Lo que pasó en la carpa de masajes de Santa Marta
Soy Carolina, arquitecta bogotana de treinta y dos años. Llevaba meses encerrada entre planos, reuniones interminables y obras que no avanzaban, así que cuando por fin firmé las vacaciones no lo pensé dos veces: maleta, avión y tres días en la costa para no escuchar a nadie. Elegí Santa Marta porque queda lejos de todo lo que me agota.
Esa tarde llevaba un bikini blanco que me había comprado la noche anterior en una tienda del centro. Ya me había bañado en el mar, ya me había tomado dos cervezas frías y estaba tumbada boca abajo sobre la toalla, dejando que el sol me secara la espalda. La playa empezaba a vaciarse. Las familias recogían sus cosas, los niños peleaban por el último helado y solo quedaban algunos turistas dispersos contando billetes al sol.
Fue entonces cuando se acercó ella.
—¿Le interesaría probar un masaje, mona? Cinco minutos de muestra, sin compromiso —dijo, plantada frente a mi toalla con una sonrisa amplia.
La miré desde abajo. Era una mujer afrocaribeña, alta, de cuerpo generoso. Calculé que rondaba los cuarenta. Tenía las tetas llenas, las caderas anchas y un vientre suave que se le marcaba bajo la camiseta amarilla con el escudo de la selección. Llevaba un pantaloncito de jean cortado a tijera y olía a sal, a coco y al sudor del día entero al sol. No era guapa en el sentido convencional, pero había algo en su forma de mirarme — frontal, sin pedir permiso — que me hizo asentir antes de pensarlo.
—Bueno, vamos.
—Sígame, doctora. Tengo una carpita más allá donde no la van a molestar.
No le corregí que no era doctora. Me gustó cómo sonaba.
Caminamos unos cincuenta metros bordeando la orilla hasta detrás de una cabaña de madera vieja, donde había montado una carpa pequeña con dos palos y una manta de algodón. Por delante se veía el mar; por detrás, la pared sin ventanas de la cabaña. No pasaba nadie. Aquello estaba muy bien escogido.
—Me llamo Yamilet —dijo mientras desplegaba una toalla limpia sobre la arena—. Acuéstese boca abajo, póngase cómoda. Yo trabajo con aceite de coco que yo misma preparo.
Me solté el lazo del cuello del bikini para que no me molestara y me tumbé. El aceite estaba tibio. Sus manos eran grandes, firmes, sabían lo que hacían. Empezó por los hombros, bajó por la espalda con presiones lentas, encontró todos los nudos que llevaba arrastrando desde hacía meses. Cerré los ojos sin darme cuenta.
—Tiene un cuerpo lindo, doctora —dijo en algún momento, sin parar el movimiento.
—Gracias.
—De verdad. Yo veo muchos cuerpos en este oficio y el suyo es de los que dan ganas de cuidar.
No supe qué contestar. Las manos siguieron bajando, recorrieron mi cintura, mis caderas. Cuando llegó al culo, ya por encima del bikini, presionó con los pulgares de un modo que me arrancó un suspiro. Me dio vergüenza haberlo hecho tan audible y ella lo notó. No dijo nada; solo siguió un par de minutos más, amasándome las nalgas por encima de la tela, metiendo los dedos justo en el pliegue donde el bikini se me hundía, antes de hablar.
—Doctora, ¿se anima a darse vuelta? El masaje completo incluye el frente. Si quiere, se quita la parte de arriba; le va a quedar mejor.
Abrí los ojos. Me había metido en esto sin pensarlo y ahora tenía que decidir. La carpa estaba sola. Ella esperaba sin presionar, con esa misma media sonrisa. Pensé en mi vida en Bogotá: el novio que tenía ganas de dejar desde hacía un año, los almuerzos con mi madre los domingos, el estudio de arquitectura donde nadie me tocaba con cariño desde no sabía cuánto.
—Bueno —dije, y me senté un segundo para soltarme también la parte de arriba antes de volver a tumbarme.
***
Yamilet no comentó nada. Solo se acomodó al lado y empezó por el cuello, las clavículas, los hombros otra vez por delante. Bajó al esternón. Cuando sus manos rodearon mis tetas, lo hicieron con la misma firmeza profesional con la que habían trabajado mi espalda, pero algo había cambiado. Los pezones se me endurecieron al primer roce y los dos lo vimos. Ella tragó saliva. Yo intenté respirar normal.
Pasó las palmas enteras sobre el pecho, una y otra vez, dibujando círculos. Me pellizcó los pezones entre el pulgar y el índice, primero con suavidad, después más fuerte, hasta que se me escapó un gemido corto. Bajó al vientre, dejando un rastro de aceite brillante. Mis caderas se movieron solas, un pequeñísimo arqueo que me delató.
—Doctora, qué cuerpo tan sensible —murmuró.
—¿Siempre haces así el masaje?
—¿Así cómo, mona?
—Así.
Ella se rió bajito.
—No. Casi nunca.
Se quedó callada un momento y luego añadió, con la mano ya bajando peligrosamente hasta el borde del bikini:
—¿Quiere que pare?
