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Relatos Ardientes

Mi labial rojo la delató frente a su novio

Aquel sábado de octubre del 2022, las restricciones de la pandemia ya eran un recuerdo y yo tenía la sensación de que el cuerpo me estaba pidiendo algo que ni siquiera podía nombrar. Llamé a mi hermana, le propuse salir, y me dijo que se sumaba con mi sobrina. Quedamos en encontrarnos en un bar con mesas de pool en el sur de Avellaneda, un lugar que conocíamos de antes y que los sábados se llenaba de gente joven.

Elegí un vestido negro corto, ajustado en la cintura, con un escote que no dejaba mucho a la imaginación. Me maquillé despacio: marqué los ojos con delineador y me pinté la boca con un labial rojo intenso, de esos que aguantan la noche entera sin moverse. Me miré en el espejo antes de salir y pensé que esa noche estaba lista para que algo me pasara.

Llegamos al bar, pedimos unas hamburguesas y un par de cervezas tiradas. La música era reggaetón viejo y la pista estaba todavía vacía. Conversamos las tres mientras el lugar se iba llenando alrededor.

Cuando ya estábamos por terminar la cena, una pareja veinteañera se nos acercó a la mesa.

—¿Podemos sentarnos con ustedes? —preguntó el chico, con una sonrisa demasiado segura de sí misma.

Miré a mi hermana, a mi sobrina, y las dos me hicieron un gesto de no. Le respondí con la mayor amabilidad que pude que estábamos en una reunión familiar y que preferíamos quedarnos solas. Se fueron sin protestar.

Pagamos la cuenta y las tres pasamos al baño a retocarnos. Cuando salimos, cruzamos por las mesas de pool y noté que la misma pareja estaba jugando en una.

—¿Nos dejan jugar con ustedes? —pregunté, más por jugar que por otra cosa.

—No —respondió él de inmediato—. Ustedes no nos invitaron a su mesa.

Antes de que pudiera reaccionar, agregó:

—Mentira, sumense, chicas. Dale.

Nos sumamos. Entre tacos de pool, tragos y carcajadas, la noche tomó otra forma. Al rato nos propusieron seguir bebiendo en una mesa más grande y aceptamos. Pedí un fernet con dos gaseosas energizantes y la música empezó a subir de volumen.

Cuando arrancó un perreo, la novia del chico me agarró de la mano y me arrastró al medio de la pista, todavía bastante vacía. Bailar con ella fue divertido sin más; se puso en cuatro patas, yo la seguí desde atrás con la pelvis pegada a su culo, moviéndome contra ella al ritmo del bajo, sintiendo la tela de su pollera rozándome el vestido y la carne firme debajo. La gente del bar nos miraba con esa mezcla de morbo y diversión que produce el alcohol ajeno. El novio nos arengaba desde la mesa como si fuera nuestro hincha personal. Terminamos el tema con aplausos y volvimos a sentarnos, agitadas, riéndonos de nosotras mismas.

Fue entonces cuando sentí que me miraban desde otra mesa.

Giré la cabeza y los vi: otra pareja, también jóvenes. Ella era bajita, rubia, con el pelo lleno de rulos sueltos, la piel blanca cubierta de pecas y unos ojos claros que me sostuvieron la mirada un segundo más de lo que se considera casual. Le sonreí y le hice una seña para que se acercaran.

—¿Vienen con nosotros? —pregunté.

Ella miró al novio.

—¿Vamos? —dijo, ya levantándose de la silla.

—Dale —respondió él, con un tono que no era exactamente entusiasmo.

Se presentaron. Ella era arquitecta, recién recibida, y trabajaba en un estudio chico cerca del centro. Mientras hablaba, yo no podía dejar de mirarle los labios: gruesos, desnudos, con una forma que parecía hecha para ser mordida. Tenía esa armonía rara de cuerpo bajito pero proporcionado, tetas chicas y firmes marcadas debajo de la remera, y se reía con la garganta, no con la boca.

Empezó a sonar un cuarteto cordobés. Ella me miró.

—¿Bailás cuarteto?

