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Relatos Ardientes

La madre de Sofía me abrió la puerta en bata

Era la tercera vez que la universidad nos juntaba en equipo y, una vez más, terminé compartiendo trabajo con Lorena y Sofía. Nos llevábamos bien, las dos eran responsables, y rara vez alguien se quejaba si una entregaba tarde. Por costumbre, era Sofía quien proponía reunirnos en su casa: vivía en una colonia tranquila, con un escritorio enorme en su cuarto y una madre que casi siempre andaba por ahí pero nunca molestaba.

Esa madre. Bárbara.

Llevaba meses tratando de no quedármele mirando más de la cuenta. Tenía algo así como cuarenta y tantos, rubia, alta, esbelta, con una cintura marcada y un trasero que parecía esculpido. Las playeras se le ajustaban al pecho de una manera que me obligaba a clavar los ojos en el cuaderno. Cada vez que pasaba detrás de nosotras dejando un café o un plato con galletas, sentía una punzada en el bajo vientre y un calor que me subía por el cuello. Sofía nunca se daba cuenta. Lorena tampoco. Yo sí.

Llegó el día de la nueva reunión. Quedamos a las cinco, las tres en casa de Sofía. Llegué primero, como siempre, cinco minutos antes. Toqué el timbre y fue Bárbara la que abrió.

—Camila, pasa —dijo, sonriendo de lado.

Traía un vestido azul oscuro, de tela elástica, que se le pegaba al cuerpo. No llevaba sostén, o si lo llevaba era de los que no se notan: los pezones se le marcaban contra la tela cada vez que se movía. Le di un beso en la mejilla y le sentí el perfume cerca de la oreja, algo dulce y caro. Cuando se giró para llevarme al salón, no pude evitar mirarle el culo: redondo, firme, balanceándose de un lado a otro con cada paso. Sentí la humedad entre las piernas antes de cruzar el pasillo.

Esa tarde la pillé tres veces mirándome. La primera, cuando le pregunté por Sofía y se demoró un segundo más de la cuenta en responder. La segunda, cuando se inclinó para dejar la jarra de agua sobre la mesa y se aseguró de que yo viera el escote. La tercera, cuando se mordió el labio mientras hablaba de algo que ni recuerdo, porque ya no escuchaba nada.

Esa noche, en mi cuarto, no aguanté. Me metí la mano debajo del pijama pensando en aquel vestido azul, en cómo se le ceñía el cuerpo, en cómo serían sus pezones bajo mi lengua. Me imaginé arrodillada entre sus piernas, abriéndoselas despacio. Llegué al orgasmo en silencio y me quedé despierta un rato más, con la respiración entrecortada, pensando en lo que sería atreverme.

***

Al día siguiente no teníamos clase de la materia con Sofía. Ella se había quedado en la facultad para una tutoría hasta el mediodía. Lo sabía porque me lo había dicho la tarde anterior. Y aun así, con esa información perfectamente clara en la cabeza, decidí saltarme dos clases y caminar hasta su casa.

La excusa era ridícula y la fui repitiendo en voz baja todo el camino: «se me quedó un cuaderno en su escritorio, vengo a recogerlo». Lo había planeado lo suficientemente bien como para que no se notara que lo había planeado. Me puse una falda corta, una blusa blanca abierta dos botones, y debajo una tanga blanca de encaje con un sujetador a juego. Me había depilado por la mañana, pensando en ella. Mi sexo estaba liso y húmedo antes de tocar el timbre.

Toqué dos veces. Nadie respondió en los primeros segundos y casi me dio un infarto pensando que no estaba. Iba a darme la vuelta cuando escuché los pasos.

La puerta se abrió y ahí estaba, con una bata blanca de seda que apenas le llegaba a media pierna. Cinturón flojo. Pelo mojado. Nada debajo.

—¿Camila? —dijo, abriendo los ojos como si no lo esperara, aunque algo en su sonrisa me dijo que sí—. Qué sorpresa, pasa.

Tragué saliva. La bata se le abría un par de centímetros sobre el pecho y se le marcaban los pezones contra la tela. Conseguí balbucear la excusa del cuaderno. Ella asintió despacio.

—Sofía no está, pero claro, sube a buscarlo. Yo voy a estar arriba, así que no hagas ruido.

Cerró la puerta detrás de mí, pasó por mi lado rozándome el brazo y se fue por las escaleras sin esperar a verme reaccionar. Me quedé un segundo en el recibidor, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso. La seguí.

La habitación de Sofía estaba al fondo del pasillo, pero no fui directamente. Caminé despacio, fingiendo que buscaba la puerta. La de Bárbara estaba entreabierta, y por la rendija escapaba un sonido tan bajo que casi me lo perdí: un suspiro, un gemido contenido.

Me acerqué.

Por la rendija la vi sentada en el borde de la cama. La bata estaba abierta y le caía a los lados. Tenía una mano sobre uno de los pechos, acariciándose el pezón con el pulgar y el índice, y la otra entre las piernas, frotándose despacio. Su mirada estaba fija en la puerta. En la rendija. En mí.

Sabía que yo estaba ahí.

Me llevó tres segundos decidirme. Empujé la puerta y entré sin decir nada.

—Tardabas —murmuró.

