Lo que mi amiga me mostró después de su cirugía
Lucía llevaba semanas intentando coordinar una tarde con Renata, su amiga de toda la vida, a quien no veía desde hacía nueve meses. Cada vez que parecía que iban a verse, algo se cruzaba: un viaje, una reunión de trabajo, un compromiso familiar que ninguna de las dos podía esquivar.
Renata era la que más insistía. Decía que tenía algo importante que mostrarle y que no se podía contar por mensaje. «Tiene que ser en persona», repetía cada vez que Lucía le proponía una videollamada.
Por fin se alinearon los tiempos. Renata la citó en su casa un sábado por la mañana, lo bastante temprano como para tener todo el día por delante.
Lucía se presentó con una caja de galletas que había comprado en una pastelería cerca de su edificio. La curiosidad la había acompañado durante toda la semana. ¿Qué podía ser tan importante como para no decirlo por teléfono?
Renata abrió la puerta y la recibió con un abrazo largo, apretado. Nueve meses eran muchos meses. Lucía notó algo distinto en ese abrazo, algo que no supo identificar de inmediato: una densidad nueva contra su pecho, una forma diferente. Pero antes de poder pensarlo, ya estaban entrando al salón.
Renata llevaba una de esas camisetas holgadas que siempre había usado en casa, esas que disimulaban cualquier curva. Lucía dejó las galletas sobre la mesita del centro mientras su amiga iba a la cocina a preparar el café.
—¿Cómo va todo con Daniela? —preguntó Renata desde la cocina, mientras esperaba que el agua hirviera.
Lucía tragó saliva.
—Cortamos hace tres meses.
Se hizo un silencio breve. Renata asomó la cabeza desde la cocina con cara de no saber dónde meterse.
—Joder, no tenía ni idea. Lo siento.
—Tranquila. Han pasado muchas cosas en estos meses —contestó Lucía, encogiéndose de hombros.
—¿Y tú con aquel chico con el que estabas hablando? —devolvió Lucía cuando Renata volvió con la tetera y dos tazas.
—Resultó ser idiota, como casi todos los que aparecen últimamente. Llevo pensando en intentar algo con alguna chica, la verdad, pero ni he tenido tiempo ni demasiadas ganas. Hace meses que no follo, te lo juro. Estoy que me subo por las paredes.
Se sentaron en el sofá, una frente a la otra, y la conversación cayó en los carriles de siempre: trabajo, familia, los líos amorosos, las quejas de la rutina. Renata le contó del nuevo puesto en la empresa y Lucía le habló de la mudanza que había hecho al barrio nuevo. Las galletas iban desapareciendo y el café se enfriaba.
En algún momento, entre risa y risa, Lucía se acordó.
—Oye, ¿y lo que tanto querías enseñarme? Llevas meses con el misterio.
Renata dejó la taza en la mesa de golpe y se le iluminó la cara.
—¡Es verdad! Casi se me olvida.
Se puso de pie frente a Lucía. Tomó la camiseta holgada por los costados y, con un gesto rápido, tiró la tela hacia atrás, ajustándola al cuerpo. La silueta cambió por completo. La forma que apareció bajo el algodón no era la que Lucía recordaba.
Unas tetas generosas, redondas, firmes, que antes no estaban ahí.
Lucía abrió la boca y no le salió nada. Hacía años, en algún cumpleaños, Renata había soltado entre copas que quería operarse. Lucía lo había dado por una de esas ideas que se dicen pero no se hacen.
—¿Qué te parecen? —preguntó Renata con una sonrisa enorme.
—Están… increíbles —consiguió decir Lucía, todavía sin terminar de procesarlo.
—Mi cirujano es un artista. Las dejó preciosas y súper firmes. ¿Quieres tocarlas?
—Sí, claro —respondió Lucía, dudando un segundo de más.
Renata se apoyó en el reposabrazos del sofá, justo al lado. Lucía levantó la mano despacio y la posó sobre una de las tetas, por encima de la camiseta. La firmeza era real. Notó la curva exacta bajo la tela y la forma redondeada, sin caída.
