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Relatos Ardientes

Mi primera vez con una mujer fue a los sesenta años

Tengo sesenta años recién cumplidos y dos de viudez a la espalda. Lo digo así, sin rodeos, porque a esta edad ya no quedan motivos para disfrazar lo que una es. Mi marido, Rodrigo, no me dio jamás un mal orgasmo en cuarenta años de matrimonio. Se subía encima, terminaba en menos de cinco minutos y se daba la vuelta a roncar. Yo me quedaba mirando el techo con la sensación de que la vida me estaba pasando por al lado sin tocarme.

Por mi educación, no me masturbé nunca. En la casa de mi madre, una mujer que se tocaba era una mujer perdida. Así que me resigné. Una sola vez, en cuatro décadas, tuve algo parecido a un placer verdadero: él llegó borracho de una boda, tardó muchísimo en acabar, y en ese rato larguísimo encontré, casi por accidente, una sensación que me dejó temblando. Después de aquello, nada. Volví a ser la mujer que cumple, que aguanta, que cierra los ojos y piensa en otra cosa.

Cuando enterré a Rodrigo me sentí culpable por no llorar más. Las amigas decían que el duelo lleva su tiempo, que ya pasaría. Pero no era duelo lo que tenía dentro. Era algo más raro: una especie de alivio mezclado con la pregunta tonta de qué habría sido de mí si me hubiera atrevido alguna vez a ser otra.

Para mi sesenta cumpleaños decidí regalarme un viaje. Sola, en tren, hasta la costa. Quería ver el mar otra vez y comer pescado en un sitio donde nadie me conociera. Saqué un billete de coche-cama y me metí en un compartimento individual con la idea de leer una novela y dormir las horas del trayecto.

***

El compartimento, que iba a ser solo mío, se convirtió en doble a mitad de camino. La chica que entró tendría veintisiete o veintiocho años, llevaba una mochila vieja y olía a tabaco rubio y a algo cítrico. Se sentó frente a mí, dejó caer la mochila al suelo con un golpe seco y me sonrió con una soltura que no se aprende: o se trae, o no se trae.

—¿Te molesta que me quite las botas? Vengo desde Barcelona y los pies me están matando.

—No, claro, ponte cómoda.

—Mariela —dijo, alargando la mano por encima de la mesita.

—Carmela. Como las dos primeras letras se parecen, ya no te vas a equivocar conmigo.

Se rió. Tenía una risa fácil, de las que llenan un espacio cerrado. Sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa, abrió la ventanilla un dedo y lo encendió mirándome a los ojos.

—Ya sé que está prohibido —dijo, soltando el humo hacia afuera—. Pero lo prohibido es lo único que vale la pena en este viaje, ¿no te parece, Carmela?

—Yo no soy muy de cosas prohibidas. Siempre fui de las que cumplen las reglas.

—¿Y eso te ha hecho feliz?

La pregunta me cayó como una piedra en el estómago. Ella se dio cuenta y suavizó la voz.

—Perdona. Es una manía mía: hago preguntas que no me corresponden. ¿Estás casada?

—Viuda. Hace dos años.

—Vaya. Yo nunca llegué a casarme. Casi. Pero ahora las dos somos libres, ¿no? Ahora puedes hacer todo lo que nunca te dejaron.

Sentí cómo me ardían las mejillas. No estaba acostumbrada a que una desconocida me hablara así, y menos una mujer joven, con los pies descalzos sobre el banco del tren y un cigarrillo entre los dedos.

—Tampoco es que tenga muchas ganas —murmuré.

—Eso es porque nunca te dieron motivos. ¿Has estado alguna vez con una mujer?

El corazón me dio un vuelco. Levanté la vista del libro que hacía rato había dejado de leer.

—Esa no es una pregunta que se le haga a una señora en un tren.

—Tienes razón —dijo, y se mordió el labio sin dejar de mirarme—. Perdona. Pero te has puesto colorada.

Me había puesto colorada, sí. Y no era solo vergüenza. Era una memoria que no sabía que tenía: la imagen vaga, antigua, de una compañera del colegio que un día se me apoyó en el hombro mientras estudiábamos y a mí se me cortó la respiración. Nunca volví a pensarlo. Lo había enterrado tan hondo que ya casi no existía.

