La pelirroja del baño unisex no me dejó salir
El cumpleaños de Mateo terminó como todos sus cumpleaños: con demasiada cerveza, demasiados shots de tequila y la promesa, firme y completamente falsa, de que esta vez sí íbamos a volver temprano a casa. A las dos de la mañana, todo el equipo del estudio estaba apretado en la pista de un boliche de la zona de Palermo, sudados, eufóricos y absolutamente entregados al ritmo que pasaba el DJ.
Hacía meses que no salía a bailar. Entre los cierres de mes y los fines de semana muertos frente a la tele, había olvidado lo bien que me hacía sentir ponerme un vestido apretado, taco alto y dejar que las miradas ajenas resbalaran sobre mí. Esa noche me había puesto un vestido negro corto, al cuerpo, sin corpiño, porque quería sentir cómo mis pechos se movían con cada paso. Y se movían. Y la gente miraba.
Mateo me agarró de la mano y me arrastró al centro de la pista. Bailamos un par de temas frente a frente, riéndonos de cualquier cosa, hasta que me ganó esa necesidad muy concreta de provocarlo. Me giré, le di la espalda y pegué el culo contra su entrepierna. Él no dudó ni medio segundo: me sujetó de las caderas con las dos manos y empezó a moverse conmigo, asegurándose de que sintiera, a través de la tela del jean, todo lo que ya tenía duro.
Me dejé llevar por el roce, por el calor de su cuerpo a mi espalda, por el bajo que me retumbaba en el pecho. Y entonces la vi.
Estaba justo enfrente, a un metro escaso, bailando con una amiga de la misma manera en que yo estaba bailando con Mateo. Pero ella no se había dado vuelta para frotarse contra su acompañante: ella se había dado vuelta para mirarme a mí. Pelirroja, el pelo largo recogido con un broche flojo del que escapaban mechones sobre la cara. Llevaba un corpiño negro de encaje que asomaba bajo una pollera larga de estampado leopardo, con dos tajos que le llegaban casi hasta la cadera. Cada vez que movía la pierna, la tela se abría y dejaba ver el muslo entero.
Me sonrió. Una sonrisa lenta, sin ningún disimulo. Y yo no pude apartar los ojos.
La amiga le bailaba detrás, agarrándola de la cintura, pero la pelirroja seguía mirándome a mí. Se mordió el labio, lo soltó, sacó la lengua apenas y la pasó por la comisura. Sentí que el aire de la pista subía diez grados.
Mateo, que no se había enterado de nada, eligió ese momento para subirme la mano por el cuello y obligarme suavemente a apoyar la nuca contra su hombro. Me dio dos besos cortos, casi infantiles, en la curva donde el cuello se vuelve clavícula. La pelirroja me vio recibirlos y abrió un poco la boca, como si lo hubiera sentido también ella.
Esto no va a quedar acá, pensé. Y por un momento no supe si la frase era para ella o para mí.
La verga de Mateo seguía dura contra mi cola y la concha me palpitaba, pero ya no tenía claro por cuál de los dos. Lo único nítido era la mirada de la desconocida y el latido nuevo entre mis piernas cada vez que la pollera de leopardo se abría.
Entonces la amiga le dijo algo al oído. La pelirroja arrugó la frente, asintió y, antes de irse, me dedicó una última mirada que era más una promesa que una despedida. Las vi alejarse hacia el sector de la barra y sentí algo parecido a la decepción, aunque suavizado por el cuerpo caliente que todavía tenía detrás.
—¿Estás bien? —me preguntó Mateo al oído.
—Sí. Necesito una cerveza —respondí, girándome lo justo para sonreírle.
Me solté con cuidado y empujé entre los cuerpos hasta llegar a la barra, donde Sofía, mi compañera de oficina y única sobreviviente del grupo que todavía conservaba algo de equilibrio, ya estaba pidiendo. Me apoyé contra el zinc, traté de calmar la respiración y miré alrededor con disimulo. No la vi.
—¿Qué te pasa? —Sofía me clavó los ojos—. Estás roja.
—El calor.
—Sí, claro, el calor.
El bartender deslizó dos botellas heladas frente a nosotras. En ese mismo momento, una mano me rozó la mía sobre la barra. Giré la cabeza por reflejo y ahí estaba: la pelirroja, pasando a mi lado sin frenar, con la sonrisa otra vez y una dirección clarísima. Caminaba hacia el pasillo del fondo, el de los baños. Sus dedos se demoraron en los míos apenas un segundo y siguieron.
