Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi cuñada aquella mañana

Todo empezó porque mi hijo mayor, Marcos, me soltó una mañana en el desayuno que llevaba meses acostándose con Miriam, la mujer de mi hermano Andrés. Lo dijo con esa calma desconcertante que tienen los chicos de veinte años cuando confiesan algo que debería escandalizarte. Yo lo miré sin saber si sentir orgullo o alarma, y terminé por preguntarle si era feliz. Me dijo que sí. Y me propuso que yo hiciera lo mismo con ella.

—Mamá, si tú te lo montas con la tía Miriam, el círculo se cierra —dijo, untando mantequilla en su tostada como si estuviera hablando del tiempo.

Sacudí la cabeza, pero la idea se quedó instalada. Miriam era una mujer guapa, con esa figura que mantiene quien dedica tiempo a cuidarse, y yo llevaba meses notando cómo me miraba a veces. No con un deseo evidente, o al menos no con uno que ella misma reconociera. Pero había algo en esa mirada que iba más allá de la cuñada que saluda en las reuniones de familia.

La oportunidad llegó sola, como suelen llegar las cosas que estás esperando sin admitirlo. Miriam me llamó un miércoles para decirme que había descargado una aplicación de estiramientos y pilates, y que si me apetecía hacer una sesión juntas en su casa una mañana que Andrés tuviera guardia. Le dije que me parecía perfecto. Y mientras colgaba, pensé que tal vez mi hijo no era tan alocado como yo había supuesto.

***

Llegué a su casa a las diez de la mañana. Miriam me abrió la puerta en mallas negras muy ajustadas y una camiseta deportiva sin mangas que dejaba ver la línea de sus hombros. Me invitó a pasar y me llevó al dormitorio principal para que me cambiara. Me puse las mallas que había traído y volví al salón, donde había retirado el sofá contra la pared para ganar espacio.

Empezamos con los ejercicios de calentamiento. La aplicación iba dando instrucciones con una voz neutra y nosotras la seguíamos, una al lado de la otra, sin hablar demasiado. Por la ventana entraba una luz gris de invierno. Me fijé en cómo Miriam se movía, en la concentración con que seguía cada postura, en cómo sus mallas marcaban exactamente el cuerpo que prometían.

Cuando llegamos a un ejercicio que requería apoyo de la compañera —ella de rodillas con la espalda recta, yo sujetándole los hombros desde atrás para mantener la postura— dejé que mis manos se deslizaran un poco más abajo de lo necesario. Solo un poco. Lo suficiente para ver cómo reaccionaba.

No se apartó.

En el siguiente ejercicio ella tenía que apoyarse en mí para mantener el equilibrio, y en un momento de falsa torpeza acerqué mi cadera a la suya y la dejé así, en contacto, mientras la aplicación contaba los segundos. Miriam soltó una risita nerviosa pero no se movió.

—Oye, ¿me estás intentando seducir o es que los ejercicios son así? —preguntó, sin girar la cabeza para mirarme.

—¿Lo necesito hacer más obvio? —le contesté.

Se quedó callada un momento. Luego siguió con el ejercicio como si no hubiera dicho nada, aunque yo noté que su respiración había cambiado.

***

Fue en la postura de estiramiento de caderas cuando las cosas cambiaron de verdad. Ella estaba tumbada boca arriba con las rodillas dobladas y yo de rodillas a su lado, supuestamente para ayudarla a mantener la alineación. En lugar de eso, puse una mano en su cintura y la fui deslizando despacio hacia abajo.

Miriam no dijo nada. Siguió mirando al techo. Pero bajó las caderas hacia mí.

Le acaricié el vientre con la palma abierta, sin prisa, trazando círculos lentos. Luego moví la mano más abajo, por encima de las mallas, y me detuve ahí, esperando. Sentí que tenía el músculo tenso y el aliento contenido.

—Relájate —le dije en voz baja.

—Es que nunca... —empezó ella, y dejó la frase a medias.

