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Relatos Ardientes

Mi suegra me vendó los ojos para llevarme con su marido

Andrés llevaba dos meses fuera del país. Su empresa lo había mandado a una sede en el extranjero y, según el último mensaje, todavía faltaban tres semanas para que regresara. Mientras tanto, mis suegros insistieron en que me quedara con ellos. «Una niña sola en ese apartamento no está bien», había dicho Carmen el día que me mudé. Y ahí estaba yo, en su sala, hundida en el sofá, intentando concentrarme en una serie que ni miraba.

El problema era que mi cuerpo no entendía de calendarios laborales. Llevaba unos días con el pulso acelerado, una sudoración leve detrás de las rodillas y una sensación constante entre las piernas que ningún cruce de muslos lograba disimular. Estaba ovulando y mi marido a doce mil kilómetros de distancia.

—¡Ay, hija! ¿Estás bien? —Carmen entró con un trapo de cocina al hombro y me miró fijo.

—Sí, suegra, ¿por qué lo dice?

—Desde hace rato te veo agitada, como si te faltara el aire.

—No, no, estoy bien.

Carmen no se conformó. Desapareció hacia la cocina y volvió con un vaso largo de limonada bien fría. Se sentó junto a mí en el sofá y me lo puso entre las manos.

—Tómate eso, mi amor, te va a venir bien. Y dime, ¿ya sabes cuándo vuelve mi hijo?

—Tres semanas más, según el último correo.

—Pues ya casi nada. ¿No estás contenta de volver a verlo?

—Claro que sí. Solo que se me hace eterno.

—¿Por qué lo dices?

Le di un trago largo a la limonada para ganar tiempo. La pregunta era inocente, pero yo no tenía ganas de mentir y tampoco encontraba forma de explicar la verdad sin morirme de vergüenza.

—Llevamos dos meses sin vernos y… —me detuve.

—¿Y qué, hija?

—Pues… —el vaso me temblaba en la mano—. Me da pena con usted, suegra.

—Hija, ya eres parte de esta familia. Confía en mí, soy como tu segunda madre.

—Tampoco creo que se lo contaría a mi propia madre.

Carmen se rio. No fue una risa nerviosa, fue una risa cómplice, como si supiera de qué iba la conversación antes de que yo dijera nada. Cruzó las piernas, se acomodó el cuello de la blusa y me miró con paciencia.

—A ver, ¿estás embarazada de mi hijo?

—Ese es justo el problema, suegra. Que no hay forma de intentarlo.

—¿Intentarlo? ¿Te refieres a…?

—Por favor no me haga decirlo en voz alta.

—¿Te refieres a relaciones, hija?

Hundí la cara entre las manos y asentí. Quería desaparecer, fundirme con el sofá, salir corriendo a mi habitación. Pero Carmen me apoyó una mano en la rodilla y me la apretó con suavidad.

—No pasa nada. Yo también fui joven y no soy ninguna mojigata. Entiendo perfectamente lo que sientes.

—¿De verdad?

—Claro. Dos meses sin nada de actividad es duro, sobre todo cuando una está acostumbrada. Con razón te veía rara.

—No es solo eso. Estos últimos días han sido peores.

—Por eso cruzas tanto las piernas, ¿verdad? Lo hago yo también cuando me sobra esa humedad que no quieres que se note.

El comentario me dejó sin palabras. Carmen lo dijo con la naturalidad con la que se habla del clima. Yo nunca la había escuchado hablar así, pero algo en su tono me hizo sentir que podía soltarme.

—Sí. Algo de eso hay.

—Y los bochornos, la cara colorada, la respiración corta. Yo ya sospechaba que lo tuyo era falta de… —se calló de golpe.

—¿De qué?

—Ahora soy yo la que se arrepiente por vergüenza.

—Téngame confianza, ¿no soy como su hija?

Carmen me miró con una sonrisa torcida y se inclinó hacia mí.

—Te falta verga, mi amor. Eso es lo que te pasa.

Solté una risa ahogada. Era surrealista escucharla decir aquello en su propia sala, con la foto de comunión de Andrés enmarcada a dos metros de nosotras. Pero la risa me alivió. La presión que llevaba aguantando una semana entera se aflojó un grado.