—Voy al baño —le dije a Sofía, intentando que la voz no me delatara—. Ahora vuelvo, andá vos para el grupo.
Sofía me miró con cara de no creerme nada y se encogió de hombros.
—Cuidado con lo que tomás —dijo, ya alejándose con las dos cervezas.
Yo ya estaba caminando.
El pasillo de los baños estaba peor iluminado que el resto del boliche. La música seguía llegando, amortiguada por las paredes, como un latido externo. Había tres puertas: hombres, mujeres y, al fondo, una más angosta con un cartel adhesivo medio despegado que decía «unisex». La pelirroja estaba justo saliendo de esa última, fingiéndolo apenas. Me miró, sonrió de costado, y volvió a entrar sin cerrar.
No lo pensé. Empujé la puerta y pasé el pestillo detrás de mí.
El baño era chico, con un lavamanos solo, un espejo manchado y el inodoro contra el rincón. Olía a perfume barato y a desinfectante. Ella estaba apoyada contra los azulejos, esperándome, con esa misma sonrisa y los brazos cruzados debajo del pecho, lo que le levantaba las tetas dentro del corpiño de encaje.
—Tardaste —dijo.
—No sabía si era una invitación.
—¿Y ahora?
No le contesté. Di dos pasos y la boca de ella encontró la mía antes de que yo terminara el segundo. No fue un beso tímido. Me agarró de la nuca con una mano y con la otra me apretó un pecho por encima del vestido, fuerte, como si tuviera derecho. Se me escapó un gemido que ella ahogó adentro de su propia boca, y sentí su lengua empujar la mía con una intención que me dejó las piernas blandas.
Me dio vuelta sin separar los labios y me empujó contra los azulejos. El frío me atravesó el vestido y me erizó la espalda. Me bajó los breteles del vestido de un tirón y mis pechos quedaron afuera, expuestos, los pezones ya duros antes de que ella los tocara. Bajó la cabeza y los chupó, uno y después el otro, alternando con dientes suaves que me arrancaron un quejido nuevo. Yo le agarré el culo con las dos manos por arriba de la pollera y la pegué a mi pelvis, desesperada por sentirla.
—Vamos despacio —murmuró contra mi cuello, sin ninguna intención real de ir despacio.
—No quiero despacio.
Se rio bajo, sin levantar la cara. Sus dientes me rozaron la clavícula.
Aproveché uno de los tajos de la pollera para deslizar la mano por el costado de su muslo. Subí, subí, hasta que mis dedos tocaron la tela mínima de su tanga. Estaba empapada. Yo sospechaba que la mía tampoco estaba en mejores condiciones, pero ella no se molestó en comprobarlo: seguía concentrada en mis pezones, mordiéndolos despacio, lamiéndolos después como si los estuviera curando.
Le corrí la tanga a un costado y pasé un dedo por sus labios desnudos. Tenía la concha completamente depilada y el clítoris hinchado, latiendo bajo mi yema. Se me hizo agua la boca. Me separé de su pecho lo justo, bajé el corpiño hasta liberarle también las tetas, y le dije muy bajo:
—Sacate la tanga.
Ella sonrió con los ojos cerrados, levantó una pierna y me la pasó por debajo de la pollera. La dejó caer en el piso del baño como si fuera basura. Volvió a buscar mi boca y yo bajé la mano otra vez.
Empecé despacio. Le pasé dos dedos por toda la concha, de arriba abajo, repartiendo lo mojado que estaba, y me detuve en el clítoris. Lo acaricié en círculos lentos, sintiendo cómo se ponía aún más duro contra mi dedo, escuchando cómo su respiración se quebraba contra mi oído. Subí la presión. La velocidad. Ella dejó de besarme y apoyó la frente en mi hombro, agarrándose de mi cintura como si necesitara el sostén.
—Más —pidió.
Le metí tres dedos de golpe y se le escapó un gemido grave que hizo que se me contrajera todo por dentro. Estaba tan lubricada que mis dedos entraban y salían sin ninguna resistencia, y yo podía sentir cómo me mojaba la muñeca cada vez que la penetraba más profundo. Volví el pulgar al clítoris y aumenté el ritmo de los dos movimientos a la vez.
—No pares, no pares, no pares.
No paré.
El orgasmo le llegó como una sacudida. Las paredes de su concha apretaron mis dedos en oleadas, las piernas le temblaron, y mordió mi hombro con tanta fuerza a través del vestido que solté un grito que ella ahogó al taparme la boca con la mano libre. Se quedó así unos segundos, respirando contra mi cuello, con todo el peso encima.
