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Relatos Ardientes

La noche en que otra mujer me enseñó a desearla

Llevo diez años casada con Diego. Tenemos dos hijos, una casa con jardín pequeño y una rutina que funciona. Lo que nadie sabe —ni mi madre, ni mis amigas, ni el propio Diego— es que desde los dieciséis años cargo con una curiosidad que nunca pude saciar: siempre quise saber cómo era estar con otra mujer.

No es que me sienta insatisfecha en mi matrimonio. Diego es atento, trabajador, y en la cama tampoco tenemos quejas. Pero hay fantasías que uno guarda en un cajón cerrado y que reaparecen en los momentos más inesperados. Las mías siempre fueron las mismas: una mujer, su piel, su boca, el olor diferente que tienen ellas. Nunca actué sobre eso. Nunca creí que actuaría.

Hasta aquella noche de sábado.

***

Diego me llamó por la tarde para avisarme que traería a casa a Mara, una compañera de su oficina que vivía al otro lado de la ciudad. Habían salido a cenar con el equipo y los transportes ya no funcionaban. ¿Podía quedarse a dormir? Por supuesto que sí. Le dije que prepararía algo de picar y que no había problema.

Cuando entraron por la puerta pasadas las once, yo estaba terminando de recoger la cocina. Vi a Mara y me detuve un segundo más de lo normal.

Era delgada, de esas mujeres que parecen frágiles pero tienen algo firme en la manera de moverse. Llevaba el cabello oscuro, casi negro, cortado a la altura de los hombros, ligeramente despeinado, como si hubiera estado bailando. Sus ojos eran de un verde gris difícil de definir. Una camisa blanca con los primeros botones abiertos, unos vaqueros ajustados que le marcaban las caderas.

—Encantada —dijo, y me dio dos besos. Su perfume era suave, floral sin ser empalagoso.

Contrólate, me dije.

Nos sentamos los tres en el salón. Diego abrió una botella de vino y estuvimos hablando de cosas sin importancia: el trabajo, una serie que todos estábamos viendo, el tiempo que hacía. Mara era fácil de tratar, directa, con sentido del humor seco. Me gustó enseguida, aunque intenté que ese «me gustó» no tuviera más significado que el de la simpatía.

Hacia la una de la madrugada, los niños llevaban horas dormidos. Diego empezó a bostezar. El problema era el espacio: nuestra casa tiene dos habitaciones, una para nosotros y una para los niños. No hay cuarto de invitados.

—Yo me acomodo en la colchoneta —dijo Diego, que siempre ha tenido ese gen de anfitrión que le hace ofrecerse antes de que nadie se lo pida—. Vosotras quedáis con la cama.

Mara protestó. Diego insistió. Yo no dije nada.

***

La habitación estaba en penumbra cuando Mara y yo nos metimos en la cama. Diego ya roncaba suavemente en la colchoneta del suelo. Nosotras nos pusimos en lados opuestos del colchón, con una distancia razonable entre las dos, y estuvimos hablando un rato más en voz baja: de dónde era ella, de cómo había llegado a la empresa, de si le gustaba la ciudad.

En un momento dado, la conversación se fue apagando. Mara dijo que estaba cansada. Yo dije lo mismo. Las dos guardamos silencio.

Tardé mucho en dormirme. Tenía el cuerpo rígido y la mente acelerada sin motivo aparente. Escuchaba la respiración de Diego al fondo y la de Mara justo al lado. Su perfume seguía en el ambiente, mezclado con el olor a sábanas limpias.

Para, me dije. Es la compañera de tu marido. Para de una vez.

No paré.

Calculé que habrían pasado unos cuarenta minutos cuando noté que Mara se movía. Se acercó hacia mi lado del colchón, despacio, como si lo estuviera midiendo.

—¿Estás despierta? —susurró.

—Sí —respondí, casi sin aire.

Hubo una pausa.

—¿Te molesta si me acerco un poco? En el borde tengo frío.

—No me molesta.

