Lo que aprendí de otra mujer cuando él me dejó
Hace cinco años pasé por la ruptura más dolorosa de mi vida. Ignacio me había engañado tantas veces que ya había perdido la cuenta cuando por fin reuní el coraje para irme. No fue una salida limpia; fue arrastrarme por el barro durante meses, fingiendo que todavía creía sus excusas hasta que una madrugada hice las maletas y me fui al departamento de mi hermana sin avisar.
Tenía veintiséis años y la sensación de que mi cuerpo no me pertenecía. Había hecho lo que él quería en la cama durante tanto tiempo que ya no sabía qué me gustaba a mí. Esa fue la herida que más tardó en sanar. La otra, la del corazón, la silencié de la manera más estúpida posible: bajándome dos aplicaciones de mensajería que nunca había usado y hablando con desconocidos para no pensar.
Al principio eran charlas tontas. Hombres que mandaban fotos sin que yo las pidiera. Mujeres que me preguntaban de dónde era. Yo respondía con monosílabos desde la cama de la habitación de invitados de mi hermana, con el celular pegado a la cara, esperando que el cansancio me venciera antes que la rabia.
Camila apareció una noche de febrero. Su foto de perfil era un primer plano de una taza de café sobre una mesa de madera, sin rostro, sin nombre real. Me escribió porque le había gustado mi descripción: «todavía aprendiendo a estar sola». Me dijo que ella estaba en lo mismo, pero al revés. Que llevaba dos años soltera y que ya no sabía cómo dejar de estarlo.
Hablamos durante semanas sin enviarnos una sola foto. No fue casualidad. Las dos jugábamos al mismo juego: queríamos saber si lo que había detrás de la pantalla nos interesaba antes de mirar el envoltorio. Me contó que tenía treinta y dos, que trabajaba en un estudio de arquitectura en otra ciudad, que vivía sola con dos gatos y que cocinaba mal pero con entusiasmo. Yo le conté lo de Ignacio. Le conté la versión larga, la que no le había contado ni a mi hermana.
—¿Y nunca estuviste con una mujer? —me preguntó una noche.
—No. Nunca se me ocurrió.
—Eso no es lo mismo que decir que no querías —escribió.
Me quedé mirando la pantalla un rato largo. Tenía razón. Yo nunca me había permitido pensarlo. En el colegio había una chica de mi curso que me ponía nerviosa cuando se cambiaba al lado mío en educación física, y yo me había convencido de que eran celos. De adolescente había visto a una compañera de mi hermana entrar al baño con la toalla mal puesta y había sentido algo que decidí no nombrar. Ahora, a los veintiséis, con una pantalla de por medio y una desconocida del otro lado, Camila estaba poniendo nombre a todas esas escenas que yo había archivado.
—¿Y vos? —le pregunté.
—Yo sí. Bastantes veces. Y prefiero, si te soy honesta.
Las conversaciones cambiaron después de esa noche. No de un día para otro. Fue lento. Una pregunta sobre qué ropa usaba para dormir. Un comentario sobre cómo se sentía la sábana esa noche. Una foto de su mano sobre la pierna, sin que se viera la cara. Yo la imitaba con torpeza, porque nunca había hecho eso, ni siquiera con Ignacio. Le mandé una foto del filo de mi clavícula. Después una del interior de la muñeca. Ella respondía con palabras lentas, sin apuro, describiéndome lo que haría si tuviera mi muñeca cerca de su boca.
Aprendí, por primera vez, a esperar. A no terminar antes de tiempo. A leer una frase y dejarla decantar en el cuerpo antes de responder. Ignacio nunca me había dado esa pausa. Con él todo era llegar al final lo más rápido posible. Con Camila, en cambio, había noches en las que me dormía con el celular en la mano y un palpitar entre las piernas que no atendía, porque ella me había pedido que no lo hiciera.
—Quiero ser yo la primera en hacértelo —me escribió una madrugada—. Cuando nos veamos.
Yo había evitado pensar en ese cuando. Vivíamos en ciudades distintas, separadas por seis horas de bus. Pero después de esa frase dejé de evitarlo. Saqué un pasaje para el primer fin de semana largo y se lo dije por mensaje. Ella tardó dos minutos en responder. Cuando lo hizo, solo escribió la dirección y la hora a la que me esperaría.
***
Llegué a su edificio un viernes a las nueve de la noche, con un bolso pequeño y la boca seca. Subí cinco pisos en un ascensor con espejo y no fui capaz de mirarme. Toqué el timbre.
Camila abrió y por primera vez vi su cara entera. Tenía el pelo castaño recogido en un rodete bajo, los ojos verdes más claros de lo que yo había imaginado y una camisa de hombre blanca por encima de unos shorts. No dijo nada. Me agarró del bolso, lo dejó en el suelo del recibidor y me empujó suavemente contra la pared cerrada de la puerta.
—¿Te imaginabas así? —me preguntó, con la boca a un centímetro de la mía.
—No me imaginaba nada —dije, porque era verdad.
Me besó. Fue diferente a cualquier beso que hubiera dado antes. No había prisa, no había la sensación de que el beso fuera el peaje para llegar a otra cosa. El beso era la cosa. Su boca era suave y firme al mismo tiempo, y olía a algo cítrico que no supe identificar. Cuando se separó, me miró a los ojos y se rió por lo bajo.
