Mi mejor amiga y el verano que cambió todo en la playa
Diego se había ido tres semanas con su familia a la costa norte y yo me había quedado en la ciudad con un humor de perros. Mi primer verano oficial con novio iba a terminar siendo un verano sin novio, y la noticia me cayó tan mal que estuve casi una semana sin dirigirle la palabra cuando vino a despedirse.
Las mañanas se me hacían eternas. Me acostaba tarde, me levantaba más tarde todavía, ayudaba en casa a regañadientes y rellenaba las tardes con cualquier plan que apareciera. Lo del sexo casi diario que me había prometido a mí misma pasaba a ser otra fantasía pinchada antes de empezar.
Esa mañana me había citado con Mariela. Su hermana mayor nos llevaba hasta la playa más cercana y volvía a buscarnos cuando terminara su turno en la tienda. El día prometía calor, de esos que te pegan la sal en la piel y te dejan la cabeza floja. Salimos con dos toallas, una bolsa con frutas y agua, y los bikinis puestos debajo del vestido.
La playa estaba a reventar. Sombrillas amontonadas, niños corriendo, radios a distinto volumen. Encontramos un hueco entre un grupo de jubilados y una pareja joven con un perro. Las dos llevábamos tanga, ella en rosado, yo en negro. Era la primera vez que estrenaba ese bikini y notaba cómo el tirante se ajustaba un poco más de lo habitual.
Tendría que explicar primero quién es Mariela, porque si no, lo que viene después no se entiende del todo. La conozco desde el colegio. Crecimos en la misma cuadra, fuimos a las mismas fiestas, pasamos los exámenes finales pegadas a la misma carpeta. Es alta como yo, delgada, con el pelo castaño bien liso, anteojos que se le resbalan cuando suda y unos pechos que llaman la atención hasta cuando lleva una camiseta floja. Talla cien, copa D, según ella, que se la sabe de memoria de tanto pedirla por internet.
Entre nosotras la confianza es total. Nos hemos visto desnudas mil veces en vestidores, en pijamadas, después de la piscina. Mariela fue la primera de las dos en perder la virginidad, en el último año del instituto, con un novio que la celaba hasta cuando iba al baño. Después tuvo otros dos chicos, los dos le pusieron los cuernos, y todavía estaba en esa fase ácida de odiar a la mitad del planeta.
—Te traje una sorpresa —me dijo abriendo la bolsa después del primer chapuzón.
Sacó una baraja de naipes ya bastante manoseada y la dejó sobre la toalla. Nos secamos un poco, nos sentamos enfrentadas. Yo agarré la baraja, la corté.
—Blackjack, lo de siempre —dijo ella—. Pero solo nosotras dos.
—Aburrido si no apostamos nada.
—¿Y qué apostamos?
Lo pensé un segundo. La idea me vino sola, mirando alrededor.
—La que pierde, hace lo que diga la otra. Un reto. Sin medias tintas.
—Me encanta —contestó.
Repartí dos cartas para cada una. Me cayó un diez de picas y un siete de corazones. Diecisiete. Mi cabeza, conservadora, me dijo que me plantara. Mariela pidió otra, levantó la carta y soltó una risita.
—Blackjack.
—No te creo.
—Muéstrame las tuyas. Diecisiete contra veintiuno. Te toca cumplir.
—Pide entonces, dale.
—Te reto a quitarte la parte de arriba. Topless lo que dure la tarde.
—¿Estás loca?
—Hay un montón haciéndolo, mira. No vas a llamar la atención de nadie.
No era mentira. A nuestra izquierda había dos chicas tumbadas sin nada arriba, y más allá una mujer de cuarenta y pico paseaba con un libro y los pechos al sol como si nada. Respiré hondo y empecé a desatar el lazo de la espalda. Bajé los tirantes despacio, terminé sacándomelo y lo guardé en la mochila. La brisa me tocó la piel mojada y me erizó algo más que los pezones.
El señor de la sombrilla de al lado, un jubilado con bigote y panza al sol, no se perdió un detalle. Me miró sin pestañear, y cuando se dio cuenta de que yo lo había pillado, me sonrió y me guiñó un ojo. La esposa, dos toallas más allá, leía una revista sin enterarse de nada. Pensé que con cierta edad la vergüenza se evapora del todo.
—Le diste un día memorable al abuelo —murmuró Mariela tapándose la boca para no reírse fuerte—. Mira cómo te sonríe.
—Pobre tipo, le voy a salir en sueños esta noche.
Seguimos. La siguiente mano la perdí también, dos ochos contra un diecinueve.
—No puede ser, estoy fría con las cartas.
