Lo que descubrí con mi mejor amiga en Lisboa
Antes de nada, advierto que es la primera vez que cuento esto por escrito, así que disculpen si la prosa cojea. Lo que sigue ocurrió hace ya ocho años, cuando todavía me costaba reconocer en voz alta lo que sentía.
Tenía cuarenta y cinco años, una vida casada que funcionaba por costumbre y una semana libre que mi marido no quiso compartir conmigo. Como siempre, llamé a Cecilia. Ella estaba en la misma situación: su Rodolfo había encontrado tres mil excusas para no moverse del sillón. Decidimos viajar solas. Lisboa, octubre, un hotel pequeño en el Barrio Alto.
Cecilia y yo somos amigas desde los cinco años. Nos conocimos en la escuela de las monjas y, por algún motivo que ya nadie recuerda, ella me llamó Lenita desde el primer día. Mi nombre es Elena, pero para Cecilia siempre fui Lenita y supongo que lo seré hasta que una de las dos se muera. Somos opuestas en todo: yo soy alta y de pechos enormes, ella es bajita y casi plana; yo soy vergonzosa, ella tiene la lengua afilada y la ropa siempre fuera de su sitio.
Aterrizamos en Lisboa un martes por la tarde. El taxi nos dejó en la puerta del hotel, una recepcionista joven nos entregó la llave y subimos al cuarto piso. Cuando Cecilia abrió la puerta, las dos nos quedamos en silencio.
—Habíamos pedido dos camas —dije.
En la habitación había una sola, enorme, de dos por dos, cubierta con un edredón blanco que ocupaba media pared. Cecilia soltó el equipaje sobre la alfombra y se dio la vuelta sin mirarme.
—Bajo a recepción —dijo—. Esto tiene que ser un error.
Mientras ella discutía con la chica del mostrador, yo le mandé un mensaje a Pablo, mi marido, para avisarle de que habíamos llegado bien. Salí al balcón. La ciudad se extendía hacia el río en una pendiente de tejados rojos y, abajo, un tranvía amarillo subía gimiendo por una calle imposible. Por un instante me sentí afortunada de estar lejos de casa.
Cecilia volvió con cara de pocos amigos.
—No hay manera —dijo—. Juran que la reserva era de cama matrimonial. Y el hotel está lleno hasta el domingo.
—No pasa nada —contesté, intentando sonar relajada—. Mira el tamaño de esa cama. Podríamos dormir tres y todavía sobraría sitio.
Era verdad. Aquello era más grande que cualquier cama de nuestras casas. Nos repartimos los armarios en silencio, colgamos las blusas para que no se arrugaran y decidimos darnos una ducha antes de salir a buscar un sitio para cenar.
—¿Vas tú primero o voy yo? —pregunté.
—Para ganar tiempo, podemos meternos juntas —dijo Cecilia, encogiéndose de hombros—. ¿Qué problema hay?
Sentí que la cara se me ponía roja. Siempre he sido pudorosa con mi cuerpo. Tengo el pecho enorme, una barriga que me molesta y un complejo que arrastro desde la adolescencia. Pablo no me ve desnuda desde hace años; cuando hacemos el amor, lo hacemos con la luz apagada. Llámenme antigua, pero soy así.
Cecilia debió leerlo en mi cara, porque me apretó el brazo y se rió.
—Mujer, somos amigas de toda la vida. ¿Qué crees que voy a ver que no haya visto ya en mí misma?
Tragué saliva y la seguí al baño. La ducha era enorme, sin puertas, de esas modernas que parecen un patio interior. Cecilia se desnudó sin titubear, dejó la ropa en una banqueta y entró bajo el chorro como si llevara toda la vida haciéndolo. Era la primera vez que la veía sin ropa. Es rellenita, tiene una cicatriz pequeña en el costado y unos pechos chicos que se le levantan apenas. La melena le caía mojada hasta los hombros.
—Lenita, ¿qué haces ahí parada? Vamos, que se enfría el agua.
Empecé a desnudarme despacio: la falda, la blusa, el sujetador, las bragas. Cuando me quedé sin nada, Cecilia abrió mucho los ojos.
—¡Ay, madre mía de mi vida, hija!
—¿Qué pasa? —pregunté, asustada.
—Eso no es una mata, Lenita. Eso es el bosque encantado.
Me miré. Era cierto que llevaba el vello sin tocar desde siempre. Pablo nunca dijo nada y yo nunca me planteé cambiarlo. Cecilia, en cambio, tenía la zona completamente lisa, como si una mano de cirujano hubiera pasado por allí esa misma mañana.
—Pues así crecí —contesté, riendo a mi pesar—. Cada cual con lo suyo.
—Eso hay que solucionarlo, mujer.
—¿Por qué?
