Desperté desnuda en la cama de mi mejor amiga
Desperté con la boca pastosa y un peso desconocido sobre el muslo. La luz entraba por una rendija de la persiana y caía justo sobre mis ojos. Tardé varios segundos en entender dónde estaba. Esa no era mi cama. Esas no eran mis sábanas. Y la pierna tibia que descansaba sobre mi cadera tampoco era mía.
Era de Lucía.
Me quedé inmóvil intentando reconstruir la noche anterior. El cumpleaños de Mariana en el bar de siempre. Los chupitos de mezcal que se empeñó en pagar la cumpleañera. El karaoke improvisado a las dos de la mañana. Lucía cantando con los ojos cerrados y yo mirándola más de la cuenta. El taxi de vuelta a su departamento, su mano apoyada sobre mi rodilla y su boca rozándome el lóbulo de la oreja para decirme algo que me hizo reír sin haber entendido una sola palabra.
Y después, la puerta de su habitación.
No fue un sueño. La sequedad entre mis muslos y el rastro tibio sobre mi vientre eran demasiado concretos para ser parte de una resaca.
—Buen día, dormilona —murmuró ella sin abrir los ojos—. ¿Dormiste algo?
—Casi nada —respondí.
—Yo tampoco.
Se removió un poco y la sábana resbaló de su hombro. Tenía una marca rosada en el cuello, justo debajo de la oreja. Yo no recordaba habérsela hecho, pero nadie más había estado allí.
—Camila —dijo, abriendo por fin los ojos—. Sobre lo de anoche…
—No tenemos que hablar de eso ahora.
—No iba a hablar. Iba a preguntarte si querés repetirlo.
Levanté la cabeza apenas lo suficiente para mirarla. Me sostuvo la mirada sin un solo gesto de duda. Lucía siempre fue así: directa cuando todos los demás estaban dando vueltas.
—No estoy borracha —aclaré.
—Yo tampoco.
—Entonces sí.
***
No tuvimos que desvestirnos porque ya estábamos desnudas. Esa fue, en parte, la gracia. La transición entre conversar y tocarnos no exigió más que girar el cuerpo. Pasé la mano por su cintura y la atraje hacia mí. Su pecho aplastándose contra el mío me cortó la respiración un segundo. La piel de Lucía siempre estaba un poco más caliente que la del resto del mundo.
La besé despacio. Anoche habíamos sido todo apuro y descubrimiento; esta mañana podíamos tomarnos el tiempo. Le mordí el labio inferior y soltó un sonido que no era ni risa ni gemido, sino una mezcla extraña entre las dos.
—¿Hace cuánto querías esto? —pregunté contra su boca.
—Desde el verano pasado, por lo menos.
—Mentirosa.
—Desde antes. Pero no lo había aceptado.
Bajé la mano por su vientre. La piel le saltaba bajo mis dedos, como si todavía no terminara de creer que estaba pasando. Cuando llegué entre sus piernas, ya estaba mojada. No fingió lo contrario. Abrió un poco más los muslos, sin teatro, y soltó el aire por la nariz.
—Despacio —pidió.
—Despacio —repetí.
Empecé a acariciarla con dos dedos, casi sin presión, dibujando círculos lentos sobre su clítoris. Lucía cerró los ojos y arqueó apenas la espalda. La conocía hacía siete años, había compartido viajes, mudanzas y una larga lista de novios que ninguna de las dos terminaba de tragar, y nunca le había visto esa expresión. La cara que pone alguien cuando deja de defenderse.
—Camila —susurró.
—Sigo acá.
—No pares.
***
Bajé por su cuerpo. Le besé el cuello, el borde del pecho, el costado de las costillas que se le marcaba cuando respiraba hondo. Me detuve en sus pezones más tiempo del necesario, porque la noche anterior había descubierto que ese era el mapa rápido para hacerla temblar. Lucía me agarró del pelo y me empujó hacia abajo sin decir nada.
Me acomodé entre sus muslos. Tenía el pubis recortado, no del todo depilado, y un olor a piel y a algo más íntimo que me hizo respirar dos veces antes de tocarla con la lengua. La primera pasada fue larga, de abajo hacia arriba, sin urgencia. Soltó un quejido ahogado y separó las rodillas un poco más.
—Dios —dijo—. Dios, Dios, Dios.
No contesté. Tenía la boca ocupada.
Aprendí rápido cuál era el ritmo que necesitaba. Lento al principio, presión creciente, una pausa breve cada tanto para no llegar antes de tiempo. Cuando le rodeaba el clítoris con la punta de la lengua, abría los dedos del pie como si quisiera estirar la cama entera. Cuando la chupaba directamente, se le escapaba un sonido grave desde el fondo del pecho. Eran señales claras y yo las leía con un cuidado que no me conocía.
—Camila, mirame —pidió en algún momento.
