Lo que Isabel y yo no pudimos evitar en mi boda
La mañana de la boda, ya lo sabía.
No con certeza, no con claridad. Pero de la manera en que el cuerpo sabe ciertas cosas antes de que la mente las acepte: un nudo en el estómago, una pesadez en el pecho que confundí con nervios y dejé pasar.
Mi madre me ayudó a ponerme el vestido mientras Claudia, mi mejor amiga desde el bachillerato, me ajustaba el velo con alfileres. Todas sonreían. El florista había hecho un trabajo impecable. La ceremonia se celebraría en el jardín, bajo los arcos blancos, ante cuarenta invitados y un sacerdote que apenas sabía mi nombre.
Rodrigo me esperaba en el altar con su traje de alquiler. Es un buen hombre. Esa era siempre mi respuesta cuando alguien me preguntaba por qué nos casábamos. Un buen hombre. Estable. Responsable. Su familia tenía dinero y contactos que los míos necesitaban. Eso también era parte, aunque nadie lo dijera en voz alta.
Isabel llegó tarde. La vi de reojo mientras el sacerdote hablaba. Se deslizó hasta la última fila con un vestido azul oscuro, sin maquillaje, con el pelo suelto y húmedo, como si hubiera venido corriendo. Encontró mi mirada de inmediato. Siempre lo hacía.
Llevábamos once años de amistad. Y durante tres de esos once años habíamos sido algo más que amigas, aunque nunca le pusimos nombre. Empezó en un congreso de literatura en otra ciudad, en una habitación de hotel compartida, la noche en que ella se inclinó a mostrarme algo en su teléfono y su boca terminó a tres centímetros de la mía. Nunca hablamos de lo que pasó esa noche. Nunca hizo falta.
Después vinieron encuentros esporádicos, silencios, distancias. Y luego conocí a Rodrigo, e Isabel sonrió en los momentos adecuados y dijo todas las cosas correctas, y yo me convencí de que lo nuestro había sido una etapa, un capítulo, algo hermoso pero poco práctico.
También me lo dije en el altar, mientras pronunciaba el sí quiero.
***
La recepción fue en el salón de la casa. Ernesto, el padre de Rodrigo, había insistido en que fuera en familia. Había mesas redondas con manteles blancos, una barra en la esquina y un cuarteto tocando boleros que nadie escuchaba. Sonreí, acepté abrazos, bebí la mitad de una copa de vino que apenas saboreé.
Isabel mantuvo las distancias. Habló con Claudia, con mi prima, con uno de los hermanos de Rodrigo. Se rió en los momentos justos. También estaba actuando, me di cuenta. Las dos estábamos actuando.
Una hora después de empezada la recepción, apareció a mi lado.
—Necesitas aire —dijo. No era una pregunta.
—El salón está ventilado —respondí, sin mirarla.
—Lucía. —Solo mi nombre, en ese tono suyo, el suave, el que dice más que cualquier frase.
Dejé la copa. La seguí.
***
Subimos la escalera hasta el segundo piso, al cuarto de estar que mis padres mantenían cerrado para los invitados. Isabel abrió la puerta sin dudarlo, como si hubiera trazado el recorrido de antemano. Quizás lo había hecho. Dentro estaba oscuro. Solo la luz que se filtraba por el ventanal alto que daba al jardín, donde abajo continuaba la música y tintineaban las copas y todavía nadie había notado nuestra ausencia.
Isabel cerró la puerta a sus espaldas.
Nos quedamos así un momento, sin movernos. El ruido de la fiesta llegaba amortiguado, lejano, como desde otro mundo.
—No deberías haber hecho esto —dije.
—Lo sé —respondió.
—Rodrigo va a—
—Lucía.
Callé.
Se acercó despacio. Su mano encontró mi cara primero: un roce suave en la mejilla, con el dorso de los dedos, tan leve que dolió más que cualquier golpe. Cerré los ojos.
—Dime que me vaya —susurró— y me voy.
No dije nada. Esa fue mi respuesta.
***
Su boca encontró la mía en la penumbra. No fue un beso urgente, ni desesperado. Fue del tipo que carga peso, que llega después de mucho tiempo contenido. Sentí que el nudo en el estómago se disolvía y comprendí que lo que había confundido con nervios toda la mañana había sido exactamente esto: la certeza de que ella estaría allí y de que yo no podría resistirme.
