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Relatos Ardientes

Mi jefa me dejó atada en el armario de su despacho

No sabría decir cuánto tiempo llevaba allí dentro. Las muñecas atadas a la barra del perchero, los brazos por encima de la cabeza, el cuello empezando a pesarme. La puerta del armario cerrada y, fuera, la luz de la tarde filtrándose por una rendija que apenas marcaba una línea blanca a la altura de mis pies.

El único sentido que me quedaba era el oído, y aun así me llegaba poco. El zumbido del aire acondicionado. A veces, el tono lejano de su teléfono fijo. A veces, las vibraciones en el suelo cuando alguien empujaba la puerta del despacho y entraba a hablar con ella. Las palabras me llegaban amortiguadas, como envueltas en algodón. Reuniones breves, secas, profesionales. La voz de mi Señora moldeándose en otra cosa, en otra mujer que yo no era capaz de reconocer del todo.

Me había prometido por la mañana que hoy me dejaría correrme. Lo dijo mientras me ajustaba el plug, agachada detrás de mí, separándome las nalgas con las dos manos. Lo dijo con esa voz suya, baja, casi aburrida, que era la que más me derretía. Pero también sabía cómo funcionaba ella. La promesa se cumpliría cuando le diera la gana, y nunca antes de que el edificio se vaciara.

Hasta entonces lo mejor era dejar de pensar en la humedad que ya me corría por la cara interna de los muslos. Lo mejor era recordar que el plug seguía dentro de mí, frío al principio y ahora tibio como mi propio cuerpo, y que cada vez que apretaba los músculos para aliviarme un poco solo conseguía que el calor subiera más arriba.

Escuché sus tacones. Los reconocí antes de pensarlo. Mariana caminaba como si cada paso fuera una firma. Tres golpes secos, una pausa, otros tres. Se acercaba por el parqué del despacho y yo aparté de la cabeza la ilusión de que me fuera a abrir. No sería la primera vez en el día que se paraba frente al armario, arañaba la madera con las uñas como si llamara a una puerta de juguete y se marchaba sin decir nada. Un saludo cruel. Una manera de recordarme que existía.

Pero esta vez fue distinta.

La cerradura giró. La puerta se abrió de golpe y toda la luz de los ventanales me cayó encima como un cubo de agua. Cerré los ojos, escondí la cara contra mi brazo y oí su risa, baja, complacida.

—Aquí estabas —susurró, como si llevara horas buscándome.

Sentí sus dedos sobre las cuerdas. Tiró de un nudo, después del otro, y los brazos se me vinieron abajo pesados como dos sacos. Me cogió por la muñeca y tiró de mí hacia afuera. Salí a trompicones. Las pupilas todavía no se acostumbraban a la luz y, durante unos segundos, solo distinguí su silueta recortada contra la ventana: alta, delgada, con la falda recta y los labios pintados de un rojo que era casi negro.

—Tengo una llamada protocolaria que hacer —dijo, sin soltarme la muñeca—. Va a durar veinte minutos y la persona del otro lado es de las que adoran su propia voz. ¿Serías tan amable de hacérmela más entretenida, mi muñeca?

Sentí cómo se me curvaba la boca antes de saber qué iba a contestar. Esa sonrisa mía, esa que solo me salía con ella, esa que era una rendición disfrazada de cortesía. Sujeté una muñeca con la otra mano por delante del cuerpo y cambié el peso de un pie al otro, como una niña esperando instrucciones. Sabía lo que me estaba pidiendo. Llevaba horas suplicando interiormente que me lo pidiera.

Mariana no esperó respuesta. Marcó desde el móvil y se sentó detrás del escritorio con la elegancia de quien lleva toda la vida sentándose detrás de ese escritorio. Yo arrastré una de las sillas con brazos de las visitas y la coloqué junto a ella. Cuando empecé a acomodarme, ella ya estaba hablando.

A mi Señora le encantaba que me masturbara para ella. Era el ritual que más se repetía entre nosotras desde el día en que dejé de ser candidata y pasé a ser suya. Yo sabía, porque me lo había dicho la primera noche, que ella era heterosexual y que lo que sentía por mí no se parecía a lo que había sentido por ningún hombre. Por eso íbamos despacio. Por eso me cuidaba. Por eso, en lugar de devorarme, me iba enseñando a ofrecerme.

Me senté echando el cuello hacia atrás para que el pelo no se me enganchara en el respaldo. Me agarré el tobillo derecho y pasé la pierna por encima del brazo de la silla. Después el izquierdo. Quedé abierta de par en par, expuesta como en la camilla de una consulta, mirando hacia ella. Levanté la falda con dos dedos y le mostré el sexo recién depilado, el cristal rojo del plug brillando entre las nalgas. Las bragas seguían dentro del cajón de su escritorio desde primera hora de la mañana.

