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Relatos Ardientes

La clienta de las ocho me cambió para siempre

A las seis de la tarde, Marina llamó a Andrés, su marido, para avisarle que esa noche llegaría más tarde de lo habitual. Una clienta nueva había insistido en agendar una cita justo al cierre y ella, contra su mejor juicio, había aceptado. La voz al otro lado del teléfono hablaba un español impecable, pero con un acento envolvente, suave, que delataba un origen lejano. Tal vez del norte de África. Tal vez del sur de Francia. Marina no había sabido decirlo.

—No me esperes para cenar —le dijo a Andrés—. Cenamos cuando llegue.

—¿Otra vez tarde? —preguntó él, sin reproche, solo cansado.

—La última de la semana. Te lo prometo.

Colgó y se quedó mirando la pantalla del teléfono unos segundos. El salón estaba en calma. Las clientas habituales habían pasado todas más temprano que de costumbre, una detrás de otra, y a las siete ya tenía las manos libres. Si la francesa, o lo que fuera, hubiese llegado a esa hora, ella estaría ya en casa. Pero la cita era a las ocho menos diez, y faltaba casi una hora.

Marina se sirvió un té y se acomodó en el sillón de la sala de espera con el libro entre las manos. Era una novela que estaba arrasando aquel verano, una historia de sumisión y deseo que su cuñada le había prestado entre risas y advertencias. La había abierto por curiosidad y ahora no podía soltarla. Aquellas páginas le encendían algo que no sabía nombrar, una corriente que le bajaba por el vientre cada vez que el protagonista hablaba con esa voz pausada y autoritaria que ella imaginaba en su cabeza.

Llevaba cinco capítulos cuando el portero automático sonó.

Le costó volver a la realidad. Cuando lo hizo, se dio cuenta de que los pezones se le marcaban bajo la tela de la bata blanca y que el tanga negro de encaje le quedaba pegado entre los muslos. Soltó un improperio en voz baja. La voz del telefonillo confirmó que sí, era ella, ya estaba en el portal. Marina pulsó el botón y corrió al baño a echarse agua fría en la cara, en el cuello y entre los pechos.

Cuando se abrió la puerta del salón, todo lo que Marina había imaginado se quedó corto.

La mujer medía casi un metro setenta y cinco. Llevaba el cabello negro y brillante recogido en una coleta baja, dejando libre un cuello largo de bailarina. Los ojos eran oscuros, enormes, con un brillo metálico que parecía mirar muy adentro. La camisa de seda crema, desabotonada lo justo, dejaba ver un escote sin promesas pero con presencia. No era una belleza vulgar. Era una belleza estudiada, deliberada, como si cada gesto suyo hubiese sido ensayado frente a un espejo durante años.

—Soy Yasmine —dijo, tendiéndole una mano de piel suave y dedos largos—. Lamento mucho la hora. Mi vuelo de Beirut se retrasó.

Marina tardó un segundo de más en soltarla.

—No te preocupes. Pasa, por favor. ¿Qué necesitas exactamente?

—Un rasurado integral. Tengo un compromiso esta noche y necesito estar perfecta.

La frase quedó suspendida un instante. Marina no supo si por la palabra «perfecta» o por la manera en que Yasmine la pronunció, mirándola sin pestañear.

***

—Pasa a la sala de la camilla —le dijo Marina, recuperando el tono profesional—. Desnúdate de cintura para abajo, túmbate boca arriba, cúbrete con la toalla y avísame cuando estés lista.

Mientras preparaba la cera y los aplicadores en el mostrador, vio por el espejo del fondo cómo Yasmine se quitaba la falda con una lentitud calculada. No había prisa en sus movimientos. Tampoco vergüenza. Cuando se quedó solo con la camisa de seda y una tanga de encaje burdeos, se giró un momento hacia el espejo, como si supiera perfectamente que Marina la estaba mirando.

—Lista —dijo desde la camilla.

Marina respiró hondo antes de entrar. Yasmine se había acostado boca arriba, con la camisa todavía puesta y abierta hasta el ombligo. La toalla apenas le cubría las caderas. Bajo ella, asomaba un triángulo de vello oscuro y cuidado, todavía espeso. El olor de su perfume llenaba la sala.

—Voy a recortar primero —le explicó Marina, tomando las tijeras—. Después aplicaré la cera. Avísame si algo te molesta.