—Aprieta un poco, para que sientas cómo quedaron.
Lucía obedeció. La presión fue suave y la sensación, sorprendente: una esponjosidad blanda que no delataba nada artificial. Era como tocar la teta de cualquier mujer.
Renata la miraba desde arriba, en silencio. No se le escapaba que la mirada de Lucía seguía clavada en su busto.
—Quedaron muy bien —dijo Lucía, intentando recuperar la compostura.
—¿Verdad que sí? Y eso que no las has visto. Cuando las veas, te vas a morir.
Lucía retiró la mano sin saber qué cara poner. Renata, sin avisar, se levantó la camiseta. No llevaba sujetador. Las dos tetas quedaron al aire, redondas, con los pezones erguidos por el aire fresco del salón, rosados y ya duros como piedras.
Lucía no apartó la vista. No habría podido aunque hubiera querido.
—El cirujano no me puso implante de silicona —explicó Renata, como si estuviera dando una clase—. Sacó grasa de otras partes y me la inyectó aquí, en las zonas que le pedí. Después colocó la piel para que la caída fuera natural y la cicatriz casi no se notara.
Levantó una de las tetas con la mano. Bajo la curva inferior, una línea finísima, casi imperceptible, asomaba contra la piel.
—Sí, casi no se ve nada —murmuró Lucía, intentando mirar otra cosa y fracasando.
—Estoy súper feliz. No son como las tuyas, pero al menos se acercan un poco. ¿Quieres tocarlas otra vez? Ahora sin tela.
Lucía dudó. Después asintió.
Acercó la mano una segunda vez. La piel estaba caliente y más fina de lo que esperaba. El contorno se sentía distinto sin la barrera del algodón. Lucía pasó la palma despacio, recorriendo la curva exterior, bajando hacia la cicatriz, subiendo de nuevo hasta rodear el pezón con la yema del pulgar.
Renata cerró los ojos un segundo. La piel de la teta se le erizó al primer contacto y el pezón, ya erecto, se le puso todavía más duro contra la palma de Lucía.
—Los pezones siguen muy sensibles desde la operación —dijo en voz baja—. Cualquier roce me pone a mil…
No terminó la frase. La palma de Lucía había rozado, casi sin querer, la aréola. Renata se mordió el labio y se le escapó un suspiro que ya no era del todo inocente.
Ninguna dijo nada durante un par de segundos. Se miraron a los ojos y se les escapó una risa nerviosa, esa que aparece cuando dos personas se dan cuenta a la vez de algo que ninguna quiere decir.
Lucía retiró la mano y se obligó a hablar.
—Te quedaron muy bien, de verdad. Me alegro un montón.
—Gracias. ¿Y… no quieres hacer nada más?
Lucía levantó la vista despacio.
—¿Algo como qué?
—Lo que quieras. Lo que se te antoje. Chupármelas, morderlas, lo que sea —dijo Renata, mirándola con una sonrisa que ya no tenía nada de inocente—. Te juro que llevo semanas pensando en esto.
—¿Lo que sea?
Renata asintió, sin bajar la mirada.
Lucía dejó los ojos sobre los de su amiga durante un instante más, y después los bajó de nuevo a sus tetas. Era ahora o nunca, pensó. Llevaba meses diciéndose que quería probar con una tía. La oportunidad había aparecido sola, en el salón de la persona en la que más confiaba.
Se inclinó hacia adelante despacio. Renata no se movió.
Cuando estuvo lo bastante cerca, Lucía sacó la lengua y rozó el pezón. Después lo rodeó con los labios y empezó a lamerlo con calma, casi con cuidado, como si estuviera comprobando que aquello era real. Lo atrapó entre los dientes con delicadeza y tiró de él, arrancándole a Renata el primer gemido de verdad.
—Joder, así, no pares —jadeó Renata.
