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Relatos Ardientes

Mi mejor amiga me arrastró a su cama esa madrugada

Me llamo Lucía, tengo veintiséis años, y aunque siempre fui lectora compulsiva de historias eróticas, jamás me había sentado a escribir las mías. Tal vez por timidez, tal vez porque algunas cosas se sienten más reales cuando una se atreve a contarlas. Esta noche, por fin, decidí intentarlo.

Voy a contar lo que viví con mis amigas en la universidad, hace ya casi siete años. Cambié todos los nombres por respeto, y porque algunas de ellas todavía cruzan mi vida en una ciudad pequeña donde nada se olvida del todo.

Mi historia con las amistades nunca fue sencilla. Desde la primaria me costó encajar. Era la mejor alumna del salón, esa nena seria que llegaba con el uniforme demasiado planchado y la trenza demasiado tensa. El bullying me persiguió durante años: las niñas envidiosas, los apodos crueles, el peso de ser invisible para los varones y un blanco fácil para todas las demás. Llegué al final del colegio convencida de que mi vida amorosa empezaría tarde, o no empezaría nunca.

Pero al entrar a la universidad decidí reinventarme. Me dejé crecer el pelo, aprendí a maquillarme mirando tutoriales hasta las tres de la mañana, me compré faldas, blusas con escote y ropa interior bonita que nadie iba a ver pero que yo sí me ponía cada día. Quería ser otra, y un poco lo conseguí.

El primer día de clases me senté sola, como siempre. Estaba acomodando los cuadernos cuando una sombra cubrió la mesa. Levanté la mirada y casi se me cae el lápiz.

Era una chica altísima, debía medir uno noventa y tantos, con el pelo rubio casi platinado recogido en una cola descuidada. Tenía los ojos de un azul tan claro que parecían transparentes, y una blusa deportiva negra ajustada que dejaba ver el comienzo de los abdominales. La piel pálida, los hombros marcados de quien entrena en serio.

—¿Está libre este asiento? —preguntó, apoyando las dos manos en mi mesa.

—Sí, claro. Solo dejé la mochila para no tenerla en el suelo —contesté.

—Soy Romina —dijo, y se sentó como si no le importara que medio salón la mirara.

—Lucía. Encantada. ¿Cuánto mides? Te ves enorme.

—Uno noventa y tres. Espanto a la gente, ya lo sé.

Olía a perfume cítrico, fresco, demasiado para una mañana de calor. Yo, con mi metro sesenta justo, parecía un personaje secundario al lado de ella. Pero algo en su sonrisa me hizo sentir, por primera vez en años, que alguien me miraba con verdadera curiosidad.

Romina era de esas mujeres que ocupan espacio sin disculparse. Jugaba en la selección universitaria de voleibol, tenía caderas anchas y un trasero firme que parecía esculpido a propósito. El pecho era pequeño, casi plano, lo cual ella tomaba con humor. Decía que prefería correr a no caerse. Yo, en cambio, tenía busto chico pero proporcionado, cintura marcada y un cuerpo atlético gracias a años de natación.

Nos hicimos amigas rápido. Más que rápido: indivisibles. Ella tenía un séquito de chicos detrás, deportistas altos con sonrisas blancas y manos grandes, y por estar pegada a ella yo también empecé a recibir miradas. Era una vida nueva, una versión de mí que no conocía.

Tuve algunos encuentros con jugadores del equipo de básquet, todos altos, todos pasajeros. Nunca quise tener novio, ni pareja, ni etiqueta. Solo sexo, conversaciones largas en la madrugada y la libertad de no rendirle cuentas a nadie. Romina y yo hablábamos de eso entre risas, comparando anécdotas con una franqueza que a otras les habría parecido obscena.

—Lo que tienen las piernas de un voleibolista, Luli, no lo entiende nadie —me decía—. Te embisten como si quisieran ganar un punto.

—Prueba con un base de uno noventa y seis —le contestaba yo—. Te alza en el aire y te penetra colgada de su cuello. Dura tres minutos, pero es como un viaje al espacio.

Romina reía hasta que se le saltaban las lágrimas. Decía que ella, con su tamaño, nunca podría dejarse alzar así.

***

La noche que cambió todo, estábamos en su casa. Habíamos invitado a unas chicas más, hubo música, vino barato y mucho tequila. A las dos de la madrugada solo quedábamos ella y yo en el sillón del living. Las demás se habían ido en taxis o se habían dormido en cuartos prestados.

Romina llevaba una sudadera negra sin mangas, larga, que le tapaba hasta media pierna. Debajo, un short de algodón celeste que apenas se asomaba cuando cruzaba las piernas. Yo, mucho más ebria de lo que estaba dispuesta a admitir, no podía dejar de mirar la línea de su axila depilada, los músculos definidos del brazo, esa piel tan blanca que casi parecía iluminada por dentro.

