Mi mejor amiga me besó y todo cambió esa noche
Llevábamos siendo amigas desde el colegio, y aunque a las dos nos gustaban los chicos —y nos siguen gustando—, esa noche descubrimos algo entre nosotras que ninguna esperaba. Tenía veintiuno recién cumplidos, y Carolina también. Crecimos juntas en un barrio de Sevilla, de esos donde una nunca está sola si tiene a la persona correcta al lado. Y ella siempre lo fue.
Nos conocíamos los novios, los primeros besos, las decepciones. Habíamos perdido la virginidad casi en el mismo mes, con dos meses de diferencia, y nos lo contábamos absolutamente todo. Por eso, cuando entró en mi casa corriendo aquella tarde de junio, con la respiración entrecortada y los ojos brillantes, supe que algo gordo se venía encima.
—¡Marina, tienes que venir conmigo a Barcelona el fin de semana! —dijo, casi sin saludar a mis padres.
Unas amigas suyas tocaban en una orquesta que daba un concierto en el Palau. Necesitaba compañía, y yo era la candidata natural. Mi madre puso cara de fastidio, mi padre se cruzó de brazos, pero entre las dos los convencimos con esa táctica que tan bien nos había funcionado siempre: besos en las mejillas, promesas exageradas y la propuesta de llevarnos uno de los coches de mi padre. Al final cedieron.
Salimos un viernes a las once de la mañana, con dos bolsas de viaje en el maletero y unas ganas locas de comernos el mundo. Llevábamos pantalones cortos y camisetas que dejaban poco a la imaginación. En el maletero, escondidos, los vestidos para el sábado y unos zapatos que apenas habíamos estrenado.
Llegamos a Barcelona pasadas las cinco. El Hotel Mirador estaba en pleno barrio gótico, con vistas a una plazoleta llena de turistas. Subimos a la habitación, dejamos las bolsas, nos cambiamos rápido y bajamos a callejear hasta encontrar un bar de tapas. Comimos, bebimos vino blanco y nos reímos de tres chicos que se pasaron media hora mirándonos desde la barra sin atreverse a acercarse. A la una estábamos otra vez en el hotel, dormidas como dos críos cansados.
***
El sábado por la tarde fue distinto. A las cuatro empezamos a arreglarnos. Carolina se puso un vestido azul marino, corto, con tirantes finos, que se le ceñía al cuerpo como una segunda piel. Tiene unas piernas que siempre me dieron envidia, largas y morenas, y aquella tarde estaban brillantes de crema. Su melena castaña le caía por la espalda, y los ojos verdes —su mejor arma— estaban perfilados con un toque de marrón. Estaba para comérsela. Yo se lo dije, riéndome, y ella me devolvió el cumplido cuando me vio con el mío, celeste, palabra de honor, ajustado al pecho y a la cintura.
El concierto fue precioso. La cena posterior, con la orquesta entera, todavía mejor. Éramos cinco chicas y dos chicos —los novios de dos de nuestras amigas, naturalmente— riéndonos en un restaurante hasta cerca de la medianoche. Después, los demás se cansaron, pero Carolina y yo no. Nos fuimos las dos solas a una discoteca en el centro, dispuestas a estirar la noche hasta que el cuerpo aguantara.
Allí aparecieron tres tipos. Guapos, eso hay que reconocerlo. Altos, bien vestidos, con esa sonrisa que avisa de que saben gustar. Nos invitaron a unas copas, bailamos, hablamos, dejamos que se acercaran lo justo para que entendieran que la noche podía ir a algún sitio. Y entonces uno de ellos empezó a pasarse de listo, y otro a soltar comentarios que no venían a cuento, y el tercero, en lugar de salvar la situación, se sumó al naufragio.
—Estos no merecen ni una sonrisa más —me susurró Carolina al oído.
—Diles que somos lesbianas —le contesté entre risas—. A ver si así nos dejan en paz.
