Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La última noche te pedí que me mintieras

Mariana llegó a las nueve de la mañana, con dos cajas de cartón apiladas y una llave que ya no le pertenecía. Yo llevaba dos horas fingiendo que limpiaba el departamento, moviendo platos de un estante a otro para no quedarme quieta. Sabía que si me sentaba iba a ponerme a llorar antes de que tocara el timbre.

—Vine temprano porque después tengo que pasar por la mudanza —dijo desde el umbral, sin terminar de entrar—. ¿Te molesta?

—No —mentí.

Fue la primera mentira del día y todavía no había hecho ni un café.

La dejé pasar y cerré la puerta despacio, como si el ruido pudiera espantar algo que aún no me había atrevido a nombrar. Mariana dejó las cajas en el medio del salón y se quedó mirando la biblioteca, esa que armamos juntas el invierno pasado y que ahora tenía huecos donde antes había vinilos.

—¿Tomas algo? —pregunté.

—Un café. Si no es mucha molestia.

—No seas tonta. Siéntate.

Fui a la cocina más por necesidad de darle la espalda que por otra cosa. Mientras esperaba que subiera la cafetera, la escuché caminar por el departamento, abrir un cajón, cerrarlo, sacar un libro y volver a dejarlo. Conocía cada uno de sus ruidos. Podía dibujarla con los ojos cerrados, paso por paso, hasta el suspiro pequeño que soltaba antes de tomar una decisión.

Cuando volví con las tazas, estaba sentada en el sofá con el cuello del jersey subido hasta la barbilla. Le temblaba un poco la mano cuando agarró el café.

—Pensé que iba a ser más fácil —dijo.

—¿Qué cosa?

—Venir. Llevarme las cosas. Cerrar.

—Nadie te dijo que iba a ser fácil.

—Tú sí. Me lo dijiste hace tres semanas, cuando me prometiste que ibas a estar bien.

—Esa fue la primera —contesté, y le sonreí con la peor de mis sonrisas—. Las que vienen también van a ser mentiras.

Se quedó mirándome por encima del borde de la taza.

—¿Estás bien?

—No, no estoy bien. Pero quiero que esta tarde me mientas tú a mí. ¿Lo hacemos al revés?

Frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero que me digas cosas que no son ciertas, y que yo me las crea hasta que te vayas.

—Lara…

—Por favor. No me hagas explicarlo dos veces.

***

Dejó la taza en la mesa baja, apoyó las manos sobre los muslos y se quedó así un rato largo, mirando el suelo. Yo me arrodillé entre sus piernas, como había hecho tantas veces, y le tomé las muñecas. Tenía la piel todavía fría de la calle.

—Dime que no sientes nada cuando te beso el cuello —le pedí.

—Lara, no.

—Dímelo. Por favor.

Me incliné hacia adelante muy despacio, le retiré el cuello del jersey con un dedo y le pasé la nariz por la curva que va detrás de la oreja. No la besé todavía. Solo respiré ahí, en ese rincón que conocía mejor que mi propio nombre, y noté cómo se le erizaba la piel hasta el nacimiento del pelo.

—Dime que no se te eriza nada —insistí.

—No… no se me eriza nada —dijo con la voz partida.

—Mentirosa.

Le pasé la lengua por el lóbulo y la oí tragar saliva. Me tomó la cara con las dos manos, despacio, como si yo fuera algo que se podía romper.

—No vamos a hacer esto —murmuró.

—Sí vamos a hacerlo. Una vez más. Después te subes al camión y yo me quedo aquí lavando tazas. Pero hoy te quiero por última vez, y quiero oírte mentir.

Cerró los ojos. Cuando los abrió ya estaban brillantes.

—Está bien.

***

La llevé al cuarto sin soltarle la mano. La persiana estaba a medio bajar y el sol entraba en franjas, marcándole rayas en la cara, en los hombros, en el pecho cuando le saqué el jersey. Mariana siempre fue más pudorosa que yo. Esa mañana, en cambio, se sacó la camiseta de abajo sin esperar que yo se la pidiera y se quedó quieta, dejando que la mirara.

