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Relatos Ardientes

La tarde que mi compañera de facultad me besó

Antes de meterme en lo que pasó esa tarde, déjenme contarles algo de mí. Soy una chica de pelo lacio, oscuro, que me llega justo debajo de los hombros. Mido un metro sesenta y dos, soy morena clara y siempre tuve una curiosidad bastante calmada por estar con otra mujer. No es una preferencia ni una urgencia: es esa cosa pequeña que se queda en la cabeza durante años, esperando a que aparezca alguien que la despierte.

Me encantan los hombres. Eso lo supe desde la primera vez que sentí mariposas en la panza con un compañero del colegio. Pero también empecé temprano a conocer mi cuerpo, a entender cómo me funcionaba, a saber a qué sabía mi propia humedad antes de pensar en que la probara alguien más. Tenía esa filosofía rara de querer cuidarme y conocerme primero, y entre todo ese aprendizaje fue creciendo la fantasía de estar con una chica.

Hasta ese momento, había sido eso: una fantasía. Hasta Renata.

La conocí por Camila, una amiga de la facultad. Las dos estábamos cursando Comunicación, aunque ellas iban un año adelante. Yo había repetido un par de materias, así que terminamos en la misma comisión de teoría, y de ahí nació todo. Renata era blanquita, de pelo ondulado castaño, un poco más alta que yo, y caminaba con una seguridad que me ponía nerviosa sin querer reconocerlo. Pero al principio no la miré con otros ojos. Su forma de hablar, su humor seco, la manera en que se reía mostrando todos los dientes: encajaba con la mía como si nos conociéramos hace años.

Una tarde estábamos en el pasillo, esperando que abrieran el aula. Yo le estaba contando un chisme buenísimo de un profesor que se había peleado con una alumna en pleno parcial, y ella ni siquiera me miraba. Tenía la vista clavada en algún punto del piso, los brazos cruzados, mordiéndose la parte interna de la mejilla.

—¿Hola? —Le pasé la mano por delante de la cara—. ¿Estás acá o estás en otro planeta?

Levantó la vista y trató de sonreír. No le salió.

—Corté con Bruno.

Me quedé sin palabras. La forma en que ella hablaba de Bruno era casi como si estuviera planeando la boda. Le mandaba audios de tres minutos, le hacía dibujitos en la carpeta, lo defendía cuando Camila lo criticaba.

—¿Cuándo? ¿Cómo? Contame.

—Anoche. Fue una pelea muy fea y ya no era la primera, ni la segunda. Llegó un punto donde me di cuenta de que me estaba haciendo mierda.

—Nena, ¿por qué no me dijiste nada? ¿O a Camila? Te lo estuviste guardando vos sola.

Se encogió de hombros y se le humedecieron los ojos. Eso me partió en dos. Miré la hora, miré a Renata, miré el aula que todavía no abría.

—Vámonos.

—¿A dónde? Tenemos teoría en diez minutos.

—Teoría me la chupa. Vámonos. Te llevo a mi auto, hablamos un rato, y después vamos por un helado o un café o lo que quieras.

Lo dudó tres segundos. Después agarró su mochila y me siguió hasta el estacionamiento.

***

Eran como las cinco de la tarde. El sol todavía pegaba fuerte sobre el techo del auto y dentro hacía ese calor pegajoso de finales de marzo. Bajé las ventanas un poco, prendí la música bajita y la miré. Apenas cerró la puerta, Renata empezó a llorar de verdad. Un llanto entrecortado, feo, lleno de mocos y de palabras que no se entendían.

—Pará, pará. Respirá. No te entiendo nada.

Le pasé un pañuelo que tenía guardado en la guantera y la dejé respirar. Se rió un poquito de su propio caos, y eso me alivió.

—Decía que Bruno siempre ponía sus problemas por encima de los míos. Que del tiempo que no tenía, yo sacaba para escucharlo, y que cuando yo estaba mal, él minimizaba todo. Y encima… encima me hacía sentir cosas horribles sobre mi cuerpo, ¿entendés? Me decía cosas, así, como al pasar. Que tenía las caderas anchas. Que tenía que cuidarme. Cosas que me las repetía hasta que las creía.

Sentí ese tipo de furia callada que da ganas de salir a buscar a alguien y romperle algo. Pero ella estaba ahí, llorando, y eso era lo importante.