No sé cuál de las dos lo soltó primero, pero el efecto no fue el que esperábamos. Los tres se nos quedaron mirando con cara de no creérselo. Y Carolina, que siempre fue la más atrevida de las dos, decidió rematar la jugada.
Empezó a bailar pegada a mí. Me cogió por la cintura, deslizó las manos por mis caderas, se agachó despacio frente a mí y volvió a subir rozándome el cuerpo entero. Yo me reí al principio, pero le seguí el juego. Lo que pretendíamos era una broma para espantar a los tres pesados, una actuación de cinco segundos. Lo que pasó no estaba en el plan.
Cuando nuestros labios se rozaron por primera vez, fue un pico apenas. Una caricia rápida. Pero al separarnos, nos miramos a los ojos un segundo de más. Y volvimos a besarnos. Esta vez con la boca abierta, con la lengua. Un beso de los que duran. Los tres chicos se habían quedado mudos. Una pareja a nuestro lado nos aplaudía. Nosotras seguíamos.
Cuando nos separamos, Carolina tenía la respiración alterada. Yo también. Nos miramos un instante más, sin decir nada, y nos echamos a reír como dos tontas.
—Vámonos —dijo ella—. Aquí ya no pinta nada.
***
Salimos a la calle cerca de las tres. Hacía esa temperatura agradable de las madrugadas de julio en Barcelona, con la brisa del mar metiéndose por las callejuelas. Caminábamos despacio, agarradas del brazo, hablando de los tres idiotas que acabábamos de dejar atrás.
—Igual hemos sido demasiado tiquismiquis —decía Carolina—. Total, no los íbamos a volver a ver.
—No, qué va. Eran insoportables.
—Sí, pero un revolcón con cualquiera de ellos no me hubiera venido mal.
Soltamos otra carcajada. Pero la conversación no se quedó ahí. Volvió, una y otra vez, al beso. Al beso en la pista. A cómo había sido. A si lo habíamos hecho solo por la broma o si había algo más detrás. Y en cada vuelta de la conversación, la voz se nos iba poniendo más baja, los pasos más lentos, las manos más juntas.
Llegamos al hotel. Subimos al ascensor. Carolina, que es incapaz de cerrar la boca cuando se aburre, empezó a chincharme.
—Besas bien, ¿eh, Marina? —dijo con una sonrisa torcida.
—¿Y tú qué sabrás?
—Me has mojado las bragas. En serio.
—Calla, anda —contesté, riéndome.
—Que sí. Mira, te lo aviso. Que hasta a las amigas se me ponen los ojos así contigo.
Salimos del ascensor entre risas, ella detrás de mí, pellizcándome el culo. Saqué la tarjeta del bolso. Cuando intenté abrir la puerta, Carolina me abrazó por la espalda. Sentí sus pechos contra mí, sus manos buscando los míos por encima del vestido, su pelvis empujándome contra la puerta como si me estuviera follando.
—Toma, toma —decía con voz grave, haciéndose la machota—. Toma polla.
—Estate quieta, no consigo meter la tarjeta —protesté, llorando de risa.
—Te voy a meter algo más que la tarjeta, Marina.
—Eres idiota.
Entré a trompicones, encendí la luz, me giré para decirle algo —no recuerdo qué— y la encontré allí, en el umbral, mirándome de una manera distinta. La sonrisa seguía, pero los ojos no eran los de la broma.
No sé por qué lo hice.
No sé si fue para callarla, para devolverle el chiste, para descubrir si lo de antes había sido real o no. Pero la cogí por la cara con las dos manos y la besé otra vez. Despacio. Sin público. Sin nadie a quien provocar. Cuando nuestras lenguas se encontraron, supe que no íbamos a parar.
***
Nos quedamos un instante quietas, frente con frente, sin hablar. El tiempo se estiró. Ella miraba mis labios. Yo los suyos. Y nos volvimos a besar, esta vez con todo el cuerpo, las manos buscando por debajo de la tela, los vestidos cayendo al suelo sin que ninguna lo decidiera del todo.