Me incliné y la besé en la boca. Fue un beso pausado, sin urgencia, de esos que no piden permiso porque ya lo tienen. Ella tardó tres o cuatro segundos en responder, y cuando lo hizo fue de verdad: puso una mano en mi nuca y me acercó más.

Nos quedamos así un rato, besándonos en el suelo del salón mientras la aplicación de pilates seguía contando en segundo plano. En algún punto me di cuenta de que ninguna de las dos estaba siguiendo los ejercicios.

—Apaga eso —le pedí.

Lo apagó sin dudar.

***

Miriam se incorporó y se sentó frente a mí con el pelo algo revuelto y los labios enrojecidos. Me miraba con una mezcla de curiosidad y vértigo que reconocí bien: era la misma cara que pone cualquiera la primera vez que se da cuenta de que quiere algo que no había contemplado antes.

—Nunca he hecho esto con una mujer —dijo.

—Ya lo sé —le respondí.

—¿Cómo lo sabes?

—Se nota —dije, sin más explicaciones.

La llevé hasta el sofá arrinconado. Nos sentamos juntas. Le retiré el pelo de la cara con un gesto lento y le besé el cuello, primero suave, luego con más presión, hasta que escuché que su respiración se volvía irregular. Le quité la camiseta. Debajo no llevaba sujetador. Tenía un pecho generoso con la piel muy clara, y la miré unos segundos antes de acercarme.

Cuando le pasé la lengua por el pezón, dio un respingo y me agarró del hombro.

—Dios mío —murmuró.

Le dediqué tiempo. Sin apresuramiento. Los dos pechos, el cuello, la clavícula, de vuelta a la boca. Quería que entendiera desde el principio que esto no era algo que se hiciera con prisa.

Después fui yo quien se quitó la camiseta. Miriam me observó con esa misma mezcla de timidez y deseo, y estiró la mano para tocarme. Lo hizo con cuidado, como si le diera miedo hacerlo mal. Le cubrí la mano con la mía y le mostré el ritmo.

—Así —le dije.

Aprendió rápido.

***

Le bajé las mallas despacio, tirando de cada lado, mientras ella levantaba las caderas para ayudarme. Luego me quité las mías. Las dos completamente desnudas en el salón, con la luz gris de enero filtrándose por las persianas entornadas.

Me arrodillé frente a ella, que seguía sentada en el sofá con las rodillas juntas. Las separé con suavidad. Miriam me dejó. Tenía la respiración agitada y los ojos muy abiertos, y no dijo nada cuando incliné la cabeza y empecé.

Fui despacio al principio. El interior de sus muslos, la boca subiendo poco a poco por la cara interna hasta llegar a donde quería. Entonces empecé a trabajar con la lengua: primero solo el exterior, sin entrar todavía, aprendiendo cómo respondía, qué la hacía contraerse y qué la hacía abrirse.

Miriam puso una mano en mi cabeza. No para guiarme, solo para tener donde apoyarse. La escuché suspirar, luego contenerse, luego ya no contenerse.

—No pares —dijo en voz muy baja, casi para sí misma.

No paré. Fui siguiendo sus señales —el ritmo de su respiración, la tensión en sus muslos, los pequeños sonidos que se le escapaban sin que ella pudiera evitarlo— hasta que sentí que se tensaba toda entera y luego se soltaba de golpe. Se quedó quieta varios segundos, con la mano todavía en mi pelo.

—Nunca pensé que sería así —dijo cuando recuperó el aliento.

—¿Cómo imaginabas que sería?

—No sé. Diferente. Menos... —buscó la palabra— menos intenso.

Me reí y me senté a su lado. Ella se giró hacia mí con una determinación nueva en la cara.

—Ahora yo —dijo.

***

Me tumbé en el sofá y le indiqué con calma lo que podía hacer. Miriam escuchó con atención, asintiendo de vez en cuando, como si fuera a examinarse después. Luego bajó la cabeza y empezó. Al principio fue algo insegura, con demasiado cuidado donde no hacía falta y poca presión donde sí. Pero fue encontrando el ritmo sola, siguiendo lo que yo le iba indicando con pequeñas señales.

