Lo que descubrimos cuando Camila abrió esa puerta
—Tranquilas, chicas. Hoy traje algo distinto —dijo Camila, parada en medio del living con las manos en las caderas—. Una sorpresa para la reunión.
—¿Qué es? —preguntó Brenda, una morena de pecho generoso y veintisiete años, mientras se sacaba la sudadera por la cabeza y empezaba a desabrocharse el jean.
—¿Puedes esperar dos minutos antes de meterte la mano adentro? —le contestó Camila riéndose—. Si te apuras, te pierdes todo. Deja tu coño tranquilo un rato.
Marta, que con sus sesenta y un años ya estaba desnuda en el sillón y tenía un consolador grueso enterrado entre los muslos, se rió y miró de reojo a Lorena.
—Las jóvenes nunca aprenden a esperar, ¿no?
Lorena, que a sus cuarenta y cinco años se consideraba la mediadora del grupo, abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera Brenda le tiró el sostén desde el otro lado del living. La prenda aterrizó sobre la cara de Marta.
—¡Cuidado con eso! —protestó Lorena—. Vas a noquear a alguien.
—Tal vez con la prenda no, pero con estas dos sí —respondió Brenda meneando los pechos en dirección a las otras dos.
Camila sacudió la cabeza desde el medio del living. Lo pensaba seguido: qué grupo extraño y maravilloso habían armado. Las cuatro tenían edades muy distintas, no compartían barrio ni profesión, pero algo en la química había funcionado desde la primera reunión.
Llevaban seis años juntándose dos o tres veces por mes. Al principio era casi un chiste entre amigas, una excusa para tomar vino y reírse de los hombres. Después se volvió otra cosa. Una tarde Marta se sacó el pantalón sin pedir permiso, dijo «hoy me caliento sola» y empezó a tocarse delante de todas. Nadie se levantó. Nadie protestó. Esa noche cambiaron las reglas para siempre.
Brenda era la incorporación más nueva. La habían sumado el año anterior y aportaba un fuego distinto al grupo. Era muy joven y extremadamente orgásmica, capaz de venirse cinco o seis veces en una sola tarde sin perder el ritmo.
Las reuniones siempre eran lo mismo: vino, anécdotas íntimas y masturbación mutua. Cada una traía su juguete preferido. Algunas se tocaban mirando a las otras. Otras preferían un rincón. No había reglas más allá del respeto y la discreción.
Esa noche era distinta porque Camila había prometido una invitada.
En pocos minutos las cuatro estaban desnudas, cada una en su lugar habitual. Marta en el sillón, Brenda en el puff, Lorena en la alfombra con la espalda contra el sofá, y Camila parada, todavía sin entregarse al ritual.
—Putitas mías —anunció Camila con un tono ceremonioso, fingiendo voz de presentadora de circo—, tengo el honor de presentarles a la invitada de esta noche. Les presento a Yuki.
Abrió la puerta del cuarto contiguo y ahí apareció ella. Una chica asiática, increíblemente delicada, envuelta en un kimono rojo bordado con flores doradas. Tenía la cabeza ligeramente baja y los ojos clavados en el suelo.
—Dios mío —murmuró Lorena.
—¿Es japonesa? —preguntó Brenda con la voz ya cambiada por la excitación.
—¿Cuántos años tiene? —agregó Marta sin sacarse el consolador.
—Tranquilas, chicas, tenemos toda la noche —respondió Camila—. Se llama Yuki, vino de Osaka hace dos años y tiene diecinueve. Es nuestra invitada por esta noche.
El kimono caía suelto sobre los hombros de Yuki, que apenas se atrevía a mirarlas. Camila se acercó, le murmuró algo al oído y empezó a desatar el obi con movimientos lentos. La tela cedió primero por los hombros, después por la cintura y al final cayó al piso formando un charco rojo alrededor de los tobillos de la chica.
Lo que vieron las dejó mudas por un segundo.
