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Relatos Ardientes

Lo que el espejo reflejó aquella mañana

Clara estaba desnuda frente al espejo del dormitorio. Había dejado la toalla sobre la cama nada más entrar y desde entonces no se había movido de ese sitio, con el cepillo en la mano y la cabeza inclinada hacia un lado mientras trabajaba los mechones húmedos de su pelo rubio. La luz de la mañana entraba oblicua por la ventana y le daba a su piel pálida un brillo casi nacarado.

Se pasó el cepillo de la raíz a las puntas varias veces seguidas. Tenía esa costumbre de recogerse los extremos en la palma y tirar con suavidad para desenredar los últimos nudos sin hacerse daño. Un ritual que no requería pensamiento, que le dejaba la mente en blanco y el cuerpo en calma. Era esa hora extraña de la mañana en que el día todavía no había empezado a exigir nada.

No escuchó a Renata entrar.

La vio en el espejo cuando ya estaba ahí, apoyada en el marco de la puerta con la bata entreabierta, el pelo oscuro y rizado todavía desordenado del sueño. Sus ojos se encontraron a través del cristal. Renata no dijo nada. Tampoco Clara. Sonrió apenas, con esa media sonrisa que era solo para ella, y siguió pasando el cepillo como si la aparición no hubiera cambiado nada en la habitación.

Pero había cambiado todo, como siempre que Renata entraba en un cuarto.

Renata cruzó el dormitorio despacio, sin prisa, con los pies descalzos sobre la madera. Se colocó detrás de Clara y puso las dos manos sobre sus hombros, con los pulgares siguiendo la línea de las clavículas hacia la nuca. Las manos de Renata siempre habían sido así: cálidas, precisas, capaces de encontrar exactamente el punto donde la tensión se acumulaba sin que Clara necesitara decirle nada.

—Buenos días —dijo Renata, muy cerca de su oído.

Clara no respondió. Cerró los ojos un momento.

En el espejo, sus cabezas aparecían juntas: el pelo liso y rubio de Clara contrastando con los rizos oscuros de Renata, casi una ilustración de lo distintas que eran en casi todo lo demás. Renata empezó a masajear los hombros en círculos lentos, deshaciendo los nudos con una paciencia que Clara no acababa de entender cómo alguien podía tener a esa hora. El cepillo quedó olvidado sobre el tocador.

Los pulgares encontraron el punto exacto entre el cuello y el hombro. Clara dejó caer la cabeza hacia adelante.

Renata inclinó la cabeza y besó el nacimiento del cuello, donde la piel era más fina y más sensible. Un beso lento, con los labios cerrados. Después otro, un poco más abajo. Empezó a descender por la columna, dedicándole tiempo a cada vértebra, dejando un rastro de calor que Clara seguía sintiendo aún después de que los labios se hubieran movido más abajo. Cuando llegó al sacro, Clara tenía la boca entreabierta y los nudillos blancos de aferrar el borde del tocador.

Renata se pegó a ella por detrás. Sus caderas se apretaron contra las nalgas de Clara y la abrazó por la cintura con los dos brazos. El contacto era tan directo, tan sin rodeos, que Clara sintió el calor de ese roce extenderse hacia abajo de inmediato. Renata empezó a mecerse en un vaivén lento que no tenía otra intención que hacer que ella lo notara.

Las manos de Renata subieron por el vientre desnudo hasta llegar a los pechos. Los sostuvo con las palmas, sin prisa, como si solo quisiera sentir su peso y su temperatura antes de hacer nada más. Luego los dedos encontraron los pezones, que ya estaban endurecidos, y los trabajó con cuidado: primero apenas rozándolos, después con más firmeza, pellizcando con delicadeza hasta arrancarle a Clara un jadeo que no había podido contener.

Clara se apoyó en el tocador con las palmas abiertas sobre la superficie. En el espejo veía sus propios ojos, más oscuros de lo habitual, y las manos de Renata moviéndose sobre ella. Había algo en verse así, tan completamente entregada, que en vez de incomodarla la excitaba todavía más.

Las caderas de Renata seguían marcando ese ritmo pausado contra ella. Clara empezó a responder sin pensarlo, moviéndose al mismo compás, buscando más contacto.

—¿Quieres que pare? —preguntó Renata.

—No —dijo Clara. Fue la palabra más fácil que había pronunciado en su vida.

Una mano de Renata bajó por el vientre, por encima del pubis, y se detuvo ahí un momento. La otra seguía en el pecho de Clara. Renata esperó. No por duda, sino porque esa pausa era parte del juego que las dos conocían: el momento justo antes en que la anticipación alcanza su punto más alto.

Los dedos siguieron bajando. Abrieron despacio los labios exteriores, con un tacto tan cuidadoso que Clara tardó unos segundos en procesar lo que estaba pasando. Luego encontraron la humedad que ya se había acumulado ahí y Clara hizo un sonido que no supo clasificar, algo entre un suspiro y un gemido, que salió solo.

Renata la conocía. Eso era lo que lo hacía diferente a cualquier otra cosa: Renata sabía exactamente dónde, con qué presión, a qué velocidad. Introdujo dos dedos y Clara dobló levemente las rodillas.

—Ahí —dijo Clara, en voz muy baja.