—No.
Lo dije sin pensar. Y me di cuenta, mientras lo decía, de que era lo más honesto que había hecho en todo el viaje.
—Siéntese —pidió—. Voy a trabajarle la espalda desde atrás.
Me senté con las piernas cruzadas. Ella se acomodó detrás de mí, las rodillas a cada lado de mi cadera, el pecho casi pegado a mi espalda. Sus manos volvieron a mi cuello, a mis hombros, pero ahora bajaban hasta las tetas por delante y se quedaban ahí más tiempo del necesario, apretándomelas enteras, sopesándomelas, jugando con los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Sentí su aliento contra mi oreja. Sentí también, sin querer sentirlo, sus pezones a través de la camiseta marcándose contra mi espalda.
Una de sus manos resbaló hacia abajo. Pasó por el vientre, por la cadera, encontró el borde del bikini. Se detuvo ahí, esperando.
Abrí las piernas yo sola.
—Mona, mona —susurró ella, casi sorprendida—. Mire lo que me hace hacer.
Su dedo se metió por debajo de la tela y bajó directo hasta mi coño. Me encontró ya mojada, empapada, con los labios hinchados y la raja resbalosa. Deslizó el dedo del medio entre los pliegues, arriba y abajo, aprendiéndome, hasta que dio con el clítoris y se quedó ahí, dibujando círculos apretados con la yema.
—Uy, doctora, cómo chorrea —murmuró contra mi oreja—. Está más mojada que el mar.
Yo dejé caer la cabeza hacia atrás contra su hombro y separé más las piernas. Ella metió un dedo. Después dos. Me los enterró hasta el fondo y empezó a moverlos con la misma cadencia lenta con la que había trabajado los hombros, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto por dentro que me hizo apretar los muslos contra su mano. Con la otra mano seguía amasándome una teta, pellizcándome el pezón cada vez que me sacudía.
Me besó el cuello, la mandíbula, la oreja. Yo giré la cara y le busqué la boca. Tenía los labios gruesos, sabían a sal. Le mordí el labio de abajo mientras sus dedos seguían entrando y saliendo de mí, produciendo un ruido húmedo, obsceno, que llenaba la carpa entera.
—Yo no soy de andar tocando mujeres, doctora —dijo entre besos, sin dejar de coger con los dedos—. Se lo juro por mi mamá. No sé qué me pasó con usted.
—No me sigas diciendo doctora —murmuré, con la voz rota—. Carolina.
—Carolina —repitió, y me clavó los dedos más adentro—. Mírame cómo te tengo, Carolina.
***
Le quité yo misma la camiseta amarilla. Debajo no llevaba sostén. Sus tetas eran enormes y suaves, con los pezones muy oscuros, casi negros, gruesos como uvas. Los tomé con las dos manos, las sopesé, me llené la boca con uno y le chupé el pezón mientras el otro se lo apretaba entre los dedos. Ella gimió fuerte, echó la cabeza hacia atrás, y me terminó de bajar el bikini de un tirón. Después se sacó el pantaloncito, sin coquetería, con la prisa del que descubre que tiene poco tiempo y mucho deseo. Debajo tampoco llevaba nada. Su coño era ancho, con los labios oscuros y gruesos, la mata de pelo negro brillante de sudor.
La carpa era pequeña; tuvimos que acomodarnos a tientas. Ella se tendió de espaldas sobre la toalla y yo me senté a horcajadas sobre su muslo grueso. Mi coño se apoyó contra su piel caliente y me empecé a mover, restregándome, dejándole un rastro brillante de lo mojada que estaba. Ella me agarró las caderas con las dos manos, marcándome el ritmo, obligándome a apretarme más fuerte contra su pierna, mirándome sin parpadear.
—Así, mami, así. Móntese en mi pierna como una potra. Déjeme sentir cómo me moja.
Yo obedecí. Me froté contra su muslo hasta que el clítoris me ardió, hasta que la piel de ella quedó pegajosa de mí. Me incliné y le mamé las tetas otra vez, le mordí los pezones sin cuidado esta vez, le pasé la lengua por el hueco entre las dos. Ella metió una mano entre mis piernas y me acarició por detrás, me abrió las nalgas, me pasó un dedo por el culo hasta hacerme gemir.
Bajé por su vientre a los besos, dejándole marcas de saliva. Encontré olor a coco mezclado con algo más íntimo, ese olor a hembra caliente que se te sube por la nariz y no te deja pensar. Le abrí los muslos gruesos con las dos manos y me quedé mirándole el coño abierto, brillante, latiéndole. Nunca había hecho eso. Nunca le había mamado el coño a nadie. Bajé la boca y le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, chupándole todo el jugo. Ella pegó un grito que se tuvo que tragar mordiéndose el puño.
—Ay, Carolina, ay, no pare, no pare.
Le chupé el clítoris, se lo mordisqueé, le metí la lengua adentro tan hondo como pude. Le agarré las tetas desde abajo mientras se lo mamaba y ella me apretó la cabeza con los muslos, me apretó la nuca con las dos manos, me montó la cara.