Se corrió hasta quedar a unos centímetros de mí. Podía sentir el calor de su cuerpo antes de que me tocara. El corazón me latía tan fuerte que me sorprendía que no lo oyera ella.

—¿Puedo abrazarte? —pregunté, y no sé de dónde saqué el valor.

Ella no respondió con palabras. Simplemente giró el cuerpo hacia mí y se acomodó contra mi costado. Su cabeza quedó cerca de mi hombro. Su mano, apoyada sobre mi estómago.

Ninguna de las dos dijo nada durante un rato. Yo le pasé un brazo por los hombros y empecé a acariciarle el brazo, despacio, sin pensar demasiado en lo que estaba haciendo. Ella dejó escapar un sonido casi imperceptible, algo entre un suspiro y un murmullo.

Eso me desbloqueó algo por dentro.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Muy bien —dijo en voz baja—. ¿Y tú?

—También.

Otra pausa. Su mano seguía quieta sobre mi estómago pero ya no tan relajada. La sentía tensa, como si ella también estuviera midiendo algo.

—¿Puedo besarte? —le pregunté.

Se incorporó ligeramente y me buscó en la oscuridad. Sus labios encontraron los míos con una precisión que me sorprendió. El beso fue suave al principio, casi tímido. Luego se abrió, y la lengua de ella rozó la mía con mucha calma.

Besarla fue distinto a todo lo que conocía. No sé si fue la suavidad de sus labios o la forma en que se tomaba su tiempo —lenta, sin apresurarse— pero sentí que algo se abría en el centro de mi pecho. Puse mi mano en su nuca y la acerqué más.

***

Sus manos empezaron a moverse. Subieron por mis costados y llegaron a mis pechos sobre el pijama. Apretó con suavidad y yo solté el aire de golpe.

—Aquí —dije, y le guié la mano bajo la tela.

Sus dedos sobre mi piel desnuda eran diferentes a los de Diego. Más finos, más cuidadosos, como si supiera exactamente qué buscaba. Me tocó durante un buen rato, alternando presión y caricia, mientras yo la besaba en el cuello, en la clavícula, en cualquier parte que alcanzaba.

Le subí la camiseta. Ella me ayudó a quitársela. Sus pechos eran pequeños y firmes, con los pezones oscuros que se endurecieron en cuanto les pasé los pulgares por encima.

—Dios —susurré.

Me incliné y los besé. Ella aferró la sábana con una mano y con la otra me presionó la cabeza hacia ella. La escuché contener la respiración, luego soltarla poco a poco.

Le bajé la ropa interior. Ella hizo lo mismo conmigo. Estuvimos un momento las dos quietas, desnudas, con las piernas entrelazadas en la oscuridad.

—¿Cuántas veces lo habías hecho? —le pregunté en voz muy baja.

—Algunas —dijo ella—. ¿Y tú?

—Nunca.

Me miró, o al menos eso me pareció sentir en la oscuridad.

—¿Quieres parar?

—No —respondí sin dudarlo.

***

Empezamos a tocarnos al mismo tiempo. Yo no sabía exactamente qué hacer, pero el instinto tomó el mando. La noté húmeda casi desde el primer momento, y eso me encendió más que cualquier otra cosa. Que ella también lo estuviera, que yo también hubiera provocado eso en otra mujer, era algo que nunca había imaginado sentir.

Le moví los dedos despacio, siguiendo su ritmo, mirando cómo reaccionaba. Cuando encontré el punto que la hacía tensarse, me quedé ahí. Ella se agarró a mi brazo con fuerza y empujó ligeramente la cadera hacia mí.

—Así —dijo, casi sin voz.

Seguí. Ella también seguía tocándome, y en algún momento perdí el hilo de lo que hacía yo porque lo que ella me hacía a mí me estaba nublando el pensamiento.

Llegamos casi al mismo tiempo, en silencio forzado, mordiéndonos los labios para no hacer ruido. Apoyé la frente en su hombro mientras el cuerpo se me sacudía en oleadas cortas y repetidas. Ella tensó la espalda y exhaló por la nariz, muy despacio.

