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Relatos Ardientes

La camarera del hotel me esperó cuando acabó su turno

Llegué al hotel poco antes del mediodía, con el coche todavía caliente del último tramo de curvas. La Sierra de Aracena me había recibido con un cielo demasiado azul para finales de octubre y una calma que ya empezaba a hacerme efecto antes de bajar las maletas. Cuatro días sola, una cámara nueva, ningún teléfono encendido. Eso me había prometido.

En recepción me dieron la 217 sin preguntar, pero al subir descubrí que la única ventana daba a un patio interior donde aparcaban las furgonetas del catering. No había venido hasta allí para mirar parking. Bajé otra vez y pedí cambio. La chica de recepción me miró sin enfado, tecleó un rato y me dijo que en quince minutos podría darme la 312, con vistas al pinar, si no me importaba esperar a que terminaran de limpiarla.

—Mientras tanto, ¿puedo dejar el equipaje arriba? Me apetece dar un paseo y luego ducharme.

—Claro. Suba, la chica ya casi termina.

Subí. La puerta de la 312 estaba abierta, y la oí antes de verla: trapo contra mesilla, agua corriendo en el lavabo, una respiración tranquila. Una mujer de unos cuarenta y pocos, uniforme azul marino y delantal blanco, me sonrió desde el otro lado de la cama.

—Disculpe, estoy a punto de acabar. Si quiere esperar abajo…

—No, no. He venido a relajarme, no a meterte prisa.

Se rio. Tenía una risa franca y unos dientes muy parejos.

—Gracias, señora. Por aquí pasa mucho clientito que se cree que somos parte del mobiliario.

—Pues conmigo no vas a tener ese problema. Solo quiero respirar tranquila unos días.

—¿Viene sola? —Y enseguida añadió—: No es por meterme, es para poner toallas de una o de dos.

—Sola. Es la única manera de no llevarme a casa el ruido de los otros.

—Yo no he estado sola más de media hora seguida en mi vida, así que de eso no opino. —Seguía moviéndose sin parar, recogiendo ropa, alineando los frascos del baño—. Si quiere ducharse, hágalo. Yo termino en un minuto y me voy.

—¿Seguro que no te molesta?

—Segurísimo.

Cerré la puerta del baño, abrí los grifos y dejé caer la ropa sobre el banco de madera. El agua salió caliente enseguida. Eché en la bañera un puñado de sales y me hundí hasta los hombros. Pensé que cuando saliera ya no habría nadie en la habitación.

Pero cuando salí —el pelo aún goteando, la toalla en la mano, no en el cuerpo— ella seguía ahí. Estaba en cuclillas frente al minibar, contando botellines. Las dos nos quedamos quietas.

—Perdón, perdón. Se me olvidó reponer las bebidas y he tenido que volver. Pensé que tardaría más.

Junté las manos sobre el pecho y el pubis, en ese gesto torpe que hacemos sin pensar. Me puse roja, le pedí disculpas yo a ella —no sé por qué—, y de pronto las dos nos echamos a reír.

—No te apures, mujer. Vístete tranquila, que yo tengo lo mismo que tú, con sus tetitas y su chochete y todo. Y para tu información, los gustos me van por otro lado.

Solté la toalla. Caminé hasta el armario despacio, como si llevara ropa puesta, y le contesté por encima del hombro:

—Eso nunca se sabe del todo. Yo tampoco me había planteado nada con una mujer hasta que una tarde, hace tres años, terminé en la cama con una amiga. Las dos casadas. Y disfrutamos como nunca.

Se quedó callada un instante demasiado largo.

—Pues mira, ahora que lo dices, tampoco sería tan raro. Yo de buen sexo no me acuerdo. Mi marido prefiere las botellas a las personas, así que con mis manos voy tirando. Pero no es lo mismo.

Saqué unas braguitas blancas y me las puse despacio. Cuando me erguí para coger el sujetador noté los pezones tirantes, como si los hubiera tocado el aire de fuera. Ella estaba apoyada en el marco de la puerta, sin entrar, mirando lo que hacía como quien mira un escaparate sin atreverse a pedir el precio.

—Me marcho. Si necesitas algo, llámame. Mi turno acaba a las seis y hasta esa hora ando barriendo pasillos. —Me tuteaba ya, sin avisar.

—Si quieres, cuando termines, nos tomamos algo. Aquí, en la habitación. Solo charla, ¿eh? Cosas de mujeres.

Se le tensó un poco la mandíbula al sonreír.

—Igual me paso.

—Te espero.

Salió y cerró sin hacer ruido. La seguí con la mirada hasta que la puerta encajó del todo, y entonces me di cuenta de que llevaba un buen rato sin respirar.

***

Bajé a comer a la terraza del restaurante. Pedí una ensalada y un guiso de venado que se me enfrió en el plato porque no podía dejar de pensar en ella. En su risa, en sus labios carnosos, en la forma en la que había mirado mis bragas mojadas como si las reconociera. Me bebí dos cervezas para tener algo que hacer con las manos.

A las tres y media subí. Quería dormir una siesta corta, despertar, ducharme otra vez y esperarla con un poco menos de ansiedad encima. Al doblar el pasillo la vi al fondo, tirando del carro. Levantó la mano. Me hizo una señal que no entendí. Le esperé. Cuando llegó a mi altura me agarró del codo y me empujó con suavidad hacia dentro de la habitación.

—¿De verdad quieres que te acompañe luego?

—Solo si tú quieres. No te sientas obligada.

—Mi marido va a estar borracho, como todos los jueves. Nadie me espera. Y desde que te he visto esta mañana no hago más que pensar en seguir hablando contigo.

—A las seis aquí. Te espero con algo de beber.