—Y ahora, mi querida perdedora, te vas al agua así. Que todo el mundo te vea las tetas mientras corres.
Me levanté y, antes de salir, me sacudí la arena del culo con las dos manos, de espaldas al jubilado. Lo escuché toser fuerte. Mariela me clavó la mirada y me hizo un gesto de aprobación con el pulgar, como diciendo «descarada». Empecé a caminar hacia la orilla y no necesité mirar para sentir que medio sector me venía mirando. Hombres, mujeres con cara de molestia, adolescentes con un codazo entre ellos. Cuando llegué al agua me lancé de golpe para no congelarme de a poco.
El choque de temperatura me dejó un segundo sin aire. Pegué un brinco y volví trotando a la toalla porque quería revancha cuanto antes.
—Lista, vamos de nuevo.
—Mira cómo viniste —se rio Mariela señalándome el pecho—. Te quedaron los pezones como dos botones.
Yo no me había dado cuenta hasta que ella me lo señaló. Tenía la piel mojada, brillaba al sol y los pezones se me marcaban duros y altos. El jubilado había abandonado el disimulo del todo. Y un chico que estaba con su novia tampoco me sacaba los ojos de encima.
Barajé otra vez. Me tocó un quince. Esta vez me arriesgué, pedí una más. Salió un cuatro. Diecinueve.
—Me planto.
—Yo también.
—Dieciocho —dijo ella mostrándome.
—¡Diecinueve! —grité.
—Ay, no, no, no.
—Ya sabes qué viene.
—No me digas.
—Las dos al sol. Que la playa entera te vea esos melones.
—Eres peor que un hombre, Sofía.
Pero se lo sacó. Despacio, sin animarse a mirarme directo al principio, soltando el nudo de la espalda con las dos manos. Cuando el bikini se le cayó al regazo, levantó la vista buscando reacciones. El jubilado, otra vez, no aflojaba el ritmo. Mariela se puso colorada hasta el cuello y los pechos se le movieron al respirar fuerte. Eran preciosos, con un pezón más oscuro que el mío y un lunar pequeño sobre el izquierdo.
—Te lo mereces por la idea brillante del reto.
—Cállate y reparte.
Tener a Mariela en topless al lado mío encendió algo que no sabía nombrar todavía. Algo entre la complicidad de toda la vida y una corriente nueva. Quería seguir adelante con el juego para no pensar en eso, pero también quería seguir adelante con el juego justamente por eso.
La siguiente ronda terminó en empate. Las dos sacamos veinte.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Reto para las dos.
—¿En qué estás pensando, Sofía?
—¿Viste cómo nos miran?
—Vergüenza ajena.
—A mí me está gustando que nos miren.
Mariela se quedó callada un instante. Después soltó:
—Si te soy sincera, a mí un poco también.
Esa frase fue todo lo que necesitaba. Tragué saliva.
—¿Y si fingimos que somos novias un rato? Para calentarlos un poco más.
—Estás muy loca.
—Eso ya lo sabíamos.
—Bueno… ¿pero qué? ¿Un beso?
—Un beso tímido, nada del otro mundo. Tú y yo nos hemos besado mil veces de borrachas.
—Eso era distinto, Sofía. Estábamos jugando.
—Ahora también estamos jugando.
—Sin lengua, eh. Que te conozco.
Me acerqué. Le aparté el mechón húmedo que se le había pegado a la frente, le puse la mano en la mejilla y le di un beso de tres segundos. Cuando me separé y nuestras miradas se encontraron, supe que algo se había movido. Fue ella la que esta vez se acercó, me agarró de la nuca y volvió a besarme, más largo, sin pedir permiso. Cuando me solté, miré a los costados. El jubilado se había olvidado hasta de respirar. La pareja joven ya no fingía mirar el celular.
—Necesito otro chapuzón —dije con la voz un poco más ronca de lo que pretendía.
—Yo también, te lo juro.
***
Caminamos hasta la orilla agarradas de la mano. No me importó si parecía un personaje de telenovela. El agua nos recibió fría otra vez, pero esta vez no me importaba congelarme. Lo único que importaba era llegar a una zona donde nadie viera lo que mis manos querían hacer.
—Bruta, ¿estás haciéndome esto a propósito? —protestó cuando le tiré una ola en la cara para ayudarla a aclimatarse.
—Te conviene mojarte rápido.
Ella, en venganza, hundió las manos y me empujó una pared de agua al torso. Me dejó sin aire un segundo. Le tiré un manotazo de vuelta y, antes de darme cuenta, las dos estábamos riéndonos como cuando teníamos quince años, salpicándonos y empujándonos. En una de esas, le metí un empujón fuerte. Ella se hundió, pero al caer me enganchó la pierna con la suya y me arrastró abajo con todo el cuerpo.