—Si te he molestado, lo dejo —dijo Mariela.

—No me has molestado. Es solo que… no sé qué responder.

—Entonces te propongo una cosa. Si quieres, te doy un beso. Uno solo. Y me dices qué te pareció. Si no te gusta, lo olvidamos y seguimos hablando del tiempo hasta tu estación.

No respondí con palabras. Bajé la cabeza una vez, despacio, sin saber muy bien si estaba diciendo que sí o si me estaba inclinando porque ya no me sostenía el cuello. Ella se levantó, vino hasta mi lado del compartimento y se sentó muy cerca. Me tomó la barbilla con dos dedos y acercó los labios a los míos sin prisa, dándome todo el tiempo para arrepentirme.

No me arrepentí.

Su boca era suave de un modo que la de Rodrigo no había sido jamás. No empujaba, no pedía, solo se posaba. La lengua me separó los labios con una delicadeza que me hizo soltar un sonido que no supe que era mío. Por debajo de la falda noté una humedad inmediata, casi alarmante. En sesenta años, mi cuerpo nunca había reaccionado tan rápido.

—¿Te ha gustado? —preguntó, separándose apenas.

—Me ha gustado mucho más de lo que tendría que admitir.

—¿Quieres que pare?

—No lo sé. Una parte de mí quiere que pares antes de que esto se vuelva imposible. La otra quiere que no pares nunca.

—La que no quiere que pare es la que vale la pena escuchar.

Y me besó otra vez, esta vez en serio. Mi lengua salió a buscar la suya con un descaro que me sorprendió. Sentí su mano subir desde mi rodilla, despacio, por encima de la media, hasta el borde de la falda. Cuando llegó a la piel desnuda del muslo, se me escapó un suspiro tan largo que el cristal de la ventanilla se empañó.

—Estás mojada, Carmela.

—Nunca me había pasado así. Nunca. Cuando Rodrigo me tocaba, las pocas veces, yo solo rezaba para que acabara rápido. Contigo no sé qué me pasa. No quiero que pares. No quiero que pares aunque sepa que está mal.

—No está mal. Lo único mal es no haberlo sentido antes.

Su mano apartó el borde de la braga. Cuando un dedo entró en mí, todo el tren desapareció. El ruido de las ruedas, la luz amarilla del pasillo, la voz lejana del revisor: todo se disolvió. Solo quedaba ese dedo y otro que vino después, moviéndose dentro de mí con una precisión que mi marido no había tenido jamás. Encontró un punto que ni sabía que existía. Solté un grito que tuve que ahogar contra su hombro.

—¿Eso era…?

—Eso era un orgasmo, sí.

—El segundo en sesenta años.

Mariela se quedó callada un instante. Después me retiró un mechón de la cara con una ternura que no me esperaba.

—Entonces vamos a recuperar los que te robaron. Si me dejas.

***

Me dejé. Por primera vez en mi vida me dejé hacer sin pensar en lo que pensarían los demás, ni en lo que diría mi madre muerta, ni en lo que esperaba de mí un Dios al que ya casi no rezaba.

Cerró la cortinilla del compartimento. Me subió la falda hasta la cintura sin pedir permiso y, al mismo tiempo, con un cuidado que parecía permiso constante. Me bajó las bragas hasta los tobillos. Me desabrochó los botones de la blusa uno a uno. Cuando le costó el cierre del sostén, se rió bajito contra mi cuello y a mí me dio una vergüenza que se convirtió en risa, y la risa en otro beso.

Sus manos sobre mis pechos eran una revelación. Mis pezones, que Rodrigo pellizcaba como si comprobara una fruta en el mercado, se endurecieron bajo sus dedos y se quedaron así, expuestos, pidiendo. Me los acarició con suavidad, los hizo girar entre el índice y el pulgar, los recorrió con la punta de la lengua. Cada caricia me arrancaba un gemido que ya no intentaba contener.

—Tranquila —murmuró—. Tenemos hasta tu estación.

Después se arrodilló entre mis piernas. Cuando entendí lo que iba a hacer, se me cortó el aire. En cuarenta años de matrimonio, nadie me había puesto la boca ahí. Era una de esas cosas que yo creía que pasaban solo en las películas que no me dejaban ver.