Mis manos se aferraron a las solapas de su chaqueta. Su boca era suave y familiar y diferente a la vez, porque la última vez había sido casi dos años atrás y el cuerpo olvida y no olvida al mismo tiempo.
Se separó de mí sin soltarme del todo. Sus manos buscaron el escote del vestido de boda: ese escote amplio y ridículo que mi madre había elegido y que yo había aceptado porque qué importaba el escote. Deslizó los dedos por debajo de la tela.
El primer contacto me cortó la respiración.
Me conoce. Conoce mi cuerpo con el conocimiento particular de alguien que ha prestado atención. No buscó a ciegas: fue directamente, con una precisión que hablaba de memoria. Encontró el pecho, el pezón que se había endurecido antes de que ella lo tocara, y lo sostuvo entre sus dedos con la presión justa para hacerme suprimir un sonido.
—Quieta —murmuró contra mi cuello.
Asentí. Agarré su hombro con una mano para mantener el equilibrio.
Fue trabajando los dos lados del escote hasta que mi pecho quedó expuesto. En la penumbra, con el ruido de abajo y la luz del ventanal, me miró un instante antes de inclinarse. Su boca sobre mi piel fue una orden de sensación distinta a la de sus dedos. Caliente, húmeda, deliberada. Succionó y lo sentí en las piernas, en el vientre bajo, en lugares que no tenían nada que ver con el pecho.
Mis manos fueron a su pelo. Me aferré sin apretar, necesitando algo a lo que sujetarme.
Alternó entre los dos lados con una paciencia lenta, sin apuro, como si tuviéramos toda la noche y no —miré de reojo al ventanal, por donde todavía se filtraba la luz de la tarde— quince minutos antes de que alguien notara nuestra ausencia.
***
Cuando deslizó la mano bajo el vestido, dejé de pensar en los invitados de abajo.
Sus dedos recorrieron el interior de mi muslo con una seguridad que no dejaba lugar a dudas. Encontraron el borde de la ropa interior y se detuvieron. Cambié el peso del cuerpo, abriendo las piernas levemente. Eso fue suficiente.
Corrió la tela a un lado y me tocó sin rodeos.
El sonido que salió de mí no fue un gemido: fue algo más primitivo, más involuntario. Me mordí el interior de la mejilla.
—Estás empapada —dijo, en una voz que no era un reproche. Era otra cosa. Algo que sonaba mucho a orgullo.
Me presioné contra su mano en lugar de responder.
Sus dedos se movieron con una deliberación cuidadosa. Ella sabe lo que necesito y sabe cómo hacerme esperar. Rodeó sin llegar adonde necesitaba, presionó sin apretar lo suficiente, se aproximó al punto exacto y luego se alejó. Aferré su hombro con más fuerza. Mi espalda encontró la pared junto al ventanal y me apoyé en ella, sin estar segura de que las piernas me aguantaran si no lo hacía.
Cuando por fin tocó el clítoris directamente, el gemido escapó antes de que pudiera contenerlo. Ella me cubrió la boca con la mano, rápida. El gesto era tan familiar, tan nuestro, que casi me eché a reír.
—Shhh —dijo contra mi oído, y sentí que sonreía.
Mantuvo la mano sobre mi boca mientras la otra trabajaba. Concentrada, paciente, con el conocimiento de alguien que ha estudiado ese terreno y lo dibuja de memoria. Respiré por la nariz y traté de no temblar de manera demasiado visible.
Las piernas me iban a fallar. Lo supe antes de que ocurriera.
***
Ella también lo intuyó. Retiró la mano de mi boca y me guió —sin palabras, solo con presión— hasta que mi espalda quedó completamente apoyada en la pared y pude usarla de soporte. Luego se arrodilló.
En la penumbra de esa sala cerrada, con el vestido de boda levantado y el ruido de la fiesta filtrándose desde abajo, Isabel pegó su boca contra mí.
No hay nada como eso. Nada que se compare. El calor específico, la presión, la manera en que su lengua se mueve con inteligencia, como si recordara dónde la necesito y fuera allí. Cerré los ojos y dejé caer la cabeza contra la pared.
