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Relatos Ardientes

La noche de frío que Sofía y yo nunca olvidamos

Tenía veinte años y cursaba el segundo año de enfermería cuando Valentina y yo nos hicimos amigas. Era una de esas amistades que nacen rápido y se consolidan solas, sin esfuerzo. Las dos éramos aplicadas, las dos teníamos novio, y las dos sentíamos que Anatomía Patológica nos iba a dejar sin cerebro antes de los parciales.

La noche anterior al examen más difícil del cuatrimestre decidimos juntarnos a estudiar en su departamento. Su compañera de piso estaba de viaje, así que tendríamos silencio y espacio suficiente. La idea era repasar hasta las dos de la mañana y dormir unas pocas horas antes de presentarnos.

Valentina era menuda, de esas que parecen frágiles pero hablan con una seguridad que te desarma. Pelo castaño cortito, ojos claros, siempre con una sonrisa fácil. Nos llevábamos bien desde el primer día de cursada y nunca había sentido nada particular hacia ella más allá de eso. Era mi amiga, simplemente.

Pero esa noche de julio el frío de Buenos Aires decidió ponerse intenso de verdad.

***

Llegué a su departamento a las cuatro de la tarde. Estudiamos hasta pasadas las dos de la mañana con la calefacción encendida, pero el viento que se colaba por la ventana vieja del comedor era tenaz y constante. Cuando finalmente dijimos basta, nuestros cerebros ya no procesaban más información de ningún tipo.

—Quedáte a dormir, no tiene sentido que te vayas a esta hora con este frío —me dijo Valentina mientras recogía los apuntes de la mesa.

—¿Y dónde duermo? ¿En el sofá?

—En mi cama, tonta. Cabe perfectamente para las dos.

No pensé nada particular en ese momento. Me pareció lógico, cómodo. Me prestó una camiseta larga y nos metimos cada una bajo las mantas. La cama era de dos plazas y había espacio suficiente, pero el departamento acumulaba el frío de la noche y yo llegaba completamente helada al colchón.

Me acomodé de lado, mirando hacia la ventana oscura. Valentina apagó la lámpara.

Pasaron unos minutos en silencio.

—¿Tenés frío? —preguntó ella en la oscuridad.

—Bastante —admití.

—Yo también. Venite más para acá.

Me di vuelta hacia ella. Valentina me abrió el brazo como una invitación natural, y me acomodé contra su cuerpo sin pensarlo dos veces. El calor que irradiaba era inmediato, casi físicamente aliviador. La abracé con los brazos y noté que ella me apretaba hacia ella con la misma necesidad urgente.

Estuvimos así un rato largo. El calor fue aumentando despacio entre las mantas. En algún momento dejé de pensar en el examen y empecé a notar otras cosas: la suavidad de su camiseta, el ritmo pausado de su respiración, la curva de su cintura bajo mi brazo. Y algo más incómodo de admitir: mis pezones se estaban endureciendo contra la tela, y no era por el frío.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que mi mano empezara a moverse sola.

***

Fue un gesto involuntario, casi instintivo. Le acaricié la espalda con la palma abierta, despacio, sin ningún destino claro. Ella no dijo nada. Solo apretó un poco más el brazo con el que me sostenía.

Seguí. Bajé hasta la parte baja de su espalda, deteniéndome ahí. Después bajé un poco más, hasta el nacimiento del culo, y lo apreté suave por encima de la bombacha. Valentina exhaló largo, un suspiro que ya no intentó disimular.

—¿Está bien? —murmuré.

—Sí —respondió ella, con la voz espesa—. Seguí.

Sus dedos empezaron a moverse también. Me recorrió el costado, la cadera, y luego metió la mano por debajo de la camiseta que me había prestado y me subió hasta las tetas. Me pellizcó un pezón entre el índice y el pulgar, apenas, y me arrancó un jadeo que no supe controlar.

Nos miramos en la oscuridad. No dije nada. Ella tampoco.

Nos besamos.

Fue un beso suave al principio, casi tentativo, como si las dos quisiéramos comprobar que lo que estaba pasando era real. Luego Valentina abrió los labios, me metió la lengua hasta el fondo y el beso se convirtió en otra cosa: un beso hambriento, mojado, con la respiración entrecortándose entre nuestras bocas. Le mordí el labio de abajo y ella gimió dentro de mi boca. Sentí un nudo caliente entre las piernas que no tenía nada que ver con los nervios del examen. Ya estaba mojada, empapada, y el flujo se me escapaba por la bombacha.

Le saqué la camiseta de un tirón. Tenía las tetas chiquitas y firmes, con los pezones rosados ya duros como piedras. Bajé la boca y le chupé uno entero, absorbiéndolo hasta el fondo del paladar mientras le pasaba la lengua por la punta una y otra vez. Ella contuvo el aliento de golpe, arqueó la espalda, y cuando pasé al otro pezón y lo mordí con más fuerza, dejó escapar un gemido ronco que me erizó la piel entera.