Me acerqué hasta quedar de pie frente a ella, con las rodillas casi tocando las suyas. Levantó la barbilla y me miró desde abajo con una calma que me desarmó. No había prisa en ella. Había dirección.

—¿Sabes lo que estás haciendo? —me preguntó.

—No —dije.

—Mejor.

Me agarró por la cintura y me sentó sobre sus muslos. Sus manos subieron por mi espalda, encontraron el cierre del sujetador a través de la blusa y lo desabrocharon con dos dedos. Me besó. No fue un beso suave. Me mordió el labio inferior y me lo soltó despacio, viendo cómo me temblaba la boca. Olía a jabón limpio y a algo más oscuro, algo que reconocí del cuarto.

Me quitó la blusa. Después el sujetador. Se quedó mirándome los pechos un momento, sin tocarlos, como si decidiera por dónde empezar. Cuando bajó la cabeza y me chupó un pezón, fue lento, casi cruel. Me arqueé contra ella y oí cómo se le escapaba una risa entre los dientes.

—Eres muy fácil de leer —dijo—. Llevas semanas viniendo a esta casa con esa cara.

No supe qué contestar. Le metí la mano dentro de la bata y le encontré el pecho. Era pesado, tibio, mucho más grande de lo que parecía bajo la ropa. Le pellizqué el pezón y ella me clavó las uñas en la espalda. Llevé la otra mano entre sus piernas y la encontré empapada. Pasé los dedos por encima despacio, sintiendo cómo se abría, y luego me los llevé a la boca.

—Sabes increíble —dije.

Bárbara me miró como si esa frase la hubiera decidido del todo. Me empujó hacia atrás, me sacó la falda y la tanga con dos movimientos rápidos, y me dejó desnuda de pie en mitad de la habitación.

—Ven aquí —dijo, abriendo las piernas en el borde de la cama.

Me arrodillé. La tenía a la altura justa. Le pasé las manos por la cara interna de los muslos, le abrí más las piernas y bajé la boca sin más rodeos. Estaba caliente, brillante, lisa. Le lamí toda la entrada con la lengua plana y la sentí estremecerse. Le rodeé el clítoris con la punta de la lengua y empezó a respirar más fuerte. Me agarró el pelo de la nuca y me apretó contra ella.

—Así. No pares.

No paré. Le seguí el ritmo de las caderas, alternando entre chupar despacio y mover la lengua rápido. Le metí dos dedos. Estaba apretada por dentro y al cabo de un minuto los empezó a apretar contra ella misma. Sus gemidos eran graves, controlados, no como los míos la noche anterior en la cama. Era una mujer que sabía exactamente lo que quería y cuánto tardaría.

Antes de que llegara me apartó de un tirón.

—Acuéstate.

Obedecí. Me subí a la cama y me dejé caer de espaldas con las piernas un poco separadas. Bárbara se levantó, se quitó la bata por fin —y verla desnuda fue como confirmar una sospecha de meses— y se puso encima de mí, pero al revés. La sentí abrir mis piernas con las manos y posar la lengua sobre mi sexo justo cuando su coño se acomodaba sobre mi boca.

Sesenta y nueve. La palabra me llegó a la cabeza como si fuera la primera vez que la pensaba en serio.

Le agarré el culo con las dos manos, le separé las nalgas y la atraje hacia abajo. Ella me devolvió el favor lamiéndome despacio, con una técnica que me hizo arquear toda la espalda. Sabía dónde tocar. Sabía cuándo aflojar y cuándo apretar. Yo intenté hacer lo mismo, ahora con todo su peso encima, con las caderas moviéndose contra mi cara. Le pasé la lengua por el clítoris y la sentí temblar.

Empezó a moverse más rápido. Las nalgas me golpeaban la barbilla. Le subí un dedo por el centro y, casi sin pensarlo, se lo apoyé en el otro agujero. Apreté un poco. Ella jadeó, y por un segundo dejó de moverse, como si esperara a ver si me atrevía. Empujé despacio, hasta que la primera falange entró.

Su orgasmo me llegó a la boca un instante después. Largo, denso, sin gritos: solo un quejido sordo y un temblor que le bajó por todo el cuerpo. La aguanté contra mí hasta que dejó de moverse, y luego le pasé la lengua por todo, sin desperdiciar nada.

Se bajó de mí. Me agarró por las caderas, me arrastró hasta el borde de la cama, me dobló las piernas sobre sus hombros. Y entonces me devolvió todo. Cada cosa. Su lengua trabajó sobre mi clítoris con una precisión que no había sentido nunca, ni con mis propios dedos ni con los pocos chicos torpes que habían pasado por mi cama. Me corrí en menos de dos minutos, agarrándole el pelo con las dos manos, levantando las caderas contra su cara, ahogando un grito contra mi propio brazo.

No dejó nada. Me lamió hasta la última gota mientras intentaba recuperar el aliento.

Cuando levantó la cara, tenía la barbilla brillante y los ojos clavados en mí. Se subió a la cama, se acostó a mi lado, y me dio una nalgada suave en el muslo.

—Espero que se te olviden cosas más seguido —dijo.

Y volvió a besarme.

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Comentarios (2)

NocheSuelta88

increible!! me dejo sin palabras

Caro_86

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas!!

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