Le pasé los dedos por las costillas, por la cintura, por el tatuaje pequeño que se hizo cuando cumplió veintiséis y que yo había besado tantas veces que ya casi formaba parte del dibujo.

—Dime que no se te pone la piel de gallina cuando te acaricio así —le dije.

—No —dijo, y se le puso la piel de gallina hasta el codo.

—Otra mentira. Vas bien.

La empujé suavemente hasta que cayó de espaldas sobre la cama. Me subí encima sin terminar de desvestirme, apenas con la camisa abierta, y me senté sobre sus caderas. Ella levantó las manos para tocarme y yo se las bajé, una a cada lado de su cabeza.

—Hoy mando yo —le advertí.

—¿Y cuándo no?

Le pegué la nariz a la nariz, sin besarla.

—Dime que mi respiración en tu oído no te conmueve.

Se rio bajito.

—No me conmueve nada.

Bajé la boca hasta su oreja y le susurré, despacio, lo que siempre le susurraba antes de dormir. La frase tonta esa que era nuestra. Sentí cómo se le aflojaba el cuerpo debajo del mío, cómo se le abrían los muslos sin querer, cómo arqueaba apenas la espalda buscando contacto.

—Mentirosa —le dije con cariño.

—Soy lo que tú quieras hoy.

***

Le solté el sujetador con una mano, sin urgencia. Le pasé los pezones por la palma, primero uno, después el otro, y los vi endurecerse. Le pasé los míos por encima de los suyos, sin ropa de por medio, y la escuché soltar un sonido bajito que ya no era humor.

—Dime que el roce de mis pezones no te hace nada.

—No me hace… nada.

—Repítelo mirándome a los ojos.

Me miró. Tenía las pupilas enormes y el cuello manchado de rojo donde le había pasado la boca. No pudo repetirlo. Se le escapó una risa nerviosa y giró la cara contra la almohada.

—No puedo.

—Prueba de nuevo.

Le tomé un pecho con la boca y le bajé el pantalón con la otra mano. No opuso resistencia. Levantó las caderas para ayudarme y, cuando le saqué la ropa interior y le pasé los dedos por la cara interna del muslo, ya estaba húmeda hasta la rodilla.

—Mira tú —le dije, sin despegar la boca de su piel—. Qué mentirosa eres hoy.

—Cállate.

—Dime que no estás mojada.

—No estoy mojada.

—Dímelo otra vez.

Bajé la mano hasta donde no había duda posible. Le pasé el dedo medio por el sexo, despacio, de atrás hacia adelante, y se le escapó un gemido tan corto que pareció un hipo. Me detuve apenas sobre el clítoris y dejé el dedo ahí, quieto, sin moverlo.

—Dime que no sientes nada aquí.

—Lara, por favor.

—Dímelo.

—No… no siento nada.

Empecé a moverlo en círculos lentos. Mariana cerró los ojos con fuerza y se mordió el labio inferior, ese gesto que hacía siempre y que me volvía loca. Le aumenté apenas la presión y la sentí abrir más las piernas, buscar más contacto, levantar las caderas contra mi mano.

—¿Sigues sin sentir nada?

—Sigue —fue lo único que pudo decir.

***

Bajé por su cuerpo despacio. Le besé el esternón, el ombligo, la cicatriz pequeña que tenía sobre la cadera derecha y de la que nunca me había contado el origen. Cuando llegué entre sus piernas, le pasé los brazos por debajo de los muslos y la atraje hacia mi boca.

—Dime que no vas a gritar.

—No voy a gritar.

Le pasé la lengua por toda la entrada del sexo, lento, y la sentí estremecerse de la cabeza a los pies. Mariana se llevó las dos manos a la cara y soltó un gemido largo, agudo, de los que se le escapaban a veces cuando se olvidaba de que los vecinos compartían pared con nuestra cama.

