La hermana de mi mejor amiga me esperó en la cama
Camila cumplía veinticinco y, según ella misma, no había nada que celebrar. Llevaba tres semanas instalada en esa especie de duelo anticipado que les agarra a algunas amigas cuando sienten que el tiempo se les escapa entre los dedos. «No quiero fiesta, no quiero regalos, no quiero ni torta», me había dicho por teléfono. Yo, por supuesto, escuché exactamente lo contrario.
Organizar una sorpresa para alguien que detesta las sorpresas es un deporte de alto riesgo. Convoqué a su hermana Renata, a su novio Mariano, a tres amigas del colegio y a dos primas que habían viajado desde Mendoza por el fin de semana. Cada uno tenía una tarea: las flores, la torta, el sonido, el alcohol, las luces. Yo me quedé con el papel más ingrato, el de mantenerla entretenida mientras los demás invadían su departamento.
—Vení a tomar un café, dale, hace meses que no nos sentamos a chusmear tranquilas —le insistí esa tarde.
—¿Vos? ¿Café? Si vos odiás el café —me contestó.
—Bueno, té. Lo que quieras. Pero necesito hablar con alguien antes de hacer una macana.
Inventé una crisis amorosa de las que daban para tres horas de análisis, le hice creer que un tipo del trabajo me había mandado un mensaje raro y la mantuve clavada en una mesa de café hasta que me llegó el aviso. «Listo, todo armado, traela.» Le mentí diciendo que tenía frío y hambre, y le propuse cruzar a su edificio que quedaba a tres cuadras.
—Vamos a tu casa, hacemos unas tostadas y seguimos chusmeando.
Subimos en el ascensor en silencio. Cuando metió la llave en la cerradura, casi le tiritaban las manos del cansancio. Empujó la puerta, palpó la pared en busca del interruptor y, en cuanto la luz inundó el living, doce personas le gritaron «¡Sorpresa!» al unísono.
Se quedó dura, congelada en el umbral, con una expresión que mezclaba pánico y vergüenza. Por una milésima de segundo pensé que iba a darse media vuelta y bajar las escaleras. Después estalló en una risa nerviosa, soltó la cartera al piso y se dejó abrazar por todos. Cuando me tocó a mí, me apretó tan fuerte que me dolieron las costillas.
—Te odio. Te odio mucho —me susurró en la oreja—. Pero gracias.
La fiesta arrancó como suelen arrancar esas cosas: con vino malo, música baja y conversaciones en grupitos pequeños. A las dos horas ya había gente bailando en el medio del living, alguien había abierto el champagne barato y Camila estaba apoyada en la mesada de la cocina, riéndose con los ojos cerrados.
Renata, la hermana mayor, había llegado tarde. Tenía treinta y dos años, dos más que su hermana, y una de esas presencias que ocupan toda la habitación sin esfuerzo. Pelo castaño hasta los hombros, ojos verdes, una boca grande que sonreía como si supiera algo que vos no. Trabajaba en una galería de arte en el centro. La había visto tres o cuatro veces en cumpleaños familiares, siempre de lejos, siempre con la sensación incómoda de no saber bien qué decirle.
Esa noche llevaba un vestido negro corto, medias finas y botas hasta la rodilla. Me saludó con dos besos en vez de uno, y se demoró un segundo de más en el segundo.
—Así que vos sos la cómplice del crimen —me dijo señalando a su hermana con el mentón—. Bien hecho. Le hacía falta sacudirse un poco.
A las dos de la mañana la gente empezó a despedirse. A las tres y media quedábamos cuatro: Camila, Mariano, Renata y yo. Había tomado lo suficiente como para no manejar, y mi casa quedaba a casi una hora en taxi a esa hora muerta.
—Quedate, boluda, no seas dramática —me dijo Camila mientras se colgaba del cuello de Mariano—. Renata se queda en el cuarto de huéspedes. Le sobra cama.
