Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que mi mejor amiga me hizo bajo el mantel

Era difícil describir lo que sentí cuando su pie descalzo se deslizó entre mis muslos por debajo del mantel. Yo terminaba aquel postre de frutas tropicales y yogur, y seguí comiendo como si nada, acostumbrada ya a sus juegos cuando estábamos en sitios públicos. Lucía era así desde siempre, y aquel día parecía haberse propuesto ponerme a prueba antes de la sobremesa.

Nos conocimos en el colegio, hace ya demasiados años para llevar la cuenta. Desde el principio, ella me había confesado que se sentía atraída por mi forma de ver las cosas, eso que llamaba mi «singular inocencia». Teníamos la misma edad, pero ella siempre actuaba como una hermana mayor, como si nuestros padres le hubieran encargado cuidarme. No me molestaba. Cuando le decía que no a alguno de sus juegos, ella respetaba el límite sin protestar.

Ese día no le dije que no. No al principio.

Su dedo gordo del pie apartó con habilidad el lateral de mi tanga y me penetró con suavidad, despacio, como quien prueba la temperatura del agua antes de meterse. Solo entonces alcé la vista del cuenco de mango y le sostuve la mirada por encima del borde de la copa. Tenía esa sonrisa que ponía cuando sabía que estaba ganando, una sonrisa de medio lado, sin enseñar los dientes.

—Para —murmuré sin abrir apenas los labios—. Me estás poniendo nerviosa.

Retiró el pie con discreción y se calzó por debajo de la mesa con un movimiento que cualquiera habría tomado por un simple acomodar la postura. Pidió la cuenta sin dejar de mirarme. Le dije que tenía que ir al baño y me levanté antes de que respondiera. Sentía el corazón rebotándome contra el esternón y el latido entre las piernas pidiéndome algo que en aquel restaurante no podía darle.

Tras tirar de la cisterna y abrir la puerta del cubículo, me la encontré frente al espejo, retocándose el carmín. Me miró de reojo y se rió, una risa baja, de garganta, esa que ponen las mujeres que saben perfectamente lo que están haciendo. Me gustaba esa risa. Le rodeé los pechos por detrás y le besé la nuca por encima del cuello del vestido. Ella se giró sin separar mis manos de su cuerpo y me metió la lengua hasta el fondo.

Tenía la lengua larga, muy larga, y la usaba como si estuviera marcando territorio. Notaba su carmín pasarse al mío, el sabor a vino tinto y a la menta de la sobremesa. Un golpe seco contra la puerta nos sobresaltó. Una señora mayor, de pelo blanco recogido en moño, había entrado al servicio y nos miraba sin disimular. Salimos de allí con las mejillas ardiendo, sintiendo sus ojos clavados en nuestras nucas hasta cruzar la puerta del restaurante.

—Vamos al despacho —dijo Lucía mientras me apretaba la mano en la calle—. Las secretarias todavía tardan una hora en llegar.

No hizo falta que insistiera. Yo ya tenía las bragas húmedas desde el postre, y la idea de tenerla encima en aquel sofá de la sala de espera me cortaba la respiración. Tardamos diez minutos en llegar. Subimos por la escalera de servicio para evitar al portero del edificio y la oí reír por lo bajo cuando le rocé el pecho aprovechando un descansillo. Ella cerró la puerta del despacho con llave desde dentro y la dejó cruzada, atravesada de tal forma que nadie pudiera abrir desde fuera ni con la copia.

***

Se tiró sobre mí en cuanto me dejé caer en el sofá. Me besó primero el cuello, después la línea del escote, mientras sus dedos me bajaban la falda hasta los tobillos. Me arrancó la tanga sin contemplaciones y la dejó hecha una bola sobre la mesa baja, junto a un cenicero de cristal que llevaba años sin estrenarse. Yo no podía dejar de mirarle la boca.

—Llevo toda la comida pensando en esto —dijo bajando entre mis piernas.

Empezó suave, como siempre. Me lamió los labios externos con la punta de la lengua, marcando el contorno como si los estuviera dibujando. Luego pasó a los internos, con más presión, hasta que metió la lengua dentro y yo solté un suspiro que sonó a rendición. No se quedó ahí. Subió al clítoris, lo atrapó entre los labios y lo succionó, primero con calma y después con esa insistencia que ella sabía que me ponía al borde en cuestión de segundos.

Lo que me terminó de matar fue cuando aplastó la lengua plana contra mi clítoris y la hizo vibrar, como si tarareara contra mí sin emitir ningún sonido. Me agarré al respaldo del sofá con las dos manos. Me corrí con un temblor largo, sin gritar, mordiéndome el dorso de la muñeca para no hacer ruido. Sentí cómo chorreaba sobre el cuero del sofá, una mancha húmeda y oscura que iba a ser un problema en cuanto Lucía levantara la cabeza.

Pero ella ya estaba pensando en otra cosa. Se incorporó, se dio la vuelta y se subió la falda hasta la cintura. Llevaba unas bragas de encaje negro que se quitó sin mirarme, deslizándolas con dos dedos por la cara externa de los muslos. Me agarró de la nuca y me empujó la cara contra su trasero.