—Me sorprendió. Nunca la había escuchado hablar así.

—Nunca habíamos hablado de estos temas. Pero dime, ¿estoy en lo correcto?

—Sí, suegra. La necesidad me está superando.

—Es normal. Una también siente. No somos de piedra. A las mujeres también se nos antoja un buen trozo de…

—¿De qué? Dígalo.

—Niña pervertida —se rio—. Un buen trozo de verga.

El cosquilleo que sentí entre las piernas con esa palabra me sorprendió a mí misma. Apreté los muslos sin darme cuenta y Carmen lo notó al instante.

—Mírate cómo te pusiste con una sola palabra.

—Perdón. Es que ya me urge.

—¿Y por qué no te encargas tú misma?

—Lo he intentado. Pero necesito más. Necesito que me agarren por las caderas y me la dejen ir con todo.

Carmen soltó una carcajada y me apretó la rodilla otra vez.

—Vaya que estás caliente, hija. Está bien. A ver, dame tu mano.

Me tomó la mano sin esperar respuesta y me la guio entre mis propias piernas, por encima del short. La presión de su palma sobre la mía me sacó un suspiro.

—Adelante, mi niña. Estás con tu suegra, no tienes por qué tener vergüenza. Es una necesidad del cuerpo.

—¿Puedo… aquí?

—Con toda confianza.

Empecé a frotarme despacio, por encima de la tela. La humedad atravesaba el algodón casi de inmediato. Carmen no apartó la vista. Al contrario: se acomodó en el sofá para mirarme mejor, como si lo que yo hacía fuera lo más natural del mundo.

—Se siente rico, ¿verdad?

—Mucho —murmuré.

—Cuéntame algo, hija. A ti, ¿cómo te gustan?

—¿Las…?

—Las vergas. ¿Cómo te gustan?

—Gruesas. Que me cueste agarrarlas con la mano.

—Esa es mi niña. A mí también. Y que se les marquen las venas, ¿no?

—Sí, sí. Las venas marcadas y el glande grande, rosado.

—Buen gusto, hija. Hasta me hiciste salivar.

—¿Le puedo preguntar algo personal?

—Dime.

—Mi suegro, ¿cómo la tiene?

Carmen abrió mucho los ojos y luego se rio, esta vez con más ganas.

—¡Niña! Qué cosas preguntas.

—Dígame. Como amigas.

—Pues sí, te voy a ser sincera. Roberto tiene un buen pedazo. A veces hasta me cuesta.

—¿Tiene foto?

—¡Sofía, por Dios! Estás desatada.

—Solo para quitarme un poco esta calentura. Por favor.

—¿Estás ovulando, verdad?

—Sí. ¿Tanto se nota?

—Un poquito. Bueno, a ver, una foto solo para saciar tu curiosidad.

Carmen sacó el teléfono y empezó a deslizar la galería. Yo no podía creer lo que estaba pasando, pero tampoco quería parar. Cuando giró la pantalla hacia mí, abrí la boca.

—¿Es de verdad?

—Claro que es de verdad. ¿Por qué iba a engañarte?

—La tiene enorme, suegra. ¿De verdad la aguanta entera?

—¿Me ves tan mayor? Pero bueno, con el culo que te cargas tú, seguro la aguantarías hasta mejor que yo.

—Mire, le voy a enseñar algo —dije, y saqué mi propio teléfono.

Le mostré una foto que tenía guardada de Andrés. Carmen se quedó muda dos segundos largos.

—No me digas que…

—Sí. Es la de su hijo.

—Madre mía. Vaya pedazo que tiene mi niño.

—¿Le gusta?

—Te mentiría si te dijera que no. Qué gorda la tiene, con razón lo extrañas tanto.

—Salió a su padre, por lo que veo.

—Tal cual. Se parecen demasiado.

***

Me puse de pie. Necesitaba ir a mi habitación, encerrarme y terminar lo que la conversación había empezado. Pero Carmen me sujetó del brazo y me devolvió al sofá.

—Tranquila, mi reina. Siéntate.

—Suegra, de verdad, voy a…

—Hazlo aquí.

—¿Qué?

—Aquí, mi amor. No tienes que irte a ningún lado. Es algo natural, estás ovulando, necesitas desahogarte. Estás con tu suegra. Confía.