—Hace años que no, pero algo me acuerdo —contesté.

Nos paramos juntas. En la pista, ya con más gente alrededor, bailamos cerca, mirándonos a los ojos cada dos por tres y sonriendo sin razón aparente. En un momento se inclinó hacia mi oreja y, por encima de la música, me dijo:

—Qué copada que sos.

No sé qué cara puse. Le contesté algo así como «yo soy así» y me reí, intentando que sonara casual y no a lo que en realidad había sonado adentro de mi cabeza.

Volvimos a la mesa. Esta vez el novio me miró con la mandíbula apretada. Mi sobrina, que es buena para leer la cancha, la sacó a ella a bailar para descomprimir, y el novio aprovechó para sacarme a mí. Mientras me hacía girar entre la gente, me dijo al oído:

—Qué ganas te tengo. Me tenés la pija dura desde que te vi bailar.

Sonreí sin contestarle nada. No tenía la menor intención de seguirle el juego.

Al rato, ella se levantó y le hizo una seña a mi sobrina para que la acompañara al baño. Yo lo solté al novio en medio de un giro y las seguí, con la excusa de retocarme.

Mi sobrina salió antes que ella.

—Esperala vos, yo me vuelvo a la mesa —me dijo, y se fue.

Me quedé afuera de la puerta del baño, apoyada contra la pared. Pasó un minuto largo y empecé a pensar que se había mareado.

—¿Estás bien? —pregunté, golpeando suavemente la madera.

Se abrió. Ella estaba ahí, frente al espejo, con la boca todavía limpia y el reflejo serio. Me miró, miré yo el espejo a su espalda, y después nuestros ojos se encontraron en el reflejo y en la realidad al mismo tiempo.

No sé quién dio el primer paso.

De repente la tenía pegada al espejo, mi boca pintada contra la suya desnuda. Lo que empezó como un roce se convirtió en algo con lengua, con saliva, con esos jadeos cortos que delatan que alguien estaba esperando ese beso sin saberlo. Le agarré la cintura por encima del vestido, subí las manos y le apreté las tetas por encima de la remera; los pezones se le pararon debajo de la tela y ella soltó un gemido bajo dentro de mi boca. Le clavé los dientes en el labio inferior, ese labio grueso que había querido morder desde que la vi, y ella me clavó las uñas en la nuca, sin querer hacerme daño y haciéndomelo justo lo suficiente. Le metí un muslo entre las piernas y se lo apreté contra el coño por encima de la ropa; sentí el calor a través de la tela, la humedad ya empezando a filtrarse, y ella se movió contra mi pierna una, dos veces, buscando fricción como una gata. Le pasé la lengua por la comisura del labio y bajé la boca al cuello, chupándole la piel blanca hasta dejarle una marca roja arriba de la clavícula.

Habrá durado un minuto. Para mí fue otra cosa.

Se separó tan de golpe como había empezado, con la respiración cortada y los ojos vidriosos. Se dio vuelta hacia el espejo, se pasó el dedo por el labio inferior intentando borrar la huella de mi labial, y salió del baño sin mirarme.

Me quedé unos segundos de pie, sola, mirando mi propio reflejo. Tenía la boca corrida hacia un costado, la respiración acelerada y las bragas empapadas contra los labios. Acabás de besar a una mujer por primera vez en tu vida, pensé, y me sorprendió que la frase no me asustara. Me retoqué el labial con la mano que todavía temblaba un poco y salí.

***

Cuando llegué a la mesa, todo seguía igual en apariencia. Ella estaba sentada al lado del novio, con la espalda recta y una sonrisa que se notaba forzada. Yo me senté en mi lugar, agarré el vaso y traté de hablar de cualquier cosa con mi hermana.

El novio la estaba mirando fijo. Después fijó los ojos en su boca. Después estiró el brazo y le agarró el mentón sin delicadeza para girarle la cara hacia la luz.

—Mirate —le dijo, suficientemente fuerte para que la mesa entera lo escuchara.

—¿Qué? —preguntó ella, pálida.