—Amor, escúchame bien. Vos sos hermosa. Esas caderas son un regalo. Te vestís siempre con onda, te peinás con onda, te reís con onda. Bruno no te merecía ni la mitad.

—¿En serio lo pensás? —Levantó la vista. Tenía las pestañas pegoteadas y los ojos brillosos.

—En serio.

Nos miramos más tiempo del que mira una amiga a otra. Yo lo sentí. Ella también. Y entonces se inclinó y me besó.

Fue un beso corto, indeciso, casi una pregunta. Sus labios contra los míos un segundo, dos, tres, y después se alejó como si recién entendiera lo que había hecho.

—Perdón, no sé por qué…

No la dejé terminar. La agarré de la nuca y la besé yo a ella. Más firme. Más claro. Con la lengua adentro, con la boca abierta, con esa intención que no se confunde con consuelo.

***

Los besos se volvieron húmedos en cuestión de segundos. Nuestras lenguas se buscaban con una urgencia que no me esperaba, y yo sentía cómo se me bajaba la sangre desde el pecho hasta la entrepierna. La bombacha se me empapó antes de que pasaran cinco minutos. Sus labios eran suaves, distintos a cualquier boca que yo hubiese probado, y olía a un perfume cítrico que se me quedó en la memoria para siempre.

Le pasé la mano por arriba de la remera, le apreté un pecho por encima del corpiño, y ella gimió dentro de mi boca. Ese sonido me terminó de prender. Reclinó el respaldo del asiento del acompañante y me dejé caer encima, torpemente, como podía. La consola del medio se nos clavaba en el costado, pero ninguna iba a parar por una incomodidad tan tonta.

Le desabroché el pantalón y le metí la mano abajo de la bombacha. Estaba mojadísima. Pasé los dedos entre sus labios sintiendo cómo resbalaban, y le encontré el clítoris con la yema. Empecé despacio, dibujándole círculos suaves, mirándola a la cara para ver cómo se le iba descomponiendo la expresión. Cerró los ojos, entreabrió los labios, soltó un suspiro largo.

Le metí dos dedos sin avisarle. Entraron sin resistencia, y ella se arqueó contra el asiento. Miré rápido para afuera: el estacionamiento de la facultad estaba casi vacío en esa franja del día, y los vidrios de mi auto eran polarizados. No se veía nada de adentro. La seguí dedeando, despacio al principio, después con más ritmo. El sonido era lo único que se escuchaba dentro del auto: el chapoteo de sus jugos, su respiración cada vez más entrecortada, los crujidos del cuero del asiento cuando se movía.

—Qué linda que sos cuando se te pone esta cara —le dije al oído.

Ella jadeó algo que no entendí.

—¿Te vas a venir? ¿Vas a terminar en mis dedos, hermosa?

—Sí, por favor… no pares, no pares, no pares.

Le metí los dedos un poco más profundo y le aceleré el ritmo del pulgar sobre el clítoris. Soltó un chillido agudo que apagó contra mi cuello, mordiéndome el hombro para no hacer ruido. La sentí apretarse alrededor de mis dedos, una vez, otra, otra más, y cuando empezó a aflojar le mantuve el ritmo suave, alargándole el placer todo lo que pude. Saqué los dedos, mojados, brillantes, y me los llevé a la boca despacio. Después le pasé el otro dedo por los labios y se los hizo lamer ella misma. Ver cómo me chupaba la mano me dejó al borde del corto circuito.

—Pasate atrás —me dijo con la voz ronca—. Quiero devolverte el favor y no entramos acá.

***

Salimos del auto un segundo, miramos para los costados como dos adolescentes culposas, y nos pasamos al asiento trasero. Nos sacamos los pantalones y las zapatillas, pero nos dejamos puestas las remeras y los corpiños. Renata me empujó suave contra la puerta y me abrió las piernas con las dos manos.

Empezó por la cara interna de los muslos. Me dejó dos o tres mordiscos pequeños que iban a marcarse después, y subió besando hasta llegar al borde de la bombacha. La corrió a un costado sin sacármela, y me pasó la lengua de abajo hacia arriba, lento, con una calma que me estaba volviendo loca.

—Por favor —se me escapó.

—¿Por favor qué?

No le contesté con palabras. Le agarré la nuca y la apreté contra mí. Ella se rió y empezó a chuparme el clítoris con una dedicación que no me esperaba para nada. Le entendí enseguida que ya había hecho esto antes, o que tenía un instinto envidiable. Me metió dos dedos sin pedir permiso y me cogió con la mano al ritmo de la lengua. Eché la cabeza para atrás contra el vidrio y dejé de pensar en cualquier cosa que no fuera ella.