—Dios —susurró, con los dedos enredados en mi pelo, apretándome contra su pecho—. No pares, Julia, no pares.

Mi mano bajó por su vientre plano, se metió por debajo del elástico de la bombacha y encontró un manojo de vello suave y, debajo, una humedad tibia que me embarró los dedos apenas los rocé. Le abrí el coño con dos dedos, despacio, y le pasé el pulgar por el clítoris ya hinchado. Valentina soltó un quejido largo y le tembló todo el cuerpo.

En el mismo momento, su mano buscó el camino entre mis piernas, me apartó la bombacha de un tirón y me metió dos dedos de golpe, hasta el fondo. Lo que sentí fue tan directo y tan exacto que tuve que morderme el labio para no gritar. Empezó a bombear con la mano entera, con la palma golpeándome el clítoris a cada empuje, y yo hice lo mismo con ella: dos dedos adentro, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto esponjoso que sabía que estaba ahí.

—Así, así —jadeó Valentina contra mi boca—. Metémelos más, no pares.

—Vos también, dale, más fuerte —le contesté, y le mordí el cuello mientras se lo decía.

Las dos sabíamos lo que queríamos. Las dos sabíamos cómo hacerlo. No hubo torpeza ni titubeo. Nos cogíamos con los dedos con la misma atención que habríamos querido para nosotras mismas, porque eso éramos: espejos la una de la otra. Mi muñeca ya me dolía del ritmo y no me importaba. El coño de Valentina apretaba mis dedos en espasmos cada vez más seguidos, y yo sentía cómo el orgasmo me subía por las piernas, imparable.

—Me corro —susurré—, Vale, me estoy corriendo.

—Yo también, dale, juntas.

Llegamos casi al mismo tiempo. Valentina hundió la cara en mi cuello para ahogar el grito, mordiéndome el hombro, y sentí cómo su coño se cerraba sobre mis dedos en oleadas calientes. Yo apoyé la frente en su hombro y me corrí sobre su mano, empapándole la palma, con el cuerpo entero temblando de una manera que no había sentido nunca antes.

Nos quedamos así, con los dedos todavía adentro la una de la otra, respirando fuerte, sin animarnos a movernos.

***

Después estuvimos en silencio unos minutos. Luego las dos nos reímos al mismo tiempo, sin saber muy bien por qué.

—Eso no me lo esperaba —dijo ella.

—Ni yo.

—¿Estás bien?

—Muy bien —dije, y era completamente verdad.

Seguimos abrazadas, con las piernas mezcladas y todavía la piel pegajosa. Después de un rato le pregunté si quería probar algo más, y ella dijo que sí antes de que yo terminara la pregunta. Nos acomodamos en un 69 que fue torpe al principio y después no tanto: yo abajo, ella encima, con el coño abierto sobre mi cara y la boca clavada entre mis piernas.

La saboreé con calma. Le pasé la lengua entera desde la entrada del coño hasta el clítoris, despacio, saboreando el sabor salado y ácido de otra mujer por primera vez. Le abrí los labios con los dedos y le chupé el clítoris entre los míos, con succiones cortas, mientras le metía la lengua en la entrada y la enterraba todo lo que podía. Valentina gemía contra mi coño, y cada gemido me vibraba directamente en el clítoris, haciéndome perder el ritmo.

Ella me devolvía cada cosa. Me chupaba el clítoris, me metía dos dedos, se los sacaba mojados y me los volvía a meter mientras me pasaba la lengua plana por todo el coño. En un momento me abrió el culo con las manos y me pasó la lengua por ahí también, un instante nada más, pero suficiente para que yo levantara las caderas contra su boca sin darme cuenta.

—Marcela, qué rica sos —murmuró ella entre lamidas—, no me quiero levantar nunca de acá.

—Seguí chupándome —le contesté con la boca todavía enterrada en su concha—, no pares.

Fue exquisito. No violento ni acelerado. Íntimo y concentrado, como si el tiempo se hubiera detenido en ese cuarto frío. Cuando ella se corrió me llenó la boca de flujo tibio y yo tragué todo lo que pude, sin apartarme. A los pocos segundos me corrí yo también, con las piernas cerradas alrededor de su cara y las manos apretándole el culo contra mi boca.

Cuando terminamos por segunda vez ya casi amanecía. Dormimos dos horas abrazadas, pegajosas, con el olor a sexo impregnado en las sábanas, y fuimos al examen con ojeras y una calma extraña que nos hizo responder mejor de lo que esperábamos.