—Mirate la boca. La verdad, sos cualquiera. Yo me voy, nena. Chau.

Se paró, agarró el casco de moto que tenía colgado en el respaldo de la silla y caminó hacia la salida. Ella se quedó congelada un segundo, después agarró el suyo y lo siguió.

Mi sobrina me miró con los ojos enormes. Mi hermana se llevó la mano a la boca. Los otros, los del primer perreo, no terminaban de entender qué había pasado.

El de seguridad les pidió que llevaran la pelea afuera. Salí detrás de ella casi sin pensarlo.

En la vereda, él ya había arrancado la moto y estaba doblando la esquina. La dejó sola, parada en el cordón con el casco en la mano.

—¿En serio te va a dejar tirada? —le pregunté, parándome al lado.

—Disculpame —dijo ella, sin mirarme—. Pasa que nos estamos conociendo hace muy poco, todavía no es… no estamos…

—Igual es cualquiera dejarte sola en la calle a esta hora.

Asintió, todavía sin mirarme. Después, como si se acordara de algo, levantó la cabeza y caminó hasta la esquina, donde él la esperaba con la moto en marcha. Subió, le pasó los brazos por la cintura, y se fueron.

Me quedé en la vereda mirando cómo se hacían chicos en la avenida, con un casco que no me había puesto y una sensación de tren que pasa sin que sepas en qué andén estás parada.

***

Cuando volví a la mesa, agarré el celular y le escribí a M., un amigo con derecho a roce de hace años, alguien que sabía aparecer cuando yo lo necesitaba sin hacer preguntas.

—¿Dónde estás? —contestó él casi al instante.

—Cerca de tu casa. Estoy un poco borracha.

—¿Adónde te paso a buscar?

Le mandé la ubicación. Me respondió con un audio corto, riéndose. Diez minutos después estaba parado en la puerta del bar, intentando entrar, pero el de seguridad ya no dejaba pasar a nadie. Le hice señas desde adentro y le grité a mi hermana, por encima de la música, que nos íbamos.

En la camioneta, M. se ofreció a llevar a mi hermana y a mi sobrina hasta la casa de mi vieja. Aceptaron. Hicimos el viaje en silencio, salvo por la radio. Cuando las dejamos, mi hermana me apretó la mano antes de bajar y me dijo:

—Después me contás todo, eh.

—Sí. Después.

***

En la casa de M., apenas cerramos la puerta, yo ya estaba apoyada contra la pared del pasillo.

—Estoy muy caliente —le dije, casi sin voz—. Muy caliente. Necesito que me cojas.

No me pidió explicaciones. Me agarró de la cara y me metió la lengua en la boca sin preámbulos, mientras con la otra mano me subía el vestido hasta la cintura y me metía dos dedos por debajo de la bombacha. Se rió corto cuando comprobó lo empapada que estaba.

—Mirá cómo estás, hija de puta —me dijo contra la boca—. Estás chorreando.

—Callate y cogeme.

Me levantó de las nalgas, me colgué de él con las piernas alrededor de su cintura, y caminó conmigo hasta el cuarto sin dejar de besarme. Me tiró sobre la cama, me arrancó el vestido por la cabeza en dos movimientos, me sacó la bombacha empapada y se la olió sin ningún pudor antes de tirarla al piso. Se sacó la ropa él mismo sin prisa: la pija se le paró contra el estómago apenas se bajó el bóxer, gruesa, pesada, con la punta ya brillándole de líquido preseminal.

Se subió a la cama, me abrió las piernas con las dos manos y bajó la cabeza sin hacerse rogar. Me pasó la lengua entera por el coño, de abajo hacia arriba, chupándome los labios hinchados uno por uno, y después se prendió del clítoris como si fuera un caramelo. Cerré los ojos y arqueé la espalda. Él sabía hacerlo, siempre supo: me chupaba fuerte, me soltaba, me lamía en círculos, me metía la lengua adentro y volvía a subir al clítoris justo cuando yo estaba por bajar del filo. Me metió dos dedos y los curvó buscando el punto exacto. Empecé a temblar en menos de un minuto.

