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Relatos Ardientes

La fantasía lésbica que cruzó un océano por ella

Estela releyó el mensaje por cuarta vez antes de apoyar el teléfono sobre la sábana. La luz ámbar de la lámpara de sal caía sobre su escote, sobre los pechos generosos que se desbordaban del satén negro del camisón, y por un instante se sintió tonta. Tenía cincuenta y nueve años. Estaba sola en su casa de Valparaíso. Y se le humedecían los ojos con un mensaje de una desconocida que vivía a once mil kilómetros, en algún rincón de Sevilla.

El texto no tenía vergüenza. Hablaba de nalgadas que dejaban marca, de manos firmes apretándole la nuca, de palabras humillantes susurradas al oído mientras ella se mojaba sin remedio. La chica —en su perfil decía llamarse Iris, pero quién sabe— escribía como si Estela ya la hubiese desnudado mil veces. Como si esos meses de mensajes diarios hubieran sido un preámbulo y por fin alguien se atreviera a decirlo.

«Quiero que me enseñes», terminaba el mensaje. «Quiero arrodillarme y aprender de ti.»

Estela sonrió con una mezcla de ternura y vértigo. Ella nunca se había considerado dominante. Tampoco lesbiana, si era honesta. Había estado casada veintisiete años con un hombre amable que ahora vivía en otra ciudad y le mandaba postales de cumpleaños. Pero en este último año había descubierto algo, leyendo, escribiendo, hablando con Iris a través de la pantalla: que el deseo no preguntaba por los formularios que una había llenado antes.

Cerró los ojos. La lámpara seguía encendida. Afuera, el viento del Pacífico golpeaba los cristales.

Y si bajara la mano un poco más, pensó.

Lo hizo. Dejó que la fantasía se le metiera dentro como un cuerpo nuevo.

***

En la fantasía no estaba sola.

Estela estaba de pie en su salón, descalza sobre la alfombra, con la puerta entornada y dos velas gruesas ardiendo sobre la mesa baja. El aire olía a vainilla quemada y a algo más íntimo, que ella misma había dejado a fuerza de imaginarlo. Llevaba un corpiño negro que le ajustaba la cintura y le levantaba los pechos hasta que los pezones casi rozaban el encaje. Debajo, nada. El sexo ya hinchado, brillante, esperando.

Iris cruzaba el umbral con un vestido corto de gasa blanca y los pies descalzos. Tenía veinticinco años y los ojos de quien ha cruzado un océano para esto. Se detenía en la puerta, sin atreverse a avanzar.

—¿Es verdad lo que me escribiste, niña? —preguntaba Estela, la voz más grave de lo habitual—. ¿Que nunca te ha tocado una mujer mayor?

Iris asentía. Tenía las mejillas rojas y los labios entreabiertos como si le faltara aire.

—Acércate —ordenaba Estela, señalando el suelo frente al sofá—. De rodillas.

La chica obedecía sin preguntar. Cuando llegaba a un palmo, Estela abría las piernas despacio, dejando que el olor de su excitación cruzara el aire entre las dos. Iris bajó la mirada y tragó saliva.

—Huele primero —decía Estela—. Quiero que sepas lo que vas a probar antes de tocarlo.

Iris se inclinaba. La nariz casi rozando la carne hinchada. Inspiraba hondo y un gemido se le escapaba sin permiso, un gemido que Estela ya había escuchado en su cabeza muchas noches.

—Buena niña —murmuraba—. Ahora lame. Despacio. Como si fuera la primera y la última vez.

La lengua de Iris salía tímida, apenas un roce en el clítoris ya asomado. Estela soltaba el aire por la nariz y le agarraba un puñado de pelo castaño, guiándola, marcándole el ritmo.

—Más adentro. Méteme la lengua hasta el fondo. Quiero sentir cómo me follas con la boca.

Iris obedecía. Lamía con devoción, subiendo y bajando por toda la raja, deteniéndose en la entrada para empujar la punta dentro, luego volviendo al clítoris con círculos pequeños y precisos. Estela empezaba a mover las caderas contra la cara joven, con un ritmo lento y profundo, casi cruel.

—Qué lengua tan obediente tienes, niña. Si sigues así me voy a correr en tu boca sin avisarte.