Ella bostezó, estiró los brazos y dejó la cabeza apoyada en el respaldo. Cerró los ojos. Y yo, sin entender por qué, sin que el cuerpo me consultara, me incliné hacia ella. La cabeza se me fue cayendo en cámara lenta hasta que la nariz se me hundió en el hueco de su axila.

Olía a piel limpia, a jabón neutro y a una nota dulce que no supe identificar. Era un olor íntimo, animal, perfecto. No estoy haciendo esto. No puedo estar haciendo esto. Pero saqué la lengua y la pasé una vez, muy despacio, por la piel tersa y un poco salada del hueco de su brazo.

Romina abrió los ojos.

No dijo nada al principio. Solo giró la cabeza, lentamente, y me miró con una expresión que jamás le había visto. Después, sin dejar de mirarme, levantó un poco más el brazo y me acomodó la cara con la otra mano.

—Qué sucia eres, Luli —murmuró—. Si la vas a lamer, hazlo bien.

Volví a pasar la lengua, esta vez con menos vergüenza. Le besé la axila, le mordí apenas el borde. Ella respiraba más fuerte. Sentía su pulso debajo de mis labios.

Y entonces, sin previo aviso, se levantó. Me solté de su brazo y caí torpemente contra el sofá. El golpe me sacudió la borrachera. Cuando levanté la cabeza, Romina estaba parada frente a mí, mirándome con una sonrisa que no era amable.

—No sabía que mi mejor amiga era una zorrita —dijo en voz baja—. Devuélveme mi sabor.

Me agarró la cara con las dos manos, se inclinó y me metió la lengua en la boca. No fue un beso suave. Fue una invasión. Sentí cómo su saliva pasaba a la mía, cómo me obligaba a tragar, cómo me dejaba sin aire. Cerré los ojos por instinto.

Cuando se separó, una hebra de saliva cayó sobre mi mentón. Me tomó por las piernas y la espalda, me alzó como si pesara nada y me cargó hasta su habitación. Yo no sabía si lo que sentía era miedo, deseo, o las dos cosas al mismo tiempo.

Me tiró sobre la cama. La puerta se cerró con un golpe seco.

—Ahora vas a ver qué les hago a las zorritas como tú —dijo, mientras se quitaba la sudadera por la cabeza.

Mi vestido amarillo de una sola pieza, el que había elegido esa tarde con tanto cuidado, no sobrevivió. Lo agarró del escote y lo rasgó de un tirón hasta la cintura. Me dejó solo con el calzón de encaje negro. Después, con una calma escalofriante, me sacó las sandalias y me tomó de los tobillos para arrastrarme hasta los pies de la cama. Me flexionó las piernas, me las abrió y se quedó mirándome unos segundos como quien estudia un mapa.

Me quitó el calzón. Quedé completamente desnuda, con las rodillas dobladas y la respiración entrecortada. Ella se desnudó frente a mí. La vi tal cual era, sin la armadura de la ropa: hombros anchos, abdomen plano, un vello rubio finísimo entre las piernas. Me hipnotizó.

Después se giró hacia el cajón del velador, y cuando volvió a darse vuelta llevaba puesto un arnés negro con un consolador de goma grueso, largo, intimidante. Mi cuerpo entero reaccionó antes que mi cabeza. Quise cerrar las piernas y no pude.

Me penetró sin avisar.

El dolor fue agudo. La carne ardió, los muslos me temblaron, las lágrimas salieron sin que yo las invitara. Le rogué que parara. Le dije que dolía, que era demasiado, que era mi primera vez con algo así. Romina no escuchó. Me sostenía las muñecas contra el colchón con una sola mano. Tenía los ojos brillantes, la mandíbula apretada.

Y entonces, despacio, el dolor empezó a transformarse. Fue una de esas mutaciones extrañas que una no entiende hasta que las vive. La vagina se me acomodó, se abrió, dejó de defenderse. La humedad llegó de a poco. Y de a poco también empecé a abrir más las piernas, a relajar la espalda, a dejar que ella entrara y saliera con un ritmo que cada vez se sentía más necesario.

—Te gusta, ¿no, zorrita? —dijo, todavía sin sonreír—. Dime que te gusta.

—Me gusta, Romina, me gusta —jadeé.

—Cállate, esclava. Yo no soy Romina ahora. Dime ama.

—Ama, soy tuya —contesté, y la voz me salió rota.

Lo que pasó después no sé describirlo del todo. Tuve orgasmos en cadena. El cuerpo me tiritaba, las piernas se me cerraban solas y ella las volvía a abrir con una facilidad humillante. Su sudor caía sobre mi vientre, sobre mis pechos, sobre mi cara. Estábamos empapadas las dos, y el olor del cuarto era denso, caliente, perfectamente real.

