Pensaba que era frígida hasta que llegó mi vecina
Camila había hecho las paces hace tiempo con la idea de que su cuerpo no funcionaba como el de las demás. Tenía treinta y un años, el pelo negro cortado por encima de los hombros y un mapa de pecas sobre los pómulos que se le acentuaba con el sol. Era lesbiana desde siempre, lo había sabido sin dramas, pero arrastraba un secreto que cada nueva relación terminaba sacándole a la fuerza: jamás se había venido. Ni con una mujer, ni con un juguete, ni a solas en su cama un domingo de lluvia.
Al principio lo intentaba con paciencia. Cerraba los ojos, respiraba, buscaba algo dentro de sí misma que se pareciera al estallido del que le hablaban. Y nada. Llegaba a un punto agradable, casi tibio, y allí se quedaba colgada, esperando un tren que no pasaba. Después dejó de buscarlo. Empezó a pensar que para ella el placer terminaba antes de empezar, y que con eso bastaba.
El problema era que ninguna de sus parejas se lo creía. Después de meses, siempre llegaba la misma conversación a la misma hora de la noche, con las mismas frases reformuladas.
—Es que no me dejas llegar a ti —le decía Lara, la última, con los ojos llorosos y un cigarrillo en la mano—. Si me amaras, te dejarías ir.
Camila no sabía qué responder. ¿Cómo le explicas a alguien que tu cuerpo es un instrumento desafinado y que no es culpa suya? Probó todo lo que se le ofreció: arneses, sexo anal, juguetes vibradores, sesiones orales que duraban una hora, una tarde de bondage con una dómina que cobraba carísimo. Algo de cosquilleo, algo de calor, ese mismo cosquilleo que se desinflaba a los pocos segundos. Nunca el desborde.
Después de Lara vino un año largo de sequía. No salía con nadie, no se masturbaba, casi ni se miraba al espejo. Se había refugiado en el trabajo de diseñadora freelance y en una rutina de café, plantas y series. Hasta que apareció Lena.
***
Lena se mudó al departamento de enfrente un miércoles de marzo en que la ciudad parecía haberse olvidado del otoño. Hacía treinta y cinco grados, el aire pesaba y los árboles de la cuadra estaban quietos como si los hubieran pintado. Camila la vio bajar del camión de la mudanza con una caja enorme entre los brazos: una mujer alta, de huesos anchos, con la cintura marcada y una melena rubia ceniza recogida en un rodete flojo. Tenía los brazos llenos de pecas pálidas y los hombros como tallados.
—Hola —dijo Lena con un acento extraño, suave, que se comía las erres—. Soy la vecina nueva. Voy a vivir ahí.
—Bienvenida. ¿De dónde eres?
—De Utrecht. Holanda. Vine por trabajo.
Camila la ayudó a subir dos cajas. Esa noche pensó en ella sin querer, después se reprendió por andar fantaseando con una desconocida que probablemente tenía marido y dos hijos en algún país del norte.
Pero Lena no tenía ni marido ni hijos. Lo supo dos días más tarde, cuando se encontraron en la terraza compartida del edificio. Camila había salido a regar las plantas con una camiseta blanca pegada al cuerpo por la transpiración y unos shorts viejos. Lena estaba apoyada en la baranda con dos cervezas y una mirada que tardó demasiado en levantarse de las pecas del escote de Camila.
—Te traje una —dijo, ofreciéndole la botella—. Hace un calor que no es de este mundo.
—Salud.
Hablaron de la mudanza, del barrio, del idioma. Lena hablaba un español lento, raro, lleno de palabras precisas y de pausas. Camila se la pasó mirándole la boca y odiándose por ello. Cuando se le acabó la cerveza, Lena dijo, como si nada:
—¿Por qué no vienes a mi piscina?
—¿Tienes piscina?
—Sí. Es chica, pero alcanza. Cuando vine a ver el departamento me dijeron que el dueño anterior la había puesto en la terraza privada. Por eso lo elegí. Sabía que este país tiene un clima imposible.
—Entonces acepto.
***
La piscina era un rectángulo de tres metros, azul oscuro, con una franja de pasto sintético alrededor y dos reposeras de lona. Camila se había puesto un traje de baño entero porque era el único que tenía. Lena la esperaba con una bikini negra que le ataba el pelo al cuello con un nudo y le dejaba la espalda descubierta hasta el final de los riñones.
Se metieron al agua y ahí adentro el tiempo se aplanó. Camila hacía ejercicios para no mirarla, pero la miraba igual. Lena nadaba dos largos lentos, salía a respirar, volvía a sumergirse. Cada vez que aparecía a la superficie, las gotas le bajaban por el cuello y se le perdían en el escote.
—Tienes un montón de pecas —dijo Lena después de un rato, con esa franqueza que tenían los extranjeros que todavía no aprendían a disimular.
—Sí. En todos lados.
—¿En todos lados?
Camila no respondió. Sintió cómo se le calentaba la cara y se sumergió hasta los ojos. El sol empezaba a caer y la luz se ponía dorada, espesa, una luz de domingo de verano que daba ganas de quedarse a vivir ahí.
—Voy a cambiarme —dijo Camila cuando ya tenía los dedos arrugados—. Si no, me agarra un resfrío.
—Te acompaño. Mi cuarto está al lado.
Lena entró detrás de ella, y mientras Camila buscaba la toalla, escuchó el ruido inconfundible de un cordel desatado. Se dio vuelta y la vio terminando de quitarse la bikini, con la naturalidad de quien se cambia de ropa cualquier tarde. El cuerpo de Lena estaba lleno de pecas claras, casi traslúcidas, repartidas sobre los pechos pesados y las caderas anchas.
