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Relatos Ardientes

La intérprete de Saigón me hizo descubrir quién era

Margaux Delacroix bajó del vapor con la blusa de lino pegada a la espalda y el sombrero apretado contra el pecho. Saigón olía a especias quemadas, a fruta madura y a algo más, algo dulce y húmedo que no supo nombrar. Veinticinco años, heredera única de una casa exportadora de Burdeos, y la primera vez que pisaba un puerto del que su padre solo le había hablado en cartas.

Llevaba tres meses sabiendo que los hombres no le interesaban. Lo había averiguado en el camarote de una cantante belga durante la travesía, una mujer mayor que ella que la besó una sola noche y luego desapareció en Suez. Desde entonces miraba a las mujeres con una curiosidad nueva, como si recién hubiera aprendido a leer un idioma que siempre había tenido delante.

Y allí, en el muelle, había mucho para leer. Las nativas que cargaban cestos de pescado tenían la piel del color del té con leche, las caderas estrechas, los pechos pequeños y firmes apenas cubiertos por blusas de algodón finísimo. Caminaban descalzas, con esa elegancia que solo da llevar un peso en la cabeza desde los seis años. Margaux las miraba y se le secaba la boca.

Un rickshaw la llevó al Hotel Continental por avenidas todavía empedradas, entre puestos de mango y carbón. El muchacho que pedaleaba tenía la espalda desnuda y el sudor le brillaba sobre los músculos. Margaux le pagó bien y no le miró dos veces. Reconocía la belleza de aquel cuerpo joven, pero no le servía para nada.

En la habitación, la doncella le preparó un baño con sales de jazmín y se retiró cerrando la puerta con cuidado. Cuando se quedó sola, Margaux se metió en el agua tibia y cerró los ojos. Volvieron a su memoria las lavanderas del río que había visto al pasar, agachadas hasta la cintura, restregando ropa contra las piedras, con el pelo trenzado cayéndoles entre los pechos desnudos.

Se llevó una mano al cuello, después a un pezón. Lo apretó despacio entre el pulgar y el índice hasta que sintió un tirón directo entre las piernas. Su otra mano resbaló por el vientre, encontró el vello rubio y se abrió paso entre los labios ya hinchados. El agua hacía de lubricante.

Pensó en una de las lavanderas levantando la cabeza para mirarla, en sus ojos negros sobre los de ella, y se vino con un gemido breve que rebotó en los azulejos. Después se quedó quieta, con la cabeza apoyada en el borde de la bañera y el corazón latiéndole en sitios donde no debería.

Tardó media hora más en vestirse. La seda del vestido nuevo, color marfil, se le ajustaba a las caderas y dejaba la espalda casi desnuda hasta el inicio de la columna. Bajó al restaurante con las mejillas todavía encendidas y la sensación de que todos los ojos del salón se detenían en ella un segundo de más.

***

Su cita era con el señor Trinh, un exportador de seda de unos setenta años. Esperaba a un hombre solo. Encontró a dos.

—Mi nieta Lien me acompaña como intérprete —dijo el anciano en un francés gastado—. Mi inglés ya no alcanza para los negocios serios y mi francés se va por el mismo camino.

Margaux extendió la mano y casi se le olvidó respirar. Lien tendría veintidós años, no más. Llevaba un cheongsam de seda negra con dragones bordados en plata, ceñido como una segunda piel, abierto hasta media cadera. Cuando se inclinó para saludar, los dragones se deslizaron sobre el pecho y la espalda como si estuvieran vivos. Tenía los ojos largos y ligeramente rasgados, el pelo cortísimo a la altura de la nuca, y una boca pequeña que parecía siempre a punto de reírse de algo privado.

—Encantada, señorita Delacroix —dijo en un francés perfecto, sin acento.

Margaux tardó un segundo de más en soltarle la mano.

La cena fue larga. Hablaron de aranceles, de rutas marítimas, de los precios del algodón egipcio y de la competencia inglesa en el delta. Lien traducía con precisión, pero cada vez que decía «mi abuelo opina que…» se inclinaba un poco hacia Margaux, y el escote del cheongsam se le abría apenas, y Margaux veía el borde superior de un pezón pequeño y oscuro y volvía a perder el hilo de los aranceles.