—Me vas a hacer terminar —le avisé.

Levantó la vista, sin sacar la boca, y asintió con los ojos. Ver cómo me chupaba mientras me miraba fue lo último que me hacía falta. Me agarré del apoyacabezas del asiento delantero, le clavé la otra mano en el pelo, y me vine con un temblor que me empezó en la pelvis y me llegó hasta los dedos de los pies. Ella no aflojó. Siguió ahí, lamiéndome despacio, hasta que el último espasmo se me fue del cuerpo.

Cuando subió a besarme, me pasó toda mi propia humedad por la boca. Estaba tan caliente que me dieron ganas de empezar de nuevo.

—Quiero hacerte tijera —le dije sin pensarlo demasiado.

***

Nos acomodamos como pudimos en el asiento trasero. Yo me quedé recostada, con una rodilla doblada contra el cuerpo y la otra extendida, y ella se subió encima mirando hacia atrás. Cuando conectó su sexo con el mío, los dos cuerpos pegaron una sacudida al mismo tiempo. Su clítoris se rozó con el mío, los dos duros y mojados y vivos. Soltamos el mismo gemido, casi sincronizadas.

Renata empezó a moverse despacio, buscando el ángulo, ajustando hasta encontrar el punto justo en el que las dos íbamos a sentir todo. Cuando lo encontró, lo supo. Empezó a moverse más rápido, apoyada en mi pierna doblada, mirándome a los ojos como si quisiera asegurarse de que yo no estuviera en otro lado.

—¿Te gusta? —Su voz salió quebrada.

—Me encanta —apenas pude contestarle.

—Estás re mojada.

—Vos también, boluda.

Nos reímos las dos al mismo tiempo, y entre la risa los movimientos se aceleraron solos. Le subí la mano por debajo de la remera, le aflojé la copa del corpiño y le apreté un pezón fuerte. Pegó un grito agudo que se le mezcló con el gemido siguiente, y me clavó las uñas en el muslo. Ya no me importaba si pasaba alguien del lado de afuera, si nos escuchaban, si subía un guardia del estacionamiento. Estaba demasiado cerca como para frenar.

—No pares —le pedí—. Estoy por terminar.

—Yo también, no pares vos.

Nos venimos casi al mismo tiempo. Un orgasmo encimado al otro, sus jadeos entrelazados con los míos, las dos riéndonos a la mitad porque era hermoso y ridículo al mismo tiempo. Se desplomó sobre mi pecho, y nos quedamos así un rato largo, las dos transpiradas, las dos sin pensar en nada, las dos felices.

***

Nos limpiamos con unas toallitas húmedas que yo siempre tengo en la guantera por costumbre. Nos vestimos despacio, hablando bajito, como si todavía estuviéramos protegiendo algo recién nacido. Ya era de noche y el estacionamiento se había vaciado del todo.

—Sos la mejor amiga que tengo —me dijo cuando ya estábamos manejando hacia su casa.

—Te puedo consolar todas las veces que quieras —le contesté, y le di un beso largo en el semáforo en rojo.

—Gracias. En serio, gracias.

La dejé en la puerta de su edificio y manejé las diez cuadras hasta mi casa con una sonrisa pegada en la cara. Después de esa tarde, nos seguimos hablando como siempre. Almuerzos en el bar de la facultad, audios de tres minutos a las dos de la mañana, chismes en el grupo con Camila. Y cada tanto, cuando alguna de las dos lo necesita, podemos también ser otra cosa. Amigas casi siempre, amantes cuando la noche se pone larga. Sin compromiso, sin etiquetas, sin culpa.

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Comentarios (5)

PilarSC

Que lindo, me llego al alma. Gracias por compartirlo!

Nati_rdp

Necesito saber como siguio!!! Me quede con ganas de mas, por favor escribi la segunda parte.

BiCuriosaBA

Me recordo a una situacion parecida que tuve con una amiga... esos momentos inesperados son los que mas se quedan grabados.

Klaus_BsAs

Y como termino la cosa? Se nota que hay mucho mas para contar jaja

lectura_caliente

Muy bien narrado, se siente autentico. No es facil capturar esa tension sin que se pierda la emocion.

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