—Yo no muerdo —agregó Renata, sirviéndose el último dedo de fernet.
Camila y Mariano se metieron en su cuarto. Yo entré al baño, me lavé los dientes con el dedo y me miré en el espejo durante demasiado tiempo. Estaba un poco borracha, no mucho, lo justo para que el departamento se moviera apenas cuando giraba la cabeza. No había llevado pijama. Me quedé en bombacha y corpiño y me deslicé bajo el acolchado del lado de la pared.
Renata entró en el cuarto unos minutos después. Apagó el velador, dejó caer algo —el vestido, supuse— y se metió en la cama del lado libre. La cama era de dos plazas, pero no era enorme. La sentí buscar postura, exhalar largo, acomodar la almohada.
Pensé que se iba a quedar ahí, de su lado. Cerré los ojos.
***
Su brazo me cruzó la cintura primero. Lo registré como un gesto cariñoso, casi inconsciente, de alguien que duerme acompañado y se acomoda por instinto. No me moví. Tenía el corazón yendo un poco más rápido de lo que correspondía.
La mano subió. Despacio, sin urgencia, como tanteando si yo estaba realmente dormida. Me rodeó un pecho por encima del corpiño, lo apretó suave, lo soltó. Volvió a apretar. Yo no respiraba.
—¿Renata? —murmuré con la voz más baja que pude.
—Shhh.
No fue una orden agresiva. Fue casi una caricia, una invitación a no romper el clima. Su mano siguió bajando por mi vientre hasta el elástico de la bombacha y se quedó ahí, quieta, esperando una respuesta que yo no terminaba de dar.
—Yo no… —empecé, y no terminé.
—¿Vos no qué? —su boca estaba contra mi cuello ahora, y el aliento le olía a hierbas y a algo dulce.
—No estoy con mujeres. Nunca estuve.
Sentí su sonrisa contra la piel.
—Buenísimo. Yo tampoco fui virgen toda la vida.
Me reí sin querer, y la risa rompió algo. La tensión bajó un escalón. Su mano se metió debajo del elástico y sus dedos encontraron lo que estaban buscando antes de que yo pudiera decidir si quería que lo encontraran.
—Mirá vos —dijo, casi para ella misma—. Tan cerrada en tu discurso y acá abajo no opinás lo mismo.
Tenía razón y las dos lo sabíamos. Me había mojado en algún momento entre el primer apretón en el pecho y este, y no tenía sentido fingir lo contrario. Renata movió los dedos con una calma de profesional, sin apuro, escuchando lo que mi cuerpo le respondía a cada uno.
Me di vuelta hacia ella, despacio, todavía indecisa, y la encontré con los ojos abiertos, brillándole en la oscuridad apenas iluminada por la luz del pasillo. Me besó. Tenía la boca tibia, el labio inferior más grueso que el superior, y besaba con una paciencia que ningún hombre de los que había estado conmigo me había demostrado nunca.
—Lo único que te pido —dijo separándose un segundo— es que esto queda entre nosotras. ¿Estamos?
Asentí sin saber del todo qué estaba aceptando.
Renata se incorporó, me sacó el corpiño con una sola mano —el broche estaba adelante, una suerte— y se quedó arrodillada entre mis piernas. Tenía los pechos chicos, los pezones rosados, una marca de bronceado tenue de bikini. Bajó hasta mi cuello, y desde ahí inició una ruta lenta hacia abajo: clavícula, esternón, el borde de cada costilla, el ombligo, la línea pronunciada de la cadera.
Cuando llegó al pubis ya no tenía bombacha encima —no recuerdo en qué momento me la sacó— y me abrió las piernas con las dos manos como si estuviera por leer algo importante. La primera lengüetada fue suave, casi tímida. La segunda no. Para la tercera yo ya había olvidado todos los argumentos que había estado preparando contra mí misma durante los últimos veinte minutos.
—Tranqui —susurró cuando me arqueé contra su cara—. Tenemos toda la noche.
