Lo que mi jefa me enseñó en el hotel esa noche
Llevaba apenas dos meses en la consultora cuando mi supervisora me dijo, casi de pasada, que la directora del área me había elegido a mí —entre todas las mujeres del piso— para acompañarla a un viaje de tres días en Montevideo. Tenía veinticuatro años, ningún viaje de negocios en mi historial y un pánico silencioso que no quise mostrarle a nadie.
La señora Belmonte tenía cuarenta y siete y una forma de caminar por la oficina que hacía que la gente se enderezara sin darse cuenta. La había visto en dos reuniones grandes y siempre había salido con la sensación de que esa mujer había aprendido a leer una sala antes de aprender a hablar.
—Tomá nota de todo —me dijo cuando subimos al avión—. No quiero recordar yo lo que vos podés escribir.
Asentí. Era la única instrucción que iba a darme en todo el vuelo.
La primera reunión fue al día siguiente, en un piso veinte con vista al río. Yo estaba sentada a su derecha, con la libreta abierta y la espalda demasiado tiesa. Ella hablaba sin levantar la voz, intercalaba un chiste cada quince minutos para distender a los clientes y los miraba a los ojos uno por uno, como si cada uno fuera el más importante del mundo.
Pasé seis horas tomando notas y entregándole carpetas. Nada más. Cuando salimos al ascensor, yo estaba convencida de que me había elegido por error.
—Hiciste bien tu trabajo —dijo, sin mirarme, mientras buscaba el celular en la cartera—. Tomá la tarjeta corporativa. Andá a cenar al restaurante del hotel de al lado. Pedí lo que quieras.
—¿Y usted? —pregunté.
—Yo tengo que preparar la reunión de mañana. Traeme algo de comer a la suite cuando termines.
Se metió en el primer taxi que paró y me dejó parada en la vereda con una tarjeta de crédito que no era mía.
***
Cené sola en una mesa contra la ventana. Pedí un risotto que costaba lo mismo que mi alquiler de una semana, una copa de malbec y un postre que no necesitaba. Comí despacio, porque hacía mucho tiempo que nadie me dejaba sola con esa clase de quietud.
Mientras esperaba el café, pensé en la señora Belmonte. En cómo se había recostado en la silla durante la reunión, cruzada de piernas, sin tocar el agua ni una sola vez. En cómo, cuando alguien decía algo flojo, ella esperaba dos segundos antes de responder y esos dos segundos pesaban más que cualquier palabra.
Pedí un wok de pollo para llevar y subí a su piso con la bolsa caliente entre las manos.
Toqué la puerta de la suite. Me abrió enseguida. Llevaba un kimono corto, verde agua con flores rosadas, abierto sin disimulo en el escote, y un auricular en la oreja. Tenía a alguien al teléfono. Me hizo un gesto con la mano, mitad invitación, mitad orden, y me señaló el escritorio donde estaba su notebook.
Dejé la comida al lado de la pantalla. Me di vuelta para irme.
—Sí, claro, mañana a las nueve está confirmado —le decía a su interlocutor, sin dejar de mirarme.
Volvió a hacerme un gesto. Esta vez señaló el sillón. Me indicaba que me quedara.
Me senté en el borde, con las manos apoyadas en las rodillas. Ella siguió hablando, paseándose descalza por la alfombra, y el kimono se le movía con cada paso. Intenté mirar el cuadro de la pared, la lámpara, mis propios zapatos. Pero la habitación era chica para evitarla, y mis ojos volvían a ella sin que yo se los pidiera.
Pensé, sin querer, que era hermosa. No la palabra que uno usa para una compañera de trabajo: hermosa de verdad. Los hombros redondos, el cuello largo, las clavículas marcadas, esa piel tibia que parecía iluminada desde adentro. Cuando se giró para apoyar una mano en la cadera, el kimono se le corrió y le descubrió un pecho entero, pesado, con el pezón oscuro y duro apuntando hacia abajo.
Tragué saliva sin hacer ruido. Aparté la mirada como si me hubiera quemado. Volví a mirarla.
