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Relatos Ardientes

Nunca había besado a una mujer hasta que me encontró

Después de que lo dejara con mi primera novia, pasé meses buscando algo que no sabía bien cómo definir. Salí con algunos chicos, tuve dos o tres encuentros que no dejaron nada, y seguí con esa sensación de que algo faltaba. La verdad era sencilla: echaba de menos el cuerpo de una mujer.

Acabé creando un perfil en una app de citas. Sin muchas esperanzas, para ser honesta. Pasé varios días hablando con candidatas que no terminaban de convencerme, hasta que un jueves por la tarde apareció Valeria en mi pantalla.

En la foto tenía el pelo oscuro hasta los hombros, ojos claros, una sonrisa casi tímida que no calculaba nada. Diecinueve años, igual que yo. Deslicé. Match inmediato.

Empezamos a chatear. Era agradable, reflexiva, y al cabo de un par de días me confesó algo: nunca había estado con una mujer, pero llevaba tiempo pensando en ello. Me dijo que más de una vez había sentido algo al ver a alguna chica sin saber qué hacer con esa sensación. Que creía que yo podía ser la persona indicada para descubrirlo.

Yo era su primer intento. La idea me encendió más de lo que esperaba.

Quedamos un sábado de verano. Me puse un top ajustado y unos shorts, sin sujetador como siempre. Era agosto, hacía calor, y no tenía ganas de disimular. La esperé en la esquina de mi calle.

Cuando la vi doblar la esquina, tardé un segundo en reaccionar. Era más guapa en persona que en las fotos. Mucho más. Tenía esa clase de belleza que no depende de ninguna característica concreta sino del conjunto: la manera de moverse, la forma en que su mirada encontró la mía antes de que llegara a donde yo estaba. Caminaba despacio, como quien mide cada paso.

Nos saludamos con un abrazo largo y nos reímos sin motivo particular, de esos nervios que se liberan cuando por fin ves a alguien a quien llevas días esperando.

La tarde fue fácil. Hablamos sin parar, mis padres la saludaron como si fuera una visita más, y cuando el sol bajó lo suficiente nos metimos en la piscina del patio. El agua estaba todavía templada por el calor del día. Jugamos un rato los cuatro con una pelota, el retrato más inocente del mundo, mientras yo no dejaba de mirarle los muslos cuando salía del agua.

Mis padres se fueron a las diez.

—No os quedéis hasta muy tarde —dijo mi madre desde la puerta, secándose el pelo con la toalla—. Valeria, ha sido un placer conocerte. Espero que lo estés pasando bien.

—Muchísimo —respondió ella, y lo decía en serio.

Nos quedamos solas.

Nos sentamos en el bordillo de la piscina con los pies dentro del agua. La noche olía a cloro y a jazmines, y la oscuridad del patio nos daba una intimidad que el día no había permitido. Nuestros muslos se rozaban sin que ninguna de las dos hiciera nada por evitarlo.

La miré. Ella me miraba a mí.

La besé. Sin rodeos, sin pedir permiso. Solo la besé.

No se apartó. Se dejó llevar con una calma que me sorprendió, respondiendo con suavidad, casi con timidez. Entendía que era nuevo para ella, así que fui despacio. Guié sus manos hasta mi cintura y la animé a explorar a su ritmo, sintiendo cómo poco a poco su boca se volvía más segura sobre la mía.

—¿Te está gustando? —le pregunté con los labios todavía rozando los suyos.

—Sí —susurró—. No pares.

La seguí besando. Nuestras respiraciones se mezclaron. Sentí el calor de su piel mojada contra la mía, y en algún punto dejé de pensar en lo que estaba haciendo y simplemente lo sentí.

—Tócame —le dije, tomando su mano y llevándola a mi pecho.

Lo agarró con cuidado al principio. Luego con más decisión, explorando, jugando con mi pezón a través de la tela del top mientras seguíamos besándonos. Se lo noté en la respiración: se aceleraba.

—¿Te gusta? —pregunté.

—Me encanta.

—¿Quieres besármelos?

Asintió sin hablar.

Me quité el top. Tenía los pezones erectos por el contraste entre el agua fría y el calor del verano, y cuando Valeria empezó a besarlos —despacio, con esa timidez que ya le conocía— solté el aire que llevaba un rato reteniendo. Sus labios en mi pecho me dejaban hipersensible.

—¿Quieres que yo también los vea? —le pregunté cuando levantó la cabeza para mirarme.

—Los míos no son muy grandes —dijo, con una honestidad directa que ya me gustaba de ella.

—Me da igual. Enséñamelos.

Se quitó el top del bikini. Tenía una figura delgada y una piel muy clara, y sus pechos eran pequeños y perfectos, con los pezones rosados y endurecidos por el agua. Los toqué con las dos manos antes de inclinarme a besarlos. Su piel sabía a cloro y a algo más dulce debajo. Me los comí despacio, pasando la lengua por cada pezón hasta escucharla suspirar.

—Quítate la parte de abajo —le dije al oído.

Dudó un momento.

—¿Nos pueden ver?

—La habitación de mis padres no da al patio. Estamos solas, te lo juro.

Se lo quitó. Quedó completamente desnuda al borde de la piscina, y yo me metí en el agua hasta quedar de frente a ella, con sus piernas abiertas apoyadas sobre mis hombros.

Era preciosa. Depilada, rosada, con las gotitas de agua todavía brillando en su piel.

