Te supliqué arrodillada que me dejaras probarte
Hoy desperté con un hambre distinta. No era hambre de comida, ni de café, ni siquiera de tu voz en la otra habitación. Era hambre de ti, de tu sabor, de tu piel, de la forma en que respiras cuando estás a punto de dejarme acercarme. Me quedé en la cama unos minutos pensando en lo que haría si te viera salir del baño envuelta en esa toalla blanca que tanto me gusta, o mejor todavía, con ese vestido verde que te pones los sábados y que me obliga a apartar la mirada para no quedarme tonta delante de la gente.
Si te viera así esta mañana, con ese vestido y el pelo aún húmedo de la ducha, no me levantaría de la cama de pie. Me bajaría al suelo despacio, sin hacer ruido, y empezaría a acercarme a ti gateando sobre la alfombra. Quiero que me veas venir. Quiero que sepas, mucho antes de que llegue a tus pies, que ya no soy nadie en este cuarto y que todo lo que soy esta mañana es para ti.
Llegaría a tus pies primero. Los besaría como se besa algo que se reza. El empeine, el tobillo, la curva interna del talón. Después subiría por tus piernas centímetro a centímetro, abrazándolas con los brazos a medida que me yergo, sintiendo cómo tus pantorrillas se tensan cuando mi boca pasa por detrás de tu rodilla. Esa zona la conozco. Sé que te hace cosquillas y que las cosquillas, en ti, se convierten en otra cosa si insisto un poco más.
Subiría por la cara interior de tus muslos, siempre por dentro, donde la piel es más fina y se eriza con cada exhalación mía. De vez en cuando levantaría los ojos para mirarte. No para preguntarte si puedo seguir, sino para que vieras, en cada una de esas miradas, cuánto te deseo y cuánto te adoro. Quiero que me reconozcas en esa cara. Quiero que veas que la mujer que ayer te discutió la lista de la compra es la misma que ahora está a punto de pedirte permiso para algo que se le está volviendo imposible de aguantar.
—¿Serías tan amable de permitirme que mezcle mi saliva con la tuya, Miss? —te preguntaría cuando mi boca ya estuviera muy cerca, con los dedos enganchados en el elástico de tu ropa interior y la otra mano abrazándote la pierna, apretándote una de las nalgas con fuerza tranquila. Una sonrisa pequeña, traviesa, acompañando la pregunta. Yo desde aquí ya te huelo. Sé en qué estado te encuentro y me muero por darte un orgasmo, dos, los que tú quieras concederme esta mañana.
No me precipitaría. Sé cómo eres y sé cómo te gustan estas cosas. Si te robara lo que quiero sin pedírtelo, el orgasmo sería mío y no tuyo, y a ti eso no te interesa. Por eso me quedaría ahí, con la boca a un dedo de tu sexo, oliéndote, esperando que tu silencio me autorice o me niegue. Mientras esperara, recorrería con la yema de los dedos tus labios, despacio, apartando la tela a un lado. No entraría. Solo trazaría el contorno, una y otra vez, como quien dibuja una frontera que ya sabe que va a cruzar.
—¿Y serías tan amable de dejar que jugara con dos deditos en tu sexo y uno en tu culo, mientras te como? —te preguntaría a continuación, sin levantar la cabeza. Mis dedos seguirían su recorrido. Mientras la pregunta queda flotando en el aire, mi mano libre subiría hasta el otro lado y empezaría a acariciarte alrededor del ano, insinuando la presión, sin penetrar todavía. Sé que tardas en decir que sí a esto. Sé que te gusta hacerme esperar.
***
Cuando hablo así te das cuenta de lo poco que reconozco a la mujer que soy el resto del día. En el trabajo soy la que organiza, la que cierra reuniones, la que dice «no» con una facilidad que asusta a la gente. Tú me has visto presentar proyectos delante de hombres con cargos de mucho peso sin pestañear. Y aquí estoy ahora, en mi propia cabeza, arrodillada delante de ti, pidiéndote permiso para algo que podría tomarme sin pedir. La diferencia entre tomarlo y pedirlo es justamente lo que me vuelve loca.