Esto está mal, pensé. Mirá la pared, mirá el piso, mirá cualquier cosa menos a ella.
Después miré hacia abajo y se me cortó la respiración. Llevaba una tanga negra con detalles de encaje rosa, transparente, finita, que enmarcaba todo lo que pretendía cubrir. Era el tipo de ropa interior que yo veía en las vidrieras del centro y de la que me alejaba porque pensaba: esto no es para mí, esto es para mujeres que saben usarlo.
Ella sabía. Y sabía perfectamente que yo la estaba mirando.
***
Cortó la llamada con dos frases breves. Dejó el celular sobre el escritorio, abrió la caja del wok, comió tres bocados rápidos y se giró hacia mí.
—Tus notas de hoy están impecables —dijo—. Mejor que las de gente que trabaja conmigo hace cinco años.
Sonreí, sorprendida.
—Gracias. Hice lo que pude.
—Necesito que sigas así mañana. Pero primero —me miró de arriba abajo— sacate ese saco. Me agitás solo de verte.
Me reí, nerviosa, y me lo saqué. Lo doblé sobre el apoyabrazos del sillón.
—Esa blusa abrochada hasta el cuello, Camila. ¿En serio?
Su voz era suave. No me retaba. Me corregía como quien le corrige el peinado a una sobrina.
—Andá al baño, hay una bata blanca del hotel colgada. Ponete eso. No puedo trabajar con vos tan tensa.
Me levanté sin pensar. Caminé hasta el baño, cerré la puerta, me miré al espejo. Estaba colorada hasta las orejas. Me desabroché la blusa botón por botón, despacio, y la doblé sobre la mesada del lavabo. Vi mis pezones marcados a través del corpiño de algodón blanco. Estaban duros. No me había dado cuenta de cuándo había empezado.
Tomé la bata del gancho, me la puse sobre los hombros y respiré hondo. El algodón era pesado, mullido, agradable. Me ajusté el cinto. Cuando volví a mirarme, no me reconocí del todo.
—¿Mejor, no? —dijo una voz detrás de mí.
Casi grité. La señora Belmonte estaba en la puerta del baño, apoyada en el marco, mirándome a través del espejo. No la había escuchado entrar.
—Sí —murmuré—. Mejor.
—Estarías todavía más cómoda sin ese corpiño tan apretado. ¿Verdad que sí?
No era una orden. Era una sugerencia con el tono que usa la gente que sabe que le vas a decir que sí.
Mis manos se movieron solas. Subí los brazos por debajo de la bata, busqué el broche y no lo encontré. Lo busqué de nuevo. Mis dedos no respondían.
—Dejame —dijo.
Se acercó por atrás. Sus dedos se deslizaron bajo la bata, encontraron el cierre en dos segundos y lo abrieron. El corpiño se aflojó y cayó hasta mis muñecas. Me lo saqué entre la tela de la bata, lo dejé en la mesada al lado de la blusa.
Ella seguía detrás de mí, muy cerca. Sentí su pecho contra mi espalda a través del algodón. Su mano subió por mi cintura, por las costillas, y se cerró sobre uno de mis pechos por debajo de la bata. La otra mano hizo lo mismo del otro lado. Sus pulgares pasaron sobre mis pezones, una vez, dos veces, suaves.
—¿Se siente bien, no? —susurró al lado de mi oreja, tan cerca que sentí el aire tibio entrar y salir—. Decime, Camila, ¿alguna vez te preguntaste cómo sería estar con otra mujer?
Quise decir que no. Lo intenté de verdad.
—N-no —tartamudeé.
—¿Solo te gustan los varones, entonces?
Mi boca, contra mi propia voluntad, dijo:
—Sí.
Pero los ojos se me estaban poniendo vidriosos y veía mi reflejo en el espejo: la cara colorada, los labios entreabiertos, los pezones erizados entre sus dedos.
—Bueno —dijo ella, divertida—. Está bien. Podés seguir siendo de los varones todo lo que quieras. Mientras tanto, dejá que te muestre cómo se ocupa una de una buena chica como vos.