—Perdón —dijo Lena sin perdonarse nada—. En Holanda esto es normal.
Camila se rió, nerviosa. Tenía la boca seca. Quiso decir algo gracioso y le salió un sonido entre tos y suspiro. Lena dio dos pasos.
—¿Te molesta?
—No.
Y la besó.
***
El beso empezó suave, casi tímido, como si le estuviera preguntando algo en otro idioma. Camila respondió con la lengua y entonces Lena se hizo cargo. Le mordió el labio inferior, le metió la lengua despacio, le succionó la lengua a Camila como si quisiera tragársela. Las manos de la holandesa se metieron por debajo del traje de baño y empezaron a bajarlo desde los hombros. Camila se dejó hacer. Sentía el corazón en las orejas.
Cuando el traje de baño cayó al piso, las dos quedaron paradas, mojadas, en el centro del cuarto. Lena le pasó la palma de la mano por las pecas del pecho como si las estuviera contando. Después la empujó suavemente hasta la cama y se tendió encima.
—Acuéstate. Quiero verte.
Camila se acostó. Lena empezó por el cuello, le mordió el lóbulo de la oreja, le pasó la lengua por la clavícula. Bajó a los pezones y se quedó ahí un rato largo, chupando uno mientras con los dedos torcía el otro despacio, sin lastimar, midiendo la presión. Después fue más abajo, dibujando un camino con la boca por el vientre, por el ombligo, por el pliegue del muslo.
—No te apures —le dijo Camila en voz baja, casi de costumbre, porque era lo que siempre decía. Una manera de avisar: tranquila, esto va a durar mucho.
Lena no contestó. Le abrió las piernas con las manos, le miró el sexo unos segundos como quien estudia un mapa, y empezó a lamerla.
***
Camila había sido lamida muchas veces. Bien, mal, regular, con técnica de manual, con desgano, con entusiasmo torpe. Lo que hizo Lena no se parecía a nada. La lengua se le apoyó completa sobre el clítoris y empezó a dibujar círculos. Después subió a los labios menores y los tiró suavemente con los dientes sin morder. Volvió al clítoris. Le dibujó algo que Camila tardó en entender que eran letras: la holandesa le estaba escribiendo el alfabeto.
—¿Qué haces? —susurró Camila.
—Es un truco —dijo Lena entre lametones, con una risa baja—. A las consonantes les gusta más.
Camila empezó a humedecerse de una manera que no le había pasado nunca. Sentía que algo se dilataba adentro, una puerta que llevaba años trabada y que ahora cedía despacio. Las caderas se le movían solas. Cerró los ojos y la cabeza se le llenó de luz.
—Mete los dedos —pidió, sin reconocerse la voz—. Por favor.
Lena subió a besarla en la boca al mismo tiempo que le metía dos dedos. Camila gimió contra sus labios. Los dedos de la holandesa eran largos, firmes, y encontraron algo que ningún otro dedo había encontrado antes: un punto adentro, contra la pared de adelante, una zona que se hinchó al primer contacto y empezó a latir.
—Ahí —dijo Camila—. Justo ahí. ¿Cómo lo encontraste?
—Estaba esperándome —respondió Lena, mordiéndole el cuello.
***
Cambiaron de posición sin separarse. Camila terminó sentada sobre las piernas de Lena, con los pechos de la holandesa frente a la boca. Le chupó los pezones con hambre. Tenían un sabor raro, dulce, como caramelo derretido. Lena seguía moviendo los dedos adentro, con un ritmo lento que se le metía en el cuerpo entero, y le mordía los hombros cada vez que aceleraba.
Camila sintió de pronto algo que no entendió. Un calor nuevo, una presión rara en la vejiga, como si necesitara orinar de golpe y con urgencia.
—Para —dijo, asustada—. Para un segundo. Me estás tocando algo. Creo que es la vejiga. Me voy a orinar encima.
Lena le mordió el lóbulo de la oreja.
—No me importa —murmuró—. Hazlo. Hazlo encima de mí si quieres. No voy a parar.
—No, en serio, te lo juro…
—Confía.
Camila cerró los ojos. Apretó las manos en la espalda de Lena y se dejó ir. Sintió cómo toda la energía del cuerpo, todo lo que había estado encerrado durante años en algún rincón profundo, se le bajaba en un solo torrente hacia la pelvis. Fue una explosión silenciosa y caliente. Algo se le escapó, mojado, abundante, y Lena no movió la mano. Siguió. La sostuvo en el aire de ese estallido el tiempo suficiente para que durara, para que se prolongara, para que Camila se enterara, por fin, de lo que era venirse.
Cuando abrió los ojos, Lena le estaba sonriendo.
—No te orinaste —dijo.
—¿Y qué fue eso entonces?
—Eso fue squirt. ¿Nunca te había pasado?
—Nunca. Te juro que nunca.
Camila escondió la cara en el cuello de la holandesa. Le temblaban las piernas. Le temblaba algo más profundo, una certeza vieja que se le acababa de partir al medio. Treinta y un años creyéndose rota, defectuosa, frígida, y resulta que solo le faltaba que alguien supiera dónde mirar.
—Quizás las anteriores no sabían —dijo Lena, acariciándole la espalda—. O quizás me estabas esperando a mí.
Camila la besó despacio. Afuera ya se había puesto el sol y por la ventana entraba un viento tibio que olía a cloro y a jazmín. Se quedaron así un rato largo, en silencio, las dos pecosas y mojadas sobre las sábanas, midiendo cómo el mundo cambia cuando descubres que el problema nunca fuiste tú.