La mujer que me crió volvió convertida en otra
La cabaña ya no era más que brasas cuando llegué. El humo me obligó a entrecerrar los ojos a través de la visera del casco, y aun así el resplandor de las llamas me llegaba claro a la distancia. Forcé el motor de la moto al límite, rezando para no llegar demasiado tarde. Hacía ocho años que buscaba ese rastro y no iba a perderlo ahora.
Los cuerpos estaban repartidos por el patio. Hombres y mujeres jóvenes, algunos con la cara conocida de las reuniones del refugio, otros desconocidos para mí. Bajé de la moto sin apagar el motor y caminé entre ellos. La luna llena lo iluminaba todo, frío y obsceno, como si quisiera dejar bien claro cada gesto de horror congelado en sus rostros. No reconocí a la persona que buscaba en ninguno de aquellos cuerpos.
Eso era lo que más me asustaba.
No está aquí, pensé. Y lo pensé con un alivio que enseguida me dio vergüenza, porque significaba que ella seguía con vida y, por tanto, que ella había hecho aquello.
Otro motor a lo lejos me sacó del pensamiento. Una luz blanca atravesaba la humareda. Una segunda moto se acercaba a toda velocidad por el mismo camino que yo acababa de recorrer. Me coloqué en mitad del patio, encarada al portón derruido, y esperé.
***
La conductora cruzó el portón sin frenar. La vi venir hacia mí, y vi también cómo extendía la mano hacia delante, invocando algo que ya conocía. Una sombra fina como un látigo salió de su muñeca y se dirigió a mi cuello.
Levanté la palma izquierda. Una esfera de aire denso reventó el latigazo en mil pedazos. No esperé a que ella reaccionara. Avancé hacia su moto con la mano todavía estirada, y la onda la sacó de la silla. La motorista voló por encima del manillar, y la máquina siguió rodando sola hasta estrellarse contra los restos del granero.
La motorista cayó rodando sobre la tierra y se incorporó al instante, con el casco intacto y la espada en la mano. Una espada larga, fina, sin adornos. La conocía. La había forjado yo misma para ella, cuando tenía dieciséis años y todavía me llamaba madre.
—Te has hecho muy buena, Nahia —dije.
La hoja se detuvo a un palmo de mi cuello.
Ella no contestó. Se quitó el casco. La melena negra le cayó sobre los hombros, más larga de lo que yo recordaba. Los ojos eran los mismos: furia y miedo en partes iguales, como cuando era pequeña y se despertaba sudando en mitad de la noche.
—No —balbuceó. La punta de la espada me tembló contra la piel—. No puedes ser tú.
—Soy yo, mi niña.
—¡No! —La hoja se apretó. Sentí cómo me cortaba la primera capa de piel. Una gota de sangre me corrió por la clavícula—. Tú estás muerta. Llevamos ocho años enterrándote.
—Pues ya ves que no.
—¿Quién demonios eres?
La pregunta no era para mí. Era para sí misma. Bajó la espada un poco, lo justo para que dejara de pincharme, y se quedó mirándome como quien intenta colocar dos imágenes que no encajan. La mujer que la había criado y la mujer que acababa de quemar el refugio en el que dormían sus amigos.
—Soy yo, Nahia. Helena. La misma que te hacía la masa de las galletas y te enjuagaba el pelo en la bañera cuando llorabas porque te entraba jabón en los ojos.
Se le rompió la cara al oír mi nombre. La espada cayó a sus pies.
Avancé un paso.
—No te acerques —dijo. Pero la voz ya no tenía mando, era un pedido. Avancé otro paso. Y otro. Cuando la tuve a un brazo de distancia ya estaba llorando. Yo le había enseñado a no llorar nunca delante de un enemigo, pero no me quedé mirándola como una enemiga. La rodeé con los brazos como cuando era una cría.
—Lo siento —le dije al oído—. Siento llegar así, siento que sea ahora, siento todo lo que esta noche estás teniendo que mirar.
