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Relatos Ardientes

La noche en que Lucía cruzó los límites con nosotros

Lucía llevaba meses formando parte de nuestra vida y yo todavía no terminaba de creérmelo. Empezó como una cena entre amigas, siguió como una conversación demasiado larga en el sofá y terminó, una madrugada de invierno, con ella desnuda entre mi marido y yo, riéndose por lo bajo cada vez que mi mano le rozaba un pecho. Desde entonces venía a casa casi todas las semanas, traía vino blanco y se quedaba a dormir como si fuera lo más natural del mundo.

Lo que me sorprendía no era la facilidad con la que Mateo y yo la habíamos invitado al dormitorio, sino la facilidad con la que mi cuerpo había empezado a esperarla. Era piel clara, de esa que se pone roja con un beso, labios pequeños y una manera de mirarme de costado que me dejaba sin aliento. Cuando Mateo no estaba, ella y yo nos metíamos a la cama solas, como dos novias adolescentes con tiempo robado, y me pasaba horas comiéndole el coño hasta que se corría dos, tres veces seguidas, agarrándome del pelo y pidiéndome más con la voz rota.

Yo tenía además otra historia paralela. Andrés era un amante de piel oscura y hombros anchos al que veía dos veces al mes con el permiso explícito de mi marido. Mateo y yo lo habíamos hablado durante años antes de animarnos: querer no es lo mismo que hacer, y hacerlo no es lo mismo que hacerlo bien. Cuando por fin lo conocí, todo entró en su lugar. Andrés era paciente, atento, y tenía una polla gruesa y larga que me abría de par en par cada vez que me la metía hasta el fondo, una forma de follarme lento y sostenido que me hacía olvidar las semanas vacías entre cita y cita.

Lucía sabía de él. Le había contado todo desde el principio, porque parte del placer de estar con ella era poder contárselo todo. Cada vez que yo volvía de pasar la tarde con Andrés, ella me esperaba en el sofá con esa misma mirada de costado, fingiendo desinterés mientras se mordía el labio.

—¿Y? —preguntaba como si fuera lo último que le importara.

Yo le contaba. Le contaba despacio, eligiendo cada palabra, sabiendo que ella iba acumulando imágenes que más tarde me pediría que le repitiera con la lengua entre mis muslos. Le describía cómo Andrés me la había metido por el culo con saliva y paciencia, cómo me había corrido en la boca hasta hacerme tragar hasta la última gota, cómo me había puesto en cuatro contra el cabecero y me había follado hasta dejarme temblando. Lucía escuchaba con los ojos entrecerrados, la mano metida por debajo del pantalón del pijama, y cuando yo terminaba de contar ya estaba tan mojada que solo tenía que abrirse de piernas y dejarme comérsela hasta el amanecer. Esa era nuestra dinámica, y los tres la habíamos aceptado sin necesidad de ponerle nombre.

***

Una noche de marzo, los tres terminamos en la cama después de una cena demasiado larga. Mateo estaba sobre ella, moviéndose despacio, con la polla enterrada hasta la raíz en el coño de Lucía, y yo me había acercado por detrás para besarle el cuello. Sentía el calor de su espalda contra mi pecho, el modo en que su respiración se cortaba cada vez que él entraba más adentro, el sonido húmedo y pegajoso de la verga de Mateo abriéndose paso en su coño empapado. Le aparté el pelo de la oreja, le pasé una mano por delante hasta encontrarle una teta y le pellizqué el pezón mientras le susurraba:

—¿Te gustaría que Andrés te lo hiciera también?