—Date vuelta —dijo cuando recuperó el aire.
Obedecí sin pensar. Me empujó contra los azulejos con las dos manos abiertas en mi espalda y mis pechos desnudos quedaron pegados a la pared helada. El contraste de temperaturas me hizo cerrar los ojos. Sentí que me subía el vestido hasta la cintura, dejándolo enrollado como un cinturón, y que me bajaba la tanga hasta los muslos. Después escuché que se agachaba.
Su lengua recorrió la parte de atrás de mi muslo, subió hasta la curva del culo y se detuvo ahí, justo en el límite. Abrí las piernas por instinto, ofreciendo más, esperando que la lengua siguiera hacia adelante. No lo hizo. Se incorporó otra vez y pegó su cuerpo entero a mi espalda.
Su mano bajó. Repitió el mismo recorrido que yo le había hecho a ella: dos dedos por mi concha, arriba y abajo, repartiendo lo mojado. Después fue subiendo, milímetro a milímetro, hacia atrás. Entendí lo que pretendía y se me escapó un suspiro entrecortado contra los azulejos.
—Vi cómo le movías el culo a ese tipo —me dijo al oído, con la voz mucho más baja de lo que esperaba.
No respondí.
—¿Te gusta tener algo duro ahí atrás, no?
—Sí —murmuré contra la pared.
—¿Sí qué?
—Sí, por favor.
Sentí un dedo deslizarse, despacio pero sin pedirme permiso, lubricado con todo lo que me había sacado adelante. Entró entero y me arrancó un gemido sordo. Lo movió en círculos, esperando que me acostumbrara, y cuando empezó a entrar y salir con un ritmo sostenido, supe que no iba a aguantar mucho. Hacía demasiado tiempo que no sentía eso.
—Más —pedí, igual que ella había pedido antes.
Sacó el dedo, llevó dos a mi concha para mojarlos otra vez y los metió juntos. Lento, pero sin pausa. La invasión me hizo arquear la espalda y empujar el pecho contra los azulejos helados. Antes de que pudiera pensar en cómo procesar esa sensación nueva, su otra mano me encontró el clítoris.
El mundo se redujo a tres puntos: sus dedos atrás, sus dedos adelante y el frío de la pared en mis pezones.
No me dio tregua. Mantuvo el ritmo, parejo y exacto, mientras me besaba la oreja, el cuello, el costado del cuello. Yo le había hecho llegar despacio, construyéndolo. Ella me lo arrancó directamente. En menos de dos minutos sentí que todo se me venía encima a la vez: el clítoris explotó bajo sus dedos, las paredes de mi concha se cerraron sobre el vacío y el culo se me contrajo alrededor de su mano hasta dejarla quieta. Mordí mi propio brazo para no gritar y aun así se me escapó un sonido largo, ahogado contra mi piel.
Me sostuvo así un rato más, sin sacar los dedos, sintiendo cómo el orgasmo se iba apagando en sacudidas más chiquitas. Recién entonces se separó.
Me di vuelta despacio, todavía temblando, con el vestido enrollado en la cintura y los pezones doloridos. Ella se acomodó el corpiño con una sola mano, sin dejar de mirarme, recogió su tanga del piso y se la guardó en un bolsillo interno de la pollera. Era el gesto más obsceno de toda la noche.
—¿Cómo te llamás? —le pregunté, todavía sin aire.
—Camila —dijo—. Vos no me digas el tuyo.
Sonreí. Asentí. Me bajé el vestido, me subí los breteles, me arreglé el pelo en el espejo manchado mientras ella se acomodaba la pollera. Por el espejo nos miramos una última vez. No hubo intercambio de teléfono, ni promesa, ni «nos vemos». Solo esa mirada.
Salió ella primero. Yo me quedé un minuto más adentro, esperando que se me normalizara la respiración, oyendo la música amortiguada al otro lado de la puerta. Cuando finalmente abrí, ya no había nadie en el pasillo.
Volví a la pista. Mateo me preguntó si estaba bien, y le dije que sí, que había tomado aire. Sofía me miró como si supiera todo y no preguntó nada. Bailé otras dos canciones con el grupo, sintiendo todavía los dedos de Camila adentro mío cada vez que me movía. A las tres y media nos fuimos.
En el taxi de vuelta, mirando por la ventanilla las luces corriendo hacia atrás, me di cuenta de que tenía una sonrisa que no me iba a borrar en varios días. Y que la próxima vez que alguien del trabajo cumpliera años, no iba a oponer ninguna resistencia.