—Correte en mi cara —me dijo con la boca pegada al coño—. Dale, correte.

Me corrí gritando, agarrándole el pelo, apretándole la cabeza contra mí mientras las piernas me temblaban solas. Él no se movió: siguió lamiéndome despacio mientras yo bajaba, chupándome cada gota, hasta que le agarré la cara y lo obligué a subir.

—Ahora cogeme —le dije—. Cogeme fuerte.

Se acomodó entre mis piernas y me metió la pija de una sola estocada, hasta el fondo. Los dos gemimos al mismo tiempo. Empezó a moverse duro, sin ternura, agarrándome de las caderas para clavarme contra el colchón cada vez que entraba. La cama crujía. Yo le rodeé la cintura con las piernas y le clavé los talones en el culo para que no aflojara.

—Más fuerte —le pedí, y él me obedeció.

Mientras él me cogía, yo tenía los ojos cerrados y en mi cabeza no estaba él. Estaba una boca desnuda, unos labios gruesos que se me habían pegado contra un espejo, unos rulos rubios cayendo sobre una frente con pecas. Cada vez que M. me embestía, yo me imaginaba la lengua de ella entre mis piernas, chupándome como me estaba chupando él minutos antes. Me corrí por segunda vez pensando en ella, mordiéndome el labio para no decir un nombre que no era el que estaba conmigo.

Me sacó la pija, me dio vuelta y me puso en cuatro. Me agarró de las caderas y volvió a metérmela desde atrás, más profundo todavía. Me dio una palmada seca en el culo, después otra, y yo bajé la cabeza contra la almohada y empecé a moverme sola contra él, cogiéndomelo yo. Él me agarró del pelo y me tiró la cabeza para atrás.

—Puta, sos una puta —me decía—. Mirá cómo me chupás la pija con el coño.

—Sí, soy una puta, seguí, no pares.

Me metió el pulgar en el culo mientras me seguía cogiendo. Ese fue el detonante del tercer orgasmo: se me nubló la vista, me temblaron los brazos y me caí de cara contra la almohada, con él todavía adentro, moviéndose cada vez más rápido, la respiración cortada.

—¿Adónde? —alcanzó a preguntar.

—En la boca. Corrételo en mi boca.

Sacó la pija, me di vuelta rápido y me arrodillé frente a él sobre la cama. Se la agarré con las dos manos y me la metí hasta la garganta, chupándosela con ganas, apretándole las bolas con una mano. Él aguantó dos o tres segundos más, gimiendo, y después me llenó la boca de semen tibio, chorro tras chorro, agarrándome de la nuca para no dejarme escapar. Me tragué todo mirándolo a los ojos, saqué la lengua para mostrarle que no había quedado nada, y me sonreí sola cuando lo vi caerse hacia atrás sobre la cama, deshecho.

Mientras él me limpiaba después con esa ternura suya tan poco frecuente entre los hombres que conozco, pasándome un trapo tibio por el coño y por la cara, yo estaba en otra parte.

Pensaba en una boca desnuda contra el espejo. En unos rulos cayéndole sobre una frente con pecas. En una huella roja que había durado un minuto y todavía me estaba marcando por dentro.

M. nunca se enteró. Aquella erupción tenía dueña, y no era él.

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Comentarios(8)

SofiaKV

excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

PatriMDQ

Por favor la segunda parte!! el final me dejó colgada con ganas de saber qué pasó. Muy bien escrito

AnaBL_nocturna

Que tensión tan bien narrada, se siente que estuviste ahí. Tremendo como lo contaste.

LectoraK

y al final que pasó con el novio?? jaja me quedé con la intriga, necesito saberlo

RodrigoPlayas

me recordó a algo que pasó en una fiesta que fui... cosas que uno ve y no olvida jajaja. muy bueno el relato

Valentina_R

Se hizo corto, queremos mas :)

ElViajero_Mx

Excelente relato, muy intenso y bien narrado. Saludos desde México

Mora_sf

increible como describiste ese momento, me dejo sin palabras. sigue escribiendo!

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