Era un «ahí» que no era una instrucción sino una confirmación. Los dedos se movieron en círculos dentro de ella, encontrando el ángulo exacto, mientras el pulgar ascendía para ocuparse del clítoris al mismo tiempo. Clara se aferró al borde del tocador y cerró los ojos.

Renata aceleró el ritmo. Los dedos dentro de ella y el pulgar sobre el clítoris trabajando en coordinación, sin aflojar, sin cambiar el ángulo que sabía que funcionaba. Clara empezó a jadear con más urgencia. Las caderas se movían solas ahora, buscando el contacto, siguiendo la mano de Renata con una necesidad que ya no podía disimular ni quería.

La tensión que se había ido acumulando desde el primer beso en el cuello llegó a un punto en que ya no era posible contenerla. El orgasmo llegó en oleadas, cada una más larga que la anterior. Clara apretó los ojos cerrados y se dejó sacudir, con la boca abierta y el cuerpo entero respondiendo. Renata no paró. Siguió moviéndose, más suave, llevándola por todas las réplicas hasta que el último estremecimiento se disolvió en el silencio de la habitación.

***

Clara tardó unos segundos en recuperar el aliento. Luego se giró.

Se miraron. Renata tenía los labios entreabiertos y una expresión que Clara conocía bien: esa mezcla de deseo y algo más difícil de nombrar. Clara le tomó la cara entre las manos y la besó. Primero con suavidad, luego con más profundidad, con las lenguas encontrándose en el centro. Renata respondió con las manos en su cintura, tirando de ella hacia sí.

Renata llevaba solo la bata. Clara desató el cinturón y la dejó caer al suelo.

Se arrodilló.

La piel de los muslos de Renata estaba caliente bajo sus manos. Clara subió las palmas por el interior de las piernas, muy despacio, notando cómo Renata contenía la respiración con cada centímetro que avanzaba. Cuando llegó arriba, la encontró completamente depilada y ya húmeda. Renata se apoyó en la pared detrás de ella.

Clara separó los labios con los pulgares y tomó su tiempo. Empezó con besos lentos en los labios exteriores y en la cara interna de los muslos, volviendo siempre al centro pero sin llegar todavía al clítoris. Renata hizo un sonido entre los dientes que sonó a protesta.

—Clara —dijo.

Era un nombre que en boca de Renata tenía siempre ese tono particular, como si cada sílaba fuera una pregunta y una respuesta al mismo tiempo.

Clara pasó la lengua por los pliegues internos. Saboreó el líquido que había ahí, denso y cálido, y lo aceptó sin pensarlo. Luego ascendió hasta el clítoris y empezó a trabajarlo con la punta de la lengua: movimientos pequeños y precisos, siguiendo el ritmo que sabía que Renata necesitaba. Nada apresurado. Nada que no fuera exactamente lo correcto.

Renata puso una mano en su pelo. No para guiarla, sino para tener algo a lo que aferrarse.

Clara mantuvo el ritmo sin aflojar. Añadió dos dedos en la entrada y los introdujo despacio mientras la lengua seguía su trabajo sobre el clítoris. Renata empezó a mover las caderas contra su boca, primero apenas, luego con más decisión, buscando más contacto.

El orgasmo de Renata fue diferente al suyo: más ruidoso, más brusco, con un sonido agudo que resonó en las paredes del dormitorio y las caderas empujando hacia adelante en una contracción que duró varios segundos. Clara la sostuvo hasta el final, sin soltar, hasta que Renata soltó el aire de golpe y se deslizó un poco por la pared.

Se miraron de nuevo. Renata se agachó y la ayudó a levantarse. La besó con los labios aún temblorosos, con más ternura que urgencia ahora.

Luego, sin soltar su mano, la llevó a la alfombra junto a la cama.

Se tumbaron juntas en la luz de la mañana que seguía entrando por la ventana. Lo que vino después no tenía estructura ni objetivo. No fue una segunda ronda: fue simplemente una continuación de lo que habían empezado, sin prisa, solo manos y bocas y piel encontrándose en el orden que a ellas les daba la gana. Se condujeron mutuamente a través de dos orgasmos más, cada una a su tiempo, en el silencio cómplice de quien conoce el cuerpo del otro tan bien como el propio.

No había nada que demostrar. Ningún papel que cumplir ni expectativa que satisfacer. Solo el placer que dos personas pueden darse cuando se conocen de verdad y no necesitan fingir nada para nadie.

Clara terminó tumbada de espaldas, mirando el techo. Renata tenía la cabeza apoyada en su hombro y una pierna entrelazada con la suya. La luz había cambiado; ya no era oblicua sino más alta, más blanca, recorriendo el cuarto entero.

—Voy a necesitar otra ducha —dijo Clara.

Renata se río contra su piel.

—Yo también.

Ninguna se movió.

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Comentarios (6)

Mariela_77

me encantó, muy bien escrito!! de los mejores que lei en esta categoria

LuciaMDQ

Por favor que haya una segunda parte, quedé con ganas de saber que pasó despues entre ellas

ValentinaK

excelente!!!

TormentaLenta

Me recordó a algo que viví hace tiempo, esa tension inesperada que cambia todo... muy bien escrito

Tere_GBA

Genial, espero mas relatos en esta linea. Saludos!

pati_lect

Lo que mas me gusto es como mostraron ese momento de darse cuenta. Se siente real sin ser burdo

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