Levanté los ojos sin dejar de moverme. Lucía me sostuvo la mirada un segundo eterno y después dejó caer la cabeza hacia atrás. Se vino con un temblor que le empezó en los muslos y le subió hasta el pecho, y con un gemido largo que se cortó en la mitad cuando se llevó la mano a la boca. Sentí su cadera arquearse contra mi cara y aguanté hasta que dejó de temblar.
—Carajo —dijo después, todavía sin aire—. Carajo, Camila.
—Buen día —contesté.
Se rió. Una risa ronca, todavía agitada.
***
Después fue ella la que tomó la iniciativa. Me empujó de los hombros hasta acostarme boca arriba, se acomodó sobre mí y empezó a besarme con un hambre nueva, como si reconocerse capaz de venirse en mi boca le hubiera quitado todas las dudas que le quedaban. Sentí el sabor mezclado de las dos en su lengua y no me importó.
—Ahora vos —dijo contra mi cuello.
—Ahora yo.
Lucía no bajó. Se quedó arriba, una pierna entre las mías, y empezó a moverse despacio. La fricción contra mi pubis fue exacta desde el primer empujón. Yo soy de las que se vienen fácil, siempre lo fui, y ella lo sabía. No le costó demasiado encontrar el ángulo y, una vez que lo tuvo, no lo soltó.
—¿Así? —preguntó.
—Así.
—¿Más fuerte?
—Más fuerte.
Le clavé las uñas en la espalda. Lucía bajó la cara hasta apoyarla contra la mía, frente con frente, y los dos pares de ojos se quedaron abiertos, mirándose a un palmo de distancia. Hay algo en correrse mirando a alguien a quien conocés hace años que cambia la escala de todo. No fue solo placer físico. Fue una constatación.
—Te quiero —dijo, casi sin voz.
—Yo también.
—No como antes.
—Ya lo sé.
El orgasmo me agarró así, mientras lo confesábamos. Me corrí con un gemido largo que probablemente despertó al vecino del piso de arriba y me agarré de su nuca para no resbalarme. Lucía siguió moviéndose hasta que la sentí estremecerse otra vez encima mío, casi como una réplica.
Quedamos quietas, pegajosas y respirando al mismo ritmo durante un rato largo.
***
—¿Y ahora qué? —pregunté al techo.
—Ahora un café —dijo Lucía, sin moverse—. Y después vemos.
—No, en serio. ¿Y ahora qué?
Giró la cara para mirarme. Tenía el pelo pegado a la frente y un brillo en los ojos que no era el de siempre.
—No tengo idea, Cami. Pero no me arrepiento de nada y no quiero que esto sea la única vez.
—Yo tampoco.
—Entonces, por ahora, eso. El resto lo vamos pensando.
Me pareció una respuesta razonable. Más razonable, en realidad, que la mayoría de las que había recibido de hombres a los que les pedí explicaciones después de pasar la noche juntos. Lucía no necesitaba poner una etiqueta urgente sobre lo que acababa de pasar. Yo tampoco.
Me levanté antes que ella. Junté mi ropa del piso, me dejé puesta solo su camiseta gris desteñida (la que estaba más a mano) y fui a la cocina a poner agua. Desde ahí la escuché moverse en el cuarto, abrir un cajón, cerrar otro. Cuando volví con dos tazas, ya estaba sentada en la cama con el pelo recogido y una sonrisa en la cara que no le había visto nunca.
—¿Mañana? —pregunté, pasándole su café.
—¿Mañana qué?
—¿Hacemos algo? Cualquier cosa. No tiene que ser esto.
—Hacemos algo —dijo—. Y si después termina siendo esto, mejor.
***
Me fui a media mañana. Bajé las escaleras del edificio con las medias enrolladas en el bolsillo del abrigo y una sensación rara en el estómago, mezcla de hambre y de algo más difícil de nombrar. En el ascensor descubrí que me había olvidado el corpiño en su cuarto. Pensé en subir a buscarlo y decidí que no.
Dejarlo era una forma de dar por hecho que iba a volver.
Caminé las cuatro cuadras hasta el subte mirando el teléfono cada veinte pasos, esperando que escribiera. No escribió. Eso también me gustó. Lucía sabía esperar. Cuando finalmente llegó el mensaje, ya era media tarde y yo estaba en mi cama, todavía con su camiseta gris, intentando no pensar demasiado.
«¿Mañana a las ocho?»
Sonreí mirando la pantalla como una idiota.
«Mañana a las ocho.»
Apoyé el teléfono boca abajo sobre la almohada y me quedé un rato mirando el techo, repasando todo otra vez. Me di cuenta de que su camiseta olía a ella, y de que probablemente ese olor me iba a acompañar el día entero. Cerré los ojos y dejé que la mano bajara por mi vientre, despacio, como había hecho ella esa mañana. Lo había dicho en serio: soy de las que se vienen fácil.
Y esta vez, mientras me tocaba pensando en Lucía, me vine pensando que mañana, a las ocho, iba a ser apenas el principio.