Una de sus cejas se levantó apenas un milímetro, y ese gesto me hizo más que cualquier caricia. Me saqué la lengua, me metí el índice y el corazón en la boca para humedecerlos y bajé la mano. Empecé en círculos suaves sobre el clítoris. Estaba tan sensibilizada que no necesitaba más. Llevaba todo el día en ese estado, llevándome al borde cada hora y bajando, llevándome al borde y bajando, hasta que cualquier roce era un latido.

Apoyé la palma sobre el bajo vientre y jugué a descubrirme el clítoris del capuchón con el pulgar. Estaba rosado, hinchado, casi violeta cuando me asomé a mirarlo. Después abrí los labios con dos dedos y dejé que el corazón se hundiera lentamente en mí, falange a falange, hasta el fondo. Ahogué un quejido. Tenía las paredes tan empapadas que el dedo entraba como en mantequilla tibia.

Mariana jugaba con un mechón de su pelo negro mientras hablaba por teléfono. Sus ojos no se quedaban quietos. Iban de mi cara a mi sexo y de mi sexo a mi cara, en ráfagas cortas, profesionales, como si hubiera aprendido a desearme sin perder el hilo de una sola frase. Yo la conocía. Sabía exactamente qué le gustaba. Subí la mano libre por encima del último botón abrochado de mi camisa blanca y me apreté un pecho con fuerza, sin remilgos, viendo cómo se le abrían los ojos un poco más.

Levantó dos dedos sin dejar de escuchar a quien estaba al otro lado.

Dos dedos, Señora. Entendido.

Me metí el medio junto al corazón. Las paredes se ajustaron alrededor con un cosquilleo que me subió por el vientre y me arrancó un gemido sordo que tuve que tragarme entre los dientes. Y entonces ella hizo algo que no me esperaba: con un movimiento limpio, se levantó la falda y se llevó la mano debajo de las bragas. La vi cerrar los ojos un instante, los párpados temblándole, y volver a abrirlos. Empezó a frotarse con la yema del dedo, despacio, sobre la tela.

Las dos. Masturbándonos en silencio mientras ella sostenía una conversación intrascendente con un señor cualquiera del otro lado del país. Yo me mordía el labio inferior tan fuerte que iba a hacerme sangre. Ella formaba una O perfecta con la boca cada pocos segundos, una O que solo yo podía ver. Sus dedos se movieron más rápido. Los míos también. La habitación se llenó del sonido húmedo de los dos sexos trabajando a la vez y del murmullo educado de su voz pidiendo informes mensuales.

No te corras, no te corras, no te corras.

Lo repetía mentalmente como una letanía y mis dedos no me obedecían. Iban más y más rápido, golpeaban el clítoris cada vez con menos paciencia. Estaba a punto. Lo notaba subir por las piernas, por el vientre, por el pecho.

Sonó el teléfono fijo.

El timbre me pegó un susto que me dejó congelada con los dedos quietos dentro de mí. Mariana, en cambio, no movió ni una pestaña. Me lanzó una mirada de reproche, terminó la llamada del móvil con un agradecimiento perfecto y descolgó el otro.

—Ofrécele un café —dijo a su asistente—. Dile que lo recibo en diez minutos.

Colgó. No paró de tocarse en ningún momento. Después se quedó mirándome y yo no supe interpretar esa mirada. Severidad. Decepción quizá. Por favor, lo último no. Quise explicarle que me sobresalté por el ruido, que cualquiera con un timbre así me habría hecho saltar, que no era una excusa. Pero ella se levantó tranquilamente, vino hasta mi silla y apoyó una mano en el respaldo. Su pelo me hizo cosquillas en la mejilla. Acercó la cara a la mía y me examinó con la calma de quien decide qué hacer con un objeto que le pertenece.

Percibí movimiento. Subió una pierna, después la otra. Cuando volvió a inclinarse, sus bragas le colgaban de un dedo, húmedas, brillantes, entre su cara y la mía. Me las acercó a la boca y yo abrí los labios sin que me lo pidiera. Las empujó con dos dedos hasta el fondo y los cerré sobre la tela. Sentí su sabor instalarse en mi lengua.

Me empujó el mentón hacia arriba con un solo dedo. Me sonrió. Me besó en la mejilla con una dulzura que no encajaba con nada de lo que estaba pasando. Después me tomó de la muñeca y me condujo otra vez al armario, pero esta vez solo me ató una mano al perchero.

—Mis bragas te van a ser útiles, gatita —dijo bajando la voz—. No queremos que la visita oiga nada, ¿verdad?

