrecortada.

—Por ejemplo, si toco aquí —dijo, y deslizó la palma entre mis piernas, por encima del pantalón—, se siente bien, ¿verdad?

Mis rodillas cedieron un instante. Tuve que apoyarme en su hombro para no caer.

—¿Y si toco acá? —su otra mano bajó hasta mis nalgas y apretó con firmeza.

Se me escapó un gemido corto, contra mi voluntad. Renata sonrió.

—Eso responde mi pregunta —susurró—. Sigamos con estos.

Subió las manos a mis pechos y los apretó por encima de la blusa, jugando con los pezones que ya se marcaban duros bajo la tela. Yo no sabía qué hacer. Mi cuerpo estaba inundado de placer, de miedo, de preguntas que no me atrevía a formular.

—Veo que no puedes aguantar —dijo, divertida.

Mientras una mano seguía amasando mis pechos, la otra volvió a mi entrepierna y presionó hasta que sentí la tela mojarse contra su palma. Las piernas dejaron de sostenerme y me dejé caer al suelo, jadeando, con la frente perlada de sudor.

—Renata… le agradezco la ayuda —dije con un hilo de voz—, pero no podemos hacer esto…

Ella se arrodilló junto a mí y me apartó un mechón de la cara.

—Vamos. Hace rato que sabía que estabas en la puerta —confesó—. Te dejé mirar a propósito, para ver qué hacías. Y no me decepcionaste.

Esa confesión me derritió cualquier resistencia que me quedara. Me ayudó a incorporarme, me pasó la mano por la cintura y, sin soltarme, me guio por el pasillo hasta su dormitorio.

***

Una vez dentro, cerró la puerta con el pestillo. Me bajó el pantalón despacio, junto con la ropa interior, hasta dejarme expuesta. Su mirada bajó por mi vientre y se detuvo entre mis piernas con una calma que me hizo estremecer.

—Mírate —murmuró—. Si todavía no he empezado y ya estás así. Deja que te ayude.

Me recostó sobre la cama y me separó las rodillas con suavidad. Cuando sentí su lengua, todo lo demás desapareció: la vergüenza, el miedo a que volvieran, la idea de que aquella mujer era la madre de mi novio. Solo existía su boca trabajando despacio mientras dos dedos me acariciaban en círculos.

—Así… más, por favor —jadeé, agarrándome a las sábanas.

Renata sabía exactamente lo que hacía. Alternaba la lengua y los dedos con una paciencia que me volvía loca, leyendo cada gemido para saber cuándo acelerar y cuándo detenerse al borde. Mis gemidos se escapaban sin que pudiera controlarlos, llenando el cuarto.

—Eres muy sensible —dijo, levantando la cabeza un instante—. Eso es bueno. Ahora prepárate, que quiero algo más.

Se desvistió frente a mí sin ninguna prisa, dejando caer la blusa y el pantalón al suelo. Después subió una de mis piernas sobre su hombro y acercó su sexo al mío hasta que se rozaron.

—¿Estás lista? —preguntó.

Asentí, incapaz de articular palabra. Empezó a moverse contra mí, frotándose despacio al principio y luego con más insistencia. La fricción húmeda, el calor de su piel, sus gemidos mezclándose con los míos: todo se volvió un solo ritmo. Mis caderas buscaban las suyas por instinto.

—Estoy cerca —gemí—. Renata, estoy muy cerca…

—Yo también —respondió ella, agitada—. Hagámoslo juntas.

Movimos las caderas al mismo compás, cada vez más rápido, hasta que el orgasmo me atravesó como una ola que no había sentido nunca. Ella se corrió un instante después, apretándose contra mí, temblando, sin dejar de mirarme a los ojos. No nos detuvimos del todo. Antes de que la primera ola se apagara, otra nos recorrió a las dos y nos dejó exhaustas, empapadas y abrazadas sobre las sábanas revueltas.

—Eso fue increíble —susurré, todavía sin recuperar el aliento.

Nos quedamos un rato así, recobrando fuerzas, su mano dibujando líneas perezosas sobre mi cadera. Cuando por fin nos recompusimos, nos vestimos en silencio y volvimos al salón a esperar a Damián y a su padre. No dijimos una sola palabra, pero nuestras miradas decían mil cosas. Un rato después llegaron con la carne, encendieron el carbón, y nosotras hicimos como si nada hubiera ocurrido.

Esa tarde comí el asado con una sonrisa que nadie supo explicar. Ya en casa, esa noche, revisé el móvil y encontré varios mensajes suyos. El primero decía simplemente: «Esto no se queda aquí».

Y no se quedó. Lo que empezó aquel domingo se repitió muchas más veces, en su casa, en la mía, en cualquier hueco que encontráramos, hasta que la suerte dejó de acompañarnos. Pero esa, como ella misma habría dicho, es otra historia que algún día contaré.

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Comentarios (4)

Silvinha_ok

Tremendo relato!!! No lo esperaba así para nada, qué giro tan inesperado. Muy bueno!

PamelaDeSur

Por favor que haya segunda parte, quedé con muchísimas ganas de saber como sigue todo entre ellas dos

delfi_03

Que bueno que encontré esto, hace rato que no leia algo que me atrapara tanto desde el principio. Sigue escribiendo!

LuciaBaires

La descripcion del momento en que la descubre fue perfecta. Cortita pero tremenda esa escena, se me puso la piel de gallina

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