—¿Por qué? —fue lo único que pudo preguntar entre sollozos contra mi hombro—. ¿Por qué fuiste tú la que hizo esto?
—Porque ellos no quisieron escucharme. Y porque me he hecho a otra causa. Una causa que algún día también te abrazará, mi vida. Pero esa conversación no es para esta noche.
Le acaricié la nuca despacio. Sentí cómo se le aflojaban los hombros. Sentí también cómo, sin habérmelo propuesto, mi otra mano había bajado por la espalda hasta apoyarse en el inicio de su cintura. Ella debió de notarlo, porque levantó la cara y me miró con un susto distinto al de antes.
—¿Qué haces?
—Lo que tendría que haber hecho hace años. Lo que entendí en mi exilio.
—Helena.
—No te muevas, mi niña.
Ella obedeció. Por costumbre, supongo. Diez años de obedecerme no se olvidan en una noche. Apoyé la frente en la suya. Sentí su respiración corta contra mi boca. Sentí también que estaba temblando.
—Esto está mal —dijo.
—Sí.
—No deberías.
—No.
La besé.
***
Fue un beso largo, sin manos, solo bocas. Ella no me lo devolvió al principio. Mantuvo los labios apretados un par de segundos, los justos para hacerme entender que me lo permitía pero que no lo pedía. Después se abrió. Despacio. Y cuando se abrió, fue ella la que me sostuvo la cara con las dos manos, como si temiera que me fuera a desaparecer entre los dedos.
Cuando me retiré para mirarla, tenía la mandíbula floja y los ojos brillantes. La risa nerviosa que se le escapó era de espanto, no de placer.
—¿Qué me estás haciendo?
—Nada que tú no estés dejando que te haga.
Volví a besarla. Esta vez con manos. Le metí los dedos en el pelo y tiré hacia atrás de la melena lo justo para abrirle el cuello. La besé bajo la mandíbula, en el hueco donde el pulso le latía como un tambor. Le mordí el lóbulo. Ella soltó un sonido que llevaba mucho tiempo sin permitirse.
—Helena, por favor.
—Por favor qué.
—No lo sé.
—Yo sí.
La empujé con suavidad hasta tenerla de espaldas contra la pared de piedra del establo, la única que el fuego no había alcanzado. Le quité la chaqueta táctica con tirones tranquilos, como si la estuviera desvistiendo para meterla en la cama después de un mal día. Debajo llevaba una camiseta negra ajustada. Por encima se le marcaba el pecho subiendo y bajando muy rápido.
Le pasé el dorso de la mano por el costado, por encima de la tela. Ella cerró los ojos.
—No tienes por qué hacerme caso —le susurré al oído—. Si me empujas, me aparto.
No me empujó.
Le subí la camiseta hasta dejarla por encima del pecho. No llevaba sostén. Era un cuerpo de mujer adulta, distinto al que yo había bañado de niña. Senos llenos, redondos, los pezones ya endurecidos por el frío de la noche o por mí, qué más daba. Bajé la cabeza y le tomé uno entero con la boca. Lamí, succioné, le di vueltas con la lengua mientras pellizcaba el otro con la mano libre. Ella se sujetó a mi nuca con las dos manos y echó la cabeza hacia atrás contra la piedra.
—Joder —dijo, y la palabra le salió rota.
—Te enseñé a no decir palabrotas.
—Esta vez me la perdonas.
—Esta vez te la perdono.
Bajé. Le besé el estómago plano, las cicatrices viejas que yo le había cosido a los catorce y a los diecisiete. Le desabroché el cinturón táctico y le bajé los pantalones por los muslos. Se dejó hacer apoyada contra la pared, con la respiración cada vez más corta. No me quitaba los ojos de encima. Como si todavía no se creyera que era yo. Como si esperara que me transformara en otra cosa en cualquier momento.
Me arrodillé.
—Helena, no —dijo. Pero el «no» era el último que me iba a poder decir esa noche, y las dos lo sabíamos.