La lengua de Lucía se deslizó por la piel, mojándola, dibujando círculos lentos alrededor de la aréola. Chupó fuerte, hundiendo la boca en toda la carne firme de la teta, y después soltó el pezón con un beso húmedo que dejó un hilo de saliva colgando entre el labio y la piel. Luego pasó al otro con la misma paciencia, lamiendo la cicatriz por debajo, subiendo por el costado, mordisqueando la punta. Renata se llevó las manos al busto y las juntó, acercando los pezones para que Lucía pudiera atender a los dos a la vez, uno con la boca y el otro con los dedos, pellizcando, retorciendo suave.
—Me encantan —murmuró Lucía contra la piel—. Están para chupártelas todo el puto día.
Renata respondió con un gemido largo. Le puso la mano en la nuca a Lucía y la apretó contra el escote, hundiéndole la cara entre las dos tetas, restregándoselas por la boca, por la nariz, por las mejillas. Lucía empezó a lamer todo lo que pillaba, el canalillo, la piel entre ambas tetas, subiendo hasta el cuello y bajando otra vez a los pezones que Renata le ofrecía en bandeja.
—Chúpamelas fuerte, no seas delicada —gimió Renata—. Estoy chorreando ya, tía.
Lucía obedeció. Le metió media teta en la boca y chupó con ganas, mientras la otra mano trepaba por el costado, apretando, midiendo el peso de aquella carne nueva. Renata bajó una mano y la apoyó en el muslo de Lucía. Subió despacio, recorriendo todo el largo del jean, hasta llegar al culo. Apretó con fuerza, clavando los dedos en la tela, como si la barrera del pantalón le sobrara.
Lucía no levantó la cabeza. Seguía concentrada, hipnotizada por el peso de las tetas contra su cara. Tardó unos segundos más en caer en la cuenta de lo que estaba pasando, y cuando lo hizo, se separó un momento para mirar a Renata a los ojos.
Lo que se encontró fue una mirada de deseo en bruto. Renata estaba sonrojada, con los labios entreabiertos, la respiración entrecortada y los pezones brillantes de saliva. No le pedía que parara. Le pedía exactamente lo contrario.
—Fóllame —susurró Renata, sin apartar los ojos—. Follame como haga falta, pero no te pares ahora.
Lucía no necesitó más confirmación. Le agarró la cara con las dos manos y la besó en la boca por primera vez, metiéndole la lengua hasta el fondo, mordiéndole el labio inferior al soltarla. Renata soltó un jadeo dentro del beso y se subió encima de ella, a horcajadas sobre sus caderas, y le volvió a hundir la cara entre las tetas. Lucía la sujetó por el culo con las dos manos y la apretó contra su cuerpo. Renata empezó a frotarse despacio sobre el muslo de Lucía, presionando el coño contra la tela del jean en un balanceo que iba ganando ritmo, dejando una mancha oscura de humedad en el tejido.
—Se te está calando el pantalón, tía, mira cómo me pones —jadeó Renata sin dejar de moverse—. Estoy empapada.
—Pues úsame el muslo, córrete encima si quieres —le contestó Lucía contra la boca del pezón, y volvió a chuparlo con avidez.
Los gemidos empezaron a salir más altos, menos contenidos. Lucía mordisqueaba, lamía, apretaba. Renata se restregaba el coño contra el muslo de Lucía con una intensidad que ya no tenía nada de pudor, la falda subida por encima de las caderas, las bragas empapadas rozando la tela áspera del jean. Se separó un momento, tiró de las bragas y se las bajó hasta las rodillas para volver a montarse encima, esta vez piel contra tela, el coño abierto y mojado dejando un rastro húmedo cada vez que se deslizaba hacia adelante y hacia atrás.
—Joder, joder, así —gimió Renata—. Me voy a correr solo con esto si no paras.
En un movimiento desesperado, Renata bajó las manos y empezó a pelearse con el botón del jean de Lucía. Tardó más de la cuenta, pero consiguió abrirlo. Metió la mano debajo de la ropa interior y bajó hasta el coño, ya empapado por todo lo que llevaban encima. Los dedos de Renata se abrieron paso entre los labios, resbalando, jugando con la humedad, subiendo hasta el clítoris con una lentitud calculada.
—Estás igual de mojada que yo, guarra —murmuró Renata con una sonrisa—. Toda esta agüita por mis tetas nuevas, ¿eh?