Empecé despacio. Primero los labios externos, recorriéndolos con la punta de la lengua sin profundizar. Luego fui entrando poco a poco, escuchándola. Los primeros suspiros fueron casi inaudibles, como si no quisiera creer lo que estaba sintiendo. Metí un dedo mientras seguía lamiéndole el clítoris, y eso fue diferente: un gemido cortado, una mano que se cerró en mi pelo.

Seguí. No paré hasta que noté sus piernas temblando sobre mis hombros.

***

Salimos de la piscina cuando ya era noche cerrada. Nos cubrimos con toallas y entramos al cuarto en silencio, cruzando el pasillo de puntillas y conteniendo la risa.

Las toallas cayeron al suelo. Nos tumbamos. Nos besamos de nuevo, pero esta vez con la calma de quien ya sabe que tiene tiempo.

Valeria exploró mi cuerpo con las manos mientras nos besábamos. Ya no tenía miedo: la timidez había quedado en algún punto entre el patio y la habitación. Sus dedos bajaron por mi vientre hasta llegar a donde yo quería que llegaran.

Me penetró con dos dedos y empezó a moverse.

Gimió cuando me escuchó gemir a mí, como si mi placer generara el suyo. No paró, sino que siguió con una seguridad que no esperaba de alguien que decía que era su primera vez. Cuando llegué al orgasmo fue con un sonido que las dos esperamos que no hubiera traspasado las paredes.

Me pasó los dedos mojados por los labios y luego se los llevó a la boca.

—¿Quieres que te lo haga yo a ti? —le pregunté cuando recuperé el aliento.

—Sí —dijo, y había algo nuevo en su voz: no timidez, sino anticipación.

Me puse sobre su cara mientras ella quedaba tumbada boca arriba. Apoyé las rodillas a cada lado de su cabeza y me dejé llevar por su boca. Su lengua era cuidadosa al principio, aprendiendo, explorando. Empujé un poco con las caderas para guiarla.

Al cabo de un momento dejó de ser cuidadosa.

Cuando llegué al orgasmo, parte de mis fluidos le mojaron la cara. Se quedó mirándome desde abajo, con las mejillas húmedas y los ojos entornados. Era bellísima así.

Bajé a besarle los pómulos, despacio.

***

La hice ponerse boca abajo. Le besé la nuca, la espalda, las nalgas. Le di un par de azotes suaves que la hicieron chillar entre risas. Pegué la boca a su zona más íntima y la lamí en círculos lentos mientras ella hincaba los dedos en las sábanas y soltaba suspiros que intentaba controlar.

Se tocó ella misma mientras yo seguía. Las dos juntas, sincronizadas sin haberlo planeado, hasta que la escuché llegar con un sonido ahogado en la almohada.

Se volvió boca arriba. La besé en la boca, y tuve sus fluidos en mi lengua y los míos en sus labios, y ninguna de las dos se apartó.

***

Saqué el vibrador del cajón de la mesilla. Le pregunté si quería probarlo.

—¿Qué hace exactamente? —preguntó mirándolo con curiosidad.

—Lo que tú quieras que haga.

Me senté contra el cabecero y la acomodé entre mis piernas, con su espalda contra mi pecho. Encendí el vibrador y lo apoyé entre sus muslos. Su cuerpo se tensó un segundo y luego se relajó por completo, como si hubiera soltado algo que llevaba rato reteniendo.

—Así —susurró—. Así, no pares.

No paré. Sus gemidos me llegaban directos al oído, calientes y cortos. Su cuerpo se retorcía contra el mío. Mis pechos quedaban aplastados por su espalda y los dedos de mis pies jugaban con los suyos. Empujé el vibrador un poco más y ella abrió la boca sin hacer sonido, hasta que el sonido llegó, largo y entrecortado.

La besé en el cuello cuando terminó.

***

Nos pusimos una frente a la otra en la cama. Cruzamos las piernas, juntamos los cuerpos. Empezamos a frotarnos despacio, los dos cuerpos ajustándose, encontrando el ángulo correcto. Luego encontramos el ritmo.

Nos miramos mientras seguíamos, y en esa mirada no había vergüenza ni duda, solo el reconocimiento claro de lo que estaba pasando entre las dos.

Llegué con fuerza, con todo el cuerpo, con un gemido que no intenté contener. Caí hacia atrás. Ella se puso encima a besarme despacio, terminando lo que habíamos empezado.

***

Nos duchamos juntas bajo el agua fría, riéndonos y besándonos sin orden, sin plan. Pusimos la ropa mojada en el cesto de la ropa sucia. Nos metimos en la cama desnudas y nos quedamos dormidas en cucharita, sin sábana, con la ventana abierta y el ruido de los grillos entrando desde el patio.

A la mañana siguiente, mientras tomábamos café antes de que se fuera, me preguntó:

—¿Crees que soy lesbiana ahora?

Me reí.

—No lo sé. ¿Tú qué crees?

—Creo que algo ha cambiado —dijo, mirando la taza—. No sé cómo llamarlo todavía.

—No tienes que llamarlo nada.

Sonrió. Se terminó el café. Se fue.

Nunca volví a saber si encontró la palabra que buscaba. Pero esa noche en la piscina, y después en mi habitación, fue una de las mejores de ese verano. La recuerdo todavía cuando en agosto huele a cloro y a jazmín y hace calor hasta pasada la medianoche.

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Comentarios (4)

Valeria_BA

excelente relato!!! me quede sin palabras, que manera de escribir

Sofi_Noche

Por favor que haya continuacion, quede con muchisimas ganas de saber que paso despues

NightReaderX

Muy bien narrado, se siente autentico. De las mejores historias que lei en esta categoria

PalomaK

La escena de la piscina me transporte completamente, que imagen tan perfecta

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