Lo que descubrí en el vestuario del gimnasio
Marina llevaba apenas dos semanas viviendo con Joaquín en el barrio nuevo, y el gimnasio que encontró a tres calles era el típico local de barrio: máquinas algo viejas, vecinas haciéndose la conversación entre series, una pared cubierta de fotos amarillentas de algún boxeador local. Tenía veintiséis años, una vida sentimental heterosexual sin matices y una idea bastante clara de qué cuerpos la encendían: chicos con la barba sin afeitar, espalda ancha, manos grandes. Aquella tarde de martes cualquiera, sin embargo, salió de la sala con algo nuevo trabado en la garganta que no supo nombrar hasta horas después.
Había trabajado duro: cuarenta minutos de bicicleta, tres tandas de sentadillas con barra que le dejaron los cuádriceps temblando, abdominales hasta perder la cuenta y un estiramiento final largo que le abrió las caderas más de lo que esperaba. El sudor le bajaba por el surco de la columna, le empapaba el top deportivo hasta marcarle los pezones bajo la lycra, y las mallas se le pegaban entre los muslos como una segunda piel. Cuando empujó la puerta del vestuario, el calor húmedo de las duchas la golpeó como si entrara en otro clima, y el olor a esfuerzo limpio mezclado con jabón perfumado la envolvió de un modo que la dejó un poco aturdida.
El espacio era pequeño pero estaba bastante ocupado. Mujeres de edades y formas distintas se movían con esa naturalidad de quien sabe que nadie la está examinando, hablando de cosas de hijos, de jefes, de listas de la compra. Marina encontró un banco libre, dejó la bolsa en el suelo y empezó a desatarse las zapatillas. Pero los ojos se le iban solos, sin pedir permiso, como si tuvieran su propia agenda.
A su derecha, una rubia alta y nervuda, de esas que tienen marcado el surco de los abdominales, se sacó la camiseta de un tirón. Al soltar el sujetador deportivo, sus pechos operados aparecieron firmes y altos, redondos como si los hubieran trazado con compás. La piel estaba tersa, sin marcas, y los pezones pequeños y rosados se le endurecieron al instante con el aire fresco. Eran tan perfectos que casi parecían de mentira, pero al girarse se notaba ese peso artificial que no cede ni un milímetro. Se inclinó para bajarse las mallas y Marina vio dos glúteos duros con hoyuelos simétricos en la zona lumbar. El pubis llevaba un triángulo finísimo de vello casi invisible, y los labios mayores, ligeramente hinchados por el ejercicio, tenían un brillo húmedo que no era solamente sudor. La rubia caminó hacia las duchas con paso atlético y sus pechos apenas oscilaron. Marina sintió un nudo en el estómago, como si alguien le hubiera apretado algo por dentro.
Un poco más allá, una morena de piel oliva se desvestía con una calma exasperante. Sus pechos naturales eran pesados, cayeron con suavidad al liberarse de la tela y se balancearon un poco con cada respiración. Las areolas eran amplias, oscuras, casi color cacao, y los pezones gruesos se arrugaron con el cambio de temperatura. Se quitó los pantalones cortos y dejó ver unas caderas anchas, un vientre suave con una línea fina de vello que bajaba hasta un monte de Venus cubierto de pelo negro rizado y espeso. Los labios mayores eran carnosos, oscuros en los bordes, y cuando se sentó un instante para sacarse los calcetines se abrieron apenas, dejando entrever el interior rosado y brillante. Se rascó distraída justo encima del clítoris y soltó un suspiro que sonó casi como un ronroneo. Marina notó que su propia respiración se había acelerado y que no estaba haciendo nada por disimularlo.
Cerca de las taquillas del fondo, una chica muy delgada, de esas que practican yoga seis días por semana, se desnudó casi de un solo gesto. Pechos pequeños, cuadrados, con pezones oscuros y puntiagudos que parecían siempre en guardia. Estaba completamente depilada: el sexo era un montículo liso, los labios internos finos y rosados apenas asomaban, brillantes por el sudor o por algo más íntimo. Se agachó a coger su botella y las nalgas se le separaron; el ano fruncido quedó expuesto junto a los pliegues del sexo, todo brillando bajo la luz blanca y fría del fluorescente. Marina tragó saliva y sintió un calor líquido bajándole por el vientre, exactamente igual al de las primeras citas, exactamente igual y a la vez completamente distinto.
Una pelirroja con pecas hasta en los hombros se untaba crema después de la ducha. Sus pechos medianos tenían areolas grandes y casi transparentes, los pezones claros pero endurecidos por el frío. Entre las piernas, un vello rojizo abundante y suave cubría el sexo; al abrir un poco más las rodillas para llegar a los muslos internos, los labios carnosos se separaron y el clítoris asomó hinchado, rosado, como una perla mojada. Sus dedos resbalaron cerca, rozaron la piel sensible, y a ella se le escapó un sonido bajo, casi inaudible. Marina lo oyó y le subió un escalofrío por toda la espalda.