A los pies de la cama, con la única luz del ventanal abierto sobre la plaza, nos miramos en ropa interior. Las bragas, nada más. Carolina avanzó primero. Me puso una mano en el pecho, despacio, como si estuviera tanteando si yo iba a apartarla. No la aparté. La otra mano me subió por el costado, por la cintura, y se detuvo en mi cuello.
—¿Seguro? —me preguntó en un susurro.
Asentí. No me salía la voz.
Nos tumbamos en la cama. Ella encima de mí, la melena cayéndole sobre la cara. Empezó por el cuello, bajó por el escote, encontró un pezón y lo metió en la boca con una suavidad que no esperaba. Yo cerré los ojos. Le agarré la cabeza, le hundí los dedos en el pelo, intenté no gemir y no lo conseguí.
Sus dedos bajaron por mi tripa, encontraron el elástico de las bragas y se metieron por debajo. Cuando me tocó por primera vez, supo exactamente dónde y cómo. Como si llevara toda la vida sabiéndolo. Movía el dedo en círculos lentos, observando mi cara, midiendo el efecto. Cuando metió uno entero, arqueé la espalda sin querer.
Le devolví el favor. Le quité las bragas tirando hacia abajo, sin elegancia. Ella se rió. La empujé contra el colchón y me coloqué entre sus piernas. La besé en la boca, en el cuello, en el pecho, y bajé. Cuando llegué con la lengua, ella se arqueó.
—Marina —dijo, con la voz rota.
No contesté. No iba a hablar. La sujeté por las caderas y seguí.
***
Pasamos horas así. Cambiando de postura, de ritmo, de iniciativa. En un momento dado nos colocamos invertidas, una sobre la otra, y nos lamimos a la vez. Después nos sentamos a horcajadas, juntando los sexos, moviéndonos despacio al principio y más rápido después, frotándonos hasta que los gemidos se nos salían de la garganta y rebotaban contra el ventanal.
Cuando llegó el orgasmo, lo tuvimos casi a la vez. Yo le veía la cara, la boca abierta, los ojos cerrados, una mano agarrando la sábana y la otra apretándome el muslo. Sentí el temblor en sus piernas justo cuando empezó el mío. Caí encima de ella, sudada, sin respiración, y nos quedamos un rato sin movernos, escuchando los corazones latir uno contra el otro.
—Joder, Carolina —dije al fin.
—Joder, Marina —repitió ella, riéndose.
Nos abrazamos. Nos besamos otra vez, esta vez con una ternura distinta, sin urgencia. Sabíamos que esa noche no iba a quedarse ahí, y que después, al día siguiente, ya pensaríamos qué éramos y qué no éramos.
La noche siguió. Hubo más caricias, más besos, más orgasmos. Hubo silencios largos en los que solo nos mirábamos. Hubo una conversación a las seis de la mañana, fumando en la ventana, sobre lo que acababa de pasar y lo que podía pasar a partir de entonces.
***
Llegamos a Sevilla el domingo por la tarde, a las cinco. Mi madre nos abrió la puerta con esa sonrisa de madre que quiere saber todo sin preguntar nada.
—¿Qué tal el viaje? ¿Os gustó el concierto?
—Genial, mamá.
—¿Y cómo os tocaron?
Carolina y yo nos miramos un segundo. Solo un segundo. Pero fue suficiente.
—Pues… muy bien —dijo Carolina, conteniendo la risa—. Tocaron de maravilla.
—La verdad es que disfrutamos un montón… del concierto, claro —añadí yo.
—Mucho, mucho —apuntó Carolina—. ¿Verdad, Marina?
—Verdad, Caro. Verdad.
Estallamos en una carcajada que mi madre no entendió y mi padre tampoco. Se quedaron mirándonos, perplejos, intentando descifrar qué chiste se nos escapaba a las dos.
—Déjalas —dijo él al fin, encogiéndose de hombros—. Estas dos no tienen remedio. Nunca lo han tenido.
Carolina me miró. Yo la miré. Y cuánta razón tenía.