—Esa fue grande —murmuré—. ¿Quieres que sigamos con las mentiras?

—No, no más. Hazlo bien.

Y lo hice bien. La conocía demasiado para no hacerlo bien. Sabía dónde ir despacio y dónde apurar, cuándo aflojar la presión justo antes y cuándo cerrar la boca sobre ella sin darle respiro. Me agarró del pelo con una mano y se aferró a la sábana con la otra. Cuando se vino, lo hizo sin contenerse, con un quejido largo que terminó en una palabra que no entendí pero que sonó a mi nombre.

***

La dejé temblar un rato largo. Después subí hasta su cara y le besé la frente, las mejillas mojadas, la boca. Yo me había puesto a llorar también en algún momento de la última hora, y ni siquiera me había dado cuenta.

—Me toca a mí mentirte —le dije.

—No quiero —contestó—. Dime la verdad.

Me apoyé en el codo y la miré. Tenía el pelo pegado a la frente, las pestañas mojadas y esa expresión de niña enojada que ponía cuando le tocaba escuchar algo serio.

—Te voy a echar de menos en cosas pequeñas. En la manía que tienes de dejar la tapa del dentífrico al lado del lavabo. En esa risa que sueltas cuando te asustas. En la forma en que dices «bueno, bueno, bueno» cuando no sabes qué contestar.

—Lara…

—Espera, no terminé. Te voy a extrañar en la cama, evidentemente. Te voy a extrañar por la mañana cuando me despierte y tú no estés robándome la sábana. Te voy a extrañar a veces con ganas de hacer el amor durante horas, y a veces con ganas de poseerte como una loca contra la pared del pasillo.

Se rio bajito y se le saltó otra lágrima.

—Y otras veces —seguí— te voy a ver entre la gente cuando no seas tú. En la cola del supermercado, en un autobús, en la espalda de cualquier mujer con tu corte de pelo. Y voy a tardar dos segundos en darme cuenta de que no eres.

—¿Y después?

—Después voy a respirar hondo y voy a seguir caminando.

—¿Vas a estar bien?

La miré a los ojos. Me hubiera encantado mentirle. Decirle que sí, que iba a estar perfecta, que ya tenía planes, que el lunes empezaba yoga. Hubiera sido más fácil para las dos.

—Te dije que yo no te iba a mentir. Tú eres la que miente hoy.

—Entonces no me contestes.

—No te contesto.

***

Se quedó dormida un rato, apretada contra mi cuello. La dejé dormir todo lo que pudo. Cuando se despertó, el sol ya estaba más alto y las franjas de la persiana se habían movido hasta sus piernas. Se incorporó despacio, se pasó las manos por la cara y agarró la camiseta del suelo.

—Tengo que ir a buscar el camión —dijo.

—Lo sé.

—¿Me preparas otro café?

—Sí.

En la cocina, mientras esperaba la cafetera por segunda vez, la escuché vestirse en el cuarto. Cada ruido era una mentira menos.

Cuando volvió, ya estaba arreglada. Cargó las dos cajas, una sobre la otra, y se quedó parada frente a la puerta sin abrirla.

—Dime una última —pidió.

—No puedo.

—Una sola. Cualquier cosa. Dime que vas a olvidarme.

Me acerqué, le quité las cajas de las manos, las dejé en el suelo. Le acomodé un mechón detrás de la oreja. Le besé la boca despacio, sin lengua, como se besa a alguien a quien no se va a besar más.

—Mariana —le dije—, jamás voy a mentirte. Vete antes de que cambie de idea.

Recogió las cajas, abrió la puerta y salió sin darse la vuelta.

Yo me quedé del otro lado, escuchando sus pasos en la escalera, y por primera vez en toda la mañana no fingí no estar llorando.

Valora este relato

Comentarios (3)

SusanaMLP

increible!! me dejo pensando un buen rato

NataliaMV

no pude parar de leer. Que manera de contar algo tan doloroso sin que se vuelva pesado

Leti_sur

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de mas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.