—No me va a molestar —contestó Yasmine, sin mover ni un músculo de la cara.

Marina trabajó en silencio. El sonido de las tijeras era lo único que se oía, además de la respiración pausada de la clienta. Cuando terminó, dejó la herramienta a un lado y tomó la pala de madera para extender la cera caliente sobre el monte de Venus. Yasmine soltó un suspiro corto, casi imperceptible, en cuanto sintió el calor.

—¿Estás bien? —preguntó Marina por inercia.

—Estoy más que bien.

La voz salió grave, baja, casi un susurro. Marina sintió que se le erizaba la piel del brazo y rezó porque la clienta no lo notara.

Aplicó la banda de tela y, sin avisar, tiró. Yasmine soltó un sonido que era todo menos profesional. Marina se quedó congelada con la banda en la mano.

—Continúa —dijo la otra mujer, abriendo los ojos un instante para mirarla—. No te detengas por eso.

El segundo tirón fue más largo, más profundo. La reacción también. Marina ya no era capaz de fingir que aquello era una sesión normal. Su propia respiración se había acelerado, sus muslos se habían apretado por instinto bajo la bata. Notaba la humedad creciendo entre sus piernas con cada movimiento de las manos sobre la piel de Yasmine.

***

—Ahora necesito que separes las piernas —dijo Marina, con la voz un poco ronca—. Tengo que trabajar la zona interna.

Yasmine las abrió sin titubear. No con timidez, no con resignación. Las abrió como quien ofrece algo que sabe que va a ser tomado.

Marina la miró un segundo demasiado largo. La vulva de la clienta, ahora despejada, parecía un dibujo. Los labios menores asomaban delicadamente entre los mayores, brillantes ya por la propia humedad de Yasmine. El clítoris, pequeño pero claramente hinchado, latía de manera visible bajo la luz blanca del salón.

—Aplica la cera —dijo Yasmine, sin abrir los ojos.

Marina obedeció. Cuando los dedos de la esteticista rozaron el pliegue interior del muslo, sintió que la otra mujer apretaba los labios y aspiraba con fuerza. Aplicó la cera en los labios mayores, le pidió que se protegiera con la mano y tiró. Yasmine respondió con un sonido sin reservas, como si en realidad estuviera disfrutando del dolor.

Marina dejó la banda en la mesa y se quedó quieta, con los dedos a apenas un centímetro de la piel desnuda de la clienta.

—Termina —murmuró Yasmine.

Marina pasó los dedos por la cara interna del muslo, despacio, en una caricia que ya no tenía nada de profesional. Yasmine le cogió la muñeca con una suavidad firme y le guio la mano hacia arriba, hasta dejarle los dedos justo sobre la entrada de su sexo. Marina cerró los ojos.

—Si no quieres —dijo Yasmine—, te detienes ahora.

Pero Marina no se detuvo.

Se inclinó sobre la camilla y depositó el primer beso justo en la cara interna del muslo, cerca, muy cerca, pero todavía no encima. Yasmine soltó un suspiro hondo, le puso la mano en la nuca y la empujó muy despacio hacia donde la quería. Cuando la lengua de Marina hizo el primer contacto, las dos sintieron al mismo tiempo el escalofrío.

***

Marina nunca había estado con una mujer. Ni siquiera lo había pensado en serio. Lo había leído en novelas, lo había imaginado a veces antes de dormir, pero siempre como una hipótesis lejana, una de esas cosas que uno se promete probar algún día y que nunca llega.

Y ahora, con la cara enterrada entre los muslos de una desconocida, descubría que conocía perfectamente lo que tenía que hacer. La lengua se movía sola, lenta y firme, recorriendo el perineo primero, subiendo despacio por los labios, deteniéndose en el clítoris para envolverlo entero y soltarlo otra vez. Yasmine se sostenía sobre los codos para mirarla. Le pasaba la mano libre por el pelo, le acariciaba la nuca, le marcaba el ritmo sin imponerse.

—Despacio —le susurró—. No tengas prisa.

Marina hizo caso. Recorrió cada centímetro como si tuviera horas, como si todo el tiempo del mundo cupiera en aquel cuarto con olor a cera caliente y perfume desconocido. Cuando Yasmine empezó a temblar, Marina lo sintió en los muslos antes de oírlo. Las piernas se le tensaron, los pies se le estiraron, los dedos se le aferraron al borde de la camilla. Soltó un grito ronco, profundo, y después un susurro en francés que Marina no entendió del todo.