Cuando pasó, ninguna de las dos habló durante un momento.

—Ven —dijo ella al fin.

Se colocó boca arriba y abrió las piernas. Yo entendí.

Bajé por su cuerpo despacio, dejando besos en el estómago, en las caderas, en el interior del muslo. Cuando llegué hasta ella la escuché inhalar. Le separé los labios con la lengua y empecé a lamerla con cuidado, probando, buscando lo que le gustaba.

No tardé mucho en encontrarlo. Su espalda se arqueó ligeramente y sus manos volvieron a buscar mi cabeza. Le puse las manos en las caderas para mantenerla quieta y seguí. Ella se mordía la mano para no gemir. La sábana crujía bajo su cuerpo en pequeñas tensiones rítmicas.

Cuando llegó al orgasmo fue con todo el cuerpo: un temblor largo y continuo que se fue soltando de a poco. Yo la sostuve hasta que terminó.

Subí hasta ella y nos besamos largo rato. Su sabor en mi boca y en la de ella al mismo tiempo era algo que no supe cómo nombrar, pero que quise guardar.

—Ahora tú —dijo.

Me recosté y me dejé llevar. Mara bajó por mi cuerpo con más confianza que la que yo había tenido. Sabía lo que hacía, y no necesité guiarla. En algún momento tuve que cubrir mi propia boca con la almohada porque el sonido que estaba a punto de salirme no habría pasado desapercibido.

Cuando terminé, quedé deshecha durante un buen rato, con los ojos cerrados y el cuerpo completamente relajado por primera vez en años. Tenía la sensación de haber salido de una habitación en la que llevaba demasiado tiempo encerrada.

***

Fue Mara quien lo vio primero.

—Creo que tu marido está despierto —dijo en voz baja, con un punto de diversión.

Giré la cabeza. Diego estaba incorporado en la colchoneta, completamente inmóvil, mirando hacia nosotras con los ojos abiertos. La poca luz que entraba por la persiana era suficiente para ver su expresión: asombro mezclado con algo que reconocí sin dificultad.

—¿Cuánto llevas despierto? —le pregunté.

—Un rato —admitió, con la voz ligeramente ronca.

Mara se rio por lo bajo. Yo también.

—¿Y bien? —dije.

Diego no respondió de inmediato. Se pasó la mano por el pelo.

—Nunca imaginé que algo así... —empezó.

—¿Te gustó verlo? —le preguntó Mara, directamente.

Una pausa.

—Sí.

Mara me miró. Yo la miré a ella. Ninguna de las dos necesitamos consultarlo mucho.

—Entonces ven —dijo Mara.

***

Lo que pasó después fue diferente. Más desordenado, más ruidoso por momentos, más de lo que cualquiera de los tres habría planeado jamás. Diego entró en la cama y las horas siguientes fueron una mezcla de cosas que nunca antes había hecho y que no sabría poner en orden exacto.

Pero lo que más recuerdo de esa noche no es lo que hicimos los tres juntos. Lo que más recuerdo es el momento anterior: Mara y yo solas en la oscuridad, el silencio interrumpido solo por la respiración de los dos, y esa sensación de haber abierto finalmente un cajón que llevaba diez años cerrado con llave.

A la mañana siguiente, Mara desayunó con nosotros, se despidió de los niños como si fuera una amiga de toda la vida y pidió un taxi en la puerta. Antes de subirse, me dio un beso en la mejilla y me susurró algo al oído que todavía pienso algunas noches, cuando Diego ya está dormido y la casa está en silencio.

—Lo sabía desde que entré por la puerta —dijo.

Yo no mentí cuando me despedí de ella.

—Yo también.

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Comentarios (4)

MabelVR

Que relato tan bonito, me llego al corazon. Se nota que lo escribiste con mucho sentimiento.

Claudia_76

Por favor continua!!! Quede con muchas ganas de saber que paso despues. Tremendo.

PatriciaGR

Increible como describis esa tension entre las dos. Me recordo a algo que vivi hace años y nunca olvide.

SolDelVerano

Excelente!!!

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