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Relatos Ardientes

Mi mejor amiga me sedujo entre mates esa tarde

Era una de esas tardes de marzo en las que el aire se queda quieto y la casa se vacía sola. Mi mamá estaba en el trabajo, mi hermano se había ido al gimnasio y yo había arrastrado un sillón hasta la cocina para tomarme el primer mate de la semana en paz. Cuando sonó el timbre, ni siquiera pregunté quién era. Sabía que era Florencia. Habíamos quedado hacía dos días por mensaje, sin plan, solo «paso a tomar unos mates y nos ponemos al día».

Florencia entró con la bolsita de yerba debajo del brazo y esa sonrisa que tiene cuando ya viene cargada de algo para contar. La conozco desde los catorce. Sé el ritmo de su risa, sé cuándo me miente y cuándo me esconde la mitad de una historia. Lo que nunca supe leerle bien fueron los silencios que le venían después de la risa.

—Pensé que no me ibas a abrir —dijo, mientras se sacaba la campera y la tiraba sobre la silla—. Hace como un mes que no nos vemos.

—No exageres. Fueron tres semanas.

—Que para nosotras son un mes.

Me reí. Puse el agua, ella cebó. Nos sentamos en el banco largo que está pegado a la pared de la cocina, espalda contra el azulejo frío, las piernas cruzadas hacia adelante. El banco no es ancho. Nunca lo había sido. Pero esa tarde, no sé por qué, lo sentí más angosto que de costumbre.

El primer mate me lo pasó sin mirarme. Lo recibí, lo tomé, se lo devolví. El segundo ya vino con una sonrisa. Al tercero, su pierna estaba apoyada contra la mía, y ninguna de las dos hacía el gesto de correrla.

—¿Te acordás cuando teníamos quince y competíamos para ver quién aguantaba más sin escupir el primer mate amargo? —preguntó.

—Y siempre ganabas vos.

—Siempre.

Lo dijo con un tono que no era de presunción. Era otra cosa. Una afirmación que parecía estar respondiendo a una pregunta que yo no había hecho.

La conversación fue como siempre. Que el trabajo, que la facultad, que el novio nuevo de una conocida en común, que la madre de ella, que el cumpleaños que viene. Pero por debajo de todo eso había otra cosa pasando. Cada vez que se inclinaba para alcanzar el termo, su perfume me llegaba más fuerte de lo necesario. Cada vez que se reía, me apretaba el antebrazo un segundo más de la cuenta. Y cuando le pasé el último mate y nuestros dedos se rozaron, sentí algo bajo que no me animaba a nombrar.

—¿Sabés algo? —dijo de golpe, bajando la voz aunque no había nadie en la casa—. Vos en la secundaria te chapaste a medio mundo. Chicos, chicas, lo que pasara por enfrente. Eras imparable.

—No fue para tanto.

—Fue exactamente para tanto. Yo te miraba y no entendía cómo lo hacías. Yo me moría de ganas y me quedaba quieta.

Levanté la cabeza. La miré. Tenía los ojos puestos en mí desde hacía rato, y recién entonces me di cuenta.

—¿Te morías de ganas de qué?

Se encogió de hombros, como si la respuesta fuera obvia. Como si yo fuera la única que no se había enterado.

***

El termo se enfrió. El mate quedó lavado en algún momento que ninguna registró. Florencia se acomodó de costado en el banco, una pierna doblada debajo del cuerpo, la otra todavía rozando la mía. Yo no me moví. Tenía el corazón en la garganta y un calor que me bajaba desde la nuca hasta el pecho.

—¿Querés probar? —preguntó.

No me preguntó qué. No hacía falta.

—Florencia…

—Si decís que no, no pasa nada. Tomamos los últimos mates y me voy. Pero te lo pregunto.

Esa semana había sido un infierno. El laburo, una pelea boba con Lucas, dos noches sin poder dormir, ningún momento para mí. No me había tocado en días. Estaba caliente desde hacía tanto que ya no me daba cuenta. Y la idea de que el cuerpo que tenía al lado, ese cuerpo que conocía de toda la vida pero nunca de cerca, me preguntara eso, me derritió cualquier defensa.

—Dale —dije, y la voz me salió más baja de lo que esperaba—. Probemos. ¿Qué puede salir mal?

Florencia sonrió como si llevara años esperando esa respuesta. Dejó el mate en la mesada de un movimiento, sin mirar dónde lo apoyaba. Se acercó. Me tomó la cara con las dos manos, las palmas tibias y suaves, y me besó.

El beso no fue tímido. No fue de prueba. Fue de alguien que ya había decidido. Su lengua buscó la mía con paciencia, sin apuro, y se quedó ahí, jugando, mientras una de sus manos me bajaba por el cuello hasta el escote. La otra me agarró del pelo en la nuca, firme, sin tirar, solo para que yo entendiera quién iba a llevar el ritmo.

Me solté. Cerré los ojos. Dejé que el banco y la cocina y la casa entera desaparecieran, y me concentré en su boca, en el olor de su pelo, en la presión de su mano sobre mi pecho por encima de la remera. Sentí cómo se me endurecían los pezones contra la tela, y cómo ella sonrió contra mi boca cuando se dio cuenta.

—Estás temblando —me susurró al oído.

—Es la primera vez.

—Lo sé.

Me subió la remera de un tirón. No me dio tiempo a pensar. Bajó la cabeza y me lamió el pezón derecho, despacio, dibujando círculos con la punta de la lengua, mientras la mano libre me apretaba el otro pecho. Yo le acariciaba la nuca, le metía los dedos entre el pelo, y se me escapaba un gemido bajo que no quería que se escuchara aunque no había nadie.