—La petite mort —tradujo Yasmine al cabo de un instante, todavía sin aliento—. Así la llamamos.

Marina se incorporó despacio, con los labios todavía brillantes. Yasmine se sentó en la camilla, le rodeó la nuca con las dos manos y la besó. Fue un beso largo, sin prisa, en el que la otra mujer saboreó su propio sabor en la boca de Marina sin pudor alguno.

—Ahora me toca a mí —dijo.

Le desabotonó la bata blanca botón a botón. Marina sintió que el aire frío del salón le tocaba la piel y se le erizó entera. Debajo no llevaba sostén, solo el tanga negro de encaje que ya estaba completamente empapado. Yasmine se quedó mirándola un momento, sin tocarla.

—Eres preciosa —dijo, y lo dijo sin coqueteo, como quien constata un hecho.

La llevó de la muñeca hasta el sofá de cuero negro de la sala de espera. La sentó. Se arrodilló entre sus rodillas. Le quitó el tanga con dos dedos, despacio, deslizándolo por las piernas hasta dejarlo en el suelo.

***

Marina se dejó caer sobre el respaldo y cerró los ojos. La lengua de Yasmine era distinta de la suya: más segura, más experta, más calculada. Sabía exactamente cuándo presionar y cuándo retirarse, cuándo lamer largo y cuándo apenas rozar. Marina sintió que se le escapaba un sonido que no había hecho nunca, ni siquiera con Andrés en los mejores momentos.

—No te aguantes —dijo Yasmine, levantando la cabeza un segundo—. Aquí no.

Marina dejó de aguantarse. Se aferró al pelo negro de la otra mujer, le marcó el ritmo con las caderas, le rogó sin palabras que no se detuviera. Cuando llegó, llegó con un grito que se quedó suspendido en aquel salón vacío durante varios segundos.

Yasmine se incorporó. Se sentó junto a ella en el sofá. Le cogió las piernas y se las cruzó con las suyas, dejando los dos sexos enfrentados. Era una postura que Marina no conocía, pero el cuerpo entendió inmediatamente.

Se frotaron despacio al principio, después con más insistencia. Yasmine llevaba el ritmo, igual que en todo lo demás. Marina la miraba a los ojos sin pestañear. Cuando se vino la segunda vez, lo hizo aferrada a las manos de Yasmine, sintiendo que la otra mujer se venía también, casi a la vez, ahogando el grito en su boca con un beso.

***

Cuando todo terminó, se quedaron un rato en el sofá, recuperando el aliento. Yasmine la miraba con una sonrisa apenas dibujada, como si supiera algo que Marina aún no había procesado.

Se vistieron en silencio. Se recompusieron el pelo frente al espejo del fondo. Cuando llegó el momento de pagar, Marina movió la cabeza.

—No —dijo—. Esta noche no.

Yasmine no insistió. Le dejó un beso largo en la comisura de los labios y caminó hacia la puerta sin mirar atrás. Marina escuchó el clic del portal cerrándose abajo y se quedó sola en medio del salón, con el olor del perfume todavía flotando.

***

Cuando llegó a casa, Andrés estaba dormido en el sofá con el televisor encendido. Marina le acarició la cabeza para despertarlo. Cenaron callados. Después, en la cama, hicieron el amor como siempre, con la misma ternura de los últimos diez años.

Pero algo había cambiado.

No supo decir qué exactamente. Solo que mientras Andrés se movía sobre ella, Marina cerró los ojos y vio una boca desconocida, una lengua que iba despacio, unos ojos oscuros que la miraban desde abajo sin pestañear.

Y supo, sin necesidad de pensarlo demasiado, que ya nada volvería a saberle igual.

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Comentarios (5)

GabyR_23

Increible relato!! De los mejores que lei en este sitio.

NatiConf

Por favor necesito una segunda parte, quede con ganas de mas...

CeciliaVR

Me recordo a una situacion que vivi hace unos años, esa tension que se construye poco a poco sin que ninguna diga nada. Lo captaste perfecto.

Moni_BA

Con una clienta asi capaz yo tambien cambiaba para siempre jajaja. Muy bueno!

SolLectora

Bien escrito y sin caer en lo ordinario. Se siente autentico, no forzado. Segui asi!

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