—Espere —jadeó de pronto, tirándome del pelo hacia arriba—. Hagamos una cosa. Venga.
Se acomodó frente a mí, las piernas abiertas y entrelazadas con las mías, una encima y una debajo, hasta que nuestros coños quedaron pegados uno contra el otro. Empujó la cadera hasta que se tocaron enteros, mojado contra mojado, clítoris contra clítoris. Le bastó moverse una vez para que las dos soltáramos un quejido al mismo tiempo.
—Esto sí que es bueno —dijo, con los ojos cerrados y la boca abierta—. Esto se llama tijera, mami. Mueva la cadera. Así. Fóllemelo.
Nos movimos así, despacio al principio, buscando el ángulo, y después con más ganas, con más fuerza, restregándonos los coños una contra la otra como si nos fuéramos a fundir. La arena se nos pegaba a la espalda, el calor dentro de la carpa era pesado, olía a aceite, a mar, a coño y a las dos. Cada empujón de sus caderas hacía que su clítoris se aplastara contra el mío y una descarga me subía por la columna. Ella se agarró de mi rodilla y empezó a embestir más rápido, gruñendo por lo bajo, con las tetas enormes bamboleándose al ritmo.
—Mire cómo me la coge, doctora. Mire cómo se la doy.
Yamilet metió una mano entre las dos y encontró con dos dedos el punto exacto donde se juntaban nuestros clítoris, los apretó juntos, los frotó. Yo me incliné hacia atrás, apoyada en los codos, y la miré: era hermosa así, brillante de sudor, con la boca entreabierta y los ojos entrecerrados, la mata de pelo negra pegada a la frente, las tetas rebotándole con cada empujón.
—Me voy a correr —le avisé, con la voz temblando—. Yami, me voy a correr.
—Córrase encima mío, mami. Córrase toda.
Vine yo primero. Fue largo, sostenido, mucho más fuerte de lo que esperaba de un primer encuentro con una mujer. Sentí la corrida subirme desde adentro y explotarme en el clítoris, se me cerraron los muslos alrededor de su pierna, se me arqueó la espalda entera. Grité contra mi propia mano para no alertar a nadie afuera. Ella no paró de moverse; siguió embistiéndome, refregándose contra mí mientras yo temblaba, hasta que a los pocos segundos me siguió, agarrándome la rodilla con una fuerza que me dejó marca dos días, con el cuerpo entero sacudiéndose y una descarga de líquido tibio que me mojó los muslos.
Nos quedamos un rato así, todavía pegadas, recuperando el aire, sin saber muy bien qué decirnos. Sentí el latido de su coño contra el mío bajando poco a poco. Afuera, el mar seguía golpeando la orilla como si nada hubiera pasado.
***
—¿Cuántos días te quedas en Santa Marta? —me preguntó cuando ya estábamos vistiéndonos, riéndonos como dos adolescentes, todavía con los muslos pegajosos.
—Tres.
—Dame tu número. Yo no salgo de la playa, pero podemos buscar otro lugar. Hay un hotelito a dos cuadras donde no preguntan.
Se lo di. Ella me dio el suyo, anotado en un trozo de papel arrugado que llevaba en el bolsillo del pantaloncito.
Nos volvimos a ver dos noches después, en el baño de aquel hotelito que olía a desinfectante y a flor de mayo. Cerró la puerta con seguro y me hizo apoyar las manos en el lavabo, de espaldas a ella, con el vestido subido hasta la cintura y las bragas por los tobillos. Me miró el culo en el espejo un segundo, se lamió los dedos, me abrió las nalgas con las dos manos y me hundió la cara entre ellas. Me pasó la lengua por todos lados, por el coño, por el culo, sin asco, comiéndome entera mientras yo me agarraba del lavabo para no caerme. Después se paró, metió dos dedos en mi coño desde atrás y me cogió así, contra el mármol, mordiéndome el hombro para tapar sus propios gemidos, mientras con la otra mano me apretaba el clítoris hasta hacerme venir por segunda vez esa noche. Cuando terminó, se metió los dedos empapados en la boca y me los chupó mirándome a los ojos en el espejo. Esta vez no hubo aceite ni masaje. Solo dos mujeres que habían descubierto algo juntas y querían más.
Cuando regresé a Bogotá, pensé que aquello iba a quedar en una anécdota de vacaciones. Pero seguimos hablando. Nos mandamos mensajes casi todas las noches, fotos cuando nos animamos, alguna videollamada cuando el calor puede más que la prudencia y termino con los dedos metidos en el coño frente a la pantalla, mordiéndome la boca para que no me escuche el novio del cuarto de al lado. La semana pasada le compré un pasaje para que venga a verme.
Mi novio sigue sin enterarse. No sé cuánto tiempo más va a durar esto. Pero aquella tarde en la carpa, bajo unas manos que no esperaban encontrar nada de eso, descubrí algo de mí que llevaba treinta y dos años esperando.
Y no pienso devolverlo.