Conocí a mi dueña jugando en línea y me prohibió terminar
Hace dos años, cuando todavía estaba soltera, los videojuegos de realidad virtual eran mi refugio. Después de tres años en una relación que terminó dejándome más cansada que herida, los auriculares y los servidores con micrófono se convirtieron en lo más parecido a una vida social que tenía. Entraba a partidas de cooperativo, hablaba con desconocidos durante horas y, de vez en cuando, conocía a alguien que se quedaba más allá del logout.
Una de esas noches conocí a Mara.
No sé qué tenía su voz. Una mezcla de cansancio y diversión, como si todo le diera un poco de risa y al mismo tiempo nada le importara demasiado. Decía tener veintipocos. Decía que vivía sola en un departamento minúsculo en alguna ciudad del norte. Decía que tenía el pelo corto y los ojos demasiado claros para su gusto.
Y aunque yo nunca le pedí una foto, en mi cabeza la fui construyendo entera con esos retazos: la espalda angosta, el labio inferior un poco más grueso de lo normal, las manos largas, las uñas siempre cortas.
Empezamos a hablar casi todos los días. Conexión, charla, dos o tres partidas, y después de las partidas siempre quedaba una hora más en la que ninguna quería desconectarse. No le presté atención al ritmo en el que se estaba metiendo en mi cabeza. Me prometía a mí misma que no iba a depender de ella, ni de nadie. Que no quería volver a sentir el vacío de los últimos meses con mi ex. Que esto era solo voz, juego, distancia segura.
Para la cuarta o quinta noche, la conversación dejó de ser casual.
Estábamos las dos despiertas, ella a no sé cuántos kilómetros, yo en mi cama con el visor apoyado en el suelo y solo los auriculares puestos. Empezó preguntándome cosas inocentes: qué llevaba puesto, qué estaba haciendo con las manos, cuánto hacía que no me tocaba nadie. Cuando dejé de contestar con bromas y respondí en serio, hubo un silencio largo del otro lado.
—Si te digo algo, ¿lo hacés? —preguntó.
—Depende.
—No. No depende. ¿Lo hacés o no lo hacés?
Algo en cómo lo dijo me cortó el aire. No era una pregunta. Era una invitación a entregar algo que yo no sabía que quería entregar.
—Sí —dije.
***
Lo que pasó esa noche no se parecía a nada de lo que había hecho antes. Mara no me describió cuerpos, ni paisajes, ni ropa cayendo al piso. No tenía nada de la torpeza típica del sexting que yo había probado con un par de personas. Hablaba en imperativo. Frases cortas. Una orden, una espera, otra orden.
Me dijo dónde poner la mano. Cuánto tiempo. Con qué presión. Me prohibió cerrar los ojos cuando los cerré. Me hizo abrirlos otra vez y describirle lo que veía en el techo. Cuando intenté apurar el ritmo porque sentía que iba a explotar, su voz se volvió más suave y, al mismo tiempo, más definitiva.
—No. Más lento. Mucho más lento.
—No puedo —susurré.
—Podés. Vas a poder porque yo te lo estoy pidiendo.
Y podía. Esa fue la parte que me desarmó.
Estuvimos así cerca de una hora. Cada vez que mi respiración se aceleraba demasiado, ella me hacía parar. Me obligaba a quedarme quieta, con la mano todavía donde la había puesto, sintiendo cómo el pulso latía contra los dedos. Después volvía a empezar, un poco más despacio, un poco más adentro. Yo le contaba cada cosa que sentía y ella me corregía cuando usaba palabras vagas. Quería el detalle exacto. Lo más concreto posible.
Cuando finalmente faltaba muy poco, cuando ya no había forma humana de pararme y se lo dije con un hilo de voz, ella me cortó en seco.
—Sacá la mano.
—¿Qué?
—Sacá la mano y poné las dos arriba de la almohada.
***
No sé cuánto tiempo me quedé así. Con los brazos extendidos contra la madera del respaldo, temblando, con todo el cuerpo pidiendo a gritos lo que ella me acababa de quitar. Del otro lado del auricular, Mara respiraba despacio, como si no le costara nada.
—Esto te lo guardás —dijo al fin—. No te vas a tocar. Ni esta noche, ni mañana, ni la otra. No hasta que yo te diga.
Solté una risa nerviosa, todavía agitada.
—Es una broma, ¿no?
—No.
Hubo otro silencio. Largo. Lo suficiente como para que yo entendiera que no estaba jugando, o que estaba jugando demasiado en serio.
—¿Y si no aguanto?
—Aguantás.
—¿Y si te aviso que no aguanto?
—Me avisás y yo te digo si te dejo o no.
No me dejó.
***
La primera noche dormí pésimo. Me desperté tres veces con el cuerpo encendido y las manos crispadas sobre las sábanas. Pensé en mandarle un mensaje al chat del juego para decirle que esto era ridículo, que ni siquiera nos conocíamos en persona, que nadie podía pedirle a otra persona que se quedara con las ganas porque sí. No lo mandé. Apreté los puños y me dormí del lado izquierdo, que era el más incómodo, porque me obligaba a no rodar sobre la espalda.
La segunda noche fue peor.
A la tercera entendí algo que después me costó admitir: la espera estaba haciendo, ella sola, más trabajo que cualquier orgasmo. Pensaba en Mara en el colectivo, en la cocina, en mitad de reuniones aburridas. Pensaba en su voz diciéndome «no» con esa calma. Cada vez que sentía la tentación, me imaginaba lo que ella me diría, y me daba una mezcla extraña de bronca y obediencia que no había sentido nunca.
