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Relatos Ardientes

Mi mejor amiga me sedujo con mis padres en la habitación

Sé que el título suena a fantasía barata, pero el viaje pasó tal cual y todavía me cuesta creerlo cuando lo cuento en voz alta. Hace algo más de un año, mis padres me propusieron escaparnos unos días a la costa de Almería para huir del agobio del verano en Madrid, y yo, casi sin pensarlo, les pregunté si podía sumarse Carolina, mi mejor amiga desde el instituto. Dijeron que sí. Mis padres adoran a Carolina; siempre han creído que es la influencia sensata de mi vida.

Alquilaron un apartamento pequeño en Mojácar pueblo, de esos que en las fotos parecen amplios y al llegar te das cuenta de que la cocina es media pared del salón. Tenía un baño minúsculo, ese salón con cocina americana, y un único dormitorio. Dentro del dormitorio había una cama de matrimonio para mis padres y, contra la pared opuesta, dos camas individuales. Carolina y yo, sin discutirlo, las juntamos la primera noche.

Las dos primeras noches dormimos sin más drama. La tercera fue distinta. Habíamos pasado todo el día en la playa, mi padre se había bebido tres cañas en el chiringuito y ninguno de los dos aguantaba despierto. Se metieron en la cama antes de las once. Carolina y yo nos quedamos un rato más en el salón, pero teníamos un sueño raro: no de cerrar los ojos, sino de tumbarnos a hacer nada en silencio. Decidimos meternos en la cama también, sin encender la luz para no molestar.

Nos pusimos los pijamas en el baño, por turnos. Yo llevaba una camiseta finita sin sujetador y unas braguitas; ella se quedó con una camiseta de tirantes encima del sujetador deportivo y unos shorts cortos de tela. Apagamos la luz del pasillo, nos metimos bajo la sábana y cada una sacó su móvil, en silencio, con el brillo de la pantalla al mínimo.

El problema es que las dos camas, al juntarse, dejaban un surco en el medio que nos empujaba a una contra la otra. Cada vez que cualquiera se movía, su pierna rozaba la mía. Su brazo desnudo tocaba el mío. No le di importancia al principio, pero pasaron diez minutos y empecé a notar el calor de su piel demasiado. Demasiado para no pensar en ello.

Esto no me está pasando con cualquiera. Es Carolina.

En la pantalla nos aparecían vídeos cada vez más subidos de tono: chicas bailando reggaetón en bikini, otras haciendo perreo de espaldas a la cámara. Yo le pasaba algunos por encima, pero noté que ella se quedaba en esos vídeos un par de segundos más de lo normal. Y le daba «me gusta» a más de uno.

—Te están encantando esas chicas, ¿eh? —le susurré, casi sin pensar.

—Es que están buenísimas. A veces me ponen cachonda, te lo juro —dijo, también susurrando.

—No sabía que te fijaras en chicas.

—Yo tampoco, hasta hace poco. Pero llevo unos meses pensando que me gustaría probar. Liarme con una, follar con una, ya sabes. Tener la experiencia, aunque sea una vez.

Lo dijo mirándome de reojo, sin girar la cabeza del todo, como si hablar sin mirarme directamente le diera permiso para confesarlo. Yo sentí cómo se me cerraba la garganta.

—¿Y con quién querrías hacerlo? —pregunté, fingiendo curiosidad.

—Con alguna chica guapa. Que sepa lo que hace. ¿Conoces a alguna candidata? —y se rio bajito, una risa que sonó más a invitación que a broma.

Sin contestar, bloqueé el móvil y lo dejé bocabajo sobre la mesilla. La habitación quedó casi a oscuras; solo entraba una raya de luz naranja por la persiana, esa luz de farola que se cuela siempre por algún lado.

—Tú ya sabes quién es esa chica —dije, con la voz más baja que pude.

Carolina no contestó. Se giró sobre el codo, me miró un segundo, y se inclinó. Me besó sin pedir permiso, despacio, con los labios entreabiertos. Yo no me aparté. Le devolví el beso y sentí inmediatamente cómo se me humedecía la entrepierna.

Su mano se metió por debajo de mi camiseta y me recorrió el vientre con la punta de los dedos. Cada caricia me arrancaba una respiración entrecortada que tenía que disimular contra su boca. A unos tres metros de nosotras, mi padre roncaba suave y mi madre respiraba con esa cadencia profunda del sueño pesado.