Pero no quería correrse aún. Quería más. Quería el cuerpo entero.

***

Se levantaba. Dejaba caer el corpiño al suelo y se quedaba completamente desnuda, mujer entera, curvas trabajadas por seis décadas y mil noches. Le tendía la mano a Iris y la conducía al dormitorio.

Sobre la cama había, ya preparadas, varias cosas: un dildo grueso de cristal transparente, un succionador pequeño, un plug mediano de silicona y una botella de aceite. Pero antes de los juguetes Estela quería otra cosa.

Se tumbaba boca arriba, abría las piernas en mariposa y daba la orden.

—Siéntate en mi cara, Iris. Quiero comerte como nunca te han comido.

La chica se quitaba el vestido temblando. Debajo no llevaba nada. El sexo depilado, los labios pequeños y rosados, el clítoris ya hinchado. Se acomodaba a horcajadas sobre la boca de Estela, apoyando las manos en el cabecero de hierro.

Cuando bajaba despacio, la lengua madura la recibía con un beso largo, profundo, ancho, hambriento. Recorría toda la vulva, separaba los labios menores, entraba y salía, jugaba con la entrada, subía al clítoris y lo succionaba hasta que Iris empezaba a temblar.

—Estela… me vas a matar…

Estela sonreía contra la carne caliente.

—Todavía no, preciosa. Todavía no.

Le abría las nalgas con ambas manos. La lengua subía un poco más, lamía alrededor del ano apretado, lo humedecía con saliva caliente, lo presionaba sin urgencia. Iris se estremecía como si la hubieran tocado con un cable.

—¿Te gusta que te lama ahí también, niña?

—Sí… dios, sí…

—Entonces aguanta. Vas a correrte así, sentada sobre mi boca, mientras te como por delante y por detrás a la vez.

Estela alternaba: lengua profunda dentro de la vagina, círculos rápidos en el clítoris, lametones largos por el perineo hasta el ano. Iris empezaba a moverse arriba y abajo, follándose la cara de Estela, dejando un rastro brillante por la barbilla y las mejillas de la mujer mayor.

El primer orgasmo llegaba rápido y entero. Iris se arqueaba, los muslos apretándole las orejas a Estela, y soltaba un grito ronco, sin pudor.

—Me corro… joder, me corro en tu boca…

Estela bebía cada gota, lamía sin parar hasta que la chica caía hacia delante, agotada, con las dos manos clavadas en el cabecero de hierro.

***

Pero la fantasía no terminaba ahí. Estela quería darse a sí misma todo lo que llevaba años negándose.

Se incorporaba. Tomaba el dildo de cristal y se lo mostraba a Iris en silencio. La luz de la mesilla atravesaba el cristal y dibujaba un reflejo largo sobre la sábana.

—Ahora vas a ver cómo se folla una mujer que sabe lo que quiere.

Se tumbaba de nuevo. Abría las piernas al máximo. Se metía el cristal despacio, centímetro a centímetro, dentro de su sexo empapado. Iris la miraba como hipnotizada, la boca abierta, los pezones todavía duros.

—¿Quieres verlo de cerca, niña?

Iris asentía sin habla.

—Entonces ven. Sigue tú.

Iris agarraba el dildo con manos temblorosas. Empezaba lento, luego más rápido, hundiéndolo entero, sacándolo, volviendo a hundirlo. Estela gemía sin recato, sin filtro, sin los años de educación que le habían enseñado a callarse.

—Más fuerte. Métemelo hasta el fondo. Rómpeme.

El sonido húmedo llenaba la habitación. Estela se tocaba el clítoris con dos dedos, abriéndose para sí misma como nunca se había abierto en compañía de nadie.

—Ahora el plug —jadeaba—. Quiero las dos cosas a la vez.

Iris untaba el plug con aceite y lo apoyaba contra el ano de la mujer mayor. Empujaba despacio. La silicona entraba, milímetro a milímetro, y cuando estaba dentro del todo Estela soltaba un gemido largo, gutural, hondo.

—Fóllame con las dos cosas. Quiero sentirme llena. Quiero que me veas correrme.