Pasaron cuatro días. Después una semana. Después diez.
Le mandé un mensaje al final de la primera semana.
«¿Vas a volver?»
Tardó dos días en contestar.
«Quizá.»
Y nada más.
***
La segunda vez que se conectó, casi tres semanas después, yo ya estaba al límite. Habíamos hablado dos veces más por chat, intercambios breves, ella distante a propósito. Cuando vi su nombre en verde en la lista de la partida, sentí que se me bajaba el estómago.
—Hola —dijo, como si no hubiera pasado nada.
—Hola.
—¿Aguantaste?
—Sí.
—Mentime de nuevo.
—Sí. Aguanté.
Una pausa.
—Bien.
***
Esa noche me dejó terminar.
No fue rápido. Tampoco fue tierno. Me hizo recorrer cada uno de los días que había estado esperando antes de permitirme cualquier cosa. Me hizo describirle qué había hecho en cada uno: qué había pensado al despertarme, qué había evitado, dónde había estado a punto de romper la promesa. Cada vez que mi respuesta le parecía floja, me hacía volver al día anterior y contárselo otra vez, con más detalle, hasta que yo casi no podía hablar.
Cuando finalmente me dio la orden, fue una sola palabra.
—Ahora.
Y todo lo que se había acumulado en esas tres semanas salió de una sola vez, en un orgasmo largo, áspero, que me dejó llorando sin entender bien por qué. No era tristeza. Era algo más parecido al alivio de soltar un peso que ni siquiera sabía que estaba cargando.
Mara no dijo nada durante un rato largo. Después soltó una risa baja, casi cariñosa.
—Bien hecho.
Esa fue la primera y última vez que la escuché elogiarme con esa voz.
***
Después de aquella noche, las cosas se acomodaron en un patrón raro. Mara aparecía y desaparecía sin previo aviso. Pasaban dos semanas, un mes, a veces más. Yo nunca le escribía primero. Era una regla no dicha que las dos habíamos aceptado sin hablar de ella.
Cuando volvía, no siempre era para lo mismo. Algunas veces solo jugábamos. Otras veces hablábamos de cosas tontas, de series, de gente que nos había caído mal en la facultad, de comida. Pero cada tanto, sin previo aviso, su voz cambiaba de registro y yo ya sabía qué venía. Una orden. Una espera. Una nueva regla que tenía que cumplir hasta la próxima vez que se le ocurriera reaparecer.
Algunas reglas eran fáciles. Otras me hacían vivir distinta durante días enteros. Una vez me prohibió usar ropa interior durante una semana cualquiera, y yo fui a trabajar todos esos días sintiendo, en cada movimiento, que ella estaba un poco ahí, vigilando algo que en realidad nadie veía. Otra vez me hizo dormir con las piernas cruzadas. Otra vez me obligó a contarle, al día siguiente, todo lo que había soñado.
Nunca nos conocimos en persona. No por una decisión clara, sino porque ninguna de las dos lo propuso nunca en serio. Yo a veces me preguntaba si ella sería del todo distinta a la imagen que yo había armado en mi cabeza, y si esa diferencia rompería el hechizo. Sospecho que ella se preguntaba lo mismo. Era más fácil dejar la distancia exactamente donde estaba.
***
Esto duró casi un año y medio. Hasta que apareció Lucía.
A Lucía la conocí en otro lado, lejos del mundo virtual. Una amiga me la presentó en un cumpleaños y me gustó la forma en que se reía con la boca entera. Salimos un par de veces, después varias más, y al cuarto mes ya estaba durmiendo en su casa más noches que en la mía. Era una relación de las de verdad: planes a futuro, llaves intercambiadas, conversaciones serias sobre adónde mudarnos.
La última vez que hablé con Mara fue una madrugada, dos meses después de empezar con Lucía. Me conecté a la partida casi por reflejo, después de mucho tiempo sin entrar. Ella estaba ahí, como siempre, como si nunca se hubiera ido.
—Estás distinta —me dijo.
—Estoy con alguien.
Hubo una pausa larga. Esta vez no era una pausa de juego.
—¿En serio?
—En serio.
—Felicidades —dijo, y por primera vez su voz me pareció pequeña.
No volvimos a hablar de las reglas. Esa noche no hubo orden, no hubo espera, no hubo nada. Solo dos personas que se habían acompañado durante meses desde dos pantallas y que entendían, sin tener que decirlo, que el juego se terminaba ahí.
Antes de desconectarme, me dijo una sola cosa más.
—Que te cuide bien.
—Lo hace.
—Bien.
***
A veces pienso en Mara. No con culpa, ni con nostalgia exactamente. Pienso en ella cuando Lucía me toca de cierta manera y mi cuerpo recuerda esa forma de esperar que aprendí en esas semanas larguísimas sin permiso para terminar. Pienso en la voz al otro lado del auricular diciéndome «aguantás» como si fuera una verdad obvia. Pienso en lo raro que es que alguien a quien nunca vi me haya enseñado más sobre mi propio deseo que cualquier persona con la que dormí en una cama de verdad.
No sé qué fue de ella. Quizá sigue conectándose a las mismas partidas, encontrando a otras chicas insomnes, dándoles órdenes con esa calma rara. Quizá también encontró a alguien y se acomodó en una vida sin auriculares ni reglas. Espero que sí.
Y, sin embargo, si una noche apareciera otra vez su nombre en verde en la lista de la partida, no sé si tendría la fuerza para no contestar.