Más allá, una mujer de unos cuarenta y tantos, de cuerpo amplio y piel que había visto muchos veranos, se cambiaba sin prisa. Sus pechos colgaban pesados, con esas estrías plateadas que cuentan partos y años; los pezones grandes, oscuros, arrugados como pasas dulces. Al sentarse en el banco para quitarse los calcetines, los labios largos y oscuros se le abrieron un poco; el interior rosado y húmedo brillaba, y el vello púbico grisáceo y disperso dejaba ver todo sin disimulo ninguno. Se puso de pie y caminó hacia las duchas; las nalgas amplias, con celulitis suave en los laterales, temblaban a cada paso con un movimiento que a Marina le resultó hipnótico y, por algún motivo, más sincero que cualquiera de los otros cuerpos.
En el rincón, una chica menuda de rasgos asiáticos se estaba secando el pelo a toallazos breves. Pechos pequeños con pezones diminutos, casi negros. El sexo era un pliegue delicado, rasurado por completo, los labios internos apenas visibles. Se echó aceite en las manos y se masajeó los senos en círculos lentos; la piel le brilló como satén húmedo. Después bajó las palmas a los muslos y rozó el clítoris con las yemas aceitosas, dejando un rastro brillante. Marina sintió que sus propias bragas estaban empapadas y que ya no podía hacer como si no.
Y al final, casi enfrente del banco donde ella estaba congelada, una mujer latina de curvas explosivas: pechos enormes, naturales, que se le movían con cada gesto; pezones marrones grandes y erectos, rodeados de areolas amplias. Al inclinarse para guardar la ropa en la taquilla baja, el trasero se le abrió y el sexo carnoso quedó a la vista: labios gruesos, oscuros, clítoris prominente y un brillo de humedad que no era solamente sudor. Mantuvo la postura un segundo más de lo necesario, como si lo supiera, y a Marina se le secó la boca de golpe.
El vestuario olía a cuerpos calientes, a jabón caro, a piel mojada. Se oían suspiros de alivio, el roce de las toallas contra la espalda, algún quejido bajo al estirar un músculo contracturado. Pechos que subían y bajaban al respirar, pezones que se endurecían o se relajaban, sexos que se abrían y cerraban con cada movimiento, vello pegado a la piel mojada, pliegues que brillaban, clítoris asomando tímidos o descarados según la dueña. Marina lo absorbía todo sin parpadear, sintiendo cómo su propio sexo latía, cómo la humedad le empapaba las bragas y le bajaba un hilo caliente por la cara interna del muslo izquierdo.
Salió del gimnasio con las piernas flojas y el corazón subido a la garganta. Caminó las tres calles sin mirar a nadie, con la sensación rara de que cualquiera que se cruzara con ella iba a poder leerle en la cara lo que acababa de pasar.
***
El piso estaba en silencio cuando metió la llave. Joaquín todavía no había vuelto del estudio y no volvería hasta tarde. Cerró la puerta y empezó a quitarse la ropa sudada en el pasillo, dejando un rastro de prendas húmedas que iban desde la entrada hasta la puerta del dormitorio. Se paró desnuda delante del espejo grande del armario y se miró como si fuera otra: pechos llenos con los pezones duros como piedras, el vientre subiendo y bajando rápido, el sexo hinchado, los labios mayores enrojecidos y brillantes, el clítoris asomando descarado entre los pliegues.
Se tumbó en la cama. Las sábanas frías contra la piel caliente le arrancaron un suspiro corto. Cerró los ojos y dejó que las imágenes la invadieran sin orden, igual que habían entrado en el vestuario. La mano bajó despacio entre las piernas, los dedos encontraron el clítoris resbaladizo y empezaron a frotar en círculos lentos, suaves, como si se estuviera descubriendo por primera vez en su propia vida.
Nunca había mirado a otra mujer así. Y nunca había sentido esto.
Pensó en los pechos operados de la rubia, tan firmes bajo unos dedos imaginarios, y se imaginó apretándolos, sintiendo la silicona ceder un poco, lamiendo esos pezones rosados y pequeños hasta hacerlos doler. Después la morena: los labios carnosos, el vello rizado mojado, ese olor almizclado que casi podía oler ahora mismo en el dormitorio. La pelirroja y su clítoris hinchado, la chica de yoga abriéndose entera sin vergüenza, la latina inclinada exponiendo el sexo a propósito.
Los dedos entraron, dos de golpe, resbaladizos por dentro. La otra mano subió hasta el pecho, le pellizcó un pezón con fuerza, tiró un poco hasta que dolió justo. Gimió bajito al principio, luego más alto, sin control. Imaginó lenguas recorriendo pliegues húmedos, dedos ajenos hundiéndose en ella, pechos pesados llenándole las palmas, pezones duros en su boca con un sabor que nunca había probado y que de pronto necesitaba.
El orgasmo llegó como una corriente eléctrica que le subió desde los pies: la espalda se le arqueó sola, las piernas le temblaron, un grito ronco se le escapó mientras el sexo se contraía alrededor de los dedos, empapándole la palma y dejando una mancha caliente en la sábana.
Se quedó jadeante, con el sabor metálico de haberse mordido el labio y el cuerpo flojo y temblando todavía. Miró el techo blanco un rato largo, con una sonrisa culpable y confusa al mismo tiempo. Pensó en Joaquín, en cómo iba a mirarlo cuando volviera del estudio, en qué le iba a decir si le notaba algo raro en la voz. Pensó también, casi sin querer, en a qué hora abría el gimnasio mañana.