***

En los días siguientes no hablamos de lo que había pasado. No porque estuviéramos incómodas, sino porque no hacía falta. Lo habíamos procesado cada una por su lado y cuando volvimos a juntarnos a estudiar la semana siguiente era evidente que las dos queríamos que volviera a ocurrir.

Y ocurrió.

La tarde después de rendir el segundo parcial, con el departamento vacío y la tarde libre, nos metimos en su cama sin frío y sin ninguna excusa. Solo ganas.

Esta vez fue más largo, más confiado. Nos desnudamos apenas cruzamos la puerta del cuarto y nos tiramos en la cama con la luz del sol filtrándose por la persiana. Le abrí las piernas y me quedé mirándole el coño un rato antes de bajar la cabeza, para verlo bien de día: rosado, brillante, con el clítoris asomando entre los labios como una invitación. Le pasé la lengua entera y ella agarró la almohada con las dos manos.

—Comémelo todo —me pidió—, cogémelo con la boca.

La chupé hasta que se corrió una vez. Después nos dimos vuelta y ella me hizo lo mismo, con dos dedos adentro mientras me chupaba el clítoris, y me corrí en su boca sin poder disimularlo. Después buscamos un consolador que ella tenía en el cajón —uno realista, del tamaño de una polla mediana— y nos turnamos: primero se lo metí yo a ella, sentada entre sus piernas, mirándola arquear la espalda con cada empuje; después me lo metió ella a mí, poniéndose encima como si fuera un tipo, moviendo las caderas hasta que las dos terminamos empapadas y sin aliento.

En algún momento, mientras descansábamos con las piernas entrelazadas y el consolador todavía tirado sobre la sábana, Valentina dijo algo que me hizo pensar en serio.

—¿Vos creés que a Sebastián y a Ramiro les gustaría saber esto?

Sebastián era mi novio desde hacía dos años. Ramiro, el de ella, desde año y medio.

—A todos los hombres les encanta esa fantasía —dije.

—¿Y si no solo se lo contáramos?

La miré. Sonreí.

—Tengo una idea —dije.

Y la besé para que dejara de hablar por un rato más.

***

El plan tomó forma en los días siguientes. El fin de semana largo de agosto mis viejos viajaban a Córdoba para el casamiento de un primo lejano. Me quedé con el departamento libre y la coartada perfecta.

Invitamos a los chicos a cenar el sábado a la noche. Una cena liviana, sin mucho alcohol, con música tranquila de fondo. Valentina y yo llegamos coordinadas sin haberlo planeado explícitamente: las dos con vestidos cortos, las dos sin corpiño, las dos con más ganas que nervios.

Durante la cena todo fue normal. Hablamos de la facultad, de una serie que todos estábamos viendo, de los planes para el verano. Pero Valentina y yo íbamos preparando el terreno de a poco, casi sin darnos cuenta. Cruzamos las piernas en ángulos que no eran inocentes. Nos tocamos el brazo al hablar. Reímos más de lo necesario y más cerca de lo habitual.

Los chicos notaban que algo pasaba. Se veía en cómo nos miraban, en las sonrisas que se cruzaban entre ellos sin entender del todo qué había en el ambiente. Pero no sabían qué.

Después de cenar fuimos al living. Los chicos se acomodaron en los sillones. Valentina y yo nos sentamos juntas en el sofá.

Hablamos un rato más. Y luego, en el primer silencio natural de la conversación, nos miramos y nos besamos.

No fue un beso tímido ni dudoso. Fue el beso de dos personas que ya se conocen de memoria. Le metí la lengua, ella me metió la suya, y sostuvimos el beso lo suficiente para que quedara claro que no era un juego ni una broma.

El silencio en el living fue absoluto durante unos segundos.

—¿Qué...? —dijo Ramiro.

Sebastián no dijo nada. Se quedó con el vaso en el aire, literalmente paralizado, sin poder cerrar la boca.

Valentina y yo seguimos. Nos abrazamos en el sofá, nos bajamos los tiritos del vestido la una a la otra, y cuando le solté las tetas y bajé la boca a chupárselas ahí mismo, delante de ellos, escuché a Ramiro murmurar algo que sonó a "no puede ser". Terminamos de sacarnos los vestidos sin prisa, quedamos las dos en bombacha, y me arrodillé entre sus piernas en el sofá. Le corrí la tela a un costado y le empecé a chupar el coño de frente a los dos chicos, sin mirarlos, escuchando cómo se les cortaba la respiración.

Valentina, agarrándome del pelo, con las piernas abiertas sobre el sofá, se dio vuelta hacia ellos y dijo:

—¿Se van a quedar mirando toda la noche o se suman?

Sebastián dijo en voz baja:

—Bien.

Y los dos saltaron del sillón al mismo tiempo.