—Alrededor —dijo—. Como sabes.

Me daba un poco de reparo, siempre me daba, pero a ella la volvía loca. Empecé a recorrer con la lengua el contorno de su ano, despacio, dibujando círculos cada vez más cerrados. La oí gemir contra el cojín, una vibración baja que crecía cada vez que yo apretaba un poco más. No tardó mucho. Lucía se corría rápido cuando estaba ya caliente, y aquella mañana llevaba caliente desde el aperitivo, desde antes incluso de que el camarero nos trajera la carta.

Se vistió antes que yo. Me sonrió desde el espejo del despacho mientras se atusaba el pelo y me dio un beso largo, con sabor a sí misma, como si quisiera dejarme algo para que me lo llevara puesto el resto del día.

***

El timbre sonó en el peor momento posible. Daniela, su secretaria, había llegado antes de tiempo y estaba intentando abrir la puerta del despacho con su propia llave. Lucía descruzó la cerradura sin que se notara desde fuera y abrió con esa voz de profesional impecable que utilizaba para los clientes.

—Hay que echarle 3 en 1 a esta cerradura —dijo en voz alta, ya hacia el pasillo—. Cada vez se atasca más, parece una broma.

Daniela entró con una carpeta bajo el brazo y se acercó al sofá donde yo seguía sentada, intentando que mi expresión no delatara nada. Tenía la mancha justo debajo del muslo. Si me movía, la dejaba al descubierto. Si me quedaba quieta, parecía que estuviera enfadada o catatónica. Apreté las rodillas y compuse una sonrisa de visita.

—La ha llamado su marido —me dijo Daniela, con esa amabilidad neutra de las personas que no quieren saber nada de la vida privada de los demás—. Ha dicho que no le espere a cenar.

Asentí con una sonrisa tirante. Daniela se giró hacia Lucía.

—Y al suyo se le ha retrasado el vuelo. Va a intentar coger el siguiente, pero llegará tarde también.

Vi cómo Lucía hacía un esfuerzo enorme para no reírse en mi cara. Carraspeó, fingió consultar la agenda y le pidió a Daniela que le buscara el expediente del chico que había atropellado a una señora con la moto. «Es urgente, querida, llevan tres días llamando del despacho contrario», dijo, y la secretaria salió disparada hacia el archivo del fondo.

En cuanto se cerró la puerta, Lucía me hizo un gesto para que me levantara. Tenía en la mano un bote de quitamanchas y un paño blanco doblado en cuatro. Me aparté del sofá esperando que se pusiera de rodillas con el bote. Pero antes de aplicar nada, se arrodilló, se inclinó hacia adelante y pasó la lengua por la mancha que ya se estaba secando. La saboreó como si fuera el último trago de una copa cara, sin prisa, mirándome desde abajo. Después sí, sacó el quitamanchas y borró las pruebas en treinta segundos.

—¿Cenamos juntas esta noche? —dijo mientras enroscaba el tapón con cuidado—. Hay algo que se me olvidó decirte.

—¿Qué?

—Te he comprado un vibrador nuevo. Uno con mando a distancia. Yo lo manejo.

Sonreía como una niña que acaba de robar una golosina. Pensé en mi marido, que estaría llegando del aeropuerto a una casa vacía. Pensé en el suyo, todavía en una pista de despegue a cuatro mil kilómetros de allí. Pensé en la idea de cenar en cualquier sitio público con aquel aparato escondido entre mis piernas y la mano de Lucía dentro del bolso, decidiendo cuándo y a qué velocidad. Pensé en el camarero, en los comensales de la mesa de al lado, en lo que iba a suponer mantener la cara recta mientras todo aquello pasaba bajo el mantel.

—Sí —dije.

Ella se mordió el labio inferior, dejó el quitamanchas sobre la mesa y abrió la puerta del despacho como si nada hubiera pasado en aquella habitación en la última media hora. En el pasillo, Daniela ya volvía con el expediente bajo el brazo y un par de pósits amarillos pegados a la portada.

—Aquí lo tiene —dijo entregándoselo a Lucía.

—Gracias, querida —respondió ella, con esa misma voz de vendedora de placeres que había escogido toda la mañana para todo el mundo, daba igual si era el camarero, la señora del baño o yo.

Salí del despacho con las piernas todavía temblando y la promesa de la noche zumbándome ya en algún lugar del cuerpo, mucho antes de que ningún aparato la hiciera real. En el ascensor me miré al espejo y me reconocí distinta: tenía las pupilas dilatadas, el carmín corrido y una sonrisa que no sabía de quién era. Pulsé el botón de la planta baja y pensé que cuatro mil kilómetros era una distancia perfecta para una noche larga.

Valora este relato

Comentarios (1)

PaulaX

Dios mio que relato!!! Me engancho desde el primer parrafo y no pude parar de leer. Muy bueno

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.