No entendí del todo. ¿Por qué iba a oír nada? Como si me leyera la pregunta en la cara, me cogió la mano libre, me dobló cuatro dedos y dejó el corazón estirado. Me lo introdujo ella misma. Lo sacó. Lo metió. Lo sacó. Lo metió.

—Sabré si paras —susurró—. No pares.

Me besó los dedos a ella misma, los apoyó sobre mis labios cerrados, cerró la puerta y volvió a dejarme en la oscuridad.

***

Si la mano izquierda no la hubiera tenido atada por encima de la cabeza, me habría dejado caer al suelo. Me solía pasar. Que jugara así conmigo me dejaba en un estado que no sé nombrar todavía: una mezcla de frustración y de gratitud que solo se aliviaba pidiendo más. Cuanto más me atormentaba ella, más la quería. Cuanto más me retenía, más entera me ofrecía después.

Así que con los labios hinchados de tanto chupar tela hice lo único que podía hacer: obedecerla. Me masturbé despacio, con cuidado, sorprendida de seguir encontrándome tan empapada. Cómo no estarlo, pensé. Con su sabor en la boca, con el plug todavía dentro, con la certeza de que al otro lado de la puerta había alguien sentado tomándose un café sin saber que a tres metros de él una mujer atada se penetraba con un dedo por orden de su jefa.

La tela funcionó. Tragué saliva y jugos y traduje todos los gemidos en un zumbido sordo que no salía del armario. Cuando creí que me iban a fallar las piernas, escuché otra vez los tacones acercarse. La puerta se abrió. Esta vez no aparté la cara de la luz. La miré.

—Qué pequeño tesoro eres —dijo, y la voz le venía cargada de algo nuevo, casi tierno—. Por más que aprieto, sigues queriendo agradarme.

Tenía los ojos clavados en mi mano. Yo seguía moviéndola, lentamente, sin parar.

—¿Y si te dijera ahora mismo que he cambiado de idea? ¿Que no vas a correrte? ¿Seguirías obedeciéndome?

Asentí. Apenas. Con los ojos entrecerrados. Bastaría con que me concentrara cinco segundos seguidos en el clítoris para terminar. Estaba tan cerca que cualquier pensamiento me podía empujar al otro lado.

—Tengo buenas noticias —dijo, y me empezó a desabrochar la camisa botón a botón. Cuando llegó al último, metió una pierna entre las mías y con la rodilla me presionó la mano contra el sexo—. Puedes correrte. Con una condición: vas a hacerlo con mi lengua dentro de tu boca.

Escupí las bragas con un gesto tan instintivo que me sorprendió a mí misma. Me lancé hacia ella. No con deseo. Con necesidad. Pero justo cuando mi boca rozaba la suya, ella se retiró dos centímetros y la cuerda de la muñeca me detuvo. La rodilla me siguió presionando. Mordí el aire. Gemí de pura desesperación.

—Así no se hacen las cosas, gatita —dijo con una calma cruel—. Está muy mal por tu parte pensar que yo quiero besarte. No me apetece ahora. Espero que no te moleste.

Negué con la cabeza. Sentí cómo se me formaba un puchero ridículo. Ella me miró el puchero como quien mira un trofeo.

—Me apetece jugar con tus pechos. ¿Puedo? —preguntó como si yo pudiera decirle que no, abriéndome la camisa de par en par.

Asentí. Sin parar de tocarme.

—Dirías que sí a cualquier cosa con tal de correrte, ¿verdad?

Asentí otra vez. Ya sin ver. Solo gemía.

—Ahora sí —murmuró—. Ahora estás justo donde yo quería.

Su boca cayó sobre la mía con una voracidad que me arrancó el aire del pecho. Su lengua me llenó. Su mano me apretó un pecho hasta hacerme daño del bueno. Y un dedo suyo se sumó al mío dentro de mí, taladrándome sin paciencia, sin ritmo, sin piedad.

Las piernas me empezaron a temblar. El vientre se me sacudía solo. Mi boca, asfixiada por la suya, intentó coger aire del aire que ella exhalaba. Bastaron unos segundos de esa intensidad para que el orgasmo me partiera en dos y me dejara colgando del perchero como una marioneta con un solo hilo.

La mano libre se me quedó caída a un lado. El cuerpo, suspendido. Ella me sostuvo con los dos brazos y me meció contra su pecho mientras me susurraba cosas al oído que yo no podía descifrar. Me acariciaba el pelo. Me apartaba los mechones húmedos de la frente.

Y en el medio de esa niebla, con la cabeza apoyada en su clavícula y el cuerpo todavía vibrando, un único pensamiento me atravesó con una claridad rara.

No me sentía usada. Me sentía entendida.

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Comentarios (2)

VioletaR

increible la tension que se siente desde el principio!!! me dejo sin palabras

SilviaCba

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termina

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