Lo que la hermana Ángela descubrió tras la puerta
Catalina y Remedios habían convertido la noche en su único territorio libre. Poco les importaba estar pecando; las dos habían decidido entregarse al deseo sin culpa, sin promesas rotas que las atormentaran a la mañana siguiente. En el convento todas notaban que cabeceaban durante la misa de las seis, pero nadie sospechaba la razón: apenas dormían una o dos horas, porque el resto de la madrugada lo pasaban enredadas en la cama estrecha de una de las dos celdas.
Con el tiempo entendieron que ese ritmo terminaría delatándolas. Las ojeras, los bostezos, el modo en que se buscaban con la mirada en el refectorio. Así que decidieron moderarse. Descansar unas semanas, recuperar la compostura, y volver después a sus noches con más cautela.
Lo que ninguna de las dos sabía era que la hermana Ángela ya las había descubierto.
Había ocurrido una madrugada cualquiera, camino al baño del fondo del pasillo. Al pasar frente a la celda de Catalina, oyó algo que la detuvo en seco: una respiración entrecortada, un gemido apenas contenido contra una almohada. Se acercó a la puerta sin pensarlo. Por el tono de las voces comprendió que eran dos mujeres, y una de ellas era Catalina. La otra le costó identificarla, hasta que reparó en cuáles eran las dos hermanas que siempre andaban somnolientas por los rincones.
Ángela no las delató. Se guardó el secreto entera para sí, sin mover un dedo que pudiera perjudicarlas. Pero a partir de esa noche adquirió una costumbre nueva. Caminaba descalza hasta la puerta de Catalina, pegaba la oreja a la madera y escuchaba. Los gemidos de las otras dos se le metían bajo la piel. Después volvía a su celda con el pulso acelerado y se tocaba en la oscuridad, imaginando lo que sucedía detrás de aquella puerta cerrada.
Soy igual que ellas, pensaba. Solo que yo lo hago sola.
Y era verdad. Ángela cargaba el mismo fuego, pero nunca se había atrevido a compartirlo con nadie. Desde que había dado con el secreto de Catalina y Remedios, no dejaba pasar una sola noche sin acercarse a esa puerta. Escuchar y luego encerrarse a fantasear se había vuelto el centro de su mundo nocturno.
***
Cuando las dos amantes decidieron hacer su pausa, Ángela sintió un vacío que no supo nombrar. Se había acostumbrado a esa rutina secreta, y ahora llegaba cada noche a la puerta con la esperanza de oír algo, pero solo encontraba silencio. Volvía a su celda frustrada, incapaz siquiera de excitarse como antes. Lo peor era eso: había disfrutado tanto de aquellas fantasías ajenas que ya nada propio le bastaba.
Llegó a pensar que las dos hermanas se habían peleado. Tenía que ser eso, se decía. Pero la hipótesis se le caía sola, porque Catalina y Remedios seguían siendo inseparables. Donde estaba una, aparecía la otra. Ángela rezaba en silencio una plegaria que jamás se habría atrevido a confesar: Dios mío, haz que vuelvan a hacerlo.
El silencio, sin embargo, no cedía. Y ella no era mujer de quedarse de brazos cruzados. Decidió cambiar de estrategia: si no podía escucharlas, se haría su amiga. No sabía exactamente qué ganaría con ello, pero algo en su interior le decía que, acercándose lo suficiente, tarde o temprano encontraría la grieta por donde colarse.
Se volvió la sombra de las dos. Las buscaba por el huerto, por la sacristía, por la cocina. Les hacía conversación, las colmaba de pequeños favores, se mostraba dispuesta para todo. En cuestión de días se ganó su afecto y pasó a formar parte natural del grupo. Las tres caminaban juntas, reían bajito en los pasillos, compartían el pan en la mesa larga.
Pero por más que Ángela tendía el oído, jamás las oyó hacer la menor referencia al sexo. Hablaban de mil cosas y de ninguna a la vez. Se sentía torpe, incapaz de dar el paso. Conquistar a otra persona nunca había sido lo suyo.
***
Lo que Ángela ignoraba era que, del otro lado, Catalina y Remedios llevaban semanas con el deseo alborotado. La abstinencia las tenía al límite. Necesitaban retomar sus noches con urgencia.
Fue Remedios, que ya había compartido la cama con más de una hermana a lo largo de los años, quien lanzó la idea.
—¿Y si la incluimos a ella? —dijo una tarde, mientras tendían sábanas en el patio—. Se ha vuelto una más de nosotras. Imagínate las tres.
Catalina se mordió el labio. La sola idea le encendió algo en el vientre.