—Por favor, por favor, por favor —te diría susurrando, dándote un beso pequeño justo encima del clítoris en cada coma de la súplica. Tres «por favor», tres besos suaves, tres veces que mi boca toca el lugar donde sé que más se concentra todo. Después levantaría la mirada otra vez. Sí, te he suplicado. Soy cabezona y no me gusta hacerlo, pero estoy convencida de que te complace que lo haya hecho. Esa es mi forma de decirte que hoy soy tuya entera.
—Permítemelo, por fa —añadiría—. Y mientras hago todo lo que te he prometido, tómame del pelo con fuerza con una mano y juega con tus pechos con la otra. Quiero sentir cómo me guías, cómo me llevas, cómo me dices sin palabras dónde quieres que ponga la lengua. Quiero saber que estás disfrutando incluso cuando no me lo digas.
Imagino tu respiración cambiando antes que tu voz. Imagino que pasa medio minuto entero sin que digas nada, y que ese medio minuto se me hace eterno, porque cada segundo extra de espera me hace apretar más los muslos, contenerme más, sentir más cómo me late todo en un sitio en el que nadie me está tocando aún. Imagino que cuando por fin abres la boca para contestarme, lo único que sale es mi nombre.
—Sí —dirías al final, y esa sola palabra me desarmaría entera.
***
Entonces ya no habría súplica, ni preguntas, ni distancia. Mi boca tomaría tu sexo despacio al principio, conociéndote otra vez como si fuera la primera, aunque te conozco de memoria. Empezaría por los labios externos, recorriéndolos con la lengua entera, sin entrar todavía. Tú me agarrarías el pelo, suave al principio, casi como una caricia. Yo sabría que esa suavidad no dura. Y la esperaría.
Mis dos dedos entrarían en ti al mismo ritmo que mi lengua subía hacia el clítoris, y el tercer dedo se quedaría en el otro sitio, jugando con la presión justa, sin invadirte, recordándote que está ahí. Te conozco. Sé que esa combinación te enloquece. Sé que aprietas las piernas alrededor de mi cabeza cuando empiezo a meter ritmo. Sé que el primer tirón fuerte de pelo llega justo cuando subo de intensidad con la lengua, y que ese tirón es la señal de que ya no puedes pensar en nada más.
Lo que me gusta de hacerte esto es que sé exactamente dónde estás en cada momento. Tu cuerpo me lo cuenta antes que tú. Sé cuándo subir y cuándo bajar. Sé cuándo retirarme un segundo para que la espera vuelva a ponerte loca. Sé cuándo no parar bajo ningún concepto, ni aunque me tirases del pelo hasta arrancármelo. Esa es la diferencia entre suplicarte permiso y luego entrar. Una vez que me has dejado pasar, todo lo demás lo decido yo.
Y tú lo sabes. Por eso te gusta que te lo pida.
***
Pero todavía estoy en la cama. Tú sigues en el baño, el agua de la ducha lleva ya un rato corriendo, y todo lo que acabo de contarte no ha pasado. De momento. Lo estoy ensayando, palabra por palabra, gesto por gesto, para no fallar cuando salgas. Para que no me tiemble la voz al hacer la primera pregunta. Para acordarme de no entrar hasta que me digas que sí.
Escucho cómo cierras el grifo. Imagino que coges la toalla, que te la enrollas a la cintura, que el espejo está empañado y que te apartas el pelo de la cara con un movimiento que me sé de memoria. Quedan, calculo, dos minutos antes de que abras la puerta del baño. Dos minutos exactos para decidir si tengo el valor de bajarme de la cama, ponerme de rodillas y empezar a gatear hacia ti antes de que des el primer paso fuera.
Cuento hasta diez. Aparto el edredón. Pongo los pies en el suelo. Me arrodillo despacio, como te he descrito, y empiezo a avanzar sobre la alfombra hacia la puerta cerrada del baño. El corazón me late tan fuerte que tengo miedo de que lo oigas desde el otro lado.
La puerta se abre. Sales. Me ves abajo, en silencio, ya casi a tus pies. Por un segundo no dices nada. Por un segundo solo me miras. Y yo, sin levantar la cabeza más de lo necesario, te pregunto:
—¿Serías tan amable, Miss?