—¿Está segura?

—Bájate el short. Hazlo.

Para entonces, mi cabeza ya no razonaba. Me desabroché el botón, me bajé la prenda hasta las rodillas y, por encima de la ropa interior, empecé a frotarme el clítoris. Carmen se inclinó sobre mí, me apartó el pelo de la cara y me observó como quien ve un milagro doméstico.

—Mira nada más cómo estás. Empapada.

Me levantó la blusa de tirantes y mis pechos saltaron libres. El aire en los pezones me hizo arquear la espalda.

—¿Y si me los chupa usted? —pedí en un hilo de voz—. Me ayudaría más.

Carmen no respondió. Se inclinó y me metió un pezón en la boca. La lengua le giró despacio, después con más insistencia. Yo seguía frotándome y sentí cómo la otra mano de mi suegra bajaba por mi vientre, pasaba sobre la mía y se colaba dentro de la ropa interior.

Dos dedos. Tres. Carmen no dudó.

—Estás empapada de verdad, hija. ¿Tantas ganas tienes?

—Sí, sí, sí…

—Necesitas una verga, no mis dedos. Pero por ahora va a tener que servir esto.

Se arrodilló entre mis piernas y me apartó la tela hacia un lado. La primera lamida me arrancó un gemido más alto de lo que pretendía. Carmen sabía lo que hacía. Alternaba la lengua sobre el clítoris con los dedos curvados dentro de mí, golpeando un punto que me hacía perder el control.

—¿Qué tal es mi hijo en la cama? —murmuró sin parar.

—Bruto. Salvaje. Me rompe entera.

—Así me gusta. Que mi niño no sea tibio.

—Más rápido, suegra, por favor.

Carmen aceleró. Yo ya no podía sostenerme y me dejé caer contra el respaldo del sofá. Las piernas se me sacudían solas. Cuando sentí que se acercaba, intenté apartarla.

—Quítese, me vengo.

—Échalo, mi amor. No me das asco.

Eso me terminó de soltar. El primer chorro fue casi violento, le mojó la cara, el pelo, la blusa. Después vinieron dos más, y para cuando bajé del orgasmo el sofá era un desastre y Carmen estaba empapada, sonriéndome desde abajo con los labios hinchados.

—¿Te gustó, hija?

—Mucho. Me hacía falta.

—Anda, ve a cambiarte. Yo me limpio aquí.

—Gracias, mamita.

Le di un beso ligero en la boca, casi sin pensar, y caminé a mi habitación con las piernas todavía temblando. Detrás de mí escuché a Carmen reírse bajito.

***

No supe lo que pasó después en la sala, pero veinte minutos más tarde Carmen golpeó mi puerta con los nudillos.

—Hija, ¿puedes venir? Tengo algo que enseñarte.

—Voy, mamita.

Me había puesto un short limpio y una camiseta sin sostén. Carmen estaba en el pasillo con una pañoleta de seda en la mano y una sonrisa que no terminaba de entender.

—Me gustó más cómo me llamaste hace un rato.

—¿Mamita?

—Sí. Llámame siempre así.

—Claro, mamita. ¿Qué pasó?

—¿Confías en mí?

—Por supuesto.

—Déjame ponerte esta venda en los ojos.

—¿Para qué?

—Dijiste que confiabas.

Me ató la pañoleta sobre los ojos. La seda olía a su perfume. Me agarró de la mano y me guio por el pasillo, despacio, sosteniéndome el codo en las curvas. Yo intentaba reconocer el camino por el sonido de las puertas. Cuando entramos al cuarto, percibí un olor distinto: colonia masculina, madera, cuero. No era mi habitación.

—Mamita, ¿dónde estamos?

—Sorpresa. Ven, súbete a la cama. Ponte en cuatro.

—¿Qué?

—Confía en mí, hija. Nunca dejaría que te pasara algo malo.

Me subí a la cama con torpeza. Carmen me colocó las manos, me indicó dónde, me arqueó la espalda con presión firme sobre el coxis.

—Arquea más. Saca el culo. Así, exacto. Ahora apoya la cabeza en el colchón y estira los brazos.