***
Sus dedos siguieron jugando con mis pechos hasta que se me empezaron a aflojar las rodillas. La bata se me corrió de los hombros, primero un lado, después el otro, hasta que quedó atajada por el cinto en la cintura. Yo no hice nada por sostenerla.
—Mirate —dijo, mirándome a mí a través del espejo—. Mirate cómo respirás.
Me miré. Me vi como ella me veía. Una chica de veinticuatro años con la boca entreabierta, los pechos al aire, los ojos brillantes, las manos colgando como si fueran de otra persona. Y atrás, esa mujer que sabía exactamente qué estaba haciendo.
Subió una mano hasta mi boca. Me pasó dos dedos por los labios, despacio. Empujó apenas. Mis labios se abrieron sin que yo decidiera. Sus dedos entraron, tibios, y mi lengua los recibió como si los hubiera estado esperando toda la noche.
—Buena chica —dijo, y esa palabra —buena chica— me prendió fuego adentro de una manera que no sabía explicar.
Chupé sus dedos. Los chupé como si fueran lo único importante del mundo. Cerré los ojos, escuché su respiración detrás de mí, sentí su otra mano bajar por mi vientre, abrirse paso bajo la cintura de mi pantalón.
Cuando sus dedos —todavía húmedos de mi boca— se deslizaron por encima de mi bombacha, gemí sin querer. Ella se rio bajito en mi oído.
—Estás empapada, Camila.
No dije nada. No podía.
—Si querés seguir siendo heterosexual, hacé de cuenta que es la mano de un tipo —murmuró—. A mí no me importa cómo te lo cuentes después. Lo que sé es que no te vas a mover de acá hasta que termine con vos.
Su mano se metió bajo la tela. Sus dedos se hundieron entre mis labios mojados, encontraron el clítoris, lo rodearon en círculos lentos, calculados. Mi pantalón cayó al piso sin que ninguna de las dos lo bajara del todo. Mi bombacha se quedó enredada en los muslos, hecha un trapo húmedo.
—Pedímelo —dijo.
—Por favor —gemí, y ni siquiera sabía qué le estaba pidiendo.
—Pedímelo bien.
—Por favor, señora Belmonte —jadeé—. Por favor.
Dos dedos entraron. Los sentí gruesos, firmes, expertos. Mi cuerpo los recibió de golpe y yo me incliné hacia adelante, las dos manos apoyadas en la mesada del lavabo, mirando mi propia cara en el espejo mientras ella me cogía con esos dedos largos y cuidados.
—Mirá quién sos ahora —dijo, sosteniéndome la cara para que no apartara los ojos—. Mirate bien.
Me vi. La boca abierta, un hilo de saliva en la comisura, los ojos brillantes, los pechos sacudiéndose con cada empuje. Una mujer detrás de mí, los dedos adentro mío, el pulgar sobre el clítoris, dándome el placer más obsceno de mi vida.
—Soy tuya —dije sin pensarlo—. Soy tuya, soy tuya.
—Buena chica.
El orgasmo me llegó por adentro y por afuera al mismo tiempo. Me sacudió las piernas, me hizo apretar los dedos en la mesada, me hizo morderme el labio para no gritar y después, cuando ya no aguanté, gritar igual. Ella no sacó la mano. Me dejó terminar contra sus dedos, oleada tras oleada, hasta que las rodillas me cedieron del todo y me caí hacia atrás.
Me sostuvo. Me dio vuelta. Me sentó en el borde de la mesada y me besó por primera vez en la noche, despacio, como si recién ahora valiera la pena besarme.
—Bueno —dijo cuando se separó, acomodándose el kimono que apenas se había movido—. Ahora terminás de ponerte cómoda y volvés al sillón. Tenemos que repasar las diapositivas de mañana.
Asentí, todavía temblando. Ella salió del baño dejando la puerta abierta.
Me miré una vez más en el espejo. La chica que me devolvía la mirada no era la misma que había entrado tres horas antes a esa habitación. Esa chica nueva sonrió, lenta, y yo entendí que iba a haber muchos más viajes de negocios con la señora Belmonte. Y que en ninguno iba a volver a pedir habitación separada.