La mujer que limpiaba mi casa terminó tocándome
Tengo treinta y dos años, vivo sola y, desde que me mudé a este departamento, descubrí algo que no me animaba a admitir antes: los hombres ya casi no me interesan. No es que les huya, simplemente dejé de necesitarlos. Mis manos hacen lo que ellos hacían mal, y mi cabeza fantasea con cosas que ninguno de los que conocí supo entender. Casi todos los días termino mojada por mí misma, en mi propio sillón, mirándome en el espejo del living como si fuera otra persona la que me observa.
El edificio tiene un ventanal enorme que da a la calle. Si dejo las cortinas abiertas se puede ver todo: el sofá, la mesa, el pasillo que lleva a mi habitación. Casi nunca las abro. Me gusta andar desnuda por mi propia casa, y la idea de que un vecino me espíe me genera un cosquilleo que después pago caro frente al espejo, con dos dedos adentro y la respiración entrecortada.
Soy alta, delgada, de pelo negro hasta la cintura. Tengo los pechos firmes, redondos, los pezones grandes y oscuros. Y una cola que, según los pocos amantes que dejé pasar, parece dibujada con regla y compás.
Trabajo desde casa. Soy traductora freelance, entrego por mail, no veo a nadie. Eso me deja todo el día para hacer lo que quiera con mi cuerpo. A veces me visto provocativa para los repartidores: una blusa transparente sin corpiño, un short tan corto que se ve la curva de las nalgas, una pollera que se levanta cuando me agacho. Disfruto sus caras de asombro, la forma en que tragan saliva, el modo en que algunos me piden el teléfono con la voz pastosa. Nunca llegué a más. Me alcanza con verlos perder el control un segundo.
Marlene viene los miércoles y los viernes a hacerme la limpieza. La primera vez que vino, hace casi un año, le pregunté directamente si le iba a incomodar mi forma de andar por la casa. Tiene cuarenta y tantos, es delgada, de manos chiquitas y mirada quieta. Pensó la respuesta unos segundos, como si la tomara en serio, y al final me dijo que mi casa era mi casa y que ella estaba ahí para trabajar, no para opinar.
Me bastó. A partir de ese día empecé a probar hasta dónde llegaba ese «no opinar».
Primero fue una musculosa blanca, sin corpiño, mientras tomaba café en la cocina. Después una bikini chiquita, como si recién hubiera salido de la pileta del edificio. Más tarde, vestidos de licra sin nada debajo, con los pezones marcando la tela como dos botones. Marlene seguía con su trapo, su balde, su mirada baja. No decía nada, pero a veces tardaba más de la cuenta en limpiar la mesa de la cocina cuando yo estaba sentada con las piernas semiabiertas.
Una mañana de jueves me quedé dormida con un mono de red que había usado la noche anterior, sola, frente al espejo. Era todo transparente, una malla negra con un único cordón que cruzaba la espalda y se anudaba al cuello. Los pechos quedaban completamente a la vista. La entrepierna tenía una abertura larga, como una cremallera abierta para siempre, y mi vello negro se asomaba sin pudor. Sacármelo era un lío. Cuando escuché la llave de Marlene en la cerradura, decidí no moverme.
Me quedé en el sillón con un libro entre las manos, fingiendo leer. Marlene entró, saludó como siempre, y a los dos segundos su saludo se quedó suspendido en el aire. La escuché tragar. Levanté la vista despacio y la encontré inmóvil, con el bolso colgando del hombro, mirándome de arriba abajo como si no terminara de entender lo que veía.
—Buen día —le dije con la voz más tranquila que pude.
—Buen día, señora —contestó ella, y se metió en la cocina casi corriendo.
***
Esa mañana decidí no soltarla. Cada vez que pasaba cerca le pedía algo: un vaso de agua, que me alcanzara el cargador del celular, que mirara si el aire del estudio estaba prendido. Cada gesto era una excusa para que pasara junto al sillón, junto a mí, junto a esa abertura en el mono que dejaba todo expuesto. Marlene fue dejando caer la mirada cada vez con menos disimulo.
Cuando estaba terminando con el comedor, me senté en el sofá y le pregunté de frente:
—Marlene, ¿qué te parece este conjunto?
Ella se quedó parada con el plumero en la mano, como una nena a la que pescaron mirando algo que no debía.
—Está… lindo —dijo, con la voz medio rota—. Ojalá yo tuviera ese cuerpo para usarlo así.
—Entonces te gusta mi cuerpo —dije yo, sin pregunta, casi en un suspiro.
Marlene se puso colorada hasta las orejas. No me contestó. Se dio vuelta y volvió a la cocina, y yo me quedé sentada con una sonrisa que no podía borrar. Sentí la humedad bajándome entre los muslos antes de pensar en moverme.
Hoy no la dejo irse igual que siempre.
Me acosté en el sillón con las piernas abiertas, una sobre el respaldo, otra colgando. La abertura del mono dejaba mi sexo completamente visible. Empecé a tocarme despacio, como si Marlene no estuviera ahí, pero sabiendo perfectamente que estaba. Mis dedos se hundían en la humedad y subían a acariciar el clítoris con círculos lentos. La respiración se me iba volviendo más fuerte. Cerré los ojos a propósito, para que ella pudiera mirar sin sentirse vigilada.
La escuché volver del cuarto, frenar en seco, retomar el camino. Sentí cómo se acercaba al living. El plumero hacía ruido contra los muebles, pero más despacio que antes, como si ella estuviera concentrada en otra cosa. Abrí los ojos apenas un instante y la vi de reojo: estaba parada en el umbral, con una mano apoyada en el marco de la puerta y la otra cerrada en un puño. Miraba.