El primer roce hizo que Lucía soltara un quejido contra la teta de Renata. Los dedos entraron despacio, primero uno, después dos, curvándose dentro con más firmeza, encontrando el punto exacto que Lucía necesitaba sin tener que preguntar. Renata la follaba con la mano al mismo ritmo con el que restregaba su propio coño contra el muslo mojado.
—Métemela más adentro —gimió Lucía, arqueando la pelvis para hundir los dedos de Renata hasta los nudillos—. Fuerte, no te cortes.
Renata obedeció. Le metió los dos dedos hasta el fondo y empezó a bombear con un ritmo que sacudía todo el sofá, el pulgar apretando el clítoris de Lucía en círculos apretados. Lucía respondió abriendo la boca sobre el pezón izquierdo y chupando con tanta fuerza que Renata soltó un grito.
—Ay, joder, ay, así, chúpame ahí, tía —jadeaba Renata—. Estoy a nada, estoy a nada.
Se daban placer al mismo tiempo. Lucía atendía las tetas de Renata con la boca, cada vez más desesperada, saltando de un pezón al otro, mordiendo, chupando, dejando la piel roja y brillante. Renata se restregaba el coño contra el muslo de Lucía mientras le metía los dedos con un ritmo frenético, sin tregua, la palma de la mano golpeándole el pubis a Lucía en cada embestida.
—Otro dedo, méteme otro —pidió Lucía con la voz rota.
Renata añadió un tercero. El coño de Lucía se cerró alrededor con un espasmo y ella gritó contra la teta que tenía en la boca. La mano de Renata entraba y salía brillando de flujo, haciendo un ruido húmedo, obsceno, que llenaba todo el salón.
Empezaron a gemir al unísono, construyendo el clímax juntas. La respiración se les fue rompiendo, las piernas se tensaron, las manos apretaron donde podían. Renata frotaba el clítoris contra la tela del jean con una desesperación animal, meciéndose adelante y atrás, mientras seguía martillando el coño de Lucía con tres dedos.
—Me corro, me corro, joder, me corro —chilló Renata, y todo el cuerpo se le sacudió a horcajadas sobre Lucía.
—Yo también, no pares, no pares —contestó Lucía, y el orgasmo la partió por la mitad, el coño apretándose en oleadas alrededor de los dedos de Renata.
Cuando explotó, explotó a la vez. Un orgasmo compartido las dejó sin aliento. Renata cayó hacia adelante, sobre el torso de Lucía, con las tetas aplastadas contra su cara y el coño todavía palpitando contra su muslo. Los dedos de Renata seguían dentro de ella, moviéndose despacio ahora, alargando el temblor, y Lucía arqueó la espalda en una última sacudida cuando el pulgar le rozó de nuevo el clítoris hinchado. Las dos temblaron contra el cuerpo de la otra, hiperventilando, con el pulso a mil, el sofá empapado debajo.
Tardaron un par de minutos en recuperarse. Renata sacó los dedos con cuidado, se los llevó a la boca y los chupó uno por uno, mirando a Lucía a los ojos. Cuando consiguieron volver a respirar con normalidad, se miraron y se les escapó una risa nerviosa, parecida a la de antes pero distinta. Renata se sentó al lado de Lucía. Sonrieron. Y se besaron.
Fue un beso largo, lleno de cariño y de algo más, algo que llevaba años escondido entre las dos y que por fin se dejaba salir. Se acomodaron la ropa sin prisa y se quedaron en silencio unos segundos, todavía pegadas la una a la otra.
Después siguieron con la tarde como si nada hubiera pasado, pero ya no era como antes. Hablaron, comieron, vieron una película. Cayó la noche y Lucía tuvo que volver a casa. No se fue sin besar a Renata otra vez en la puerta del apartamento, con una mano dentro de su camiseta apretándole la teta por última vez.
Los encuentros siguieron repitiéndose. Cada vez más seguido, cada vez con menos excusas. Lo que empezó como una visita atrasada terminó siendo una relación que ninguna de las dos había planeado, pero que las dos, al mirar atrás, supieron que estaba destinada a pasar.