No contestó con palabras. Giró la cabeza, me buscó la boca y me besó con tanta hambre que entendí la respuesta. Mateo, que nos miraba desde arriba, sonrió como quien acaba de ganar una apuesta y empujó más fuerte, arrancándole un gemido largo. Yo bajé la mano por su vientre, encontré el clítoris hinchado de Lucía y empecé a frotárselo en círculos mientras Mateo la seguía embistiendo. La sentí temblar entera entre los dos, apretada, la lengua entrando y saliendo de mi boca al mismo ritmo que la polla de mi marido entraba y salía de su coño. Cuando se corrió, se corrió gritando contra mis labios, y a Mateo se le quebró la cara y se vació dentro de ella con dos estocadas profundas, apretándole las caderas hasta dejarle las marcas de los dedos.

Cuando terminamos, los tres tumbados en sábanas húmedas, con el semen de Mateo goteándole todavía a Lucía por el interior de los muslos, se acomodó entre mis brazos y me miró desde abajo.

—Hablo en serio, ¿sabes? —dijo en voz baja—. Lo de Andrés.

—¿Segura? —le pregunté, acariciándole el pelo claro—. No quiero que pase si no es lo que tú quieres.

—Llevo meses pensándolo. No te lo dije antes porque estoy bien con ustedes dos y no quería que se pusiera raro.

Mateo, que escuchaba con el brazo cruzado sobre el estómago de Lucía, se inclinó y le besó el hombro.

—Por nosotros no te preocupes —dijo—. Ve, vívelo, y vuelve. Aquí te esperamos.

Ella se giró hacia él, lo besó en la boca con una ternura que me dio un tirón en el pecho, y volvió a mirarme.

—Voy a volver siempre —dijo—. Esto que tenemos las dos no se cambia por nada.

Esa frase me la quedé guardada como quien guarda una llave.

***

Llamé a Andrés al día siguiente, todavía con la voz de Lucía rebotándome dentro. Le expliqué la situación y, como siempre, escuchó sin interrumpir.

—¿Y ella sabe lo que estás planeando? —me preguntó al final.

—Sabe que vamos a ir a la reunión del viernes. Lo demás lo decidirá ella.

—Me parece bien. Vengan temprano, así cenamos antes.

El viernes, mientras nos preparábamos en mi habitación, vi a Lucía como nunca la había visto. Le pedí que se pusiera un vestido negro de espalda descubierta que yo le había regalado el mes anterior y unas medias finas que le hacían las piernas interminables. Le prohibí ponerse bragas, y cuando le pasé la mano por debajo del vestido para comprobarlo la encontré ya mojada, con el coño depilado y caliente contra mis dedos. Le metí dos dedos hasta el nudillo, se los saqué brillantes y se los metí en la boca para que se probara.

—Me veo como una de esas mujeres que salen en tus historias —dijo, chupándome los dedos.

—Esta noche eres una de esas mujeres —le contesté, y le pasé los dedos por la nuca.

Yo elegí algo más sobrio: una falda corta azul marino, una blusa blanca sin nada debajo y tacones que me obligaban a caminar despacio. Mateo iba elegante, con la camisa abierta dos botones más de lo prudente. Los tres salimos del piso como una banda en gira, mareados por la anticipación.

***

Pasamos a buscar a Andrés a su edificio. Cuando abrió la puerta del coche y se sentó junto a Lucía en el asiento trasero, vi por el espejo retrovisor cómo a ella se le encendía la cara. Andrés le tendió la mano, ella la apretó y ya no la soltó durante el resto del trayecto. En un semáforo largo lo vi bajarle la mano hasta el muslo, meterla por debajo del vestido y quedarse ahí, quieto, con los dedos hundidos entre sus piernas. Lucía cerró los ojos y se mordió el labio para no gemir. Mateo, al volante, sonreía mirando la carretera.

La reunión era en una casa grande a las afueras, organizada por una pareja amiga. Había unas diez parejas, luz baja, música que se sentía en el pecho antes que en los oídos. Cuando entramos, las cabezas giraron. Yo iba del brazo de Andrés; Mateo, del brazo de Lucía. La combinación era llamativa y nos gustaba serlo.