Estiró el brazo hacia el cajón de la mesa de luz. Yo había supuesto que en una cama de huéspedes no había nada interesante guardado. Estaba equivocada. Sacó un vibrador chico, plateado, en forma de bala, y lo apoyó contra mi clítoris con una delicadeza que no se correspondía con la potencia del aparato.
—No grites, ¿eh? Camila duerme acá al lado.
La advertencia me llegó tarde. Me mordí el dorso de la mano para no hacer ruido mientras los dedos de Renata me entraban y salían al compás del vibrador. Tenía una técnica que evidentemente había practicado en otras camas: aceleraba cuando yo aceleraba, frenaba cuando sentía que estaba por cruzar el límite, me dejaba al borde y me volvía a empujar suave hacia el centro.
—Date vuelta —me dijo después de un rato, sacando los dedos.
Obedecí sin pensar. Me apoyé en los codos y las rodillas, con la frente contra la almohada, sintiéndome a la vez expuesta y aliviada de no tener que mirarla a la cara. Renata se acomodó atrás. Volvió a meter el vibrador, esta vez con más profundidad, mientras su lengua dibujaba círculos en una zona que nunca había dejado que nadie tocara antes.
Esto es lo que pasa por bajar a tomar agua, pensé, y me reí sola dentro de la almohada.
—Decime si querés que pare —susurró ella.
No quería que parara. No podía hablar, así que sacudí la cabeza contra la almohada. Eso le bastó.
Mi mano libre se deslizó entre los muslos y mi propio dedo encontró el clítoris. El movimiento conjunto —ella atrás, yo adelante, el vibrador adentro— me llevó al borde más rápido de lo que esperaba. Empecé a tiritar antes de terminar.
—Eso es —dijo Renata, baja, calma—. Vení.
Y vine. Con la cara hundida en la almohada para que el ruido no pasara la pared, con los dedos clavados en la sábana, con un orgasmo que me empezó en algún punto del estómago y me bajó por las piernas en oleadas. Renata no me soltó hasta que paré de temblar del todo.
Caí de costado sobre el colchón, deshecha. Tenía las piernas dormidas y la sensación rara de no saber bien dónde terminaba mi cuerpo.
—Te dije que la ibas a pasar bien —dijo, acostándose al lado mío con una sonrisa que no se molestó en disimular.
Tardé en poder hablar. Cuando lo hice, lo único que se me ocurrió fue:
—Te toca.
Se rio, una risa baja, ronca, satisfecha.
—Tampoco es obligatorio. Si querés dormirte está bien.
—Me parece que no es obligatorio porque vos ya estás bien —contesté, y deslicé la mano hacia su muslo.
La encontré totalmente mojada, los labios gruesos y suaves, ninguna pelusa, como si esa parte de su cuerpo viviera permanentemente lista para algo. Bajé entre sus piernas con menos técnica que ella pero con más curiosidad de la que había tenido en años. Probé. Imité lo que me había hecho, ajustando según lo que escuchaba: cuando se le aceleraba la respiración, repetía; cuando se quedaba quieta, cambiaba el ángulo. No era ciencia, era atención.
Renata terminó con la mano enredada en mi pelo y un gemido contenido que apenas se le escapó por la boca cerrada. Después me atrajo hacia arriba, me besó —sintiéndose en mi propia boca— y nos quedamos abrazadas un rato largo, en un silencio que ya no tenía nada de incómodo.
Antes de dormirnos, sentí que me decía contra la nuca:
—Mañana en el desayuno te hacés la dormida hasta que se vayan todos. Te lo digo en serio.
Cerré los ojos sonriendo. La fiesta de cumpleaños había salido mejor de lo que cualquiera de las dos —yo y la cumpleañera— habíamos imaginado. Y por algún motivo, ya empezaba a pensar en cuándo iba a tener una excusa decente para volver a quedarme a dormir en ese departamento.