—Estás temblando.
—Sí.
—¿Querés tomar algo primero?
Asentí. Me llevó a la cocina, me sirvió un vino tinto y se sentó frente a mí en la barra. Hablamos veinte minutos de cualquier cosa, como si no fuéramos a hacer lo que las dos sabíamos que íbamos a hacer. Me habló de sus gatos, que estaban escondidos debajo del sillón porque les daba miedo la gente nueva. Me habló del trabajo. Yo apenas podía sostener la copa.
Después dejó el vaso sobre la mesa y me dijo:
—Vení.
La seguí por un pasillo hasta su habitación. La luz era de una lámpara baja, anaranjada. La cama era enorme, con una colcha gris y demasiadas almohadas. Me quedé parada junto a la cama, sin saber qué hacer con las manos.
Camila se acercó por detrás. Me apartó el pelo de la nuca y me besó ahí, justo donde nace la columna. Sentí el aliento caliente y un escalofrío que me bajó hasta los pies. Sus manos me rodearon la cintura por encima de la camisa y se quedaron quietas, esperando, como si me preguntaran sin palabras si podía seguir.
—Sí —dije, aunque no me hubiera preguntado.
Me dio vuelta despacio. Me sacó la camisa botón por botón, mirándome la cara más que el cuerpo, como si lo importante fuera ver cómo cambiaba mi respiración. Cuando llegó al último botón, me pasó la yema del dedo desde la base del cuello hasta el ombligo. No tenía sostén. Las dos lo notamos al mismo tiempo. Ella sonrió.
—Sabías lo que venías a hacer —dijo.
—Sí.
Me empujó suavemente sobre la cama. Se sacó la camisa por la cabeza y se quedó solo con los shorts. Tenía el cuerpo más blando de lo que yo había imaginado, más real. Una cicatriz pequeña sobre la cadera izquierda, un lunar grande debajo del pecho derecho. No era el cuerpo perfecto de las fotos que Ignacio me había hecho mirar tantas veces para «darme ideas». Era mejor. Era un cuerpo que había vivido.
Se subió encima de mí y me besó la boca primero, después el cuello, después los pechos. Tomaba el tiempo que quería. Donde sentía que yo respondía, se quedaba más rato. Donde no, pasaba sin insistir. Era como si me estuviera leyendo en braille. Yo cerré los ojos y me dejé.
Cuando bajó la cabeza más allá del ombligo, abrí los ojos y la miré. Quería ver. Quería saber qué cara tenía haciéndome eso. Camila levantó la vista justo en ese instante y nuestras miradas se cruzaron por un segundo antes de que su boca llegara a donde tenía que llegar.
Lo que sentí después no se parece a nada que pueda contar entero. Fue lento. Fue exacto. Fue alguien que sabía lo que estaba haciendo porque tenía un cuerpo idéntico al mío y conocía cada matiz desde adentro. No tuve que fingir nada. No tuve que apurar el final para que él terminara. Por primera vez en mi vida no estaba pendiente del placer de otra persona. Era mi turno y ella lo sabía.
Cuando terminé, me quedé tapándome la cara con las dos manos, riéndome y llorando al mismo tiempo. Camila se acomodó a mi lado, me destapó la cara con cuidado y me besó la frente.
—¿Estás bien?
—Sí. Es solo que… no sabía. No sabía que podía ser así.
—Lo sé —dijo ella—. Por eso quería ser yo.
Después fue mi turno. Me temblaban las manos cuando le solté el botón de los shorts, y ella se rió bajito y me ayudó a sacárselos. Le pregunté tres veces si lo estaba haciendo bien, y tres veces me dijo que dejara de preguntar y que la mirara a la cara mientras lo hacía. Aprendí más de su cuerpo en una hora que del mío en veintiséis años. Aprendí que ciertos sonidos no se fingen y que cuando aparecen no hay nada más importante en el mundo que sostenerlos.
***
Esa noche dormí abrazada a una mujer por primera vez. A la mañana siguiente me despertó el sol y el ronroneo de uno de sus gatos que se había animado a subirse a la cama. Camila preparó café y huevos revueltos y me los trajo a la cama, y los comimos sin hablar mucho, mirándonos de a ratos por encima del borde de las tazas.
Me quedé hasta el domingo a la noche. No pasó mucho más que eso, ni hizo falta. Cuando volví en el bus, me di cuenta de que la culpa que había sentido durante meses por estar coqueteando con desconocidas en el celular se había evaporado en algún momento entre el viernes a la noche y el sábado a la mañana. No había nada por lo que sentirse culpable. Había estado escuchando lo que mi cuerpo intentaba decirme desde la adolescencia. Había bastado con que alguien me preguntara y esperara la respuesta.
Cinco años después, Camila y yo seguimos siendo amigas. Nos vemos cada tanto, a veces nos acostamos y a veces no. Cada una hizo su vida con otras personas, pero hay algo entre nosotras que ninguna de las dos quiere cerrar del todo. A Ignacio no lo volví a ver. Tampoco lo extrañé. Lo que me dejó a mí, sin querer, fue esa noche de febrero en la que abrí una aplicación que no necesitaba para esconderme de él y terminé encontrándome a mí.