Estamos locas. Esto no se hace.

Carolina se incorporó un poco y, sin separar los labios de mi cuello, se sacó la camiseta por encima de la cabeza. Después el sujetador deportivo, con un par de tirones contorsionados. Se montó encima de mí, a horcajadas sobre mi cadera, con la luz naranja de la persiana dibujándole los pechos. Eran pequeños, redondos, con los pezones ya duros.

Me cogió las manos y se las puso encima. Yo no las moví. Me quedé sintiendo el peso de su carne, la suavidad cálida, mientras ella se mecía despacio sobre mi pubis. Después se inclinó y empezó a tirar de mi camiseta hacia arriba. Yo levanté los brazos como una autómata. La camiseta cayó al suelo sin hacer ruido.

Las dos desnudas de cintura para arriba, en una cama que ni siquiera era una cama de verdad, y mis padres a tres metros. La cabeza me decía que parara. El cuerpo me había dejado de hacer caso hacía rato.

—Para —susurré, en un último intento—. Caro, mis padres están aquí.

—No se van a enterar —me dijo al oído, con la voz medio rota—. Te prometo que vas a flipar. Y si te entran ganas de parar, paramos.

Las dos sabíamos que no iba a entrarme ninguna gana de parar. Me bajó la braguita de un tirón seco, sin esperar respuesta. La notó empapada en el momento en que la deslizó por mis piernas. Me lo dijo al oído, riéndose. Yo solo cerré los ojos.

***

Lo siguiente fue su lengua. Carolina se acomodó entre mis piernas y empezó por los muslos, despacio, alternando lamidas largas con besos suaves. Yo cerré las dos manos contra mi propia boca, una empujando la otra, porque sabía que en cuanto llegara arriba no iba a poder controlarme.

Cuando me lamió por primera vez entre los labios, di un respingo y se me escapó un gemido más alto de lo que debía. Miré aterrada hacia la cama de mis padres. Mi madre se removió. No abrió los ojos. Se giró hacia la pared.

—Shhh —dijo Carolina, sin parar.

Aumentó el ritmo. Me lamió el clítoris con la punta de la lengua, en círculos pequeños y precisos, y a los pocos segundos me metió dos dedos. Me pilló desprevenida y solté un sonido ahogado contra la palma. Ella sabía exactamente lo que hacía, como si llevara meses planeándolo. Los dedos dentro, la lengua arriba, y un dedo extra que de pronto noté tanteándome por detrás.

El orgasmo me llegó antes de que pudiera prepararme. Me arqueé en la cama, apreté los dientes y sentí algo cálido escaparse sobre la sábana. Squirt no era una palabra que hubiera usado nunca en relación con mi propio cuerpo, hasta esa noche.

Carolina subió, con la cara brillante, y me besó. Me dejó probar mi propio sabor mezclado con el suyo. Después, sin preguntar, se acomodó sobre mi cara y se apoyó en el cabecero metálico.

—Devuélvemelo —susurró.

Yo no había hecho nunca eso. Saqué la lengua de manera torpe, busqué con los labios, copié todo lo que me había hecho ella. Carolina se agarró al cabecero con las dos manos para no caerse hacia delante. Sus muslos me apretaron las orejas y, en un momento, sentí cómo todo su cuerpo se ponía rígido. Se mordía el dorso de la mano para no gritar. El cabecero, por suerte, no chirrió.

Cuando se bajó, las dos estábamos húmedas y temblando. Y mis padres seguían sin moverse.

—¿Ves? —me dijo en el oído—. No pasa nada. Date la vuelta, no he terminado.

Me puso a cuatro patas, mirando justo hacia la cama de mis padres. Yo no quería abrir los ojos, pero los abrí. Las dos siluetas seguían inmóviles bajo la sábana, perfiladas por la rendija de luz naranja. Sentí su lengua otra vez, esta vez subiendo desde abajo hacia arriba, y dos dedos entrando en mí con más decisión que antes.

Tuve el segundo orgasmo casi sin avisar. Mordí la almohada hasta sentir el sabor del algodón en los dientes. Otra oleada caliente bajó por la cara interna de mis muslos.

—Joder, qué rápido te corres —murmuró—. Me encanta.