Nos acomodamos en un sofá curvo del salón principal. Pedí copas para los cuatro y empezamos a hablar como si fuera una cena cualquiera, salvo por las manos: la de Mateo en el muslo de Lucía, la de Andrés en mi cintura, subiendo por debajo de la blusa hasta pellizcarme un pezón por encima de la tela. Yo no podía dejar de mirarla. Se le había dibujado en la cara una mezcla de miedo y deseo que me ponía mucho más que cualquier escena planeada.

—¿Quieres bailar? —le preguntó Andrés en algún momento, y le tendió la mano.

Ella miró a Mateo, me miró a mí y se levantó.

Los seguí con los ojos. Andrés bailaba sin prisa, dejando que ella se acercara o se alejara a su ritmo. Al principio Lucía mantenía las distancias; después se le fue colgando del cuello; después le pasó las manos por la nuca; después él le subió las manos por la espalda descubierta y se quedaron quietos, hablando bajito muy cerca de la boca. Vi cómo él le apretaba una nalga por encima del vestido y cómo ella se restregaba contra el bulto que ya se le marcaba a él en el pantalón. Mateo, a mi lado, me apretó la rodilla y me metió la mano por debajo de la falda hasta encontrarme el coño desnudo y empapado.

—Mírala —me dijo—. Mírala bien. Y mira cómo te chorreas mientras la miras.

Yo la miraba y sentía un calor que no era celos ni orgullo, sino las dos cosas mezcladas con algo más grande para lo que no tenía nombre.

***

Volvieron al sofá enredados. Lucía se sentó casi encima de Andrés, con las piernas cruzadas hacia él, y se quedaron besándose largo, sin urgencia, como si no hubiera nadie alrededor. Cuando se separaron, ella tenía la cara roja y la respiración corta. Andrés la miró fijo y le habló bajo, pero yo estaba lo suficientemente cerca para escucharlo.

—¿Quieres venir a mi casa más tarde? —le preguntó—. ¿O prefieres que pase aquí, delante de todos?

Pensé que Lucía contestaría que en su casa, que era lo lógico, lo más cuidadoso, lo más parecido a la mujer que yo creía conocer. Pero Lucía no contestó. Se levantó del sofá, se quedó de pie frente a Andrés con la copa todavía en la mano, y empezó a moverse al ritmo de la música. Lentamente, sin dejar de mirarlo, se llevó una mano detrás del cuello, soltó el lazo del vestido y dejó que la tela cayera hasta la cintura.

El salón entero se quedó callado un segundo. Después alguien soltó una risa baja, otra mujer aplaudió suave, dos parejas se acercaron desde el fondo. Lucía no parecía verlos. Solo lo miraba a él.

Mateo me apretó la mano. Yo no podía respirar.

—Es ella —me dijo Mateo al oído—. Es ella entera, mírala.

Lucía terminó de bajarse el vestido. Quedó en medias negras y nada más, la piel encendida, los pechos pequeños subiendo y bajando rápido, los pezones duros y rosados apuntando hacia adelante, el coño depilado brillando ligeramente bajo la luz baja. Andrés se levantó despacio, le tomó la cara con las dos manos y la besó largo, profundo, frente a todos los que se habían acercado a mirar. Después bajó la boca por su cuello, por sus tetas, se detuvo a chuparle un pezón hasta hacerla gemir, y siguió bajando hasta arrodillarse frente a ella en medio del salón. Le abrió los muslos con las manos, le pasó la lengua desde abajo hasta arriba de una sola lamida larga, y Lucía echó la cabeza hacia atrás con un gemido que se oyó por encima de la música.

La sostuvo así, de pie, con las piernas temblando, la lengua enterrada en el coño mientras ella se agarraba de su pelo. Yo la miraba desde el sofá con el vestido de Mateo levantado y sus dedos metidos en mi coño, moviéndose al mismo ritmo que la boca de Andrés en el de ella. Cuando Lucía se corrió, se corrió de pie, en público, con los muslos apretados contra las orejas de Andrés y un grito ronco que le salió del fondo del pecho.