Bajo la mesa, el muslo derecho de Lien quedaba expuesto por el corte de la falda. La luz amarilla de las lámparas se le posaba ahí, justo donde la piel se hacía más clara. Margaux apretaba el pie contra el suelo para no hacer ninguna tontería.

Cuando llegó el café, el señor Trinh se disculpó con un gesto antiguo.

—A mi edad, las once de la noche son las dos de la madrugada. Lien la atenderá mañana. Conoce los almacenes mejor que yo y regatea con menos paciencia, así que cierre rápido.

Lo vieron alejarse con bastón hacia el ascensor. En la mesa quedaron las dos copas de licor de arroz y un silencio que pesaba.

—¿Le gustaría tomar otra copa en el bar? —preguntó Lien.

—Sí —dijo Margaux, demasiado rápido.

En el bar la orquesta tocaba un vals que nadie bailaba. Lien rozó con un dedo el dorso de su mano al pasarle la copa. No fue un accidente. Margaux se quedó mirando el lugar donde la había tocado, como si esperara una marca.

—El jardín del hotel es muy bonito por la noche —dijo Lien sin mirarla, removiendo el hielo de su copa—. ¿Quiere que se lo enseñe?

***

El jardín era un laberinto de magnolios, hibiscos y orquídeas trepadoras. Los faroles colgaban a poca altura y la luna estaba alta sobre los tejados de tejas rojas. Caminaron hasta el fondo, donde un viejo banyan extendía sus raíces como dedos sobre la tierra húmeda. Lien la apoyó contra el tronco con una suavidad firme, como quien coloca un libro en su estante.

—Llevas mirándome desde que me senté —dijo en voz baja.

—Lo sé —contestó Margaux.

La besó ella primero. Fue un beso lento, apenas una presión, y después la lengua de Lien se abrió paso y todo el cuerpo de Margaux respondió a la vez. Le pasó las manos por la cintura, por las caderas, y deslizó la derecha bajo el borde del cheongsam por el corte de la falda. La piel del muslo era tibia, lisa, ligeramente perfumada. No llevaba nada debajo.

—¿Aquí? —susurró Margaux.

—Aquí —dijo Lien.

Sus dedos encontraron el vello negro y rizado, y debajo, los labios mojados y resbaladizos. Margaux no tenía experiencia con cuerpos ajenos, pero había aprendido mucho del suyo. Acarició con los dos dedos juntos, sin prisa, dibujando círculos pequeños alrededor del clítoris, escuchando cómo la respiración de Lien se iba haciendo entrecortada contra su oreja.

En algún lugar del jardín alguien también jadeaba. No eran las únicas. Pero estaban ocultas tras el tronco y la noche tropical era cómplice de todos. Margaux dejó de oír lo que pasaba alrededor y se concentró solo en la humedad creciente bajo sus dedos y en la forma en que Lien se aferraba a su cuello.

Lien se vino con un temblor corto que le subió desde las rodillas. Le mordió a Margaux el lóbulo de la oreja para no gritar. Luego se separó un poco, le tomó la cara con las dos manos y la miró fijo.

—Ahora yo a ti. Pero no aquí. En tu habitación.

Margaux le abrochó los dos botones del cheongsam que se habían soltado y la siguió por el jardín agarrada de la mano como una colegiala que vuelve del recreo.

***

La suite del Continental tenía un techo de cuatro metros, un ventilador de aspas perezosas y una cama con dosel de muselina blanca. Lien cerró la puerta con llave, se quitó los zapatos sin mirar y dejó caer el cheongsam con un solo movimiento de los hombros. Quedó desnuda en mitad de la habitación, los pies pequeños sobre la alfombra persa, mirando a Margaux con una paciencia que daba miedo y hambre a la vez.

—Tu turno —dijo.

Margaux se acercó como quien se acerca a algo que podría romperse. Empezó por el pezón derecho, lo rozó con un dedo, vio cómo se endurecía bajo la yema. Lien soltó un suspiro y dijo algo en vietnamita que Margaux no entendió pero sintió en la base del vientre.