—Mariela, espera, yo no…

—Confía.

Su lengua me recorrió primero con cuidado, casi probando. Después se demoró, encontró el punto exacto, lo dibujó con una lentitud cruel. Me agarré con las dos manos al respaldo del asiento. Arqueé la espalda. Le sujeté la cabeza sin atreverme a empujarla, pero sin querer soltarla. Cuando el orgasmo llegó, fue tan largo y tan profundo que tuve la sensación física de estar perdiendo algo: una vida entera contenida, escapándose por fin de mí.

Me quedé llorando. No de tristeza, de la otra cosa, de esa que no tiene nombre.

—No llores, mujer.

—Lloro porque tendría que haber sabido esto antes. Porque he perdido cuarenta años.

—No los has perdido. Estás aquí ahora.

***

Hace una hora la habría llamado guarra. Habría pensado que las mujeres que hacen estas cosas son un escándalo, una vergüenza para las demás. Ahora estaba deseando devolverle todo lo que me había dado y más. Y lo más absurdo era que no sentía culpa, solo curiosidad y prisa.

La besé en la boca para probar mi propio sabor mezclado con el suyo. No me pareció vulgar. Me pareció el sabor más íntimo que había probado nunca.

—Tu turno —dije, y me sorprendí del tono firme con el que me salió la voz.

Ella se quitó los vaqueros y la ropa interior con la naturalidad de quien lo ha hecho mil veces. Se acomodó en el asiento con las piernas abiertas y me miró con una sonrisa burlona.

—A ver qué tal sale la alumna.

Me arrodillé yo esta vez. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo, pero algo dentro, una memoria que no era memoria, me guió. Le besé los muslos por dentro, donde la piel es más fina. Le abrí los labios con los dedos, como ella me había abierto a mí. Le pasé la lengua por todo el surco, despacio, hasta que noté que sus caderas empezaban a buscar mi boca.

—Así, Carmela, así, no pares.

Encontré ese punto que ella me había encontrado a mí. Cuando lo rocé con la lengua, soltó un gemido tan distinto que entendí que iba bien. Metí dos dedos. Los moví hacia adentro y hacia afuera mientras seguía con la boca. Sus piernas me apretaron la cabeza, su mano se cerró sobre mi pelo, y un par de minutos después se corrió empapándome la barbilla.

El sabor me invadió la boca y, lejos de incomodarme, me gustó. Me quedé un momento más entre sus piernas, descansando la mejilla en la cara interna de su muslo, escuchándole la respiración acelerada. Tenía sesenta años y acababa de hacer feliz a otra mujer con la boca. Si me lo hubieran dicho ayer, me habría reído. Hoy era lo más serio que me había pasado en la vida.

—¿Te ha gustado lo que te he hecho?

—Parece que naciste sabiendo.

—Parece que nací esperándote.

***

El tren empezó a frenar para mi estación. Nos vestimos rápido, riéndonos como dos niñas que han hecho una travesura grande. Me arreglé el pelo frente al cristal de la ventanilla y vi mi cara: la misma de siempre y, sin embargo, otra. Algo se había encendido detrás de los ojos.

—Te apunto el teléfono —dijo Mariela, garabateando un número en el margen de la novela que ya no iba a terminar de leer—. Cuando estés lista, me llamas. Hay cosas que todavía no sabes que te gustan. Te las quiero enseñar.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, juntar dos cuerpos como el tuyo y el mío sin manos y sin lenguas. Solo nosotras dos, pegadas. Vas a ver.

—Vas a tener que ser paciente. Vengo desde muy lejos.

—Tengo todo el tiempo del mundo.

Bajé al andén con la novela apretada contra el pecho. Me quedé viendo el tren arrancar otra vez hacia el sur. En la ventanilla, Mariela me lanzó un beso con la mano. No me atreví a devolvérselo en público, todavía no, pero sé que pronto lo haré. Sé que pronto voy a perder esta vergüenza vieja que arrastro desde niña.

Caminé hacia la salida de la estación con las piernas todavía temblando. A mis sesenta años acababa de nacer una mujer que no sabía que existía. Y esa mujer, por primera vez en su vida, sabía exactamente lo que quería.

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Comentarios (1)

Rebeca_73

Increible relato, me llego al alma. Gracias por compartirlo!

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