Cuando se cansó, sacó el arnés con un movimiento brusco. Yo quedé tirada, jadeando, con la vagina latiendo como un segundo corazón. Me tomó del pelo y me arrastró por la cama hasta que mi cabeza quedó a los pies del colchón. Después se subió, se abrió las nalgas con las manos y me sentó la cola encima de la boca.

—Límpiame, perra. Límpiame bien.

Olía a sudor, a piel, a ella. Saqué la lengua. Le pasé la lengua por el surco, por los pliegues, por todo lo que su cuerpo me ofrecía. Su vagina era pequeña, con un vello rubio finísimo, y sabía a algo levemente cítrico. El peso del cuerpo de Romina sobre mi cara era casi asfixiante, pero yo no quería que se moviera. Quería ahogarme ahí abajo.

Cuando se levantó, respiré como si saliera del fondo de una piscina. Tenía la cara empapada, el pelo aplastado, los labios hinchados.

Pero no había terminado.

Me ató las muñecas con cinta adhesiva de doble vuelta. Hizo lo mismo con los tobillos. Después escuché un zumbido. Un vibrador rosado, fino, de unos veinte centímetros, con la punta moviéndose como un dedo curioso. Me dio vuelta boca arriba y me dobló las piernas hasta el pecho.

—Esto te va a doler primero. Después no vas a querer que pare. Quédate quieta.

Pasó algo helado por la zona, un lubricante que me hizo sobresaltarme. Después sentí el vibrador entrando despacio en un lugar al que nunca había dejado entrar a nadie. Grité. Pedí que parara. Ella se rio bajito y siguió, milímetro a milímetro, hasta que la presión se volvió otra cosa, una clase de placer que no sabía que existía.

Me desmayé. No exagero. La conciencia se me apagó como una luz mal conectada. Cuando volví, Romina estaba penetrándome la vagina con el arnés otra vez, mientras el vibrador seguía vivo en mi cola. Volví a perder el hilo. Volví a desmayarme.

***

Me desperté de día. Tenía puesto un baby doll rojo semitransparente que no era mío. Mi cuerpo olía a su perfume. Tenía chupones en el cuello, en los pechos, en la cara interna de los muslos. Algún rasguño en la cadera. Romina dormía detrás de mí, desnuda, con una mano apoyada sobre mi estómago como si fuera una propiedad recién adquirida.

Tendría que haber estado asustada. No lo estaba. Me di vuelta despacio, me apoyé sobre el codo y la besé en los labios. Ella abrió los ojos.

—Ahora eres mía, Luli. Espero que te haya quedado claro.

—Soy toda tuya —le contesté—. Gracias por hacerme tuya.

Sonrió. Por primera vez en toda la noche, fue una sonrisa amable.

—Fui muy bruta. Siempre quise hacerlo contigo. Cuando estaba con un chico, cerraba los ojos y me imaginaba que era tu boca la que me hacía acabar. No aguanté más.

—¿Usabas el arnés con ellos? —pregunté, todavía mareada.

—No, nunca. Con ellos siempre fui la que se sentaba encima. Pero contigo quería ser otra cosa.

—Hasta ayer me consideraba heterosexual. Hoy no sé qué soy.

—Eres mi pequeña —dijo, y me corrió un mechón de la cara—. Yo siempre supe que era bisexual. No lo decía porque no quería que nada cambiara entre nosotras. Pero algo iba a pasar, tarde o temprano.

De amigas pasamos a pareja en cuestión de horas. Yo tenía veinte años, ella veintitrés. Estuvimos juntas tres años, intensos, devoradores, llenos de experimentos a los que nunca creí que iba a decir que sí: tríos con chicos, tríos con chicas, viajes en los que casi no salíamos de la habitación.

Después, como pasa con casi todo lo que arde tanto, se apagó. Romina consiguió una beca en otra ciudad y aceptó sin consultarme. Lloramos las dos en el aeropuerto, pero las dos sabíamos que ya no se podía sostener. Hay amores que solo viven en una habitación, en una etapa, en un cuerpo joven que no quiere preguntarse nada.

Hoy, a los veintiséis, sigo prefiriendo a las mujeres. Salgo con chicas, a veces con parejas. Pero hay una axila rubia, un sudor cítrico y una voz baja diciéndome «ama» que vuelven a mi cabeza cada vez que apago la luz. Y todavía me hacen cerrar las piernas.

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Comentarios (3)

LaGata_nocturna

Tremendo relato!!! me encanto cada parte, lo lei de un tiron

NadiaV

buenisimo!!!

SilenaR27

Increible como lo narraste, se siente tan real sin ser burdo. Sigue escribiendo!

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