Obedecí. Y al hacerlo escuché otra respiración en la habitación. Una respiración que no era la de Carmen. Una respiración que conocía sin conocer del todo, parecida a la de Andrés pero más pesada.

—Mamita, hay alguien más.

—Tranquila, mi amor. Aquí estoy yo.

Sentí cómo me bajaba el short de un tirón. Después una mano grande, callosa, demasiado grande para ser la de Carmen, me apretó la nalga derecha. Intenté girarme.

—Mamita…

—Sssh.

Y entonces sentí cómo me separaban las piernas y cómo algo grueso, mucho más grueso de lo que esperaba, se apoyaba en mi entrada y entraba de un solo empuje. El grito me salió desde la boca del estómago.

—¡Ay, Dios! ¿Quién me está cogiendo, mamita? ¿Quién es?

—Es tu papi, mi amor. Ambos sabemos lo que necesitas. No es bueno que te quedes con las ganas.

Roberto. Mi suegro. La cabeza me iba a explotar y el cuerpo me decía exactamente lo contrario. Las embestidas eran largas, profundas, golpeaban un sitio que Andrés rara vez alcanzaba. Las manos me sujetaban las caderas con una fuerza que dejaba marca.

—Dios, qué vergota se carga mi papito.

—¿Te gusta la de tu suegro? —preguntó Carmen desde algún lugar a mi lado.

—Me encanta, mamita. Qué regalo me has hecho.

—Móntala, Roberto. Súbete encima de la niña y móntala como la perra que es.

Roberto se subió a la cama, me apoyó el pecho contra los hombros, y desde esa postura las embestidas se volvieron salvajes. Cada golpe rebotaba mis nalgas contra su pelvis con un sonido seco que llenaba el cuarto.

—Está más grande que la de su hijo, mamita.

—No me cabe duda —respondió Carmen.

—Hija, qué apretada estás —jadeó Roberto.

—¡No sea perra, suegra! Bien que quiere también un intercambio con su hijo.

El silencio de Carmen fue una confesión. Roberto se rio entre dientes y aceleró el ritmo.

—¿Quieres que nuestro hijo te meta la verga, amor? —le preguntó a su mujer.

—Si pudiera, no lo pensaba ni un segundo. Me encantaría que mi niño me llenara el útero entero.

—Qué puta me saliste, Carmen.

—¿Y qué? Y a ti la nuera te encanta el culo desde hace años, no me digas que no.

—Es verdad. La verdad es que sí.

Roberto me dio dos nalgadas seguidas que me hicieron arquear más la espalda.

—¿Quieres que te preñe, perra?

—Sí, papi. Lléname la concha. Estoy ovulando.

—Ya lo oíste —dijo Carmen—. Déjala panzona. Que la familia crezca como tenga que crecer.

Las embestidas se volvieron casi imposibles. Yo no sentía las piernas, solo el golpe constante contra el fondo. Roberto me agarró del pelo, me echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido grave.

—Me vengo, mi niña.

—¡Adentro, papi, adentro!

—Llénala —le ordenó Carmen—. Usa a tu nuera como depósito.

Roberto vació todo dentro de mí en tres oleadas calientes. Yo grité algo que no llegué a entender. Las piernas me cedieron y caí de bruces sobre el colchón, con la venda todavía puesta, con Roberto encima jadeando, con Carmen acariciándome el pelo como si nada extraño hubiera pasado en su habitación.

—Mamita —murmuré—. ¿Y ahora?

—Ahora descansas, mi amor. Y cuando vuelva tu marido, ya veremos qué hacemos los cuatro.

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Comentarios (6)

NachoMDP

impresionante... no me lo esperaba para nada

Rosi_44

Dios mio que final!! Quede con la boca abierta, no lo vi venir ni de cerca. Seguí escribiendo por favor

MarcosV_22

Muy buen relato, la tension que vas armando desde el principio es perfecta. Muy bien escrito

Nando_RC

La parte de la venda me mato jajaja, esa sensacion de no saber que esta pasando hasta que ya es tarde. Tremendo giro al final

ClaraLectura

El excerpt ya me habia atrapado y el relato cumplió con creces. Excelente!!

roman_cba

tremendo final, no lo esperaba para nada. Que nivel

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