Se inclinó y me besó en la mejilla, muy cerca de la comisura. La mano le tembló cuando me rozó la cadera por encima del pantalón. Cuando cerró la puerta, yo estaba mojada otra vez, sintiendo cómo la humedad atravesaba la tela y me bajaba por el muslo. Nunca, ni con un hombre, me había puesto así sin que me tocaran.

Me desnudé y me tumbé en la cama. Pasé dos dedos por el contorno de mis labios, despacio, sin entrar todavía. Me llevé los dedos a la boca y me saboreé. Pensé en hacerme un dedo entero, terminar y olvidarme. Pero no. Quería llegar a las seis hambrienta. Me dormí así, con la mano abierta sobre el vientre y la otra entre las piernas, casi sin moverme.

***

Me despertaron tres golpes pequeños. Las seis y cuarto en el reloj de la mesilla. Abrí la puerta sin pensar y solo entonces caí en que seguía completamente desnuda.

—Perdona, estaba dormida y he abierto sin más.

—Tranquila. Ya te dije que yo tengo lo mismo.

Iba con vaqueros y una blusa beige con un escote que se le abría cuando se inclinaba. Le pedí que se sentara junto a la ventana mientras yo me ponía algo. La mesa redonda con dos butacas iba a ser el escenario, supuse. Cogí las bragas que me había quitado antes y, al ver la mancha, las metí en una bolsa de plástico para la ropa sucia. Ella me siguió con la mirada.

—¿Por qué cambias de bragas si te has duchado hace un rato?

Me quedé sin palabras. Me dio calor en las orejas. Le sonreí, le hice un gesto y me metí en el baño con otras limpias en la mano. Estaba secándome cuando levanté los ojos al espejo y la vi. Apoyada en el marco. Los labios entreabiertos. Los pezones marcándole la blusa como si los hubiera lijado.

Entró sin pedir permiso. Me quitó la toalla de las manos, la envolvió en la suya y terminó de secarme ella. Se puso a mi espalda, me separó las nalgas con la otra mano y pasó la toalla por la raya, despacio, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida. Me besó entre los omoplatos. Salió del baño antes de que yo pudiera decir nada, y la seguí como si me llevara con un hilo.

Cuando fui al armario, me cortó:

—No te pongas nada. Si te las pones, las vuelves a mojar.

—Tienes razón.

Nos sentamos. Me preguntó cómo se daban placer dos mujeres, si yo había usado alguna vez juguetes, si era muy distinto. Le conté lo poco que sabía. Solo aquella tarde con mi amiga, en su casa, sin nada más que manos y boca. Le dije que para mí, el sexo entre mujeres era más lento y más hondo, que un hombre se enciende con mirarte y se apaga en cuanto termina, y que una mujer sabe esperarse. Me oía con las piernas cada vez más juntas, mordiéndose el labio de abajo, respirando un poco más fuerte a cada frase.

Me levanté y le di la espalda. Me incliné a propósito sobre el minibar para abrir la nevera, abriendo las piernas justo lo necesario para que viera todo. Giré la cara.

—¿Qué quieres beber?

—Refresco de limón.

Le tembló la voz. Puse las dos latas sobre la mesa y me arrodillé a su lado. Le cogí las manos. Las tenía frías.

—¿Estás nerviosa?

—Muchísimo. Y no sé por qué.

—No tienes que hacer nada. Si quieres, hablamos de otra cosa, me visto, te vas. No pasa nada.

No me contestó con palabras. Se puso de pie y empezó a desabrocharse la blusa con dedos que apenas le obedecían. Le ayudé con los botones del vaquero. Se los bajé hasta los tobillos y le pasé la mano por encima de las bragas negras. La tela estaba caliente y empapada.

—Mira, también te mojas tú —le dije, para quitarle peso a la escena.

—Pues ya ves, también yo soy de carne.

Caímos en la cama como si fuéramos una sola cosa. Sus pechos eran grandes y firmes, los pezones muy oscuros y muy duros. Le pasé la lengua por uno y luego por el otro, y la sentí arquearse debajo de mí. Le metí dos dedos sin preguntar y los saqué brillantes. Bajé hasta su sexo. La sorbí más que la lamí, recogiendo todo, moviendo la lengua sobre el clítoris en círculos pequeños hasta que dejó de hablar y empezó a soltar un sonido bajo que le salía del pecho.

La giré. La puse a cuatro patas. Le pasé la lengua por el ano, despacio, una sola vez, y noté cómo se le contraía todo el cuerpo. La segunda pasada fue dentro. La tercera ya no contó porque rompió a temblar y empezó a soltar líquido como si la hubieran abierto en canal, jadeando «Dios mío, Dios mío» contra la almohada. Apoyé la cabeza contra el colchón, debajo de ella, y dejé que cayera todo en mi boca mientras me tocaba.

Cuando paró, la besé despacio. Me coloqué a horcajadas, con una pierna a cada lado de su cintura, le cogí un pecho y froté su pezón contra mi clítoris durante un buen rato. Ella me agarró las nalgas y me llevó hacia su boca sin pedir permiso. No parecía una novata. Mientras me comía, me metió un dedo en el culo, usando mi propia humedad como lubricante. Eso me terminó. Me corrí encima de su cara, agarrada al cabecero, sin poder controlar los temblores de los muslos.

Caí al lado. Nos buscamos la boca y nos pasamos lo que nos quedaba dentro.

Nos duchamos sin hablar mucho. Cuando se vistió, ya en la puerta, me cogió la cara con las dos manos.

—Gracias por todo.

—Adriana. Me llamo Adriana.

—Yo Lorena.

Me dio un beso largo, sin abrir la boca, y se marchó.

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Comentarios (1)

Daniela_BsAs

Increible!!! Me dejé sin palabras.

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