—Me gusta. Pero hay que ser prudentes. Si se asusta, estamos perdidas.
Remedios lo pensó con frialdad. Propuso repetir lo mismo que habían hecho ellas dos al principio: llevarla a la celda, tocar el tema de tocarse a una misma con naturalidad. Si Ángela se incomodaba, no avanzarían, y nadie quedaría en evidencia. Casi todas las mujeres del convento se masturbaban en silencio; ese terreno era seguro.
Esa misma noche, decididas a volver a lo suyo con Ángela o sin ella, la invitaron.
—Te esperamos en mi celda cuando todas duerman —le dijo Catalina al oído—. Una noche de chicas. Solo nosotras tres.
***
Ángela llegó con el corazón golpeándole las costillas. Las tres estaban en pijama, sentadas sobre la cama y el suelo, y la escena parecía la de tres colegialas en una fiesta de pijamas. Empezaron hablando de tonterías, de la madre superiora, de la sopa aguada del mediodía. Hasta que Remedios, experta en llevar la conversación a donde quería, la miró con una sonrisa ladeada.
—Ángela, ¿qué haces tú cuando te pones muy caliente?
Ángela se quedó callada, buscando una respuesta que no la delatara. Remedios se adelantó sin darle tiempo.
—Yo me toco. Casi todas las noches, la verdad.
—Yo también —añadió Catalina, encogiéndose de hombros como si hablara del clima.
Algo se aflojó en el pecho de Ángela. Por primera vez sintió que podía decir la verdad.
—Yo… yo también lo hago —admitió en voz baja—. Todas las noches. A veces tres o cuatro veces.
Catalina y Remedios se miraron un instante. Esa cifra lo decía todo.
—¿Tres o cuatro? —Catalina arqueó las cejas con una sonrisa—. Entonces eres la más caliente de las tres. Yo lo hago una sola vez y caigo rendida.
—¿Serías capaz de mostrarnos cómo lo haces? —preguntó Remedios, midiendo cada palabra.
—Somos tus amigas, queremos saberlo todo de ti —agregó Catalina, conciliadora—. Si te da vergüenza, nosotras te enseñamos primero.
Ángela tragó saliva. El aire de la celda se había vuelto espeso.
—Mejor… mejor hagámoslo las tres a la vez —propuso, sorprendida de su propia audacia.
—Trato hecho —dijo Remedios—. Pero con una condición: nos quitamos el pantalón y la ropa interior. Para vernos bien.
***
Se acomodaron formando un triángulo sobre la cama, de modo que cada una pudiera ver a las otras dos. La luz tenue de una vela alargaba sus sombras contra la pared encalada. Empezaron despacio, cada una tocándose entre las piernas, y Catalina y Remedios no apartaban los ojos de Ángela.
—Tienes el clítoris muy grande —observó Remedios, acercándose un poco—. ¿Es muy sensible?
—Mucho —respondió Ángela, con la voz ronca—. Por eso me vengo tan fácil.
—¿Me dejas tocarlo?
—A mí también —pidió Catalina, ya inclinándose hacia ella.
—Sí —exhaló Ángela—. Las dos.
No hizo falta más. Remedios fue la primera. Se humedeció los dedos y los posó sobre ese punto hinchado, moviéndolos en círculos lentos, estudiando cada reacción. Lo acarició largo rato antes de ceder el turno a Catalina, que bajó los dedos hasta los labios mojados y soltó un murmullo de aprobación al sentir lo empapada que estaba.
—No voy a quitar los dedos de aquí hasta hacerte venir —prometió Catalina contra su oído.
—Y después te hago venir yo —ordenó Remedios.
Ángela no respondió. Entendió, con una mezcla de pánico y alivio, que estaban haciendo con ella justo lo que tantas noches había imaginado tras la puerta. Se dejó ir. Catalina no tardó en arrancarle el primer orgasmo; Ángela gimió bajito, mordiéndose el dorso de la mano para no despertar al convento entero. Mientras tanto, Remedios le buscó el cuello y se lo recorrió a besos lentos.
—Recuéstate y abre bien las piernas —sugirió Remedios—. Así te hago venir con la lengua.
—Ponte cómoda —añadió Catalina—. Aquí estás a salvo.
Ángela obedeció sin decir palabra, incapaz de articular nada coherente. Catalina la besó en la boca y le acarició los pechos mientras Remedios descendía. Su lengua trabajó sin prisa: recorrió los labios, presionó el clítoris, lo hizo entrar y salir de su boca jugando con él hasta que Ángela arqueó la espalda.