***

Lo que siguió fue caótico y perfecto al mismo tiempo.

Sebastián se bajó los pantalones de un tirón, se arrodilló detrás de mí y me arrancó la bombacha. Sentí su polla dura contra la cola y después la sentí abrirse paso hasta el fondo del coño de una sola embestida. Grité contra el coño de Valentina, y ella me apretó la cabeza contra ella para que no dejara de chuparla. Sebastián me agarró de las caderas y empezó a cogerme de perro, fuerte, con las bolas golpeándome el clítoris a cada empuje.

Ramiro se acercó por el otro lado, se sacó la ropa y le puso la polla en la boca a Valentina. Ella lo agarró del culo con las dos manos y se la empezó a mamar entera, hasta la garganta, mientras yo seguía chupándole el clítoris desde abajo. Éramos una cadena: Ramiro cogiéndole la boca a Valentina, Valentina corriéndose en mi boca, Sebastián reventándome el coño desde atrás.

Fue una hora larga, o quizás dos, ya no recuerdo bien. El piso del living, el sofá, de nuevo el piso. Sebastián se corrió una vez adentro mío, sin avisar, y yo sentí el chorro caliente llenándome entera; después se puso duro otra vez a los quince minutos, mientras Ramiro le cogía el coño a Valentina con ella sentada arriba de él, saltándole en la polla con las tetas rebotando.

En algún momento cambiamos: Ramiro pasó atrás mío, me abrió el culo con los pulgares y me metió la polla en la concha, mojada como estaba de Sebastián. Yo me quedé de espaldas con las piernas abiertas, y Valentina se arrodilló sobre mi cara con el coño abierto y yo le pasé la lengua entera mientras Ramiro me cogía. Sebastián se puso detrás de Valentina y empezó a cogérsela también, encima mío, y la pija de él le entraba y salía a centímetros de mi cara mientras yo le seguía chupando el clítoris a ella.

No había ensayado nada de eso. Simplemente sucedió con una lógica propia, como si todos supiéramos qué lugar ocupar en cada momento sin necesidad de decirlo en voz alta. Nos corrimos, nos volvimos a acomodar, empezamos de nuevo. Yo perdí la cuenta después de la tercera vez.

Hubo un instante, ya cerca del final, en que levanté la vista y vi a Ramiro arrodillado frente a Sebastián, chupándole la polla con una tranquilidad que no me esperaba, los dos de espaldas a nosotras y completamente absortos. Sebastián tenía las manos en la nuca de Ramiro y le marcaba el ritmo con las caderas, sin mirar a nadie más. Me detuve. Valentina también se dio cuenta y me miró con los ojos bien abiertos.

—Parece que la idea cundió —dijo ella en voz baja, con una sonrisa enorme.

Ninguna de las dos dijo nada más. Volvimos a lo nuestro —yo abajo, ella en un 69 encima mío, chupándome el coño mientras yo le chupaba el suyo— y dejamos que esa noche fuera exactamente lo que quería ser. A los dos minutos escuchamos a Sebastián soltar un gruñido largo y sentimos que la cosa cerraba también del otro lado del living.

***

Nos derrumbamos los cuatro en el piso del living pasada la medianoche, agotados y callados, con los cuerpos entrelazados y el semen todavía escurriéndonos por los muslos. Alguien apagó la música en algún momento. Nadie habló durante un rato largo.

Después Sebastián dijo:

—¿Tienen más cerveza?

Y todos nos reímos al mismo tiempo.

El domingo limpiamos el departamento juntos antes de que volvieran mis viejos esa tarde. Fue una limpieza tranquila, sin incomodidad, con bromas que no necesitaban ser explicadas. Hubo otras noches después de esa, aunque ninguna tan imprevista ni tan perfecta como la primera.

Valentina y yo terminamos el año con las mejores notas de la comisión en Anatomía Patológica. Le dijimos a la profesora que habíamos encontrado el método de estudio ideal.

No mentimos del todo.

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Comentarios(8)

NadiaVR

excelente relato!!! me tenia completamente enganchada hasta el final

RomiLibre22

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de mas 😩

LaraRosario

Me recordo a una noche muy similar en la facu... esas cosas pasan mas seguido de lo que la gente cree jaja. Muy bien escrito!

Paty_87

Que bien que escribis, espero que sigas publicando pronto

SofinaBS

Increible como lo narraste, se nota que tenes mucha imaginacion o que viviste algo parecido. Felicitaciones!

Caro_2304

se hizo cortoooo quiero mas!!!

ValentinaCba

Uff, estuvo buenisimo. Me gusta encontrar relatos con emocion real y bien contados. Muy logrado

MilagresCba

el titulo me engancho desde el principio y el relato no decepciono para nada, sigan asi

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