—Madre mía —susurró Marta con la respiración cortada—. Ya me estoy viniendo nada más de mirarla.
Brenda y Lorena habían empezado a moverse contra sus juguetes sin darse cuenta. Ninguna podía hablar. Yuki tenía el cuerpo más delicado que hubieran visto, piel pálida, caderas estrechas y, entre las piernas, un pequeño pene fino, casi infantil, que apenas se asomaba bajo la curva del vientre.
—No puede ser —jadeó Brenda—. Tiene… tiene polla.
—Es chica, Brendi —aclaró Camila con una sonrisa—. Es chica trans. Y está acá porque quiso venir.
—Es como la de un nene chiquito —dijo Lorena casi en un suspiro, mirando fijo.
Camila trajo del comedor una silla plegable y la abrió en el centro del living. Hizo que Yuki se sentara con las piernas bien abiertas, expuesta a las cuatro. Desde esa posición la chica parecía todavía más frágil, más excitante. Su pequeña polla, que no superaba los seis centímetros, descansaba contra la cara interna del muslo izquierdo.
—Miren esto —dijo Camila inclinándose hacia adelante—. Miren cómo se le pone.
Pasó dos dedos por la base, suaves, casi acariciando, y el pene de Yuki empezó a endurecerse. En menos de un minuto estaba tieso, recto, igualmente fino pero ahora vibrando con cada latido. Las cuatro mujeres empezaron a bombear sus consoladores al mismo tiempo, casi como un coro mudo. Nadie había visto nunca un cuerpo que las pusiera tan calientes tan rápido.
Brenda estaba hipnotizada. Se chupaba el pezón izquierdo mientras se metía el juguete hasta el fondo sin sacarle los ojos a la silla. Marta, desde el sillón, había dejado caer la cabeza hacia atrás y respiraba con la boca abierta.
—¿Quién quiere chuparla primero? —preguntó Camila.
Tres manos se levantaron al mismo tiempo.
—¡Yo!
—¡Yo, yo!
—Lo sorteamos —decidió Camila. Buscó tres pajitas en la cocina y volvió con ellas escondidas en el puño. Lorena sacó la corta.
—¡Suerte de principiantes! —protestó Brenda riendo, aunque no le sacaba los ojos a la chica.
Lorena se arrodilló frente a la silla. Yuki la miró con una mezcla de pudor y curiosidad. Lorena le besó primero la cabeza de la polla, despacio, casi con ternura, antes de dejar que se deslizara entera entre sus labios. Cabía cómoda en la boca, hasta el fondo. La textura era distinta a todo lo que había probado: suave, caliente, vibrante.
—Miren qué culo tiene Lorena en esa posición —comentó Marta desde el sillón—. Siempre me encantó ese culo.
—A mí también —jadeó Brenda mientras la veía chupar.
Lorena cerró los ojos. Empezó a moverse despacio, sintiendo cómo Yuki temblaba apenas. Marta se bajó del sillón y se arrastró hasta quedar detrás de ella. Le besó la nuca primero, después la espalda, después las nalgas. Cubrió la piel con decenas de besos suaves y húmedos hasta llegar al lugar que estaba buscando.
—Así se hace —murmuró—. Hazle a la nena lo que quieres que te hagan a ti.
La lengua de Marta encontró el clítoris de Lorena y empezó a trabajarlo con una técnica que sólo se aprende con los años. Lorena gimió contra la polla de Yuki sin sacársela de la boca, y el gemido bajó vibrando por toda la longitud. Yuki se sacudió, las manos apretadas contra los costados de la silla, y antes de poder avisar disparó dentro de la boca de Lorena más esperma del que parecía posible que cupiera en un cuerpo tan pequeño.
El cuerpo entero de Lorena tembló con su propio orgasmo. Cayó hacia un lado, recogió las rodillas contra el pecho y se quedó así, con la boca abierta, sin terminar de creer lo que había pasado.