Trabajó despacio al principio. No para provocarme: ya lo había hecho con los dedos. Sino porque le gusta así. Le gusta sentir el momento previo, la tensión antes de la liberación. Esto lo sé de ella como se saben ciertas cosas de alguien a quien has estudiado con el cuerpo.
Cuando aceleró el ritmo, aferré un puñado de su pelo. No para guiarla: no necesitaba guía. Sino para tener algo a lo que sujetarme mientras la ola se construía en mi interior con una certeza implacable.
Presioné el dorso de la otra mano contra mi boca.
El orgasmo llegó abrupto y limpio, unos segundos en que todo se contrajo y luego se soltó. Las piernas me temblaron. Isabel me sostuvo por la cadera con una mano, manteniéndome estable, mientras su boca continuaba hasta que tiré suavemente de su pelo para indicarle que era suficiente.
Se levantó despacio. Sus labios estaban húmedos. Se los limpió con el pulgar, sin disimularlo, sin vergüenza.
No supe si quería llorar o reír. No hice ninguna de las dos cosas.
***
Pasamos unos minutos en la penumbra, sin hablar. Ella me ayudó a ajustar el vestido, a acomodar el escote, a alisar la tela. Sus manos estaban tranquilas, precisas, como si me ayudara a ponerme el vestido por primera vez y no a colocarlo de nuevo después de haberlo deshecho.
—Van a notar —dije.
—Probablemente —respondió.
—Tengo que bajar.
—Lo sé.
La miré en la penumbra. El pelo ligeramente revuelto. Una marca en el cuello hecha por mi mano, que no había notado hacer. Parecía más real que cualquier cosa que hubiera visto en todo el día: más real que las flores, los manteles, las palabras del sacerdote, el anillo en mi dedo.
—Isabel —empecé.
—No lo digas —me cortó. Su voz era suave pero firme. —Ahora no. Baja con tu marido. Sonríe. Me iré antes del pastel.
Quise decir algo. No encontré qué.
Me besó una vez más, brevemente, y abrió la puerta.
***
Bajé la escalera sola. Mis tacones sobre el mármol hacían un sonido seco que parecía demasiado alto. Me toqué el pelo para comprobar que estaba en su sitio, alisé el vestido una vez más.
Al fondo, el salón seguía su curso. Rodrigo hablaba con su hermano Tomás cerca de la barra. Mi madre estaba sentada en una de las mesas, charlando con una vecina. Claudia bailaba, mal, con alguien que no reconocí.
Nadie parecía haber notado que llevaba quince minutos sin estar.
Fui a la barra y pedí agua. El barman me tendió un vaso alto y bebí la mitad sin parar. El mundo tenía la extraña claridad de las cosas vistas desde una nueva distancia.
La música seguía sonando. Los invitados seguían hablando. Los manteles blancos, las flores, las copas de cristal alquiladas: todo seguía allí, como si nada hubiera pasado. Como si nada en la planta de arriba hubiera desplazado las coordenadas de todo lo que creía saber sobre mí misma.
Rodrigo me vio desde el otro extremo de la sala. Sonrió, esa sonrisa tranquila suya, y levantó su copa. Yo levanté la mía.
Pensé en las manos de Isabel. En su boca. En la precisión con que había sabido, siempre había sabido, exactamente lo que yo necesitaba.
Un buen hombre. La respuesta que siempre satisfacía a todos.
***
Se fue antes del pastel, como había dicho que haría. La vi cuando cruzó el salón hacia la puerta, vestida de azul, con el pelo suelto, sin girarse a mirarme. Justo antes de llegar a la salida se detuvo una fracción de segundo, apenas perceptible, y luego continuó.
Nadie lo notó. Solo yo.
Me quedé con la copa en la mano y la vi desaparecer, y seguí sonriendo, porque eso era lo que tocaba, y porque había aprendido a ser dos cosas al mismo tiempo: lo que la gente ve y lo que es verdad. Esa tarde, en la sala de arriba, había sido lo más verdadero. Lo demás era la ceremonia. Y las ceremonias, empezaba a comprender, existen para vestir de forma las cosas que no la necesitan.