—Me voy a venir, no pares —suplicó.
—Ven en su boca, despacio —la animó Catalina.
—Me vengo… me vengo —jadeó Ángela, sacudiéndose contra los labios de Remedios.
***
Para Ángela era todo nuevo. Había aprendido a tocarse por puro instinto, una noche en que un cosquilleo la llevó a explorarse a oscuras, pero nadie la había tocado jamás. Esta era su primera vez con otras manos sobre la piel, con otras bocas, y los orgasmos no se parecían en nada a los que conseguía sola. Eran más hondos, más largos, la dejaban temblando. Por eso apenas hablaba: no tenía palabras para nombrar lo que sentía. Cada caricia desataba una pequeña explosión que le recorría el cuerpo entero, y solo quería que no terminara nunca.
Catalina ocupó el lugar de Remedios y volvió a hundir la cabeza entre sus muslos. Lamió, succionó, la penetró con dos dedos mientras presionaba el clítoris con la lengua. Ángela se vino otra vez, y al sentir la boca de Catalina insistir sobre esa zona ya demasiado sensible, le apartó la cabeza con la mano, sin fuerzas, riéndose por primera vez en toda la noche.
Las dos se miraron, complacidas. Había algo embriagador en concentrarse entre las dos sobre una sola persona, en multiplicar el placer hasta volverlo insoportable. Ese era el motor que las movía. Cuando el deseo las invadía, olvidaban los hábitos colgados detrás de la puerta, los votos, las horas de rezo. Y lo que más las encendía no era el placer en sí, sino el saberlo prohibido. La posibilidad de ser descubiertas hacía que cada caricia ardiera más fuerte. Lo sabían, lo entendían, y aun así elegían la noche una y otra vez.
***
—Ahora te toca probar a ti —dijo Remedios, recostándose y abriendo las piernas—. Quiero ver qué sabes hacer.
—Nunca lo he hecho —confesó Ángela, repentinamente tímida—. Nunca he… probado a otra mujer.
—No importa —la tranquilizó Catalina—. Hay cosas que salen solas. Imita lo que te hicimos a ti.
Ángela respiró hondo. Siempre hay una primera vez para todo, se dijo. Y bajó la cabeza hacia Catalina, que había ganado el turno. Lo primero que encontró fue un sabor desconocido, fuerte al principio y dulce al final, que le resultó extrañamente agradable. Comprendió que tendría que acostumbrarse, porque a partir de esa noche no pensaba dejar de hacerlo.
Paseó la lengua por todas partes, torpe pero entregada, hasta dar con el clítoris. Ahí, por fin, pisaba terreno conocido. Sabía exactamente cómo tratarlo, porque era lo que se hacía a sí misma cada noche. Desplegó toda su intuición: lo lamió, lo rodeó, lo succionó metiéndolo y sacándolo de la boca tal como lo había sentido sobre su propia piel. Catalina no dejó de gemir, sorprendida del talento de su nueva amiga, mientras Remedios le mordisqueaba los pechos. No pasó mucho hasta que Catalina se rindió a un orgasmo largo, ahogando un grito contra la almohada.
—Ahora lo mismo, pero conmigo —ordenó Remedios, jalándola del brazo—. Y de hoy en adelante vas a hacerlo cada vez que te lo pidamos.
Ángela ya daba todo eso por sentado. Sabía quiénes mandaban, y la idea de obedecer no la incomodaba en absoluto; al contrario, la hacía sentir parte de algo. Se aplicó con Remedios sumando un detalle nuevo: la penetró con los dedos mientras la lengua hacía el resto. Remedios gemía sin disimulo, y esos gemidos eran la mejor confirmación de que lo hacía bien. Cuando la sintió cerca, cambió la lengua por una succión firme y constante, y Remedios se vino entre temblores, aferrada a las sábanas.
***
Las dos la felicitaron como a una alumna aventajada. La acribillaron a preguntas: qué había sentido, si lo repetiría, por qué había estado tan callada toda la noche. Le rogaron, entre risas, que la próxima vez hablara más.
Ángela solo sonreía, todavía sin aire. Por primera vez en su vida había gozado de verdad, y supo que ya no habría vuelta atrás. Se vistieron en silencio cuando el cielo empezaba a clarear por la ventanita de la celda. Faltaba poco para la primera campana, y las tres necesitaban dormir aunque fuera un rato, para no volver a cabecear durante la misa.
Mientras se deslizaba descalza de regreso a su celda, Ángela pensó que ya no tendría que pegar la oreja a ninguna puerta. A partir de esa noche, ella estaría dentro.