Tardó menos de lo que esperaba.

Cuando me corrí tenía los dedos entrelazados en su pelo y trataba de no apretar demasiado. Miriam levantó la cabeza y me miró con una sonrisa que no le había visto antes. Tenía algo de orgullo en esa sonrisa.

—¿Lo he hecho bien? —preguntó.

—Muy bien —le dije.

***

Nos recostamos juntas en el sofá un rato, ella apoyada contra mí, ninguna de las dos hablando. La luz de la mañana había cambiado un poco hacia el sur. Por la ventana se escuchaba el ruido lejano de un motor.

—¿Sabes que tu hijo me mira mucho cuando viene a veros? —dijo Miriam de repente, con un tono casual que no encajaba con el silencio anterior.

Apreté los labios para no reírme. Si supieras exactamente cuánto más que mirar.

—Los chicos jóvenes miran a todas —dije.

—Ya —respondió ella, con un tono que no me convenció del todo.

Cambiamos de tema.

***

Un poco después me levanté y fui al recibidor a buscar algo en el bolso que había dejado colgado en el perchero. Miriam me observó desde el sofá sin preguntar adónde iba. Cuando volví con lo que había ido a buscar —un juguete doble que había comprado esa misma mañana, casi sin pensarlo demasiado, como quien sabe lo que va a necesitar— frunció el ceño.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—Algo para las dos —le dije.

Le expliqué cómo funcionaba. Ella escuchó con los ojos muy abiertos y una expresión entre fascinada y escéptica. Luego preguntó:

—¿Y duele?

—No si vamos despacio —le respondí.

Miriam asintió con una seriedad que me causó ternura. Se tumbó y abrió las piernas. Fui con calma, dejándola que se adaptara, esperando a que ella diera la señal. Cuando lo hizo, me coloqué frente a ella y completé el circuito.

El primer movimiento fue torpe, como siempre con algo nuevo. El segundo ya encontramos el ritmo entre las dos. Al tercero, Miriam cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás con un sonido que no intentó reprimir.

—Madre mía —dijo.

Seguimos así un buen rato. Yo llevaba el ritmo y ella lo seguía, añadiéndole sus propias variaciones. Fue ella quien terminó primero, y yo la seguí pocos segundos después. Nos quedamos inmóviles, recuperando la respiración, hasta que el silencio del salón volvió a ser el de siempre.

***

Cuando nos arreglamos, eran casi las dos de la tarde. Miriam hizo café y nos sentamos en la cocina, ya vestidas, con una normalidad algo forzada que a las dos nos daba un poco de risa sin que ninguna dijera por qué.

—No sé qué decir —dijo ella, removiendo el café.

—No tienes que decir nada —le respondí.

Ella asintió y se quedó mirando la taza un momento. Luego levantó los ojos.

—¿Esto lo podemos repetir?

—Sí —le dije—, pero queda entre nosotras.

—Claro —respondió, con una velocidad que me indicó que ya lo había pensado antes de preguntar.

Me fui poco después. Al pasar por el recibidor me detuve un segundo y miré hacia el salón, con el sofá de vuelta en su sitio, todo en orden, nada fuera de lugar. Nadie lo habría notado.

En el coche, antes de arrancar, pensé en Marcos y en lo que me había dicho tomando el desayuno. El círculo se cierra. Sonreí sola, mirando al frente.

Todavía no le iba a contar nada. Pero se lo contaría.

Valora este relato

Comentarios (4)

LaLectora22

increible, no esperaba ese giro al principio. muy bien escrito!!

curiosa87

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues entre ellas

SofiNoche22

Me encanto como lo contaste, hay algo en como describis la tension que se siente de verdad. Sigue escribiendo!

NocheLectora

Jajaja lo de la app de pilates como excusa me parecio genial, muy creativo el arranque del relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.