Lo que mi madre vivió con su antigua compañera
Una de las cosas que aprendí contando mi vida por aquí es que escribir y hablar con quienes te leen termina cambiándote las cosas de formas que no esperas. Una lectora me escribió hace tiempo proponiendo algo que yo nunca me había atrevido a pedir: un encuentro entre los tres, mi madre, ella y yo. Puse a las dos en contacto y, aunque la idea de citarse con una desconocida le daba reparo, en mi madre se despertó una curiosidad nueva, un hilo de deseo por otra mujer que llevaba toda la vida fingiendo no tener.
Esa curiosidad la llevó a acordarse de Lorena, una compañera de su época del instituto con la que se había reencontrado por casualidad hacía poco. Habían intercambiado el número y se habían reído de viejas historias. En aquellos años, Lorena tenía fama de encerrarse con algunas chicas en los baños y tardar lo suyo en volver a clase. Mi madre me prometió que, pasara lo que pasara con Lorena, yo seguiría siendo su hombre. Quedó con ella una tarde de sábado. Dejo que sea ella quien cuente lo que sucedió.
***
Quedé con Lorena en un centro comercial del centro. Cuando llegué, ya me esperaba junto a las escaleras. Llevaba un vestido blanco por encima de la rodilla que dejaba a la vista buena parte de sus piernas. Yo me había puesto una blusa muy escotada y una falda de cuadros a media pierna, porque tenía claro que, si a Lorena seguían gustándole las mujeres, esa tarde iba a ponérselo difícil.
Nos pusimos a conversar mientras paseábamos entre las tiendas. No sabía si eran mis nervios o si de verdad ocurría, pero notaba que ella me miraba con un hambre que no tenía nada de inocente. Le conté que me había separado hacía un tiempo. Ella nunca se había casado, me dijo, y lo dijo con una sonrisa que entendí perfectamente. Cuando me reuní con ella ya cargaba una bolsa de la que no quise preguntar nada.
Terminamos de comprar y me invitó a su casa, a unas calles de allí, para ver con calma lo que habíamos elegido. Estábamos sacando las prendas cuando metió la mano en aquella primera bolsa y extrajo dos consoladores. Me los mostró sin ningún pudor.
—Mira, Raquel —dijo, divertida—. Son de buen tamaño, nunca te fallan y, encima, no discuten contigo.
—Y seguro que se dejan chupar de maravilla —respondí, sorprendida de mi propio descaro—. Aunque, ¿sabes una cosa? Después de mi matrimonio, de lo que tengo ganas de verdad es de una mujer.
Estaba sentada en una silla, junto a la mesa donde se amontonaban las bolsas, y ella seguía de pie a mi lado. Al oír mis palabras, Lorena se inclinó, juntó su boca con la mía y me dio un beso que me dejó sin aire. Mientras tanto, una de sus manos se coló por mi escote y empezó a acariciarme un pecho por debajo del sujetador. Cuando nuestras lenguas se separaron, me miró de cerca.
—Siempre me gustaron estos pechos —susurró—. Más de una vez pensé en llevarte conmigo al baño del instituto, pero me daba la impresión de que tú solo tenías ojos para los chicos.
—Y los tenía —admití—. Pero también me gustan unos pechos como los tuyos.
Le puse las manos encima y empecé a acariciárselos por encima de la tela. Volvimos a buscarnos con la boca, y aprovechando que soy más alta y más corpulenta que ella, la hice sentarse sobre el borde de la mesa. La sentí caliente, impaciente. Separó las piernas y un tanga negro quedó a la vista. Apoyó una pierna sobre mi hombro y, de pronto, su sexo estaba a un palmo de mi cara.
Se me ocurrió una idea. Cogí uno de los consoladores y empecé a pasarlo despacio por encima de la tela que cubría su sexo, apretando justo donde notaba que más lo sentía. Lorena empezó a gemir, baja al principio, después sin disimulo, hasta que me agarró de la muñeca.
—Raquelita —jadeó—, creo que es mejor que sigamos en mi cuarto.
***
En su dormitorio se sentó al borde de la cama y volvió a ocuparse de mis pechos con las dos manos. Antes de que pudiera reaccionar, ya me había quitado la blusa y desabrochado el sujetador, dejándome desnuda de cintura para arriba. La levanté, le saqué el vestido y la dejé en un conjunto de lencería negra. Le solté el sujetador, y un par de pechos medianos, redondos, preciosos, quedaron libres.
Me coloqué detrás de ella. Mientras mi boca recorría su cuello, mis manos se quedaron prendidas de aquellos pechos. Después la giré, me agaché y me los llevé a la boca, uno y otro, sin prisa, escuchando cómo respiraba cada vez más fuerte.