Iris obedecía. Una mano en el dildo, moviéndolo con fuerza dentro del sexo empapado; la otra mano girando y empujando el plug. Estela se retorcía, los pechos bamboleándose, los pezones a punto de estallar.

—Sí… joder, sí… ¡me corro otra vez!

El segundo orgasmo era más violento. La espalda arqueada, los muslos temblando, un chorro caliente saliendo disparado, mojando la mano de Iris, mojando las sábanas, mojando una vida entera de noches sin esto. Estela gritaba sin filtro.

—¡Bébelo! ¡Bébeme, niña!

Iris se lanzaba, lamía el chorro caliente, succionaba el clítoris hinchado mientras Estela seguía temblando en oleadas que no se terminaban. Cuando por fin se calmaba, la atraía hacia sí, la besaba con lengua profunda, compartiendo los dos sabores en la boca.

***

—Ahora tú —susurraba Estela contra los labios de Iris—. Quiero verte deshecha. Quiero darte todo lo que te negaron antes.

La colocaba a cuatro patas. Le introducía tres dedos en la vagina mojadísima mientras la lengua volvía al ano, empujando dentro, follando por detrás con la boca. Con la otra mano acariciaba el clítoris hinchado, dándole vueltas, presionando.

Iris se volvía loca.

—Estela… me destrozas… méteme más… méteme todo…

Estela obedecía: cuatro dedos ahora, abriendo, estirando, mientras la lengua trabajaba sin descanso por detrás.

—Dime cosas —pedía la chica—. Dime guarradas mientras me corro.

Estela sonreía contra la carne caliente, agarrándole una nalga con la mano libre.

—Eres una niña deliciosa. Una jovencita que se moja con una mujer de casi sesenta años. Te voy a abrir entera. Te voy a hacer chorrear sobre mis dedos. Y mañana, cuando despiertes en tu cuarto al otro lado del océano, vas a saber que esta vieja te folló de verdad.

—Sí… joder, sí… soy tuya…

—Dímelo otra vez.

—¡Soy tuya, Estela! ¡Tuya! ¡Me corro… me corro…!

Iris explotaba. El cuerpo convulsionando, los jugos resbalando por los muslos de Estela. La chica caía sobre el colchón, rendida, jadeando como si hubiera corrido kilómetros.

Se quedaban abrazadas un rato largo, piel contra piel, dos respiraciones que se buscaban el mismo ritmo.

—Aunque estés a once mil kilómetros —murmuraba Estela contra su oído—, esta noche te he tenido entera.

Iris sonreía, exhausta y feliz.

—Y yo a ti, Estela… y yo a ti.

***

Estela abrió los ojos. La lámpara de sal seguía encendida. El camisón de satén estaba desordenado, la sábana arrugada bajo los muslos, y la mano derecha todavía dentro de las braguitas, los dedos brillantes de su propio jugo. Respiraba como si hubiera corrido. Una gota de sudor le bajaba por el cuello y se perdía entre los pechos.

Tomó el teléfono. La pantalla seguía abierta en el último mensaje de Iris. Lo releyó otra vez, ahora con calma, como quien lee una carta de amor que entiende por fin.

Después tocó la pantalla y empezó a escribir.

«Sí», puso. «Sube al avión, cariño. Yo te espero.»

Apretó enviar antes de arrepentirse.

Y si esta vez fuera verdad.

Por primera vez en muchos años, mientras la respuesta tardaba en llegar, Estela supo que el deseo no tenía edad ni geografía. Solo tenía coraje. Y ella, esa noche de viento sobre el Pacífico, lo tenía intacto.

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Comentarios (6)

SoledadR

increible, me llego al corazon!! pocas veces un relato me genera tanta emocion

CarlosMdq

Por favor la segunda parte... no me puedo quedar con esa incertidumbre jaja

Lectora_Mza

Me recordó algo que viví hace un tiempo. Esa mezcla de nervios y emoción cuando alguien te despierta algo que creías perdido... muy real todo.

MarcelaBaires

Bien escrito, se siente cada emoción. Bravoo!!

PabloK

Queda la duda de si al final se encontraron... ojalá haya continuación

HoracioLector

Lo que mas me gustó es que no es solo físico, hay algo genuino en el vínculo que se describe. Muy buen relato.

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