—Más fuerte —me dijo, sin sacar la boca de mi pezón.

—No puedo.

—Sí podés.

Y entonces me mordió. Suave, pero suficiente para que se me arqueara la espalda y dejara escapar un quejido que llenó la cocina.

***

Me arrastró del banco al piso sin que yo entendiera bien cómo. El piso de cerámica estaba helado en la espalda y eso me hizo gritar un segundo, pero la boca de Florencia ya estaba bajando por mi vientre y a mí dejó de importarme dónde estaba acostada. Me bajó el pantalón de un movimiento brusco, casi violento, y me corrió la bombacha hacia un costado sin sacarla. Tenía la mirada concentrada, los labios entreabiertos, y cuando bajó la cabeza entre mis piernas pensé que me moría.

Su lengua era distinta a todo lo que había sentido antes. Más liviana. Más precisa. Sabía exactamente dónde apoyarse y cuándo aflojar. Me lamió el clítoris despacio al principio, ida y vuelta, y después aceleró cuando me escuchó gemir más alto. Yo me había agarrado de mis propios pezones, los retorcía con los dedos, no por imitarla sino porque el cuerpo me pedía algo más que hacer con las manos.

—¿Te gusta así? —levantó la cabeza un segundo.

—No pares. Por favor no pares.

—¿Querés que siga?

—Sí. Sí. Sí.

Volvió a bajar. Esta vez metió un dedo. Después dos. Despacio, midiendo, esperando a que mi cuerpo le dijera cuándo aceptar más. Y cuando entró del todo, me quedé sin aire por un segundo y después gemí tan fuerte que me asusté.

Mientras me hacía eso, ella se había desabrochado el pantalón con la mano libre y se lo había bajado hasta los tobillos. Me di cuenta cuando se levantó un poco, se sacó la remera por encima de la cabeza y me miró desde arriba. En corpiño, con el pelo revuelto, con los labios brillantes. Me sonreía como si yo fuera algo que se había ganado.

—Ahora vas a ser mía —me dijo, y la voz le había cambiado—. Putita linda. Mía.

Que me lo diga así, en mi propia cocina, debería haberme dado vergüenza. No me la dio.

No me dejó responder. Me subió encima de ella en el piso, mi pierna entre las suyas, su pierna entre las mías, y empezó a moverse contra mí. La sensación de su pubis caliente, mojado, frotándose contra el mío, sin nada en el medio, fue algo que no había sentido nunca. Era distinto. Era más cercano que cualquier otra cosa. Era saber que el cuerpo del otro lado estaba sintiendo lo mismo, en el mismo momento, con la misma intensidad.

Me apretó contra ella. Una de sus manos me bajó hasta la cintura, la otra me sostenía la nuca. Movió las caderas en un ritmo que primero fue lento y después se aceleró. Yo seguía el suyo, torpemente, descubriendo cómo encajaba mi cuerpo en el de ella.

—Acabá conmigo —me susurró—. Acabá ahora.

Y acabé. Más rápido de lo que me había acabado nunca con nadie. Me agarré de sus hombros, le clavé las uñas sin querer, y me deshice contra ella en una serie de espasmos que no me dejaron ni avisar. Ella se rió. Una risa baja, gutural, satisfecha, como si hubiera ganado algo. Después siguió moviéndose un poco más, apretando, hasta que también soltó un gemido largo y se dejó caer encima de mí.

Nos quedamos así un rato. Yo no sabía qué decir. El techo de la cocina, blanco, con una mancha de humedad en una esquina, era lo único que registraba. Eso y la respiración de Florencia contra mi cuello.

—Wow —dijo al fin, riéndose—. Eso fue intenso.

—Demasiado intenso.

—No, fue justo.

***

Sonó el celular. Una vez, dos veces. Lo busqué a tientas sobre la mesada y vi el nombre en la pantalla: Lucas.

Florencia se incorporó. Se rió otra vez, más bajo, mientras buscaba su pantalón en el piso. Atendí con la voz todavía rota, intentando que no se notara.

—Hola.

—¿Dónde estás?

—En casa. Estoy con Flor, tomando unos mates.

Florencia me miró desde el otro lado de la cocina, una ceja levantada, una sonrisa torcida que decía «sí, claro, unos mates».

—Bueno, ¿nos vemos a las cuatro como habíamos quedado?

—Sí, dale. A las cuatro. Te veo allá.

Corté. Florencia se estaba poniendo el corpiño. Yo seguía en el piso, en bombacha, con la remera tirada al lado. Me empecé a vestir sin mirarla. No por vergüenza. Por algo más parecido al miedo de lo que se acababa de abrir.

—¿Estás bien? —me preguntó, mientras se acomodaba el pelo.

—Sí. No sé. Sí.

—¿Te arrepentís?

La miré. La miré bien. El pelo despeinado, la boca todavía hinchada del beso, la respiración recién apenas normal.

—No.

—Bueno.

Sonrió. Terminó de vestirse. Yo también. Caminamos hasta la puerta sin decirnos casi nada. En el palier, antes de irse, se dio vuelta y me dio un beso corto en la boca. Un beso que ya no era de prueba.

—La próxima cebo yo —dijo.

Cerré la puerta. Me apoyé contra ella. Me quedé ahí un rato largo, escuchando cómo se iba el ruido del ascensor, y sabiendo que a las cuatro iba a ver a Lucas y no le iba a poder mirar la cara igual que antes.

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Comentarios (1)

Nati_BsAs

Ay dios, qué relato mas lindo. Me atrapó desde el primer parrafo y no pude parar de leer.

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