—Porque es más cómodo, más higiénico y queda más bonito. Mañana, cuando volvamos al hotel, te lo dejo como nuevo.
Entré bajo el agua y empezamos a enjabonarnos. Le pasé la pastilla y, al cogerla, se le resbaló al suelo. Me agaché a recogerla y, cuando estaba de cuclillas, Cecilia me puso un pie justo entre las piernas.
—¿Estás segura de que no hay nadie viviendo aquí dentro, Lenita?
Sentí el roce del talón contra mi pubis y un escalofrío que no esperaba. Del susto me eché hacia delante y me golpeé el hombro contra los azulejos.
—¡Perdón, perdón! —Cecilia se llevó las manos a la boca—. Era una broma, hija, no quería asustarte.
—Estoy bien —mentí.
Vino hacia mí y me abrazó muy fuerte. Como ella es más baja, su cara me quedó justo a la altura del pecho. Sentí su mejilla tibia contra mi piel mojada, su respiración entre mis senos, y algo se movió por dentro de mí que no supe nombrar. Mi sexo empezó a humedecerse y no era por el agua.
—Anda, salgamos —dije, intentando que la voz no me temblara—. Que nos vamos a quedar congeladas.
—¿Me perdonas? —preguntó, levantando la cabeza.
—Claro que sí, tonta.
Entonces hizo algo que no esperaba. Me sujetó la cara entre las manos y me besó en la boca. No fue un pico, no fue el besito de amigas que nos dábamos en los cumpleaños. Fue un beso despacio, con los labios entreabiertos, que duró lo justo para que me diera cuenta de que estaba ocurriendo.
—Gracias, mi amor —dijo, y se rió como si no hubiera pasado nada.
Salimos, nos vestimos y bajamos a la ciudad. Cenamos en una taberna del Chiado, bebimos vinho verde y caminamos hasta que se nos cansaron los pies. Cecilia no volvió a mencionar lo de la ducha y yo agradecí el silencio. Pero por dentro, durante toda la cena, no podía dejar de mirarle la boca cuando hablaba.
***
Al día siguiente paseamos por Alfama, vimos el Castillo de San Jorge y comimos pasteles en una pastelería donde el dueño nos llamaba meninas como si tuviéramos veinte años. Volvimos al hotel pasadas las tres, con los pies destrozados y ganas de tirarnos un rato.
—Lenita —dijo Cecilia mientras se quitaba la camiseta—. Lo de anoche.
—¿Qué de lo de anoche? —pregunté, fingiendo que no entendía.
—Lo del bosque. Vamos a arreglarlo.
Me hubiera gustado decir que no, que ya bastante había sido la ducha. Pero asentí y me dejé hacer. Cecilia sacó del neceser unas tijeras pequeñas, una cuchilla nueva y un bote de gel. Llenó el florero de cristal del aparador con agua tibia. Me dijo que me tumbara desnuda sobre una toalla en la cama, con las piernas un poco abiertas.
—No te muevas —murmuró—. Voy a empezar con las tijeras y luego paso la cuchilla.
Cerré los ojos. Notaba el aire de la habitación rozarme la piel, el chasquido metálico de las tijeras a centímetros de mi sexo, el peso de su cuerpo arrodillado junto a la cama. Cuando terminó de recortar, mojó la brocha en el florero y empezó a enjabonarme. La espuma estaba tibia. Sus dedos, sin querer, me rozaron los labios. Por un segundo dejé de respirar.
—¿Te molesta? —preguntó, sin levantar la vista.
—No —dije, en un hilo de voz.
Pasaba la cuchilla con una concentración que jamás le había visto. De vez en cuando, con el reverso de la mano, me apartaba la piel hacia un lado para llegar mejor. Cada toque me encendía un poco más. Yo tenía los pezones tan duros que dolían, pero la toalla me cubría el pecho y al menos eso me daba algo de pudor. Lo que no podía esconder era la humedad que me iba bajando por la cara interna del muslo.
—Ya está —dijo, después de un rato que me pareció larguísimo—. Espera, no te muevas. Te pongo un poco de aceite para que no se irrite.
Se levantó, fue al baño y volvió con un frasquito. Se echó unas gotas en las manos y empezó a masajearme la zona recién afeitada con movimientos lentos, circulares. Sus dedos resbalaban sobre la piel sin vello y cada cierto tiempo, sin querer o queriendo, rozaban el clítoris. Yo estaba con los ojos cerrados, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Por dentro pensaba: «No puede ser. ¿A Cecilia le gustan las mujeres? ¿Sabe lo que me está haciendo?»
Cuando terminó, me dio una palmadita en la cadera, como si nada.
—Lista. Mira qué bonito te ha quedado.
Me incorporé sobre los codos y miré hacia abajo. Era otra cosa. Otra mujer. Casi no me reconocí.