Salí escupiendo agua. Mariela tenía los anteojos torcidos y el pelo pegado a la cara.
—Te voy a matar. No quería mojarme el pelo, ¿no entiendes?
—Agárrame si puedes.
Me lancé hacia adentro, nadando estilo libre como pude, pero ella siempre nadó mejor que yo. Me alcanzó en cuatro brazadas, me agarró del tobillo, después subió la mano por la pantorrilla, después por el muslo, y de un tirón me llevó hacia ella. Cuando intenté agarrarme de algo para no hundirme, terminé apoyando la mano en uno de sus pechos. No la moví. Ella tampoco me apartó la mano.
Hicimos pie en un punto donde el agua nos llegaba al pecho. Nos miramos. Ya no había risa. Había otra cosa. Nuestros cuerpos estaban pegados, mi pierna entre las suyas, su muslo apretado contra el mío. Le sentí el corazón galopando contra mi piel.
—Sofía —dijo en voz muy baja.
—No digas nada.
El segundo beso de la tarde lo inició ella, y esta vez no fue tímido. Sus labios se abrieron y la lengua se metió de golpe, ignorando el trato que había puesto un rato antes. No me importó. Le respondí buscándola con la mía, y nos comimos la boca como dos personas que llevaban años postergando algo sin saberlo.
El agua estaba fría. Nuestros cuerpos, no. Cada vez que el oleaje nos juntaba más, los pechos de las dos se aplastaban entre sí y un escalofrío me bajaba directo al estómago. Mis manos empezaron en su espalda, bajaron hasta la cintura, terminaron una en su culo, apretándola contra mí, la otra en su pecho, jugando con el pezón. Ella hacía lo mismo. Me amasaba un pecho con la palma abierta y me apretaba la otra nalga como si estuviera midiéndola.
Estábamos a unos treinta metros de la orilla. Desde allá no se veía nada de lo que nuestras manos hacían bajo el agua. Eso me dio el último empujón. Deslicé la mano por su vientre y la metí dentro del tanga rosado. Mariela soltó un suspiro pegado a mi oído. La descubrí lisa, sin nada de vello. Mis dedos resbalaron por sus labios y sentí enseguida una humedad que no era del mar. Algo más espeso, más caliente.
—No pares, por favor —me dijo bajito.
Su mano copió la mía. Se metió debajo del mío y me encontró igual de mojada. Yo me lo recorto justo para que no se asome por los bordes del bikini, y ella jugó con el poco vello que encontró antes de seguir bajando.
Nos quedamos así, abrazadas, las cabezas apoyadas en el hombro de la otra para disimular un poco más, dos cuerpos meciéndose con el ritmo de las olas y de los dedos. Mi pulgar le dibujaba círculos sobre el clítoris mientras dos dedos se movían dentro de ella. Ella hacía lo mismo conmigo, con una destreza que no me esperaba. Los gemidos, cortos al principio, fueron creciendo. Tuvimos que volver a besarnos para callarlos.
—Mariela, no pares.
—Yo igual, yo igual… bésame fuerte.
Llegamos juntas, con la boca pegada y los cuerpos contraídos uno contra el otro, mientras una ola nos levantaba un poco del fondo. Yo me apreté contra su mano y sentí un latigazo que me cruzó desde la nuca hasta los talones. Ella me mordió el labio inferior cuando le pasó lo mismo.
Nos quedamos un rato más así, abrazadas, agitadas, sintiendo la respiración una en el cuello de la otra. La corriente nos mecía despacio. El sol nos pegaba en las mejillas y yo no me animaba a separarme por miedo a que la realidad volviera de golpe.
***
Volvimos a la orilla caminando despacio, agarradas otra vez de la mano. Antes de llegar a la toalla nos dimos otro beso, esta vez a la vista de todos. El jubilado ya se estaba yendo con su esposa y nos saludó con la cabeza, como reconociendo el espectáculo. Nos tiramos boca arriba al sol, los pechos al aire, y nos quedamos calladas un rato largo, cada una pensando lo suyo.
—¿Estamos bien? —preguntó Mariela.
—Mejor que bien.
—¿Y mañana?
—Mañana también. Y pasado.
Esa tarde marcó un antes y un después. Mariela y yo seguimos repitiendo lo mismo varias veces durante el verano, casi siempre en su casa, alguna en la mía cuando mis padres no estaban. Diego volvió tres semanas después y, mientras tanto, había descubierto que mi cuerpo guardaba apetitos que ni yo conocía. Mariela no iba a ser la única amante de ese verano, pero esa ya es otra historia.