—Te toca, Brendi —anunció Camila.
***
Brenda no necesitó que se lo dijeran dos veces. Tomó a Yuki de la mano y la guió hasta el centro de la alfombra. La hizo arrodillarse y se acostó delante, abriendo las piernas hasta que sus labios mayores quedaron a la vista de todas.
—Ven con mami —ronroneó—. Sé buena niña y cómeme bien rico.
Tomó a Yuki por la nuca y le bajó la cara contra su sexo. La chica trans la lamió primero con timidez y después con un hambre que la sorprendió. Brenda echó la cabeza hacia atrás, gimió largo y le sostuvo la cabeza con las dos manos para que no se moviera de donde ella la quería.
—Qué boca tiene esta nena —jadeó—. Qué boca, por Dios.
Camila se deslizó al piso, se acostó boca arriba debajo de las piernas de Yuki y le tomó la pequeña polla con los labios. Ya se le estaba poniendo dura otra vez. Marta seguía con el consolador metido, mirando la escena con los ojos brillantes. Cada vez que la cabeza de Yuki bajaba contra el sexo de Brenda, la polla de Yuki golpeaba el paladar de Camila.
El pecho enorme de Brenda subía y bajaba como dos olas. Cuando se vino, lo hizo con un gemido largo, gutural, que le salió desde el fondo del vientre. Yuki no aflojó. Siguió lamiendo, ahora desordenada, sintiendo cómo Camila la chupaba a ella al mismo tiempo. Apenas alcanzó a apartarse antes de venirse otra vez en la boca de Camila, con un chorro pequeño pero caliente.
Marta, desde el sillón, se había olvidado de su propio consolador. Camila se incorporó relamiéndose y, al notar que era la única que todavía no se había venido, sonrió.
—Eso no se hace —dijo Marta, gateando hacia ella—. Ven para acá.
Le quitó el consolador a Camila y se lo enterró sin avisar. Camila gritó, agarrada de la alfombra, y se vino casi al instante.
Durante los cinco minutos siguientes no habló nadie. Sólo se escuchaba la respiración pesada de cuatro mujeres satisfechas y una chica trans agotada y feliz en el medio del living.
Brenda fue la primera en romper el silencio.
—¿Tienes novia? —le preguntó a Yuki, con una voz mucho más suave.
—Sí —respondió la chica.
—¿Es como tú?
—No. Ella tiene un coñito muy lindo.
—¿Y te la coges?
Yuki sonrió, todavía recostada en la alfombra, con los ojos entrecerrados.
—Todas las noches. Y después ella me la chupa a mí.
—¿Le gusta tu pollita? —preguntó Lorena, que se había recuperado lo suficiente como para volver a tocarse.
—Le encanta. Dice que es perfecta para su boca.
—¿Y otras veces chupas a otros? —insistió Marta.
—A veces. Una vez mi compañera de departamento trajo a su jefe a casa. Tenía una polla enorme.
—Madre mía —gimió Brenda, otra vez con la mano entre las piernas—. ¿Se la chupaste?
—Sí. Pero después de que se cogiera a mi compañera. Me dejó las sobras.
Las cuatro empezaron a tocarse de nuevo como si fuera la primera vez de la noche. Yuki, sin que nadie se lo pidiera, se puso de pie en el medio del living y se masturbó frente a ellas, lento al principio, después con más urgencia, hasta venirse por tercera vez. Casi en simultáneo las otras cuatro la siguieron, con orgasmos largos y sucios que les sacudieron todo el cuerpo.
Cuando Yuki se vistió y se fue, todavía estaban tiradas en el living, sin fuerza para levantarse.
—¿Qué les pareció mi regalo? —preguntó Camila desde el piso.
Lorena fue la que respondió, con la voz todavía ronca:
—Estaba tan rica que no quería ni morderla.
Las cuatro se rieron, exhaustas, hasta que el cansancio las venció.