Le besé el interior del muslo. Subí. Le aparté la ropa interior con dos dedos. Tenía el vello recortado, suave, y la piel de abajo ya brillante de su propia humedad. Me reí en voz baja contra su piel.
—Anda, mi niña —dije—. Si estás mojada desde antes de que te besara.
Le puse la boca encima. Empecé despacio, con la lengua plana, recorriéndola entera de abajo a arriba, sin entrar en ningún sitio en particular, solo dejándole sentir que esa boca era mi boca y que estaba ahí. Ella soltó un gemido largo y se sujetó al borde de un estante con la mano libre. Subí el ritmo. Le rodeé el clítoris con la lengua, despacio al principio, después más cerrado, hasta encontrarle ese punto en el que sus caderas dejaban de empujar contra mí y empezaban a temblar.
Le metí dos dedos.
—¡Ah!
Estaba apretada. Diez años sin dejar entrar a nadie a fondo, supuse. Empujé despacio hasta tocar el final. Doblé los dedos hacia delante, buscando esa zona rugosa que se hinchaba con cada embestida. Ella se llevó la mano libre a la boca para morderse el dorso, porque al fin y al cabo seguíamos en mitad de un patio lleno de muertos, y una parte de su cabeza, la parte que yo misma le había entrenado, le seguía recordando que un gemido se oye a kilómetros.
Yo no tenía esos remilgos. Le aparté la mano de la boca.
—Aquí no hay nadie a quien escondérselo, mi vida. Déjate oír.
Se dejó oír.
Le hice el primero allí mismo, contra la pared, con los dedos dentro y la lengua sobre el clítoris. Le bajó por las piernas un temblor que le duró hasta los tobillos. La oí gemir mi nombre. No el de antes, el de la madre. El nuevo. El de la mujer que la estaba comiendo arrodillada entre los cadáveres de su refugio. Aquello fue lo que más me corrió por dentro: oír mi nombre saliendo de su boca con esa voz.
Me incorporé. Le tomé la cara con las dos manos. Tenía los ojos en blanco a medias, la boca abierta, y un hilo de saliva en la comisura. Estaba preciosa. Estaba mía. La besé en los labios y le pasé el sabor que ella misma había puesto en mi boca.
—¿Quieres más?
Tardó en contestar. Cuando lo hizo, lo hizo con la voz más baja que le había oído nunca.
—Sí.
***
Nos pasamos al granero. A lo que quedaba del granero, mejor dicho. El fuego había respetado un rincón con paja seca y una manta vieja. Allí la tendí. Allí la desnudé del todo. Allí me desnudé yo también, despacio, para que me viera entera, para que entendiera quién la estaba tocando y por qué.
Le hice el segundo de rodillas sobre ella, con un muslo entre sus piernas, apretando despacio, sintiendo cómo se rozaba contra mí con un ritmo que ya no podía controlar. Le besé los pezones, la garganta, la mandíbula. Le hice el tercero con la boca otra vez, ya sin prisa, con ella sujetándome la cabeza con las dos manos y diciéndome al oído cosas que no se había permitido decirle a nadie en mucho tiempo. Cuando le llegó ese último, se le rompió la voz y se quedó callada un rato largo, mirándome el techo carbonizado.
Después me preguntó qué iba a ser de ella ahora.
Le dije que ya hablaríamos de eso por la mañana.
No le dije que la causa a la que me había unido era oscura, ni que tarde o temprano le pediría que se uniera también, ni que la próxima vez que la tuviera entre los brazos podría ser la última en la que ella siguiera siendo del todo ella misma. Esas eran conversaciones para otra noche. Esa noche solo la quería a ella, a la mujer adulta en la que se había convertido sin que yo la viera crecer, durmiendo sobre mi hombro como cuando tenía siete años.
La tapé con la manta. Me quedé despierta mirándola un rato.
Al amanecer todavía no había decidido si la dejaría irse libre o no.