Cerré los ojos otra vez y aumenté el ritmo. Me metí dos dedos, después tres. La pelvis se me arqueaba sola buscando más. Estaba a punto de terminar cuando escuché su voz, muy bajita, muy cerca:
—Disculpe, señora.
Frené. Abrí los ojos. La tenía a un metro, con la cara descompuesta entre la culpa y otra cosa que no quería nombrar.
—A mi marido le encantaría verla —dijo, atropellando las palabras—. Le hablé de usted. Hace dos años que está en Italia, y yo… le mando videos a veces, para que no me extrañe tanto.
Me senté despacio. La miré.
—¿Y si le mandás uno conmigo? —le dije, sin dejar de mirarla.
***
Marlene se quedó muda. Después asintió con la cabeza, como si le hubieran dado permiso para algo que llevaba meses esperando. Sacó el celular del bolsillo del delantal con las manos temblando.
—¿Cómo… cómo le gustaría? —preguntó.
—Empezá con fotos —le dije—. Después seguimos.
Y así arrancó. Marlene era torpe al principio. La cámara se le movía, no encontraba el ángulo, me pedía que girara la cara con frases entrecortadas. Le indiqué cómo enfocar mis pechos, cómo bajar hasta la abertura del mono, cómo encuadrar mi cara mientras me mordía el labio. A los pocos minutos ya no temblaba. Tenía el celular firme y la mirada concentrada, como si hiciera ese trabajo todos los días.
—Ponete en cuatro —me ordenó, con una voz que no le había escuchado nunca.
Le obedecí. Apoyé las rodillas en el sillón y el pecho contra el respaldo. La sentí caminar alrededor, filmando desde distintos ángulos, deteniéndose más tiempo del necesario detrás de mí. Después de un rato me pidió que me sacara el mono. Le contesté que no podía sola, que el cordón del cuello se trababa siempre.
—Vení vos —le dije por encima del hombro—. Sacámelo. Pero seguí filmando.
Marlene apoyó el celular en la mesita ratona, lo dejó grabando hacia el sillón, y se acercó. Sentí sus dedos pequeños tantear el nudo de mi nuca. Tardaron mucho más de lo necesario. Cuando logró aflojarlo, las manos se le fueron al deslizar la malla por mis hombros y bajaron, despacio, por mi espalda, por la curva de la cintura, hasta las nalgas.
—Señora —murmuró—. Perdóneme.
—Llamame por mi nombre —le dije.
Apoyó la boca en mi hombro. Después en la nuca. Después en la columna. Cada beso era una rendición. La sentí arrodillarse detrás de mí, y entonces su lengua se metió donde no le había pedido nada. La descarga me sacudió las piernas. Marlene me lamía con una concentración que no parecía la primera vez, y por un segundo me pregunté cuántas mujeres habrían pasado por sus manos antes que yo.
Me dejé caer de costado y le abrí los brazos. Ella subió, todavía vestida con su uniforme de trabajo, y se acomodó entre mis muslos. Le saqué la blusa de un tirón. Tenía los pechos chiquitos, los pezones oscuros, durísimos. Me los llevé a la boca uno y después el otro, y ella jadeó por primera vez con la garganta entera, como si todo ese año de silencio hubiera estado esperando este instante.
—En el cajón de la mesita —le dije, señalando con la barbilla—. Hay un consolador. Traémelo.
Lo trajo sin preguntar. Me lo puso entre las piernas, y antes de moverlo me miró pidiendo permiso. Asentí. Lo deslizó adentro despacio, observándome la cara, y cuando vio que yo no iba a quejarme empezó a empujar con fuerza, con una técnica que sólo aprende quien lo usó muchas veces sobre sí misma. Yo me iba ahogando entre la presión del consolador y su boca, que volvió a bajar a chuparme el clítoris al ritmo de las embestidas.
Terminé con un grito que no fue mío. El orgasmo fue tan largo que sentí cómo el sillón se mojaba debajo, y por primera vez en mi vida un chorro caliente me brotó de adentro sin que yo pudiera frenarlo. Marlene se rio bajito, satisfecha, y siguió moviendo el consolador hasta que las contracciones se me apagaron solas.
Cuando me recompuse, el celular seguía grabando sobre la mesita.
***
Marlene sigue viniendo los miércoles y los viernes. La limpieza se hace, sí, pero ahora forma parte del trato algo más: lo que ella llama, con una sonrisa medio tímida medio cómplice, mi mantenimiento. Algunos días me toca primero a mí. Otros la tumbo yo sobre el sillón, le subo la pollera del uniforme y la dejo agotada antes de que llegue a sacar el trapo de piso.
Me confesó, una tarde, mientras fumábamos en el balcón después de todo, que con su marido lejos había perdido la chispa. Que se había convencido de que el deseo se iba con la edad y con la distancia. Y que desde que me filma y le manda los videos, él la llama todos los días pidiéndole más. La flama, dijo, volvió a prenderse en su casa por culpa mía. Yo le contesté que en la mía también, aunque por motivos distintos.
Ahora, cuando escucho la llave en la cerradura los miércoles a la mañana, ya no me molesto en buscar un mono de red ni una bikini chiquita. Abro la puerta desnuda, con dos tazas de café en la mano, y la miro entrar como si entrara a su propia casa.
Porque, en cierto modo, ya lo es.