***

Nos quedamos un rato en silencio, intentando recuperar el aliento. Yo todavía no me creía que aquello hubiera pasado. Pero Carolina no había terminado.

—Vamos al salón —dijo, levantándose de la cama con cuidado de no hacer crujir el somier—. Tengo una cosa en la maleta.

—¿Qué cosa?

—Tú ven.

La seguí descalza, desnuda, con el cuerpo aún ardiendo. Cerró la puerta del dormitorio detrás de nosotras con un cuidado quirúrgico. En el salón, la luz de la calle entraba por la ventana del balcón y dibujaba todo el espacio en tonos grises. Carolina rebuscó en su maleta unos segundos y sacó un vibrador morado, pequeño, del tamaño de mi mano.

—Lo traje por si acaso —dijo, encogiéndose de hombros con una sonrisa que ya no tenía nada de inocente.

—¿Por si acaso qué? —pregunté, y me reí bajito por primera vez en toda la noche.

—Por si acaso esto.

Me empujó suavemente hacia el sofá. Me senté. Ella se subió encima, a horcajadas sobre mis muslos, y me puso el vibrador en la mano. Yo lo miré como si nunca hubiera visto uno, aunque tenía el mío guardado en casa, en el cajón de los calcetines.

—Métemela —pidió, con una voz que ya no escondía nada—. Quiero que me folles tú esta vez.

Lo encendí. La vibración era más fuerte de lo que esperaba. Lo subí despacio entre sus piernas, le rocé el clítoris primero, vi cómo se le entrecerraban los ojos, y se lo metí entero de una sola vez. Carolina apoyó la frente contra mi hombro y empezó a moverse, a botar suavemente sobre mí, con cada empuje del vibrador acompasándose con el roce de sus pechos contra los míos.

Mientras la sujetaba con un brazo y la follaba con el otro, mi mano libre bajó por mi propio vientre. Me tocaba a la vez. Era la primera vez en mi vida que tenía a otra persona corriéndose encima de mí mientras me masturbaba al mismo tiempo. Carolina jadeaba con la boca pegada a mi oído y ya no se cortaba; sabía que entre el salón y el dormitorio había una puerta cerrada.

Se vino antes que yo, con un espasmo largo que la hizo morderme el hombro con fuerza. Cuando se le pasó, me arrancó el vibrador de la mano, se lo metió en la boca un instante, y me lo apoyó entre las piernas. La vibración encima del clítoris me cortocircuitó el cerebro en cuestión de segundos. Tuve un tercer orgasmo, más corto pero más intenso, mientras ella me besaba y pellizcaba uno de mis pezones.

***

Después vino lo menos romántico, que también hay que contarlo. Volvimos al dormitorio en silencio, cambiamos las sábanas de mi lado de la cama, doblamos las sucias y las metimos en una bolsa de tela para lavarlas al día siguiente con cualquier excusa. Pasamos por el baño una detrás de la otra, nos lavamos la cara y entre las piernas con el lavabo, sin atrevernos a encender la ducha. Cuando me miré en el espejo, tenía las mejillas rojas, el pelo enredado y los ojos brillantes. Parecía otra persona.

Volvimos a la cama vestidas con pijama limpio. Carolina me abrazó por detrás y me apoyó la barbilla en el hombro.

—¿Te ha gustado? —me preguntó, en el mismo susurro de antes.

—Me ha encantado —dije, con los ojos cerrados.

—Podemos repetir cuando quieras. Mañana. Pasado. Cuando se den las cosas.

Yo no contesté. Solo le apreté la mano contra mi pecho. Estábamos a tres metros de mis padres dormidos y a cuatro días del final del viaje. Por la mañana íbamos a desayunar las cuatro personas en la misma mesa pequeña, mi madre iba a comentar lo bien que habíamos dormido «las niñas», y nadie iba a sospechar nada.

Eso es casi todo. Hubo otras noches en el mismo viaje, dos para ser exactos, pero esa fue la primera y por eso es la que recuerdo entera, plano a plano. Tengo novio desde hace tiempo, Carolina sigue siendo mi mejor amiga, y de vez en cuando, cuando coincidimos a solas, una mirada vale más que cualquier conversación. Quizá algún día cuente cómo fue lo del año siguiente, en otra casa, con otra excusa. Por ahora, esto.

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Comentarios (1)

Marisol_R

Que relato tan bueno!! me encanto de principio a fin

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