Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Nuestra última mañana juntas en la piscina

Cuando Daniela y yo salimos de la habitación, encontramos a las demás tumbadas en el jardín, completamente desnudas, riéndose unas de otras y comentando en voz alta lo bien que lo habían pasado. El sol de Costa Rica caía plano sobre los azulejos, y el aire olía a cloro y a piel caliente. Daniela me llevó de la mano hasta la piscina y, una vez dentro, me rodeó con los brazos y me dio un beso lento, de esos que se sienten más abajo del estómago.

—Mirad, mirad a las dos tortolitas —dijo Lucía desde el césped, muerta de risa—. Seguro que no han tenido bastante ahí dentro y ahora quieren darnos envidia.

Las demás se rieron a carcajadas. Yo le corté el juego con un gesto: necesitaba relajarme, descansar del vuelo y de los dos encuentros de esa tarde, primero con Lucía y después con ella. Daniela me besó una vez más, me guiñó un ojo y salió del agua para tumbarse junto al resto.

Cuando cayó la noche, cenamos y luego pusimos música. Durante el baile hubo risas, coqueteos, besos que duraban demasiado y manos que se demoraban en cinturas ajenas. Pilar y yo nos retiramos pronto a nuestro cuarto, nos despedimos hasta el día siguiente y no supimos cuánto tiempo más se quedaron las otras, ni qué hicieron.

***

Por la mañana nos levantamos a las ocho y bajamos a darnos un baño. El agua estaba tibia, casi perezosa. Aparecieron Bea y Noa y se metieron con nosotras, salpicando, bromeando, dándonos toquecitos en los pechos y en la cara interna de los muslos. Noa se acercó a abrazarme y, mientras me besaba el cuello, me dijo bajito que había sentido muchos celos la tarde anterior, cuando Daniela estuvo tanto rato encerrada conmigo.

—¿Y eso por qué? —le pregunté, sonriendo.

—No lo sé —murmuró—. Pero me puse fatal.

Hablábamos en susurros para que las demás no nos oyeran.

—No tienes que ponerte así —le dije, acariciándole la espalda bajo el agua—. No hay motivos. Es verdad que Daniela es una mujerona y está de muerte, pero tú la superas en todo. Y a mí me gustas mucho más que ella.

—Sí, pero es que no entiendo por qué me ha pasado.

—Pues olvídalo. Nos quedan cuatro días y tenemos que estar bien entre nosotras, sin malos rollos.

—Tienes razón —dijo, y me apretó contra ella—. Bésame. Quiero hacerte el amor aquí, ahora mismo.

Nos besamos con la boca abierta, sin disimulo. Noa estaba muy excitada; había pegado su pelvis a la mía y movía el muslo derecho contra mi sexo, despacio al principio y luego con un ritmo que me cortó la respiración. Estuvimos así un buen rato, enredadas, mientras Bea y Pilar nos miraban sonrientes desde el otro extremo de la piscina.

Estábamos tan metidas la una en la otra que no oímos llegar a Lucía y a Daniela. Se metieron al agua y se acercaron con ganas de participar. Lucía me buscó la boca a mí; Daniela hizo lo mismo con Noa, y el ambiente se encendió de golpe.

Noa y yo nos sentamos en el borde de la piscina, con los pies dentro y las piernas abiertas. Lucía me separó las rodillas y, sin esperar, hundió la boca en mí. El clítoris ya lo tenía hinchado y, en cuanto su lengua lo rozó, se me escapó un jadeo que intenté callar y no pude. Daniela le hacía lo mismo a Noa. Después, Noa giró la cara hacia mí buscándome los labios, y nos besamos hondo mientras Lucía me lamía y otra mano se abría paso entre mis piernas con dos dedos.

Al rato cambiamos. Ahora era yo quien besaba a Noa, quien le ofrecía la lengua, mientras Daniela se ocupaba de su sexo y Lucía la llenaba por detrás con movimientos cortos y rápidos. Noa no paraba de suspirar y de pedir más. Estuvimos más de una hora con ese ir y venir de bocas, dedos y caderas.

El calor se contagió, y Pilar y Bea acabaron uniéndose. Todas estábamos a mil, queriendo recibir y dar al mismo tiempo. Bea y Daniela salieron del agua y volvieron con los arneses puestos. Daniela cogió a Lucía por detrás y la penetró despacio mientras Bea entraba en Noa de frente. Los jadeos eran continuos, sostenidos, rebotando contra el agua. Las dos aceleraron las embestidas hasta hacerlas terminar allí mismo, con las uñas clavadas en el bordillo.

Cambiamos otra vez. Esta vez los arneses se los pusieron Noa y Pilar. Noa me penetró a mí y Pilar entró en Daniela, mientras Lucía y Bea nos acariciaban y nos repartían la lengua a las cuatro. Yo terminé con la cara hundida en el cuello de Noa, mordiéndole el hombro para no gritar.