Fue ella quien me apartó con suavidad. Se arrodilló frente a mí y me bajó la falda. Lo que no había llegado a pasar en los baños de aquel instituto estaba pasando años después, en su habitación. Me hizo tumbarme en la cama mientras ella seguía de rodillas, me quitó el tanga y, sin ceremonias, llevó la cabeza entre mis piernas e introdujo la lengua.
Yo estaba al límite. Lorena empezó a recorrer cada centímetro de mi sexo con una paciencia que ningún hombre me había dedicado nunca, sabiendo exactamente dónde detenerse, cuándo presionar, cuándo aflojar. El placer fue tan intenso y tan distinto que me corrí en cuestión de minutos, agarrada a las sábanas.
Sabía que quedaba en deuda con ella. Le pedí que se tumbara y fui yo quien se arrodilló. Le abrí el sexo con los dedos, lo encontré húmedo y brillante, y por primera vez en mi vida apoyé la lengua en otra mujer. No tenía experiencia, pero algo en mí parecía saber el camino. Ella se arqueaba contra mi boca.
—Sigue, Raquelita —gemía—. Lo haces demasiado bien, me vas a volver loca.
Sus palabras me encendieron todavía más. Noté cómo perdía el control, cómo sus gemidos se volvían roncos, hasta que se corrió con un temblor largo que me empapó la boca.
***
Después me pidió que me tumbara y se colocó encima de mí, con su sexo contra el mío. Me besó despacio y, entre beso y beso, murmuró:
—¿Sabes que ya en el instituto fantaseaba contigo? Pero me parecías inalcanzable.
—Pues fue una pena que no te atrevieras —contesté.
Empezó a moverse, frotándose contra mí, y un calor nuevo me subió desde abajo. Nunca habría imaginado que dos mujeres pudieran darse tanto sin nada más que sus cuerpos. Las dos lo teníamos completamente liso aquel día, y el roce era directo, sin nada que lo amortiguara. Le avisé de que estaba a punto.
—Quiero sentirte correrte contra mí —dijo sin parar—. Sigue, no te detengas.
No tardé. Noté cómo ella acusaba el golpe de mi orgasmo y se dejaba ir casi al mismo tiempo, gimiendo contra mi cuello, sin dejar de frotarse hasta que el segundo temblor me recorrió entera. Para ser mi primera vez con una mujer, estaba descubriendo sensaciones que no sabía que existían.
Cuando recuperamos el aliento, se inclinó otra vez sobre mis pechos.
—Lo que me perdí de jovencita —dijo, lamiéndome despacio.
—¿Y qué hacías con las chicas en aquel baño? —pregunté.
—Justo lo que voy a hacerte ahora —respondió.
Bajó de nuevo entre mis piernas y volvió a darme placer con la lengua, conociendo ya mis reacciones, deteniéndose en los puntos exactos. Pensé que de verdad había perdido unos cuantos años buenos por no haber dejado que ella me llevara a aquel baño. Me corrí enseguida, y ella se rio contra mi piel.
—¿Sabes? —dijo—. Lo que estoy disfrutando contigo hoy no lo disfruté con ninguna de aquellas chicas. A lo mejor hacía falta esperar todos estos años para que saliera tan bien.
***
Y entonces dijo algo que me hizo arder otra vez.
—Quiero ser tu marido.
Abrió el cajón de la mesilla y sacó un consolador con un arnés. Se lo ajustó con una soltura que delataba experiencia, y de pronto tenía entre las piernas un miembro de buen tamaño, aunque fuera de látex. Me tumbé con las piernas bien abiertas y ella se colocó encima, empujando despacio hasta llenarme. La verdad es que me había vuelto tan descarada que ya me daba igual de qué estuviera hecho: lo único que importaba era seguir gozando.
Empezó a moverse con un ritmo firme, sosteniéndose sobre los brazos, buscándome la boca cada poco.
—¿Te gusta, esposa mía? —me preguntó al oído.
—Claro que sí, esposo mío —contesté, siguiéndole el juego.
Lo hacía con una habilidad que no me esperaba, y no tardé en correrme de nuevo. Ella se rio al notarlo.
—¿Lo ves? —dijo—. No hacen ninguna falta los hombres para esto.
En cierto modo tenía razón, aunque por dentro pensé que no era lo uno o lo otro, sino que las dos cosas se completaban, y que yo quería conservar las dos. Pero no era momento de filosofar, sino de seguir, así que se me ocurrió otra cosa.
—Ahora quiero ser yo tu marido —le dije.
—Encantada —respondió—. Pero prefiero que me lo hagas en otra postura.