***
Nos vestimos para bajar a comer algo. Yo había metido en la maleta, por capricho o por intuición, un conjunto de lencería negra que había comprado meses atrás y que nunca me había atrevido a estrenar. Bragas semitransparentes y un sujetador de encaje que dejaba ver más de lo que tapaba. Mientras me lo ponía, Cecilia me miró desde el espejo.
—¿A dónde vas tú con eso, criatura?
—Bah, lo traje sin pensar. No tengo otra cosa limpia.
—Lenita, no me mientas. Ese conjunto es para algo.
Me senté en la cama con las mejillas ardiendo. Cecilia se acercó, se sentó a mi lado y me apartó un mechón de pelo de la cara.
—Cuando te estaba afeitando —dijo, muy bajito— me di cuenta de que estabas mojada.
Quise hundirme en el colchón. No supe qué contestar.
—Yo… —empecé.
—No digas nada —me interrumpió—. Es normal. A mí también me pasó.
Me puso una mano sobre el pecho y se acercó a besarme. Esta vez no fue como en la ducha. Esta vez fue largo, con la lengua, con la boca abierta, con los dientes rozándome el labio. Su mano izquierda buscó el cierre del sujetador y lo desabrochó con una sola maniobra.
—Cecilia, no sé si esto —murmuré entre besos—. Nuestros maridos…
—Pablo y Rodolfo están viendo el fútbol en sus sofás —dijo, sonriendo contra mi boca—. Y nosotras estamos aquí. Si no probamos esto ahora, ¿cuándo?
No le contesté. La dejé seguir.
Cuando me bajó las bragas, lo hizo despacio, como si quisiera ver mi reacción a cada centímetro de tela que caía. Yo estaba empapada. La cara interna de los muslos me brillaba y ella se quedó mirándome unos segundos sin decir nada.
—Madre mía —susurró—. Te lo voy a comer entero.
Nunca antes me había hecho nadie un sexo oral como aquel. Pablo, en sus mejores días, había bajado dos veces en veinticinco años y se había levantado a los dos minutos con cara de mártir. Cecilia, en cambio, se instaló entre mis piernas como si fuera su lugar en el mundo. Su lengua recorría todo: el clítoris, los labios, la entrada, la zona del perineo. De vez en cuando subía hasta el ombligo, me besaba el vientre y volvía a bajar. Yo me agarraba al edredón con las dos manos, intentando no gritar.
—Ay, Cecilia, así —dije, sin reconocer mi propia voz—. No pares, por favor.
—Tranquila, mi amor —contestó ella, con la boca contra mi piel—. Es el segundo que pruebo, pero te juro que estoy aprendiendo rápido.
«El segundo», pensé. ¿El segundo sexo de mujer que probaba? Ya le preguntaría después. En aquel momento no había sitio en mi cabeza para nada que no fuera lo que estaba ocurriendo entre mis piernas. Sentí cómo me subía algo desde la parte baja de la espalda, una ola larga y tibia, y rompí en un orgasmo que duró más que cualquiera de los que recordaba. Cuando terminé, ella seguía besándome el muslo, sin prisa.
—Ahora me toca —dije, incorporándome.
—Toda tuya soy, mi amor.
Nunca había probado el sexo de otra mujer. Pensé que sería difícil, que no sabría qué hacer, pero el cuerpo se acuerda de cosas que no aprendió. Le abrí las piernas, le besé el interior del muslo y me tomé mi tiempo subiendo. Cuando llegué a su clítoris, lo atrapé entre los labios con suavidad y empecé a succionar mientras movía la lengua por encima.
—Lenita —jadeó—, ¿seguro que es la primera vez que haces esto?
Levanté la cabeza un segundo. Se tiraba de los pezones con las dos manos, los apretaba con una fuerza que parecía dolerle.
—Sigue, por favor —dijo—. Y dame un dedo. Y otro detrás.
Le obedecí. Mientras seguía con la boca, le metí un dedo despacio en la vagina y, con cierto miedo, otro un poco más atrás. Ella levantó la cadera y me agarró del pelo.
—Así, así, no pares.
Se corrió enseguida, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar. Cuando terminó, me atrajo hacia su boca y nos besamos durante mucho rato, sin urgencia, como dos personas que se reconocen por fin.
—Lo del segundo coño —dijo, después—. Te lo cuento otro día.
—Más te vale.
Nos reímos. Afuera, el sol de la tarde caía sobre el Tajo y nos quedaban cuatro días por delante. Cuatro días en una habitación con una sola cama, una mujer que había sido mi amiga durante cuarenta años y, de repente, otra cosa. No sé si fue el principio de algo o solo el secreto mejor guardado de mi vida. Pero esa primera tarde, mientras nos quedábamos dormidas con las piernas enredadas, supe que algunas cosas no se descubren a tiempo. Se descubren cuando tocan.