La fue desvistiendo a ella también, despacio, los dedos de Lien soltando un botón a la vez, como si no tuviera ninguna prisa por que terminara la ceremonia. Cuando el vestido marfil cayó al suelo, las dos quedaron iguales: nada más que la piel y la respiración.

Margaux la guio hasta la cama y la recostó con cuidado sobre las plumas. Quería tocarlo todo, probarlo todo, no perderse ni un centímetro de aquel cuerpo que llevaba toda la noche dibujándose bajo la seda. Empezó por los brazos. Levantó uno y pasó la lengua por la axila lampiña, perfumada con un aceite que olía a sándalo. Lien se estremeció y se rió un poco, como si le diera cosquillas y placer al mismo tiempo.

Bajó por las costillas, por el ombligo, por el monte oscuro y espeso. Encontró el clítoris con la lengua, lo rodeó, lo acarició con la punta. Lien le agarró el pelo y empujó las caderas hacia su boca sin decir nada. No fue un solo orgasmo, fueron tres, encadenados, cada uno más hondo que el anterior. Margaux bebió cada gota como si tuviera la sed de toda una travesía.

Cuando levantó la cabeza, Lien estaba sonriendo con los ojos cerrados y el pelo desordenado contra la almohada.

—Ahora tú —dijo, y la giró sobre la cama con una fuerza que Margaux no le esperaba.

La boca de Lien sabía lo que hacía. Margaux entendió en treinta segundos que aquella no era su primera mujer, ni la décima, y eso, lejos de molestarla, le dio una calma extraña. Lien le metió dos dedos despacio, casi a propósito despacio, y con la lengua le buscó el punto exacto. Margaux se mordió el dorso de la mano para no despertar al hotel entero.

No sabía que se podía sentir así, pensó. Llevo veinticinco años perdiéndome esto.

Se vino dos veces seguidas, con el cuerpo arqueado y los dedos enredados en las sábanas de algodón. Lien subió por su cuerpo besándola y le ofreció la boca con el sabor de Margaux todavía dentro. Se besaron así un rato largo, sin hablar.

Después Lien se quedó tumbada de costado, apoyada en un codo, recorriéndole los pechos a Margaux con la punta de un dedo, dibujando círculos lentos alrededor de cada pezón.

—Mañana tenemos que ver los almacenes —dijo con media sonrisa.

—Mañana es dentro de mucho —contestó Margaux, y la atrajo de nuevo hacia ella.

Cayeron dormidas abrazadas en algún momento de la madrugada, con las puertas del balcón abiertas. La brisa caliente movía la muselina del dosel y traía el ruido lejano de los pájaros del jardín.

***

Margaux se despertó al amanecer con la mano de Lien sobre el vientre. La luz del trópico entraba como una bendición espesa, anaranjada, y le pintaba franjas sobre la espalda. Se quedó muy quieta para no romper el momento.

—¿Cuántos días te quedas? —preguntó Lien sin abrir los ojos.

—Tres semanas.

Lien sonrió contra su hombro.

—Mi abuelo tiene almacenes en Hué y en Phnom Penh. Anoche le dije que yo te acompañara a verlos todos. Dijo que sí enseguida. Creo que se dio cuenta de algo.

—¿Y no le importa?

—Mi abuelo perdió a su mujer hace treinta años y nunca volvió a casarse —dijo Lien—. Las cosas que importan, ya hace tiempo que aprendió a no juzgarlas.

Margaux le pasó la mano por la espalda, hasta la curva de la cadera. Pensó en el contrato que tenía que firmar, en su padre esperando un telegrama en Burdeos, en el viaje de vuelta que ahora se le aparecía como una amenaza. Pensó después en la cantante belga, en Suez, en lo poco que había entendido entonces de lo que era esto.

—Tres semanas —repitió, como si por primera vez fueran muchas.

Lien le besó el hombro y se levantó a abrir del todo las cortinas. Saigón ya estaba despierta: pregoneros, campanas, ruedas sobre piedra. Margaux la vio desnuda contra la luz, pequeña y entera, y supo que aquel viaje iba a ser el primero de muchos.

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