Los juegos nos comieron más de dos horas, así que se nos hizo tarde y desayunamos cualquier cosa: zumos, café y unas pastas. Luego cada una se fue a dejar lista su habitación.

***

Aquel día tocaba a Pilar y a Noa la limpieza de los espacios comunes y recibir la comida. Cuando terminaron, nos juntamos todas en el salón, bromeando entre risas sobre lo que estábamos viviendo, cada una opinando sobre lo que habíamos hecho y el grado de satisfacción. Así seguimos hasta las tres, cuando Noa anunció que ya podíamos sentarnos a la mesa.

La comida fue alegre. No dejábamos de amenazarnos, entre carcajadas, con lo que nos íbamos a hacer en cuanto cayéramos en los brazos de unas u otras, una vez reposáramos. Fue una casualidad que el punto número doce de nuestro decálogo —la orgía entre todas— ya se hubiera cumplido esa mañana en la piscina. Eso invitaba a pensar que aquel tipo de encuentro se repetiría a menudo, y de muchas formas.

Pasaron los días y los contactos fueron frenéticos. Estábamos saciadas de tanto sexo y, aun así, no dejábamos de buscarnos.

La última noche, porque al día siguiente cogíamos el vuelo de regreso, surgió algo imprevisto. Fue Noa quien nos contó, a Pilar y a mí, lo que le había planteado Daniela: que ella y Lucía vinieran a pasar unos meses con nosotras y se alojaran en alguna de nuestras casas durante su estancia.

Nos quedamos de piedra. Llamamos a Bea, que ya lo sabía, para hablarlo en nuestra habitación. Tras valorar la situación, las cuatro coincidimos enseguida: era descabellado e imposible.

Salí yo a plantearlo, como portavoz de todas. Daniela y Lucía me escucharon en el salón.

—Una cosa es un encuentro como este, unos días, y otra muy distinta convivir día a día en nuestro país y en nuestras casas —empecé—. Pilar y yo somos un matrimonio; Bea y Noa, una pareja consolidada. Lo que propones podría dañar, y hasta destrozar, nuestra estabilidad. Ninguna de las cuatro está dispuesta a arriesgar eso.

Tomé aire y seguí, porque lo más difícil venía ahora.

—Y hay algo más. En estos pocos días hemos notado en ti, Daniela, una forma de ser muy posesiva, muy orgullosa, a la que no le gusta nada que la contraríen. No lo hemos dicho, pero lo hemos visto todas. No es suficiente confianza para meterte en nuestra casa. A Lucía la conozco un poco más, pero tampoco lo bastante.

—Además —añadí—, está el asunto de quedaros más de tres meses sin permiso. A eso no nos prestamos bajo ninguna condición. Nadie os impide venir a vuestro país de visita, y si lo hacéis, encantadas de repetir un encuentro como el de aquí. Pero solo eso. Sin viviros en nuestras casas.

Daniela se levantó, dolida, y abandonó el salón dando un portazo que retumbó en toda la casa.

Lucía se quedó desconcertada, mirándonos como si no entendiera nada de lo que ocurría aquella noche de despedida. Balbuceó algo y al fin habló.

—Disculpadme, chicas. Os entiendo perfectamente y tenéis toda la razón. No comprendo el comportamiento de Daniela. Voy a hablar con ella.

Y se fue a su cuarto. Aunque la habitación quedaba lejos, nos llegaban sus voces: discutían. Nosotras nos quedamos tranquilas, un poco tristes y contrariadas, pero sin rasgarnos las vestiduras. Para nosotras todo era de una lógica aplastante, y no íbamos a amargarnos por el capricho de una de las participantes. Era la última noche, así que nos retiramos a dejar listos los equipajes y no volvimos a salir hasta la mañana siguiente.

***

Cuando me levanté, eran las ocho. Encontré a Lucía sentada en el borde de la piscina, con su kimono puesto, apoyada hacia atrás sobre los brazos y los pies chapoteando en el agua. Pensativa.

—Buenos días, Lucía. ¿Cómo estás?

—Buenos días, Marina. Estoy bien, no te preocupes.

—¿Puedo sentarme contigo? Quería saber cómo estabas después de lo de anoche.

—Siéntate, por favor —dijo, y se hizo a un lado—. Estoy bien, y os entiendo. Yo habría hecho lo mismo. Pero Daniela no quiso entenderlo. Discutimos fuerte y hemos roto. Se ha ido temprano, sin despedirse de vosotras siquiera. Creo que lo ha hecho fatal.

—Lo que me dices no hace más que confirmar lo que pensábamos de ella —respondí, y me senté a su lado, con los pies también dentro del agua.