Se quitó el arnés y me lo tendió. Al tenerlo en la mano no pude resistirme a llevármelo a la boca, todavía con el sabor de las dos. Lorena se puso a cuatro patas sobre el colchón. Tenía una espalda y un trasero que me dejaron sin palabras. Antes de penetrarla quise hacerle algo distinto: la abracé por detrás y le recorrí la columna con la lengua, muy despacio, vértebra a vértebra, mientras la sentía estremecerse.
Bajé hasta sus nalgas, le metí un dedo en el sexo y lo encontré completamente mojado. Cuando llevé el dedo un poco más arriba, ella giró la cabeza con un gesto entre el susto y la súplica.
—Por ahí no, por favor —pidió—. Eso lo tengo virgen.
Decidí no insistir, al menos por el momento. Me ajusté el arnés yo misma. Nunca había llevado uno, y sentí curiosidad por verme. Le pedí un espejo; tenía uno grande en la puerta del armario. Lo abrí y, por primera vez en mi vida, me vi reflejada con aquel aspecto, mitad yo, mitad otra cosa, y no me pareció que me quedara nada mal.
Cuando me giré, Lorena seguía a cuatro patas, esperando. Me coloqué detrás, acaricié sus caderas y, poco a poco, la penetré por el sexo. Empecé a moverme buscando el ritmo, imitando lo que a mí me gustaba que me hicieran, y debí de acertar, porque ella se aferró a la almohada y empezó a gemir alto.
—¿Qué me haces? —jadeó—. Follas increíblemente bien. ¿Seguro que es la primera vez que usas esto? Me estás volviendo loca.
Sus palabras me excitaban tanto que, aunque aquel miembro no formaba parte de mi cuerpo, lo sentía como si lo fuera. Comprendí lo que disfruta quien está del otro lado: ver gozar a una mujer y saber que la causa eres tú es algo casi tan intenso como gozar uno mismo. Seguí moviéndome hasta que la noté correrse, y, para mi sorpresa, el propio movimiento terminó arrastrándome también a mí.
***
Sin darme tregua, volvió a la mesilla y sacó otro consolador, este sin arnés y con dos extremos. Me pidió que me tumbara con las piernas dobladas y abiertas. Se colocó de costado, enredó una de sus piernas con las mías y fue introduciendo un extremo en mi interior; después, con un movimiento que parecía muy ensayado, acomodó el otro en el suyo. Las dos compartíamos la misma pieza, frente a frente.
—Se nota que tienes práctica con mujeres —le dije, casi sin voz.
—Con algunas lo he hecho —reconoció, riéndose.
Nunca había vivido nada parecido. Cada una se movía a su aire, y aun así el placer iba creciendo en las dos a la vez. Entre jadeos me fue contando sus historias del instituto, las compañeras que alguna tarde acabaron con ella, muchas de ellas hoy casadas y con hijos. Me habló incluso de una profesora un poco exhibicionista por la que suspiró sin llegar nunca a nada. Y en mitad de aquella charla improbable, las dos nos corrimos de nuevo.
Fue entonces cuando me decidí.
—Quiero volver a ser tu mujer —le dije—. Pero esta vez quiero que me lo hagas por detrás.
Me miró, sorprendida. Parecía no haber pensado nunca en eso como una forma de placer, y no las tenía todas consigo. Insistí con suavidad.
—Hasta hoy yo tampoco sabía lo que se sentía estando con una mujer, y mira cómo lo estoy pasando. Compláceme.
El argumento la venció. Me puse a cuatro patas para no darle tiempo a arrepentirse. Ella se ajustó el arnés casi de mala gana, se colocó detrás y, siguiendo mis indicaciones, fue entrando con cuidado. Sus movimientos, dudosos al principio, se volvieron cada vez más seguros, y la verdad es que acabó haciéndolo francamente bien. Mis gemidos la animaban.
—La verdad, Raquelita —dijo a media voz—, esto tiene su encanto.
Seguimos así hasta que me corrí otra vez. Cuando se retiró y se dejó caer a mi lado, le quité el arnés y empecé a acariciarle el trasero. Ella me miró de reojo.
—No estarás pensando lo que creo que estás pensando.
—Sí —contesté—. Anímate.
—Está bien —cedió por fin.
Se puso a cuatro patas. Me ajusté el arnés, me coloqué detrás y entré despacio, atenta a cada reacción suya. Dio un grito breve, pero seguí con cuidado, y poco a poco aquel primer dolor se fue transformando en otra cosa, hasta que terminó corriéndose con un gemido largo. Cuando me retiré, todavía con la respiración entrecortada, me buscó la mano.
—Esto es alucinante —dijo, sonriendo—. Gracias por enseñarme también esto.