Andrés se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y la tomó de la mano. La llevó hasta una de las camas que estaban al fondo de la suite. Antes de llegar ya se estaba desabrochando el pantalón, y cuando la tumbó boca arriba en el colchón le vi la polla salir dura y oscura, gruesa, brillante en la punta. Lucía abrió los ojos grandes al verla, se relamió los labios y estiró la mano para agarrársela.

Yo me levanté para seguirlos, pero Mateo me retuvo del brazo.

—Dale un momento —me susurró—. Que sea de ella primero. Después vamos.

Asentí. Vi a Lucía incorporarse en la cama, ponerse de rodillas y metérsela en la boca hasta la mitad, con esa manera suya de mamar despacio que yo tan bien conocía, mirándolo desde abajo con los ojos brillantes. Andrés le sostuvo la cabeza con las dos manos y empezó a empujarle la polla hasta la garganta, y Lucía se dejó, tragando, con los ojos aguándose y la saliva cayéndole por la barbilla hasta las tetas. Se giró antes de que él la tumbara del todo y me buscó con la mirada por encima del hombro. No me pedía permiso. Me prometía algo. Y yo, con la garganta cerrada y la falda mojada y todo lo que había aprendido a nombrar y todo lo que todavía no, le sostuve la mirada y le dije que sí con la cabeza.

La vi caer de espaldas, la vi abrir las piernas, la vi cómo Andrés se acomodaba entre sus muslos y le pasaba el glande por los labios del coño una, dos veces, antes de metérsela entera de una sola embestida. Lucía arqueó la espalda, se agarró de las sábanas y soltó un gemido largo, agudo, que hizo que a mí se me contrajera el vientre entero. Empezó a follársela lento, con estocadas profundas y sostenidas, y cada vez que salía la polla salía brillante del coño de ella. Lucía le enredó las piernas en la cintura, le pidió más rápido, le pidió más fuerte, y él la obedeció mientras varias parejas se iban acercando en silencio a mirar.

***

Esa noche entendí muchas cosas. Entendí que se podía querer mucho a una mujer y dejarla irse con otro sin perderla. Entendí que mi marido y yo habíamos abierto la cama y, sin querer, también habíamos abierto algo en nosotros que ya no se cerraría. Entendí que Lucía iba a volver, como había prometido, y que cuando volviera traería en el cuerpo todo lo que estaba a punto de pasar al fondo de aquella suite.

Me quedé sentada en el sofá curvo, con Mateo a un lado y una copa caliente en la mano, mirando hacia el fondo del salón sin atreverme aún a acercarme. La música seguía sonando. Las luces seguían bajas. Y en algún rincón de mí, una puerta que llevaba años entornada terminaba por abrirse del todo.

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Comentarios(9)

TamaraLv

Increible, me dejo sin palabras!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

FlorBsAs

Por favor tiene que haber segunda parte, no puede terminar asi. Quede con ganas de mas!!

Caro_Baires

La tension que se va armando al principio es lo mejor, te engancha desde la primera linea y ya no podes parar de leer.

NightViber

jajaja Lucia sabe lo que quiere eso seguro

ValentinaSur

Me recordo a una noche con amigas que termino de manera inesperada... las cosas que pasan cuando menos te lo esperas jaja. Muy buen relato!

LunaSol_27

Muy bien escrito, hay una atmosfera que te mete adentro de la historia sin volverse burdo. Eso es dificil de lograr y aca se logra perfecto.

Anahi_Cba

corto pero potente, quiero mas!!

GabiMDQ

Hay continuacion planeada? Quede con ganas de saber como siguio todo despues de esa noche.

PaulaM_93

Me gusto muchisimo como esta narrado, se siente real. Sigue subiendo cosas asi, no defrauda.

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