Le hablé despacio. Le dije que ya éramos todas muy adultas —Pilar y yo, sin ir más lejos, rozando los sesenta, con mucha vida y mucho desgaste a la espalda— y que la convivencia en pareja no es fácil para nadie. Que nadie decide vivir con otra persona a las primeras de cambio, que hay que conocerse, llevar las cosas despacio, y que solo si surge el amor de verdad se profundiza hasta llegar a compartir techo. Que meter a una extraña en casa de golpe nunca sale bien.

—Y si alguien no entiende eso —añadí—, lo siento por esa persona, porque está demostrando que no está preparada para tener a tu lado a una mujer como tú. Es un consejo que te doy porque te aprecio: no corras detrás de ella. No te merece.

—Te entiendo, Marina —dijo, mirándose las manos—. Pero es que Daniela me gusta mucho. Físicamente me llena, sexualmente me satisface. Solo que muchas veces no soporto su forma de ser. Me tiene dominada, sometida… y, sin embargo, no puedo decir que esté enamorada de ella.

—Cariño, te conozco poco, pero desde el primer día me caíste bien y me gustaste mucho. Ahí se quedó todo: en una amistad a distancia y en las ganas de conocernos algún día, porque las dos somos mujeres de mente abierta. Eso lo hemos logrado. Hemos pasado unos días irrepetibles, nos hemos disfrutado sin un solo tabú, y esa es la sensación que tiene que quedarnos. No la enturbies por el capricho de alguien que, con su comportamiento, ya te ha dicho que no te merece. Espera a que llegue otra relación. No te apresures a convivir sin estar segura de que las dos os merecéis esa oportunidad. Todavía eres joven; Pilar y yo éramos mayores que tú ahora cuando nuestros caminos se cruzaron.

Hice una pausa.

—Lo que no me queda claro es si tú sabías lo que pensaba proponer cuando se lo dijo a Noa.

Lucía rompió a llorar.

—Te juro que no sabía nada. Ni se me habría ocurrido. Te oía hablar y me parecía algo irreal, no entendía a qué venía. Lo comprendí todo cuando Daniela reaccionó así, marchándose con esa cara. Lo había planeado a mis espaldas.

—No llores —le dije, y la cogí por los hombros, acurrucándola contra mi pecho. Le besé la cabeza hasta que se fue calmando.

—Gracias, Marina —murmuró—. Eres maravillosa. Por qué no podré encontrar a alguien como tú. Eres comprensiva, eres buena. Desde que te conozco siempre me has aconsejado bien.

—No te preocupes. Yo me iré, pero el contacto no lo vamos a perder. Siempre que necesites un consejo, aquí estaré.

Se quedó callada un momento, con la mejilla apoyada en mi clavícula. Luego levantó la cara.

—Marina, ámame ahora, por última vez antes de marcharte. Me encuentro tan bien entre tus brazos que quiero que me vuelvas a subir al cielo.

Nos miramos y nos fundimos en un beso largo, larguísimo, antes de quitarnos el kimono y deslizarnos desnudas dentro del agua. Allí volvimos a entregarnos, sin prisa esta vez, sin público, sin juego. Le besé los hombros, el cuello, el nacimiento de los pechos; ella me buscaba con las manos bajo la superficie, temblando cada vez que la tocaba donde más lo necesitaba. Volvimos a darnos ese placer inmenso que solo se siente cuando dos mujeres se entregan del todo y, por un instante, dejan de ser dos.

Fue sublime. Sinceramente, creo que fue el encuentro más sensual de todos los de aquel viaje. Lucía parecía una chiquilla frágil y, a la vez, una mujer con toda la experiencia de su madurez, entregada por completo a dar y recibir. Simplemente fue divino.

Y poco más queda por contar.

Cuando las demás se levantaron, desayunamos, lo limpiamos todo entre todas y dejamos la casa ordenada, como si allí no hubiera pasado nada. Llegó el taxi y nos despedimos de Lucía en la puerta; quería acompañarnos al aeropuerto, pero le dijimos que era mejor así. Y nos volvimos a casa con la maleta llena de recuerdos y de experiencias que no se olvidan.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (5)

KarenMDP

Excelente relato, hace tiempo no leia algo que me llegara tan adentro. Muy bien!!

JulietaKM

Por favor que haya segunda parte, quede con tantas ganas de saber que paso despues...

SoniaNoche

Me llego al alma. Esa mezcla de emocion y despedida se siente muy real, raro para un relato de este tipo.

CamilaRosario

Hermoso. De verdad muy bien escrito.

FlordelSur

Me recordo a unos dias en la playa con una amiga hace años. Hay momentos que te cambian y no te das cuenta hasta despues.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.